Carlos Ferrera: Giselle 2.0 (I)

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(Historias tiernas de la Revolución. Hypermedia, 2016. Próximamente)

Primera parte.

—Se me ocurrió a mí en 1943. Te lo digo, no sea que después te encuentres a alguien que te diga quesialiciaesto o quesialiciaquello
—¿O sea, que fue idea suya?
—Exacto. ¿Tienes un cigarro? Recordar esto me pone nerviosa.
—No sabía que fumaba, Maestra…
—Sólo en momentos muy emotivos… ¿Qué marca son estos?
—Dunhill
—Yo fumaba Aromas a escondidas de Pedro.
—(…)
—Pues como te contaba, yo soy la primera bailarina clásica contemporánea, que se rebela ante Maya Plisetskaya y afirma que Giselle es en realidad la Niña del Exorcista, pero del campo alemán.
—Increíble.
—Y soy la única que reconozco en Giselle a un ente diabólico.
—¡Qué horror! Digo, qué interesante Maestra.
—Tú fíjate en mi locura de Giselle. No tiene nada que ver con la locura clásica y atildada de Maya, que enloquece casi con dulzura. No, no, no.
—Qué va…
—Ni con la locura romántica y etérea de la Pavlova, ni con la de la Markova, que hace una Gisselle que parece que tonta.
—No, no, no…
—Mi locura es diferente. Es como un trance psicótico, una especie de frenesí bipolar.
—Como una posesión diabólica…
—Exacto. Una posesión diabólica. Cuando interpreto a Gisselle, es Satanás quien se presenta.
—Qué barbaridad. Digo, qué emocionante.
—El demonio es muy poderoso.
—Maestra… ¿Cómo puede mantener esa magnífica postura erguida a su edad, esa fluidez de ideas, esa sabiduría y derroche de verborrea?
—El US Penthium 5000
—¿Un medicamento?
—No, un microprocesador. Fruto de mis contactos en la NASA y mis amistades en Silycon Valley.
—¿Pero dónde lo lleva?
—Debajo del pañuelo, de lado a lado de los parietales. Cuando veas que me cambio de pañuelo es que me he sustituido la placa base de framio conectada a un cerebro electrónico de última generación.
—O sea que eso de que usted no ve ni oye…
—Cuentos chinos. Veo y oigo mejor que cualquier ser vivo del planeta. Puedo enfocar un cráter de la luna, o diseccionar un mosquito. Y oigo crecer el pelo y abrirse una flor. Penthium es el futuro.
—¿Y el corazón, maestra…?
—Una bomba japonesa de tres mil quinientos voltios…
—No. Me refiero a si hay alguien que ocupe el corazón de Alicia Alonso… ¿Está Alicia enamorada?
—¡Sigo enamorada!
—¿De su marido? ¡Qué romántico, Maestra!
—¿Por qué metes a Pedro en esto? ¡Sigo enamorada de Gisselle!
—Este… qué bello eso también. Nos decía que la hizo suya en el 43…
—Sí, completamente mía. Puede decirse sin temor a exagerar, que yo me templé a Giselle en el American Oper House el 2 de noviembre del 43.
—¿No le parece un punto de vista demasiado pornográfico, quizás algo desafiante para describir un sentimiento artístico?
—No hay nada de malo en que reconozca una homosexualidad encubierta con una misoginia. Es una vuelta de tuerca genial a mi carrera. ¡La bailarina comunista se convierte al lesbianismo!
—Sería muy fuerte.
—¡Pues por ella sería capaz de hacerlo!
—¿Por quién?
—¡No estás atendiendo a la entrevista! ¡Por Giselle…!
—Pero Giselle es un personaje de ficción, Alicia…
—¡Usted no entiende nada! ¡Hace 70 años vivo enamorada de ella! A muy pocos iluminados del arte nos pasa. Es el síndrome de moda entre las estrellas de la danza mundial.
—Ah… qué cool.
—Giselle me volvió loca y me dejó ciega, no sé si ha caído usted en ese detalle.
—Dicho así…
—No hay otra forma de decirlo, fue así. Y como sabía que no me bastaría con poseerla en mi mente, se me ocurrió aquella idea tan brillante… ¡Necesitaba poder vivir eternamente danzando bajo su piel…!
—¡Qué poético eso, Alicia!
—Pues me lo copiaron los americanos.
—No me diga…
—En El Silencio de Los Corderos reproducen mi idea, casi al carbón.
—¿En El Silencio de los Corderos?
—La parte en que aquel asesino se viste con una piel de mujer, ¿te acuerdas?
—Este sí, sí. Una de las escenas más…
—¡Exquisita escena! Si recuerdas aquella piel, parecía una piel humana muerta corriente ¿no?
—Yo no soy muy experto en despellejamientos… Pero sí, parecía eso.
—Pues cuando llegues esta noche a tu casa, ponte esa escena, y congela el minuto 1:18:27. Entonces acciona “hacer zoom in” 35 veces.
—Ah, esta noche en casa, si eso…
—Verás perfectamente cómo la piel humana conserva una última capa de vasos sanguíneos y terminaciones nerviosas, aun palpitantes y sanguinolentas…
—Ya…
—Que laten, sobre la piel transpirada y también desnuda del asesino.
—Vaya por Dios…
—¡Pues así llevo yo a Giselle dentro de mí!
—(…)
—Y así mismo le trasladé la idea a Alberto Méndez, a Laura y a la dirección del Ballet: ¡Hagamos una Gisselle Hiperrealista!, les dije. O sea, mi idea de que el demonio posee a la campesina, y baila ya en el adagio del tercer acto vistiendo la piel de su cadáver, aun sangrante. Un grito desesperado de la Gisselle del siglo XXI.
—Un… un planteamiento muy valiente
—Y muy romántico, que le venía muy bien al romanticismo académico de nuestra institución. Somos el romance, recuérdelo.
—Así es
—¿Y sabes una cosa, que me rompe el corazón?
—¿Qué?
—¡Yo quería a Charín para esa Gisselle!
—¡No!
—Rosario era mi única y gran apuesta para “Gisselle 2.0”.
—¡Gisselle 2.0, qué original!
—¡Una nueva Gisselle! La misma música pero remasterizada en un dark house muy oscuro. Todo muy Wes Craven. Y la coreografía de Petipá, fuera. Todo mío, nuevo desde arriba.
—Qué fuerte.
—Ninguna gran bailarina se había atrevido a revisitar así un clásico jamás. ¡Y yo podía hacerlo, con Charín! ¡Gisselle nos estaba tendiendo sus brazos! ¡Era el momento de Rosario de volver a salir a escena junto a mí!
—Despellejada sobre sus hombros…
—¡Sí! ¡Y yo bailando dentro de su piel!
—(…)
—¿Soy o no soy gore?
—Mucho, Maestra…
—¡Ni David Cronenberg, ni Peter Jackson, ni Guillermo del Toro…! ¡Alicia Alonso!
—¿Y qué le dijo Charín?
—Que me fuera a casa del carajo con mi puta Gisselle ensangrentada…
—Qué malagradecida
—Con lo que yo he sido para ella… ¿Tienes otro cigarro? Recordar esto me pone muy mal.
—Tenga Maestra…
—¿Qué son?
—Dunhill…
—Yo fumaba Aromas, a escondidas de Pedro…
—Ah…