Daniel Díaz Mantilla: 1984

El intelectual del Partido sabe en qué dirección debe alterar sus recuerdos; él sabe, por tanto, que está haciendo malabares con la realidad; pero a través del ejercicio del doblepensar también se convence a sí mismo de que la realidad no ha sido perturbada. George Orwell

Presentada en La Habana el martes 16 de febrero, durante la Feria Internacional del Libro, la nueva edición cubana de la novela 1984, de George Orwell, promete ser motivo de debates y discordias. Así lo declara en sus primeras líneas el prólogo escrito por Pedro Pablo Rodríguez: “La Editorial Arte y Literatura, al publicar esta novela, se ha metido en una empresa editorial seguramente polémica en la sociedad cubana actual”.

Ante tal aseveración, uno podría preguntar qué tipo de polémica se espera, sobre cuáles temas, y por qué; uno podría incluso sorprenderse al constatar que el prologuista ―un investigador distinguido con el Premio Nacional de Ciencias Sociales― evita en su introducción insinuar siquiera las causas o el contenido de esa polémica que con toda seguridad va a suceder. En efecto, el autor solo presagia que el libro “activará un debate intelectual que ojalá fuera público” y recuerda que, desde su primera edición, esta obra “ha suscitado las más encontradas opiniones”. Para alguien que ignore la historia de Cuba desde mediados del siglo xx hasta hoy, tal afirmación ―junto con el vacío y el ojalá que la acompañan― sería cuando menos tentadora; pero quién en este mundo desconoce la historia más reciente de esta pequeña isla heroica. ¿Quién? Bueno, me atrevería a decir que, aunque aseguren con vehemencia lo contrario, muchos cubanos saben poco al respecto; me atrevería a decir que muchos ni quieren saber. Habría que indagar con los historiadores por qué se estudian de un modo tan sesgado las últimas décadas de nuestra historia. Claro que esto no guarda una relación directa con George Orwell y su última novela, aunque contribuiría bastante a esa polémica que el doctor Rodríguez augura.

“La Editorial Arte y Literatura, al publicar esta novela, se ha metido en una empresa editorial seguramente polémica en la sociedad cubana actual”.

Más que un augurio, la polémica era ya casi una realidad cuando el libro se presentó. Apenas unos días antes, el 2 de febrero, la revista Letralia hacía el anuncio: “Uno de los más despiadados alegatos contra las sociedades totalitarias y la carencia de libertades en los sistemas socialistas, la novela 1984, de George Orwell, será publicada próximamente en Cuba bajo el sello de una editorial gubernamental”, y añadía:

Durante décadas bajo el régimen de Fidel Castro, las obras de escritores anticomunistas como Orwell o abiertamente críticos hacia la revolución cubana estaban prohibidas de facto, así como las de aquellos autores nacionales que decidieron abandonar el país. Los limitados lectores de autores censurados o prohibidos en la isla se las agenciaban para circular los libros sigilosamente a través de cadenas de seguidores. Hasta entrada la década de los ochenta, ser sorprendido con el libro de un autor prohibido podía decretar la marginación del responsable bajo la etiqueta de “problemas ideológicos”.

¿Será que mienten los redactores de Letralia? No, no mienten. Yo leí esa novela en 1988 y recuerdo la advertencia del amigo que me la prestó: “Procura que la policía no te agarre con ella”. Pero tantas cosas han cambiado desde entonces ―y tan poco se habla sobre lo que significan (lo que implican) esos cambios―, que alguien podría suponer que aquello nunca ocurrió. Y aquello es, precisamente, lo que aún torna polémica la presentación de 1984 en Cuba: aquello que ocurrió y que, envuelto en mil silencios, subsiste de algún modo, solapado tras el radiante maquillaje de un ahora amnésico y acrítico, aquello que sigue ocurriendo a plena luz y en medio del silencio, como si un oscuro Ministerio de la Verdad lo camuflara, como si una ubicua Policía del Pensamiento impidiera la herejía de escrutar el pasado y el presente. Tantas cosas han cambiado, tantas están cambiando ya y, sin embargo, tanto es el silencio en torno a ciertas otras cosas todavía inmutables, impensables… Pero mucho ha cambiado, por más que una parte de esos cambios sea ―como dice el narrador cubano Ernesto Pérez Chang― una “cortina de humo”, un farol que nos distrae mientras se reajustan las viejas estructuras de dominación:

con la publicación de Orwell no hay desliz ni jubilación de los censores aunque sí, tal vez, reforzamiento de esa cortina de humo que hace ver gigantescos cambios a los de afuera, mientras los de adentro continúan hipnotizados con unas aspas que solo giran al viento sin mayores propósitos.

