Ángel Santiesteban Prats: La última sinfonía

(De Última sinfonía, Hypermedia, 2015)

Para Elisa Tabakman,  que con ternura exigió el relato

El violín  fue el regalo más trascendental en mi existencia. Me trasmitió la vitalidad para la sobrevida. Fue el soporte donde descansó mi agonía y tanto desconsuelo; la forma de suplir ese espacio mágico que me transformó, brindándome un horizonte, inyectó el anhelo de lo que deseaba alcanzar después como profesional, y de evacuar la sangre que ha brotado por la herida, a partir que me hice consciente de lo que acontecía en mi entorno.

La caída de la escenografía ocurrió en un parpadear, el que invierte el viento para empujar las hojas de un libro cuando es lanzado desde un auto en marcha; o ese lugar del bombín que el mago enseña vacío y luego saca un conejo dócil, ante la sorpresa de los que observan; pero a pesar de la repetida escena en nuestras vidas, nadie se preocupa por la suerte del animalito, su opresión, el constante hastío al que le obligan a experimentar, mientras espera en su lóbrego rincón por un segundo de notoriedad… En la temprana edad de los trece años descubrí que por mucho que hiciera o sucediera, no podría cambiar mi pasado.

En aras de salvarnos de la persecución, la huida junto a mis padres a la Argentina, para entonces vivir en el secreto y la desvergüenza, fue el pago por mi indirecta manera de ser cómplice en la oscura inconsciencia, al punto que morir hubiera significado un alivio. Nada es peor que ser presa de su propio escrúpulo. Un pequeño violín y un libro recogido del lodo, han sido las pruebas y acompañantes de mi andar desconsolado…

Antes de los buenos aires, en América, fue un viento gélido que trastocó los sentidos y los espacios; aunque me separen tantos años del acontecimiento, aún persiste el mismo dolor, quizá cada vez más intenso, quejumbroso como el primer día porque tras cada amanecer me pregunto qué derecho tengo para respirar, ser un milagro de sobrevivencia, ser testigo y, por ello, a quien le corresponde relatarlo…

Cuando el padre escuchó el motor de los camiones y avisos por altoparlantes, indicó que escogieran las ropas, utensilios y elementos de aseos más necesarios. Lo hizo porque su ruego constante y confiado a Dios, había perdido la esperanza de una respuesta salvadora; en silencio asume que el suplicio de “El libro de Job”, se inicia para su familia. El intento de retardar la acción es ineficaz e impostergable.

Desde la ventana se aprecia el despliegue militar. La niña Noemí, sin ninguna duda, lo primero que introduce en el envoltorio es su violín, regalo de su padre al cumplir diez años, tres inviernos atrás, fabricados por los lutieres de la compañía Strunal en Luby, y que sueña un día visitar. Junto al violín Dvorak, se adjuntaba un manual para principiantes, advirtiendo que ese modelo era un estudio experimental, por lo que serían muy pocos los fabricados. Noemí leyó con detenimiento cada palabra, e imaginó las descripciones geográficas del reducido poblado en las montañas, muy cercanas a la frontera con Alemania.

Ni siquiera su padre al adquirirlo en una tienda de artículos de uso con el fin del regocijo, imaginó lo que significaría para su hija desde el instante que le fue depositado en sus manos. A partir de entonces la pequeña dedicó cientos de horas a dominar el instrumento de manera autodidacta, guiándose por las clases sencillas del manual para el aprendizaje de inexpertos, pues quería con el violín acompañar al piano a su madre y hermanas, y formar parte de la tradición musical de la familia materna. Antes de cumplir los cinco años, por las lecciones de su madre de solfeo, ya leía partituras. Lograr los sonidos misteriosos y dulces, es su talento natural. Su padre, al constatar la apasionada dedicación, hubo de prometerle que si era aceptada en la próxima audiencia del conservatorio de la ciudad, lo cual no resultaba difícil de alcanzar según la valoración de los músicos amigos que pudieron audicionarla, le compraría el más portentoso de los violines Strunal.

Pero ahora la realidad es otra. Desde la llegada de los alemanes y el inicio de la guerra, se les ha prohibido a los judíos ingresar en las escuelas, y los adultos fueron expulsados de sus trabajos, por lo que imaginar el futuro es una previsión incierta. Los sueños en el horizonte, hasta los más inmediatos, se empañaron al cambiar las circunstancias. Los nazis comienzan a agruparlos en la ciudad de Terezín.

