Gustavo Pérez Firmat: Lecciones

(Cincuenta lecciones de exilio y desexilio. Hypermedia, 2016)

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De las muchas razones que alguien puede tener para desplazarse de la lengua materna a la lengua alterna, una de las más poderosas es el rencor.

Escribir en inglés es o puede ser un acto de venganza —contra los padres, contra las patrias, contra uno mismo. Siempre me ha parecido que la afición a los juegos de palabras bilingües es un síntoma de ese rencor; el pun es pulla, una pequeña detonación de terror y de tirria, una manera de blandir el hyphen como arma: que nos parta no el rayo sino la rayita.

El vilo avilanta. La ingravidez pesa.

Desprovisto de ancla o sostén, el cubano con rayita se torna agrio, angry. (Nadie odia más a Cuba que yo).

En inglés se dice que la mejor defensa es una buena ofensa; pues entonces ofendamos, afirma el cubano con rayita.

La audacia del enunciado bilingüe —You say tomato; I say tu madre— es un tipo de insolencia; su ligereza —An I for an ¡Ay!— es una forma de pesadez. Vil en el vilo, mordaz en el remordimiento, el cubano con rayita se lanza a triturar el español en la osterizer del inglés, y a despedazar el inglés en la batidora del español. Todo por rayar, por rayarse.

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He dicho rencor; debiera añadir, vergüenza: la de cambiar la lengua materna por un idioma ajeno. El sentimiento es antiquísimo, pues se encuentra ya en Ovidio, quien desde su exilio al borde del Mar Negro relata que ha compuesto un poema en el idioma de los “salvajes getas”. “Me avergüenzo”, le escribe a un amigo romano, “pues escribí un librito en lengua gética, acoplando palabras extranjeras a nuestros metros” (Pónticas). Al doblar su exilio geográ co en exilio lingüístico, Ovidio comete una suerte de traición; barbara verba llama al idioma de los getas. Su vergüenza parece yacer, al menos en parte, en haber tenido la osadía, la avilantez, de hibridizar el hexámetro latino con barbarismos. No por ello, sin embargo, deja de alardear de su éxito al recitar su poema ante los salvajes getas, quienes indican su agrado agitando carcajes llenos de echas.

La trayectoria de Ovidio cifra la evolución de muchos escritores bilingües. A su llegada a Tomos, se queja de tener que comunicarse por señas porque no entien- de la jerga de sus vecinos. Pasado un tiempo, registrael miedo de que el idioma del país está contaminando la pureza de su latín. Finalmente, al cabo de seis o siete años de exilio, con esa con vergüenza —no exenta de orgullo— que ha empezado a escribir poesía en gético. Y no nos debe sorprender que, según su testimonio, Ovidio acude al gético para hacer un encomio de los Cesares: su libellum no es libelo sino panegírico. Así es la retorcida lógica del exilio, que nos induce a darle la espalda a nuestra lengua de origen para rendirle pleitesía a la cultura que dejamos atrás.
Al inscribirse en un nuevo lenguaje, el autor de las Metamorfosis se transforma en romano con rayita, en poeta latino-gético, en el primer one-and-a-halfer. Bárbaro con ritmo, Ovidio también se tambalea. Su noble indecisión, su atribulada latinidad, su incipiente salvajismo nos pueden servir de modelo e inspiración. Veni, vidi, vilo.