He vuelto a leer 1984 con una rara mezcla de sentimientos: por un lado, la alegría de no tener que ocultarla, por otro, el deseo de ver qué similitudes con la Cuba actual animarán esa polémica. Y mientras leía, he recordado un comentario de Czesław Miłosz a propósito de la fascinación con que los comunistas soviéticos hablaban de esta novela: “Incluso quienes solo conocen a Orwell por referencias se sorprenden de que un escritor que nunca vivió en Rusia tenga una visión tan clara de la vida allí”, decía el poeta polaco en El pensamiento cautivo (1953). ¿Lo leerán igual acaso los comunistas cubanos? No lo creo. De hecho, no sé si queden ya comunistas aquí. A pesar de las consignas que repiten lo contrario, a pesar del nombre de su único partido en el poder y a pesar del primer artículo de su Constitución, Cuba es cada vez más un país post-comunista. Ha sido un giro lento y reacio, forzado por la crisis que el fin de la URSS nos trajo, pero ha sido radical: vea usted al presidente Raúl Castro Ruz hablar sobre los injustos obstáculos que el gobierno de los Estados Unidos impone a los empresarios capitalistas que desean invertir en Cuba, y pregúntese cuándo fue que esos capitalistas dejaron de ser enemigos de clase para convertirse en posibles socios comerciales.

aquello es, precisamente, lo que aún torna polémica la presentación de 1984 en Cuba: aquello que ocurrió y que, envuelto en mil silencios, subsiste de algún modo, solapado tras el radiante maquillaje de un ahora amnésico y acrítico

No obstante esos cambios, hay en el espeluznante país que se describe en 1984 algunos puntos de contacto con la realidad cubana: el aspecto ruinoso de la ciudad y la agobiante pobreza en que vive la mayoría de las personas, la absoluta autoridad de un Partido que controla con mano férrea el acceso a la información, y el castigo despiadado a cualquier forma de disidencia. El primero de esos aspectos ―la pobreza material― es sin dudas el menos polémico, pues desde hace décadas los artistas cubanos lo han convertido en un lugar común; solo habría que advertir, quizás, ese notorio contraste entre la opulenta clase política y el resto de la sociedad. (Aunque donde dije “notorio” debí mejor decir “inmenso”, porque nada visible es ―sino inmensurable― para los ciudadanos comunes el modus vivendi de sus supremos líderes.) Sobre el segundo y el tercer aspectos hay, sí, mucho todavía por decir; y algo se ha venido diciendo al respecto en los últimos años, con muy sólidos argumentos que, no obstante, parecen rebotar contra un muro de silencio. Son estos, pienso, los temas que podrían suscitar esa avizorada polémica, ese debate intelectual “que ojalá fuera público” ―como quiere Pedro Pablo Rodríguez― para que “nos amplíe la visión de este mundo, de nuestro particular presente y de nuestros destinos como nación”.

Me asombraría que un debate así ocurriera, pero me asombraría más si no ocurriera. El único inconveniente es que, para que tal debate sea público, debe realizarse a través de medios públicos, y en Cuba esos medios están en las exclusivas manos del Partido. ¿Estará dispuesto a dialogar sobre los límites de su autoridad, permitirá otras voces en el ágora que hasta hoy monopoliza? Quién sabe.

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“Quien controla el pasado”, decía el eslogan del Partido, “controla el futuro: quien controla el presente, controla el pasado”. Y, sin embargo, el pasado, alterable por su misma naturaleza, nunca había sido alterado. Cualquiera que fuese la verdad ahora, lo había sido desde siempre y para siempre. Era muy sencillo. Todo lo que se necesitaba era una serie inacabable de victorias sobre la propia memoria. George Orwell

Hay un breve momento en la cuarta parte del ensayo Los testamentos traicionados (1993), donde Milan Kundera se detiene en la novela 1984. Es evidente que la obra narrativa del escritor checo está cargada de reflexiones filosóficas y políticas, como lo está también esta novela de Orwell. Kundera admite que el pensamiento político del autor británico es “lúcido y ajustado”, pero le objeta un par de defectos: desde el punto de vista artístico, le resultan demasiado planos las situaciones y los personajes, y desde el punto de vista sociológico, el relato simplifica la natural complejidad de la existencia humana a una sola dimensión, la política. Hacia el final de su vida, en “Por qué escribo”, ensayo que se publicó póstumamente y que ha sido considerado como su testamento literario, Orwell reconoce que “en una época pacífica podía haber escrito libros esteticistas […] y haber permanecido casi indiferente a mis inclinaciones políticas. Pero me he visto forzado a convertirme en una especie de autor de panfletos”; aunque advierte que “no podría emprender la labor de escribir un libro ni un extenso artículo periodístico, si no fuera también una experiencia estética”.