Noemí reconoce que sus anhelos se deshacen como el juego con las figuras de nubes que el viento empuja y desdibuja. De todas formas, los estudios en conservatorio, en última instancia, se posponen; por suerte su música bulle dentro de su cuerpo, el violín solo es su caja de resonancias. Su sentido es capaz de reproducir los sonidos, aún más bellos, de los que son capaces de emitir cualquier instrumento construido por el hombre.

Sentada desde su cama observa el ajetreo de su familia. Sobre sus piernas descansa su adorado oso de trapo, su compañero, confesor de siempre y cómplices de maldades a sus hermanas. En tan poco tiempo sus vidas se han modificado, al punto de resultarle desconocidas. Las hermanas disciernen entre las propiedades a escoger, se debaten en el dilema de las más factibles para el inescrutable albur que se les avecina. Seleccionarlas es difícil, todo parece necesario y entrañable, porque sencillamente, lo es. Al cerrar las maletas, se ven obligadas a descontar en aras de lograr su sellado. La madre se acerca a Noemí con el propósito de ayudarla a elegir, al sospechar que no ha sabido qué guardar; y se sorprende al encontrar lista su maleta. Le toma el rostro con ambas manos y besa su frente sin poder impedir que los ojos se le humedezcan, lo que intenta ocultar para no agudizar su tristeza. La niña suspira y extravía la mirada por la ventana que da al tejado de las casas aledañas, semejante a un gato atemorizado que se escurre del peligro eminente.

—Ya es hora —dice el padre al percibir el alboroto en el vecindario—, cada cual tome sus pertenencias —se ajusta la bufanda y se dirige a la puerta—. Nunca olviden que “la amargura del exilio es el comienzo de la redención”.

Noemí carga su maleta e intenta acomodar el oso. Al comprender que no puede llevárselo, los ojos se le tornan llorosos. Lo deposita sobre  la cama, y sin poder contenerse lo vuelve a tomar; pero finalmente lo deja y se aleja. En las solapas de sus abrigos resaltan las estrellas amarillas. Antes de salir se abrazan en el más brutal de los silencios. Luego emprenden en dirección a la calle. No miran atrás, se lo han prohibido a sí mismos para que la nostalgia no golpee bajo. Afuera las familias permanecen sentadas sobre sus maletas o al borde de las aceras, esperando las órdenes de los oficiales.

A través de altoparlantes avisan que a partir de ese momento, todo el que se mantenga rezagado se considera rebelde, desertor de las leyes establecidas. Vuelven a repetir que serán llevados al gueto de Terezín. Y ordenan iniciar la avanzada. Por ambos bordes son custodiados por soldados con perros prestos a desafiar al que pretenda evadirse. Como entretenimiento se dedican a azuzarlos para que lancen mordiscos. Desde las ventanas, los que hasta ayer fueron educados y caritativos vecinos, observan distantes al ser considerados “arios”: raza superior y perfecta. Algunos ríen por el terror que despiertan los perros cuando atacan. Lo peor de todo es que están convencidos que Hitler tiene razón, o al menos, así lo demuestran al convenirle y no ser afectados.

Los niños lloran por el cansancio sin que sus padres puedan acallarlos. Varios ancianos caen agotados; pocos, a pesar de la presión de los soldados, logran reintegrarse, por lo que son separados con premura bajo las súplicas de sus familiares. Al rato llega el eco de los disparos. Al unísono vibran los cuerpos al saber muerto a su ser querido; pero ya no le hayan sentido al grito de dolor. Prosiguen la caminata por la inercia. Sólo se dan el lujo de permitir que se les escapen las lágrimas.

La familia marcha alrededor de Noemí. En una ocasión pregunta cuánto falta para arribar, y no lo hizo por cansancio, sino por tocar su violín. El padre le acaricia el pelo. Su madre reparte pedazos de pan. Noemí no concibe la manera de poder ingerirlo mientras se camina, menos imaginar a sus padres masticando en plena vía pública. Sin ponerse de acuerdo, todos prefieren guardar la ración.

Al atracar en la estación, son amontonados dentro de los vagones designados al transporte animal. El olor a orina y excremento hace una combinación insoportable. De inmediato se corren las puertas y empieza el viaje. Su padre, con la intención de animarlas, asegura que la localidad destinada no está distante, por lo que se llegará en menos de dos horas. Le sonríe a Noemí, pero ella no lo imita, solo aprieta su mano porque lo único que necesita es palparlo. Con eso, como en aquellas noches oscuras, elude el miedo a pesar de las sirenas, el sonido de los aviones y las bombas cayendo encima de Praga, de inmediato los carros bomberos dirigiéndose al desastre; pero no se asusta si logra ver su presencia, sabe que si están juntos nada desafortunado sucederá porque su padre siempre está cerca de Dios, no solo por la altura física, sino por sus constantes oraciones; su madre, en broma, sostiene su vocación de rabino.

