Gelsys M. García: Los 10 ‘rounds’ del combate entre el Castellano y el Español

1 y 2. El laísmo y el loísmo.

Dos nombres que parecen sacados del tarot o de un tratado de cardiología (algo así como sístole/ diástole).

Sin ir muy lejos, este curso 2015-2016 la Conserjería de Educación de Madrid distribuyó un material de apoyo escolar para la comprensión lectora de los alumnos de 5 años. Los errores de este material se hicieron eco en periódicos y redes.

La historia en sí contaba el rapto de una princesa:

“Había una vez una princesa a la que habían raptado unos malvados piratas. Estos LA taparon la cabeza con un pañuelo negro (…) Un príncipe que pasaba por allí vio todo lo que LA ocurrió a la princesa…”.

En apenas unas cien palabras, se deslizaron dos laísmos, como mismo se deslizan miles a diario.

En el centro-norte de la península ibérica, el “le” les parece apersonal, asexual, ineficiente, neutro, cosificado. Sin hablar de que el objeto directo y el indirecto son dos mónadas que alguna vez trajo el profesor a clases. Todo lo femenino se reduce a la/las y todo lo masculino a lo/los.

3. El leísmo.

El efecto de rebote. La reacción de otros hablantes que ya no piensan en términos de sexos, sino de personas o cosas.

Para el leísta, toda persona es igual a le/les:

“He visto a una señora”/ “*Le he visto a ella”.

La academia es más flexible con esta regla, mientras estigmatiza todo laísmo y loísmo, permite ciertos leísmos como el de la equivalencia de lo/le (siempre referido a sujeto masculino singular, hombre; por ejemplo, no aplicable a un perro macho) o el empleo de le/les cuando se refiere a la segunda persona de respeto (usted, ustedes: vuestras mercedes).

4. Sustantivos femeninos con artículo masculino.

“Tan claro como este agua”: era el eslogan de la campaña veraniega 2015 de Viajes El Corte Inglés.

Todo Madrid fue invadido por marquesinas en las que se repetía el mensaje ad infinitum (desde el número 1 hasta el 724 de la calle Alcalá).

Semanas, meses: y la ciudad sin inmutarse.

Un fondo plástico de palmeras, una playa, la misma sonriente familia con sus rictus impostados y los verdes y azules chillones que emplean los diseñadores de ECI multiplicando este agua, este agua, este agua

Así mismo, se repite a diario: *ese aula, *ese alma, *ese águila… O como cantan los Payasos de la Tele en “La gallina turuleca”: “porque pasa *mucho hambre”.

Todas estas palabras guardan un único elemento en común: todas comienzan con una “a” tónica y siendo femeninas, irregularmente (y por algún motivo de la gramática histórica, quizá la cacofonía) aceptan las formas “el” y “un” como artículos, pero no aceptan ninguna otra forma masculina (ni *este agua ni *mucho hambre), pues son femeninas.

5. El dativo de interés/ el egotismo de interés.

En una tiendita madrileña, de las que hay perdidas entre tanto bazar chino, kebab y estanco de tabaco, se oye a sus castizas empleadas comentar: Me he traído de casa la comida. Me he comprado una coca cola. Me he tomado un café. Me he preparado un viaje para el verano.

En algún punto de la conversación, es evidente que hay un sentido del yo extremado: un me-me-me casi meme. Asunto freudiano el del tan empleado dativo de interés.

Constantemente hay que remarcar ese destinatario que siempre es uno mismo. Es un vicio deformante. De ahí construcciones como Me he venido al trabajo en autobús.

6. Copretérito/Imperfecto de subjuntivo.

Andrés Bello mediante, llegamos al tema del copretérico de subjuntivo, oficialmente pretérito imperfecto (RAE dixit).

Ninguna gramática establece un uso normativo sobre sus dos formas: –ra y –se. Al parecer tienen igual valor e iguales connotaciones. Lo que es un hecho es la preferencia castellana por las formas en –se.

Así, en Madrid es como si se cantase, se bailase, se comiese… Si se cantara, si se bailara, si se comiera, pues no sería Madrid (o al menos no el del tío Pepe).

La forma en –ra alguna vez aparece: quizás, conjeturo sin pruebas, debido a cierta cacofonía: se casara en lugar de se casase (y sus molestas eses), tosiera y no tosiese.

En América, por lo general, se prefiere la forma terminada en –ra. En algunos sitios como Cuba, ello se traduce en que –ra es la forma coloquial e informal en comparación con la forma en –se que es culta y formal.

Pero ninguna gramática nos dice qué hay detrás de tosiera o tosiese, probablemente, alguna deformación climatológica, bacteriana, tropical, sudaca.

7. La segunda persona.

Junto al afamado “vosotros” (del que el “vos” es una secuela), viene otra desviación de la correcta y excelsa gramática.

Un guardia de seguridad detiene a unos  maleantes en el metro, mientras les grita: Salir de allí. Salir ya o disparo.

Otro golpetazo/ tortazo a la gramática.

Allí donde va la segunda persona del plural, allí donde va el “vosotros” tiene que ir obligatoriamente esa -d final, la única huella del imperativo, su único ADN en medio de su impersonalidad.

Salid, salid y salid. (Una breve digresión sobre la segunda persona: la desaparición, casi extinción del empleo de la segunda persona de respeto en la norma castellana, desde hace unas décadas, ha comenzado a retroceder sobre todo en los ambientes más cultos, pero lo general es no emplearla. A un viejo catedrático universitario, sus alumnos lo tutean todo el tiempo; los periodistas tutean al presidente o a cualquier otra autoridad; se tutea a desconocidos y a familiares por igual. E, incluso, podría pensarse de un uso del usted/ustedes intencionado y distanciador, cuando se emplea en algunas casos).

8. La pérdida del artículo.

En Toledo, a las 8 de la tarde (porque a las 8 todavía puede haber una apabullante luz solar), antes de coger el tren, la empleada de la limpieza se despide: Me voy a casa.

En algún punto, el artículo se pierde: en la norma castellana no existe “la casa”, sino “casa” a secas. Tengo los libros en casa. He salido tarde de casa. Lo curioso es que solo le sucede a ese único sustantivo. A nadie se le ocurre Ir a iglesia ni Estar en oficina, sin embargo, sí se está en casa y sí se va a casa.

9. Ciertos extraños regímenes preposicionales.

En Madrid, la gente en una reunión se pone “en” pie y no “de” pie. De hecho, nadie se pone “de” pie nunca en esta ciudad. Pero son las típicas diferencias de regímenes preposicionales que dependen de la zona de geográfica.

10. Metátesis (casi metástasis).

El léxico castellano también sorprende con muchas metátesis como cualquier otro. Su pureza no impide que los hablantes (populares eso sí) no dejen de comer *cocretas o *almóndigas, dos platos muy típicos.

Sin embargo, sus pocos escollos no han impedido que el castellano siga enarbolando su valor modélico ante las otras variedades que pueden estar plagadas de localismos, arcaísmos, préstamos lingüísticos (el desmedido y arrasador paso del inglés sobre todas las lenguas)…

El castellano no es una lengua, sino una variedad, una más: que ha ejercido su poder desde la tradición, la historia, las actitudes (pos)coloniales. Una variedad empoderada en Europa, pero en declive del otro lado del océano, vencida por los incontables millones de hispanohablantes en Norteamérica: México actual país con mayor número de hispanohablantes y Estados Unidos, su sucesor para 2050.