Los problemas asociados a esta dualidad de propósitos ―estéticos e ideológicos― en el trabajo artístico no son desconocidos para los creadores contemporáneos, ni en Cuba ni en el resto del mundo, y las críticas de Kundera a 1984 los sintetizan con agudeza:

La influencia nefasta de la novela de Orwell radica en la implacable reducción de una realidad a su aspecto puramente político y en la reducción de este mismo aspecto a lo que tiene de ejemplarmente negativo. Me niego a perdonar esta reducción con el pretexto de que era útil como propaganda en la lucha contra el mal totalitario. Porque este mal es precisamente la reducción de la vida a la política y de la política a la propaganda.

La canalización de las frustraciones a través del sexo, la embriaguez y otros placeres inocuos desde el punto de vista político, es una de las válvulas más útiles para sostener un orden social incómodo.

La lectura de 1984 nos deja, en efecto, muchas dudas sobre ese lóbrego país y los seres que lo viven. Los personajes parecen chatos y un tanto vacíos, sus emociones son básicas y sus decisiones cuestionables. La estructura social del Londres que habitan resulta por momentos insostenible y uno se queda con deseos de conocer un poco más sobre la sinergia entre la penuria material, la economía sumergida y la vigilancia ideológica. ¿Es posible ―nos preguntamos― que esos “proles” se mantengan con un grado tan envidiable de libertad, casi ajenos al control de la Policía del Pensamiento, y que los atosigados miembros del Partido Exterior, forzados por las carencias, crucen clandestina y constantemente la frontera que los separa de ellos para comprar en sus mercados sin jamás proponerse escapar del redil? Quien haya vivido la experiencia de un “período especial” sabe que algo así no es posible. Y es en tal sentido que las objeciones de Kundera ganan relevancia: lo político es un aspecto de la realidad, un aspecto prominente en cualquier sociedad totalitaria, pero cuando el costo de satisfacer las necesidades básicas de la vida aumenta más allá de cierto límite, ese aspecto pierde su jerarquía y las personas comienzan a actuar al margen de las normas éticas e ideológicas que hasta entonces respetaban. Esa crisis de valores trae consigo una diversidad de actitudes y prácticas que son, en esencia, incompatibles con el totalitarismo: el descontrol, la corrupción generalizada, la relajación de las medidas coercitivas para mantener un mínimo de gobernabilidad. Lo que se echa de menos en la novela de Orwell es justamente esa diversidad, y lo que resulta inverosímil es que, en tales circunstancias, el celo vigilante del Partido llegue incluso a proscribir el placer sexual sin que esto conduzca a un estallido. Una vez más: quien haya vivido la experiencia del “período especial” sabe que algo así no es posible; de hecho, la canalización de las frustraciones a través del sexo, la embriaguez y otros placeres inocuos desde el punto de vista político, es una de las válvulas más útiles para sostener un orden social incómodo.

A pesar de tales inconsistencias, 1984 es una novela impresionante, uno de los textos clásicos de la literatura contemporánea, un libro que ―como toda gran obra de arte― deja en el lector su huella indeleble, obligándolo a pensar sobre el ser humano y su contexto, sobre el difícil equilibrio entre las libertades individuales y las exigencias colectivas, sobre el derecho y el deber, el miedo y el amor, la verdad y la fe. Pocos autores logran eso, y los lectores cubanos tendrán ahora una nueva oportunidad para valorar hasta qué punto es significativa esta novela de Orwell a 67 años de su primera edición, cuánto es capaz de decir aún, cuánto puede dialogar con la realidad cubana actual, tan distante en tiempo y espacio de aquella URSS estalinista que le sirvió como modelo a Orwell para escribir y a los comunistas cubanos para diseñar la estructura institucional de su Estado.

¿Estarán los intelectuales de la Isla a la altura de ese reto? ¿Estarán los medios masivos ―que siguen bajo el control exclusivo de ese Estado de partido único― dispuestos a acoger las reflexiones que esta novela suscite?