El padre, como de costumbre, tuvo razón, el tren se detiene en el tiempo que predijo. Al abrir las puertas aparece la vieja ciudad rodeada de murallas, acordonada por varios hilos de alambradas con dientes filosos que brillan, mil estrellas que rebotan a la luz de los reflectores, enfocados al borde superior de los muros, y centinelas cada cincuenta metros de separación.

Los llevan directamente al portón de la urbe, cruzan el puente sobre los fosos. Luego de formarlos, el encargado del gueto advierte que los que intenten escapar serán pasados por las armas en el acto. Anuncia que cada familia ocupe una habitación. Sin dilatar inician el repartimiento. No les autorizan escoger a sus convivientes, solo son empujados al azar según las piezas existentes en la vivienda. Al entrar comprenden que no hay camas, que dormirán encima de cobijas tendidas en el suelo.

La pequeña  apenas repara las condiciones que la rodean, tiene lo necesario, su familia y su violín, por lo que solo atina a abrir su maleta y extraerlo. La caricia es la rutina del preludio, pero esta vez agrega cierta dosis de añoranza por su casa, el suburbio y las costumbres. Sitúa el instrumento en su hombro, y emprende con las primeras notas que vagan en su mente. Su madre le pide que mejor guardarlo porque molesta a los vecinos fatigados por el viaje, pero Noemí ya está sumergida en ese torrente que la traslada a una dimensión inalcanzable; reconoce que debe de estremecerla para hacerla volver a la realidad, y cuando se lo propone, ve en la puerta de su habitación algunos de los ubicados en los cuartos colindantes. Un señor con su esposa le pide con un ademán que no la interrumpa, y ante la sorpresa de su padre y hermanas, deciden permitirle continuar. La música los mantiene inertes, ven pasar sus vidas como el reflejo en las aguas del río. El gueto, a pesar de la superpoblación, brinda el sentimiento de estar deshabitado, poseídos por fantasmas que pululan en los espacios. A lo lejos oyen las voces de los soldados ebrios cubriendo sus guardias. A ratos, ladridos de perros que se acercan.

Minutos después, un vecino alarmado asevera que los guardias localizan el sonido para decomisar el instrumento, por lo que la niña, al ser sacudida y advertida, acalla y lo pone a resguardo. El resto de la noche transcurre entre intervalos de vigilia y pesadillas, al temor de que los soldados le confisquen el violín.

En la madrugada su padre recorre cada integrante de la familia, se ocupa de que estén cubiertas con las frazadas. Noemí finge dormir, lo observa con los párpados semicerrados. Lo ve ir a la ventana y secarse las lágrimas. Nunca lo había visto llorar. Por momentos, ora. La niña se duerme mirando su silueta que contrasta con la luz de la luna.

El ruido de los motores los despierta. Los nazis gritan que salgan urgente y suban a los camiones. Se les prohíben tomar sus pertenencias, afirman que después se las harán llegar a sus lugares de ubicación. Noemí sin pensarlo acomoda el violín debajo de sus faldas. A empujones son sacados de las viviendas, mientras en la salida los militares se aseguran de que encima no posean propiedades. Los examinan y les van quitando las alhajas que luego tiran a un balde. Una señora procura proteger sus pendientes y el soldado le grita que los entregue, lo que hace con nerviosismo, logra zafar uno y el alemán impaciente le hala el otro, lo que provoca el grito impotente de espanto y dolor, de inmediato la sangre y la patada que la lanza al exterior.

A su madre y hermanas las revisan y logran pasar sin contratiempos. Noemí se sitúa delante de su padre, lo que al acercársela le descubre el instrumento debajo de su ropa y siente pavor de que sea descubierta. A unos pasos, los dos soldados continúan registrando de mal genio. El padre la mira y ella ladea la cara reafirmándole su decisión incuestionable. Tampoco existe el tiempo oportuno para convencerla del peligro que enfrenta. Un nazi observa a su padre que, antes de levantar los brazos, casi imperceptible, impulsa a la niña que logra proseguir y sobrepasarlos, en lo que lo palpan y vacían sus bolsillos.

