Leopoldo Luis: Pequeña letanía institucional

Esto fue lo que hicimos: estacionamos el auto —I.R. y yo— en una tienda Sears. Luego continuamos a pie, recorriendo “la milla del milagro” como si fuera un auténtico milagro. No recuerdo haber experimentado un sentimiento igual, caminando de Centro Habana hasta el Vedado. Depender de nuestras propias piernas era cosa de todos los días: no había ningún encanto.

Recibimos la invitación por correo electrónico. O por el mensajero de Facebook, no recuerdo. Los mensajes de Facebook están de moda. La gente quiere comunicarse contigo y te pone un comentario “Escríbeme por interno”. Y ya. Para quienes lean el post será una gran incógnita. ¿Qué se habrán dicho, de qué tendrían que hablar que no debía enterarse el resto? Estamos en la era de las redes sociales. No basta con vivir: hay que vivir para los demás. Someterse al escrutinio público.

Pero las redes tienen su encanto (y su utilidad, nadie lo dude). Si vas a presentar un libro, por ejemplo, y no estás en el programa de ninguna librería importante. Un libro como el que compraríamos I.R. y yo dentro de unos minutos, si “la milla del milagro” no terminaba por tener más de una milla…

En cuanto llegué a Miami me dijeron “Aquí no hay UNEAC, no reparten croquetas en las presentaciones de libros…” Lo de las croquetas lo acabo de inventar, pero juro que lo demás es cierto. Bueno, yo podía entender que la UNEAC era una institución nacional, aunque los partidarios de la conspiración afirmaran que sus tentáculos se extienden hasta “la capital del exilio”. La advertencia me pareció innecesaria. “No hay UNEAC, no hay Casa de Cultura, tienes que arreglártelas por tu cuenta”. Los ojos de mi interlocutor brillaban de un modo raro. Algo así como “Qué satisfacción tener a este tipo delante y cantarle las cuarenta; no se me haga el escritor, el periodista que publicaba sus bazofias en Cuba”, porque “Aquí tienes que pagar para que te editen un libro, te cuesta doscientos cincuenta dólares y te ponen el libro en Amazon. Te haces cargo después y si vendes, digamos, veinticinco ejemplares a diez dólares cada uno, recuperas la inversión. Matemático”.

El periodismo ni eso.

Tal vez era esa la verdadera razón de nuestra caminata. De alguna manera, I.R. y yo habíamos comido incontables croquetas en innumerables presentaciones de libros, eventos, exposiciones de arte. Nos pagaban (de manera simbólica) por escribir un texto y jamás se nos ocurrió la peregrina idea de invertir nuestros precarios ahorros en la edición de un libro. Ahora teníamos la oportunidad de verlo con ojos propios, de saborear al escritor cocido en su propia salsa, en cuyos ingredientes había vertido algo más que talento literario: esfuerzo, esperanza y hasta fortuna escasa.

Uno pensaría que nadie organiza una presentación en esas condiciones. Pero sí. Alguien cede un local (lo renta o lo presta, no voy a preguntar esas cosas) y los interesados invitan a sus amigos a través de Facebook, por teléfono, de boca en boca. El autor compra treinta o cuarenta ejemplares de su propio libro, se acomoda frente al auditorio, lee un fragmento y escucha los elogios del “presentador”: con toda certeza un amigo (a la vieja usanza insular). Luego se retira un poco y estampa su firma en los volúmenes que ha logrado vender. Alguien saca fotos con una pequeña cámara compacta. El fotógrafo sospecha que está haciendo historia. Intuye que dentro de medio siglo esas imágenes aparecerán en libros de texto, ilustrando el lanzamiento de una novela que cambió los rumbos de la narrativa hispanoamericana del tercer milenio. ¿Quién lo sabe?

Siento natural aversión por todo lo que huela a esnob. La he sentido siempre. Demasiada gente aparentando un discurso inteligente, original, auténtico. Demasiados genios, podría decirse. Demasiados tipos declarando “independiente” lo que sea que hacen. No hay nada independiente bajo el sol. No en materia de arte, donde los hilos de la creación tejen sucesivas capas, incapaces de sobrevivir unas sin otras. Pero esta literatura desarraigada y sola tiene todos los visos. Transpira una verdadera independencia funcional y ética. ¿También estética? No hay concursos oficiales, nadie paga un centavo por derechos de autor. No hay jurados de prestigio, ni certificados, ni premios, ni cursos de técnica narrativa…

¿Tendría razón mi admonitorio colega? ¿No resulta absurdo que allí donde la gestión editorial está en manos privadas, centenares —acaso miles— de títulos languidecen bajo el polvo digital en los “anaqueles” de Amazon? En la democrática sociedad de la comunicación cualquiera puede escribir un libro y cualquiera puede publicarlo. Lo que no puede es venderlo. Es decir, puede vender hasta mierda, mas no sin mercadearla. La participación en ferias internacionales y otros eventos, así como la promoción de la obra en los cada vez más deprimidos circuitos literarios, sigue siendo privilegio de algunos. Una vez más, la impronta institucional estampa su indeleble huella en el fruto del intelecto humano: en La Habana por su opulencia; en Miami por su indigencia.

Cual editoriales de pedigrí infalible, proliferan los sellos personales en la Red de redes. Sin iniciativa comercial, sin catálogo coherente. ¿Impulsan o frenan el difícil tránsito de la literatura que intenta encontrar a sus lectores? El respaldo institucional (léase monetario, estructural, ¿ideológico?), ¿dignifica o degrada la palabra?

Sin dudas, esa “literatura de la dispersión” merece un buen estudio. No parece haber frontera capaz de contener el fenómeno de la autopublicación. En Internet está todo. El disparate escritural y el poemario lúcido. El texto confesional y la narración cautivadora.

Para llamarlos al orden, ¿quién fundará la Casa del Creador Virtual en un rincón oscuro del ciberespacio?