En 1961, cuando esta novela se publicó por primera vez en la Isla, con una tirada reducida y de manos de la Editorial Librerías Unidas S.A. (Edilusa), todavía el Gobierno Revolucionario no había hecho pública su orientación socialista. Pocos años después, todos los medios de información, así como el sistema educativo y las fuentes de empleo, quedaron en manos de un Estado de partido único que condicionó el tránsito de sus ciudadanos por las fronteras del país, les prohibió la tenencia de otras monedas y los forzó a una absoluta aceptación de la ideología marxista-leninista. Y Orwell desapareció del contexto cultural cubano. Hoy, más de medio siglo más tarde, cuando ese mismo Estado ha revertido algunas de aquellas medidas, la publicación de 1984 por la Editorial Arte y Literatura permite hacer balance. ¿Estarán los intelectuales de la Isla a la altura de ese reto? ¿Estarán los medios masivos ―que siguen bajo el control exclusivo de ese Estado de partido único― dispuestos a acoger las reflexiones que esta novela suscite? O será, como supone la escritora Yania Suárez, que la reciente publicación de 1984 en Cuba es un mero intento de hacer pensar a algún lector ingenuo “que nada nos relaciona con la opresión que describe” y que, por el contrario, es “una crítica a las democracias de Occidente”. Quién sabe.

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En la vida cotidiana resultaba sin duda necesario reflexionar antes de hablar, o así pasaba en algunas ocasiones, pero el miembro del Partido al que se le demandara emitir un juicio político o ético, debía ser capaz de disparar las opiniones correctas con el mismo automatismo con el que una ametralladora dispara sus balas. George Orwell

¿Cuánto puede suscitar la lectura de un libro, cuánto es capaz de mover en el corazón y en la mente de sus lectores? Iluminar zonas de la realidad que hasta entonces no se percibían, sembrar en la conciencia de quien lee nuevas preguntas o acaso la intuición de otras respuestas posibles, abrir ante sus ojos un ángulo inusitado desde donde asomarse a su propio entorno; eso es lo que todo buen libro ofrece: herramientas para interpretar el mundo y transformarlo, puertas que dilatan esa casa siempre expansible que es el alma, puentes que nos conducen a regiones inexploradas de nuestro propio ser ―un ser que se descubre y construye a sí mismo con cada dilema, con cada reto que afronta, con cada experiencia vivida. Leer es cruzar límites, es trascender esquemas hermenéuticos, es arriesgarse más allá del espacio confortable de nuestros dogmas y tabúes en pos de un saber que acaso trastorne las ideas que hasta entonces sostuvimos, pero que siempre nos hará crecer.

Crecer plenamente, sin embargo, requiere más que la íntima evolución del individuo: requiere transformar la relación de ese individuo con su entorno, dialogar ―sin más censura que el respeto a los derechos del otro― sobre aquello que lo constriñe, sobre aquello a que aspira. Por eso el debate es útil, porque dinamiza la sociedad y espolea a las instituciones para que evolucionen a medida que los ciudadanos crecen, porque sin un debate libre y responsable nada propiciará el crecimiento espiritual y material de esa sociedad.

Dialogar es ceder una parte del poder que se detenta.

La lectura de 1984 traerá a los lectores cubanos, intelectuales o no, un sinfín de preguntas acerca de su propia realidad, y muchas de esas preguntas serán difíciles de responder, dolorosas acaso, viscerales como tantas otras que se acumulan ya tras el denso muro de silencio que el parloteo insensato de los medios masivos construye; un muro alzado con los toscos ladrillos del odio y el miedo, con el intolerante desvelo de una plaza sitiada, defendido con furia por un ejército de “graznadores dobleplusbuenos” [doubleplusgoodduckspeakers, según el neologismo de Orwell], con el sordo argumento de una unidad que se quiere a ultranza.

Pero es frágil toda unidad que se cimienta en sofismas, restricciones y silencios impuestos. Crecer es imprescindible, abrir espacio en los medios para el debate profundo sobre nuestra realidad es una necesidad impostergable. ¿Estarán quienes controlan esos medios dispuestos a favorecer este debate? Me gustaría pensar que sí, por el bien de los cubanos todos. Mas no debemos engañarnos: dialogar no es solo hablar, no es “disparar las opiniones correctas con el mismo automatismo con el que una ametralladora dispara sus balas”, es ceder una parte del poder que se detenta, y eso casi nunca se hace de buen grado. Para que algo así ocurra debe haber un interlocutor apto, capaz de ver ese lecho común de roca sólida sobre el cual erigir lo que se sueña, y ese sueño debe ser lo suficientemente grande para que cada aspiración personal sea posible. ¿Estarán los intelectuales y los políticos en Cuba a la altura de ese reto?