Una vez afuera, la suben al camión junto a su madre y hermanas. El padre, al salir y verlas, intenta acercarse pero los militares se lo niegan, los hombres van aparte. Cuando suplica que le permitan despedirse, recibe en el estómago un golpe con la culata del fúsil y cae de rodillas; de inmediato el soldado amenaza con dispararle en la nuca. El grito consternado de su esposa detiene la ira del alemán que, sorprendido, la localiza; el dedo listo para halar el gatillo; el universo acontece en apenas unos segundos, todo se paraliza, miradas atónitas, el índice titubeante del nazi cede y aleja el cañón del arma, y el resto  vuelve a respirar, pero en cambio lo patea varias veces, y cae adolorido en medio de los sollozos de sus hijas y esposa que, instintivamente, le tapa los ojos a la más pequeña, que no insiste porque prefiere no presenciar. Una vez satisfecho el soldado indica que lo suban al camión, lo que prestos cumplen varios vecinos con la intención de alejárselo antes de que cambie de idea.

Los camiones emprenden la trayectoria. Sin haberse podido percatar por la tensión, la niña aprovecha para acomodar el violín que lastima su piel. Su madre lo palpa y se sorprende. Noemí siente vergüenza de que su familia la descubra protegiendo el instrumento cuando sus vidas están expuestas; pero se reconoce víctima de esa pasión; la eternidad le resulta anodina sin aquella caja con cuerdas, por lo que no puede hacer nada por evitarlo. Ya había renunciado a su inseparable oso, ahora a su padre. Reza por no continuar sumando a su lista de pérdida entrañable.

Tiene la certeza de que no volverá a ver a su padre, al menos hasta después de la guerra. Su padre solía decirle que al nacer sintió en el pecho la hincada de una punta de estrella. La invade la consternación y un viaje a su ser más profundo, y que regresa luego de la metamorfosis de ese suplicio, en arte, una música surge, nace sin esperarlo, algo indefinido que asoma desde su mente, un susurro que va tomando fuerza, y como creación se apodera de su alma; imagina las líneas de una partitura, y compone sin determinar qué es; pero se deja llevar, transforma ese dolor causado por la ausencia paterna, imagina sus ojos, labios, sus manos, lo recuerda paseando por la orilla del río Vltava, y moldear un golem de arcilla; el abandono del oso de trapo y el hogar. Le gustaría recorrer las montañas de Luby, y sentir la brisa balanceando los árboles al compás de su música. Las notas brotan primero como un rumor, acompañadas de imágenes que traduce en ese fragor de despedida, que se presenta intenso, crece en asonancia vertiginosa. Lo hace con los ojos cerrados, experimenta que allí dentro, en su interior, está el universo.

—¿Por qué las lágrimas? —interrumpe alarmada su madre—, papá pronto estará con nosotras.

Su madre le hace notar que llora; a Noemí le molesta que ignore la pérdida de su esposo, tiene deseos de aclararle que se ha ido y no volverán a verlo por mucho tiempo; pero prefiere callar para no confesarle que las lágrimas, se deben al sentimiento causado por la composición.

Cada nota que agrega, la repite para memorizarla, ahora es lo único que le preocupa, está segura de que si logra trasmitir su gozo, en definitiva el padre permanecerá siempre con ella, y ésa es su coraza. Se sabe un cofre que guarda la partitura y que debe proteger. Continúa moviendo los dedos sobre sus muslos para llevar los compases.

Al llegar a la estación ferroviaria, el tren los espera encendido. Con violencia las empujan al interior de los vagones. Su madre y hermanas levantan la vista intentando localizar a su hombre entre los grupos cercanos. Noemí no lo busca porque lo lleva dentro, lo abriga con su cuerpo. Finalmente, ya en el interior de esos cajones pestilentes, cierran las puertas que los dejan en la total oscuridad. Al rato el oxígeno falta y los obliga a respirar y exhalar con lentitud; lo que es aliviado con el aire que entra por las hendijas, cuando el tren alcanza velocidad.

Aprovecha para acuclillarse y proseguir la estructura musical, tamborileando los dedos en sus piernas flexionadas. Su madre la observa y se alegra de que artista al fin, se mantenga enajenada de la realidad. Para Noemí terminar la sinfonía es una necesidad, aunque sepa que es injusto por desatender los acontecimientos que la rodean y la hacen parecer fría y despectiva. Por intervalos deja de componer, y descubre que cada vez que se detiene, el dolor por la ausencia del padre se multiplica, se aloja en su pecho y taladra incesante como el pico de un ave. Crear alivia, se convierte en otra forma de padecer, algo que muta y obliga a transitar por lo desconocido. Cada pauta musical es la revelación, la luz.

