Carlos Ferrera: Giselle 2.0 (II)

CF-05

(Historias tiernas de la Revolución. Hypermedia, 2016. Próximamente)

Segunda parte: Alicia Alonso vs Alicia Markova

—Maestra, ¿puede rememorar aquellos días de septiembre del 43 en Nueva York?
—Ahí empezó todo… ¿tienes un cigarro?
—Tenga…
—¡¿Dunhill?! ¿No tendrás Aromas?
—No, Maestra…
—Pues fueron días muy convulsos. Nadie sabe lo que llegué a sufrir.
—Dicen que invocó al Maligno.
—Bueno, bueno…, fue que no tuve más remedio. Nunca antes me vi en una situación similar. Sólo ÉL podía sacarme de aquello.
—¿Lo recuerda?
—Como si fuera hoy.
—Qué memoria, Maestra.
—Soy muy memoriona, ¿sabes?
—Cuéntenos, Maestra… ¿cómo encontró a Giselle?
—Satanás la puso en mi camino aquella noche.
—¿Qué pasó?
—Fue un día espantoso y una tarde horrible, llovía constantemente. New York nublado me ha parecido siempre tan triste…
—Pero el American Oper House era un edificio hermoso, aun en medio de una tormenta.
—¡Fue mi Palacio de Bodas!
—¡¿De bodas?!
—De mis bodas con Giselle…
—Ah…
—Pero yo aún no estaba en el teatro. Todavía no.
—¿Dónde estaba usted?
—En mi apartamento de Manhattan.
—¿Tranquila?
—¡Qué va! Estaba hecha una furia, totalmente fuera de mí. ¡Caminando del salón al dormitorio y del dormitorio al salón, elucubrando, elucubrando…! ¡Y el cielo encapotado, y los truenos y los rayos que caían sobre Manhattan! ¡Y yo furiosa, llena de rencor! Todo muy tétrico e infernal.
—Qué horror.
—¡Pero era porque ella estaba a punto de arrancarme mi sueño!
—¿Ella?
—Alicia Markova. ¡La hija de la gran puta de la Markova!
—(…)
—Ella era quien estaba en boca de todos, por su próximo papel en Giselle. Todos hablaban de la Markova; quesilamarkovapallá quesilamarkovapacá… Y yo no podía soportar más tanta alabanza, tanto culto a una estrella mediocre.
—No era mediocre. Era la primera bailarina del American Ballet…
—¡E-ra me-di-o-cre! ¡A ver si vas a llevarme la contraria en esto a mí!
—¡No, no, Dios me libre, Alicia…!
—¿Diosmelibrealicia, diosmelibrealicia? Ustedes los pájaros siempre se creen que saben más que una…
—Perdone, Maestra…
—Si te digo que la Markova era mediocre, es porque lo era. Era una bailarina muy limitada e inestable. Y tenías unos brazos espantosos. Merecía un tiro entre los ojos desde el primer acto.
—Curiosa manera de definirla…
—Y era muy mala persona, como se demostró esa misma noche. Yo es que con las malas personas no puedo. Es algo que no está en mí…
—Ya
—Y encima ella me iba a robar mi momento. ¡Yo tenía un encabronamiento encima…!
—La entiendo.
—Y entonces invoqué al Maléfico.
—¡No!
—No hay nada malo en invocar al diablo; todos lo invocamos. ¿Tú no lo invocas?
—Bueno yo…
—Y aquella noche era perfecta para que el Demonio se hiciera visible: New York estaba cubierta de nubarrones negros, tronaba y soplaba un viento helado. Entonces abrí de par en par las puertas de mi balcón a la 5ta Avenida, conjuré al mal, y dejé que entrara la tormenta a mi sala de estar. Se dice que El Maléfico se mueve cabalgando sobre una tromba…
—Madre mía…
—Oye, tú, pues se presentó y como si nos hubiéramos conocido de toda la vida, chico…
—Qué bien.
—Fue una conversación muy distendida. Le hice café y todo.
—Qué buena onda, ¿no?
—Soy muy amigable y conversadora, sobre todo con las fuerzas del mal.
—Anjá…
—Y entonces le expliqué rápidamente la situación: necesitaba neutralizar a la Markova, conseguir que el público americano se rindiera a mis pies, convertirme en primera bailarina del American Ballet y sobre todo, hacer que desde aquella noche, Giselle me perteneciera para siempre…
—Muchas peticiones para ser una bailarina novata… ¿Y él que dijo?
—Que Ok.
—¿Así, por las buenas?
—Ni un problema me puso, chico. Ah, y que a cambio de todo eso, sólo quería mi alma.
—Lo típico.
—Fue muy generoso.
—Más que dadivoso.
—Así que cerramos el trato y él fue a preparar todo el show.
—¿Y…?
—El pacto se puso en marcha en segundos. El teléfono sonó y era el director de la fundación del American Ballet. Markova había enfermado repentinamente.
—¡Qué casualidad!
—No seas imbécil, no estás atento a mis palabras. Fui yo quien propició su enfermedad.
—Ah.
—Y del American Ballet llamaban para preguntarme si yo estaba en condiciones de hacer Gisselle… Casi se me cae el teléfono de las manos.
