Carlos Ferrera: Un dedo para Lula

CF-01

(Historias tiernas de la Revolución. Hypermedia, 2016. Próximamente)

—Fue en el año 64, Raúl.
—¿Y cómo fue? Digo, si no te molesta recordarlo.
—¡Qué va, si me encanta contárselo a la gente!
—Lula, eres tan llano y accesible.
—Nos encantas.
—Eres tan masculino…
—Raúuuuuul…
—Perdona, perdona, Fide.
—¿Y entonces, qué fue lo que te pasó?
—Yo trabajaba en el turno de noche, Comandante…
—¿Eras sereno?
—No, trabajaba en una fábrica de carrocerías de automóviles. En la línea de montaje.
—Es un trabajo muy sufrido.
—¿Y te pasó un carro por encima?
—No, no, Comandante. Metí la mano izquierda en una prensa hidráulica.
—Estarías comiendo mierda, ¿no?
—Un poco, sí.
—Debió ser muy doloroso.
—Qué va. Estaba borracho perdido. Ni me enteré.
—¿Estabas borracho en el trabajo?
—Es una antigua tradición carioca; nos emborrachamos para ir a trabajar.
—Qué curioso.
—Cada pueblo tiene sus costumbres.
—La nuestra es ponernos ciegos de wiski desde por la mañanita.
—Me encanta Brasil.
—¿Y entonces?
—La prensa me cortó el dedo, pero no sentí nada.
—El alcohol es como la anestesia.
—Menos mal.
—¿Y cuándo te diste cuenta?
—Al día siguiente, cuando me fui a sacar un moco.
—¡Mira tú!
—Yo siempre me saco los mocos con el dedo meñique de la mano izquierda.
—Ya.
—Queda más fino.
—La gente se los saca con el índice, pero queda muy vulgar.
—Es verdad. Yo también me los saco con el dedo meñique.
—Pero en tu caso es porque eres gay, Raúl. Ustedes lo hacen todo con el meñique.
—No entremos en detalles. ¿Y qué pasó?
—Entonces vi que no tenía dedo meñique.
—Qué horror.
—Y nadie en Brasil tuvo el detalle de donarme un dedo.
—Con lo que tú has sido para los brasileños.
—¡Un padre!
—La gente del cono sur es muy malagradecida.
—Y egoísta.
—Más si se trata de donar un dedo para su presidente.
—Así es, tristemente.
—Si me pasara a mí, tengo a 10 millones de cubanos dispuestos a darme todos sus dedos. Los veinte.
—Es que el pueblo cubano es distinto, Comandante.
—Somos muy desprendidos.
—Mucho.
—Nos encanta tenerte aquí, Lula.
—Eres un hombre íntegro.
—Y completo.
—Bueno, casi.
—Tanta gente mala que anda por ahí con sus diez dedos.
—Así es.
—Pues, Raúl…, yo he venido a verte porque creo que la solución a mi problema está en tus manos.
—¿En mis manos? Yo no puedo darte un dedo, Lula. Tengo los dedos contados.
— Y a mí no me miren que yo tampoco puedo; me saco los mocos constantemente con todos los dedos. Necesito los diez.
—No, Comandante, jamás le pediría un dedo.
—Ni yo te lo daría.
—Pero, Raúl, tú tienes un nieto…
—Sí…
—Tu escolta personal…
—Ya.
—Ese que le dicen El Cangrejo…
—Se llama Raúl Guillermo.
—¡Tiene seis dedos en cada mano!, según tengo entendido…
—Desgraciadamente.
—No, no, ¡afortunadamente!
—Lula…, ¿a dónde quieres llegar?
—Les cambio un dedo del Cangrejo, por una casa con piscina en Río de Janeiro.
—No sé…, es un poco fuerte eso.
—Más todo el café brasileño que quieran.
—Uff, así de pronto…
—Y un palco VIP gratis en el Sambódromo.
—Lula, nos pones en un dilema…
—Y todos los discos de María Bethania.
—¡Trato!
—¡Pero, Fidel…!
—¡He dicho que trato, Raúl!
—Deberíamos pensarlo mejor…
—¡No hay nada que pensar! Lula tiene nueve dedos y mi sobrino nieto tiene doce. Las matemáticas nos están pidiendo a gritos que hagamos justicia.