—Qué fuerte.
—Ya le habían preguntado a otras. A la Smirnova, a la Chandler, a la Volskova… pero ninguna estaba preparada. Eran bailarinas sin aspiraciones, simples cisnecitos de la Markova. Calladas, nada ambiciosas. Como Caridad Martínez, pero en blancas.
—¿Y usted?
—Qué pregunta. Yo me sabía toda la coreografía. Me escondía en los ensayos de Markova, tomaba notas de sus defectos. Y elucubraba, elucubraba… Siempre elucubro mucho.
—Y entonces de repente, Giselle era suya.
—De repente, el mundo a mis pies.
—¡Un golpe de suerte!
—¡No! ¡No fue un golpe de suerte! ¡Tengo talento, no suerte!
—Pero oiga, Alicia…
—¡Qué Oigalicia ni Oigalicia ni Oigalicia! ¡Mi carrera no es una casualidad!
—Pero si yo…
—¡Tú intentas que yo quede ante el mundo como una bailarina ilusa y mediocre, que un día, así, por casualidad, se convierte en una estrella del ballet!
—¡Alicia le juro qué…!
—¡Qué Alicialejuroqué, ni Alicialejuroqué! Ustedes los periodistas americanos siempre quieren hacer quedar mal el arte socialista.
—No era mi intención…
—Ya… noeramintención noeramintención… por eso no he querido abandonar este país que me entiende y me apoya. En América se me odia sin razón.
—¡Alicia, yo no quise…!
—¿Aliciayonoquise, Aliciayonoquise? ¡No vengas aquí a provocar!
—Perdone, Maestra.
—Bueno.
—¿Entonces… la Markova?
—Intentó joderme hasta el último momento…
—¿Qué hizo?
—Quiso dinamitar mi estreno desde su cama de enferma.
—¿Se refiere a la táctica del tocado de Giselle?
—Exacto. La noche del estreno, Markova me mandó un paquete primorosamente envuelto. Era su adorno de cabeza para el segundo acto de “Giselle”.
—Todo un gesto.
—Eso creía yo. Traía una nota: “Úsalo, que te traerá suerte. Tu amiga, Alicia Markova”.
—Y usted se lo creyó…
—Soy muy ingenua. Estaba emocionada y agradecida… Y me lo puse. Entonces justo cuando tenía que salir a escena, una bailarina del cuerpo de baile me dijo horrorizada: “¿Qué haces con eso en la cabeza? ¡La Markova no lo usa porque siempre se engancha en las mangas del bailarín!”
—Qué mala fe.
—Una hija de puta rusa, que son las peores. Porque Maya era otra…
—Pero ahora hablamos de la Markova… ¿era mala compañera?
—Un demonio. Ni una bailarina de Tropicana cae tan bajo. Usan polvos de brujería para poner dentro del tocado, ponen chinchetas en las zapatillas y aceite en las puntas…
—¿Usted lo ha hecho?
—Mil veces. A Loipa y a María Elena las volví locas de tanto sabotaje. Me divertía mucho viéndolas caerse.
—Vaya…
—Pero lo hacía inocentemente, era sólo una broma, no había mala fe.
—Menos mal.
—Pero un tocado que se enganche en la ropa de tu partenaire es muy cruel. Nunca te libras del ridículo el resto de tu vida.
—Qué mala persona la Markova, ¿no?
—Una hiena rusa.
—Pero dicen que usted se le parece…
—¡¿Qué dices insensato?! ¡Yo siempre he sido bella! La Markova era un coco. No podía compararse conmigo en belleza, ni siquiera en esa foto en technicolor retocada que has puesto…
—Si usted lo dice…
—Por eso me alegré de que se muriera en 2004. Murió como una serpiente en la oscuridad. Una bruja menos.
—Dicen que usted le mandó el tocado a su entierro…
—Lo conservaba. Y qué mejor que ponérselo en su ataúd, para recordar lo mala que fue.
—Usted es una mente muy especial, Maestra…
—Elucubrando, elucubrando siempre.
—¿Y entonces qué tal fue aquella Giselle en Nueva York?
—¡Sublime! ¡Aquella noche pude entrar en la piel de Gisselle… y poseerla! Fue como hacerle el amor a la amante de Markova delante de 2000 neoyorquinos.
—Qué barbaridad… Digo, ¡qué maravilloso!
—Cuando la función terminó, Giselle ya me pertenecía para siempre. La había poseído, su corazón latía en mis manos… doloroso y sangrante…
—Me erizo, tú…
—Es para erizarse
—Da hasta miedo…
—Mi vida entera ha sido así de espeluznante.
—¡Alicia, queremos saber más!
—Lo cuento todo en el decimosegundo epílogo de mi Tetralogía Autobiográfica.
—¿Dónde podemos encontrarlo?
—Por 150 dólares te bajas un ejemplar de mi web, electrónicamente firmado por mí.
—Alicia, lo haré…
—No, no, “Alicialoharé, Alicialoharé”, no. ¡Hazlo, coño! Que nadie entra a mi web, y eso me saca de quicio. ¿Tienes un cigarrito ahí?
—Sí, Maestra.
—Tengo unas ganas de fumarme un Aromas. Pero Pedro me los esconde. Me tiene más cansá…