—¡Pero es que mi nieto…!
—¡Tu nieto hará lo que la Revolución le mande!
—¡Pobrecito, chico, está muy apegado a sus doce dedos!
—¡Es un despilfarro de dedos, Raúl!
—Ya…, pero es que es duro para mí arrancarle un dedo a mi nieto.
—Le pondrán anestesia, no le dolerá. Además, a ti también te conviene.
—¿Por qué?
—Se burlan de ti cada vez que tu nieto te escolta y le ven las manos.
—Es verdad.
—Y entre nosotros, da una imagen un poco anormal de la Revolución.
—Bueno, si le quitamos uno todavía le quedarían once dedos. Tampoco se vería muy normal que digamos…
—Lula, escucha; te dejamos el otro dedo del Cangrejo por otra casa, si puede ser, en Brasilia.
—¡Pero, mi hermano…!
—¡Cállate, Raúl! ¿Qué me dices, Lula?
—Yo es que sólo necesito uno.
—¡Mierda! ¿Ni de repuesto lo quieres?
—No pienso volver a meter la mano en una prensa.
—Eso nunca puedes asegurarlo. Hay prensas en todas partes.
—No, de verdad, Comandante, con uno me arreglo.
—Mira que los dedos están muy escasos.
—Que no, de verdad, les agradezco…
—Lula, me los quitan de las manos… digo, se los quitan de las manos al Cangrejo.
—No, no, yo con uno ya me doy por servido. El meñique de la mano izquierda.
—Después no digas que no fuimos generosos.
—Dios me libre. Nunca olvidaré este gesto.
—¿Cerramos trato entonces?
—¡Por supuesto! ¡Cerramos trato!
—¡Choca esos cinco!
—Dirás esos cuatro.
—Eso.
—Qué grande eres, Fidel. Lo que has hecho por mí no tiene precio. Has sido muy generoso.
—Yo no tengo nada mío, Lula. Doy hasta lo que no me pertenece.
—Nunca olvidaré esto. Cada vez que me saque un moco con el dedo de El Cangrejo, pensaré en la Revolución cubana. Y en tu altruismo infinito.
—Cuba siempre está al lado de sus hermanos proletarios, Lula.
—Ustedes son un ejemplo para el mundo.
—Mañana mismo le cortamos el dedo a El Cangrejo y te lo pegamos a ti en el CIMEQ.
—¡Muito bom!
—Aguanta, aguanta, Fidel… Habrá que preguntarle primero a mi nieto, ¿no?
—No hay que preguntarle nada. Ya está decidido.
—¡Es que los dedos son suyos, mi hermano!
—¡Los dedos de Raulito y los de toda la familia Castro son un medio básico de la Revolución!
—Es que sé que se pondrá muy triste cuando sepa que ya no tendrá con qué aliviarse.
—¿Aliviarse de qué?
—De la picazón, Lula.
—¿La picazón?
—Es que siempre tiene oxiuros.
—Vaya…
—Le pica el ano sin parar.
—¿Sí?
—Se rasca de forma rabiosa.
—No me digas…
—Y utiliza el dedo meñique de la mano izquierda para eso.
—No jodas…
—Algunos nos sacamos los mocos. Él se rasca el ano.
—¡Qué asco!
—Cada persona es un mundo.
—Bueno, Lula, esos son detalles sin importancia…
—Bueno, yo creo que sí es importante…
—Qué va, son minucias. Te desinfectarán el dedo de Raulito antes de pegártelo en la mano. Así que, tú, tranquilo, mañana a las ocho en el CIMEQ. Raúl, tú te encargas de traer a tu nieto.
—Bueno…
—Y tú, Lula, vas arreglando los papeles de la casa, y cuadrando lo del café, el palco VIP y los discos de María Bethania…
—No sé…, ahora no sé, Comandante.
—¿Que no sabes qué?
—Que ahora no me hace mucha ilusión…
—¿Cómo?
—Me da cosa meterme en la nariz el mismo dedo que se mete El Cangrejo en el culo.
—¡Pero chico…!
—Déjalo, Comandante. Prefiero quedarme con mis nueve dedos.
—¡Lula, no me hagas esto!
—Lo siento. No hay trato.
(Silencio espeso)
—Raúl…
—¿Qué?
—Me cago en tu puta madre. Aunque sea la mía.