El recorrido es tortuoso, hacinados con hambre y sed. Los cuerpos se han acomodado en cada diminuta extensión posible, al punto que se siente la respiración de los que la rodean. Noemí, por lo exhausta, no advierte cuándo queda dormida en los brazos de su madre. La noche es monótona, y la agonía, el manto que las cubre. El tren se detiene al amanecer. Las familias se observan aterradas. El gruñido de los perros anuncia el recibimiento. Entonces Noemí percibe ese miedo que solo la compañía de su padre es capaz de disipar, por lo que le urge memorizar las notas musicales, y sumergirse en ese estado delirante que la protege del martirio.

A empellones son guiados hacia las barracas. Las altas alambradas, las miradas hostiles de los guardias armados que custodian el perímetro con sus perros ladrando en aviso de que ellos, los recién llegados, les significan el peligro. Los zapatos se hunden en el lodo y a muchos se les dificulta rescatarlos, hasta que finalmente logran sacar el pie desnudo, por lo que deben continuar sin ellos. Cae una llovizna pertinaz parecida a paja quemada. Es gris y se deposita sobre sus cabezas y hombros. Les tiñe el pelo, igual que disfraces los convierte en ancianos. Se mezcla con el barro y lo endurece, una combinación que se fija en las botas y luego, para despegarlas, las golpean con piedras. La ceniza surge desde fondo del campo.

Apenas depositan los cuerpos encima de las maderas que usarán como cama, Noemí busca hojas en blanco y un lápiz que guarda en su chaqueta, y las raya en forma de pentagrama, de inmediato copia las notas retenidas. La madre repara en ella y se percata de ese juego de componer, luego, al parecerles coherentes las notas, infiere que reescribe alguna obra aprendida y ahora se aferra por memorizar; pero al verla acompañando el compás con los dedos y rectificando, comprende que se trata de una composición, lo que le aumenta la aflicción al reconocer su talento y las circunstancias adversas.

Los soldados graban números en sus muñecas, incluyendo los niños. Noemí pasa mucho rato mirándolo. Por primera vez se siente igual que el pescado que, aun colgando del anzuelo, lucha por volver al agua. Le pregunta a la madre si cuando todo se pase podrá borrarse, y le responde que sí, que un día olvidarán esa realidad, no será más que una horrible pesadilla. La niña sonríe. Al rato reparten una sopa caliente y un pedazo de pan. Terminan y las conducen a los trabajos forzados; permiten quedarse a los niños, los más chicos lloran al verlas partir bajo la mirada preocupada de los adultos. Se le pierden de vista a Noemí, que decide tocar su pieza musical. Mientras lo hace, el resto de los niños juega. Según avanza, corrige, cambia, perfila cada acorde. Llevaba más de una hora practicando, al ser sorprendida por un oficial, acompañado por una niña rubia y temerosa que se oculta a sus espaldas. Detiene el instrumento y se muestra recelosa al verlos interesados en el violín. Luego que se marchan, Noemí lo guarda y va a la ventana a mirar el lugar por donde se fueron su madre y hermanas; también recuerda al padre.

Dos soldados entran con prisa, el sonido de sus botas provoca terror. Los niños se esconden, otros toman por el brazo de Noemí para protegerse. Los nazis le gritan. Al entender que no conoce el idioma, la empujan, alcanzan el violín y se van. La niña permanece impávida, aún sin concebir lo que sucede. ¿Para qué unos militares necesitan un violín? Su cuerpo no cesa de temblar, se mantiene atenta a la puerta por la que se marcharon. Sus fuerzas flaquean y se duerme.

No se percata del regreso de los adultos que la encuentran afiebrada. Su madre la cubre con una manta y pone fomento en su frente, aprovechando las escarchas de las ventanas, supone que es resfriado.  En la noche el sonido del violín se derrama como un rinoceronte que camina por el techo de las barracas. Noemí lo percibe horrendo. Su madre descubre que le han ocupado el violín, y la enfermedad se debe a su estado emocional. Le habla para fortalecer su ímpetu y lo supere, pero solo devuelve una mirada inexpresiva de sentimientos, que corresponde a alguien que se cansa y decide abandonar.

En las noches llegan los trenes. Las mujeres van hasta las ventanas para ver la larga fila de sombras que avanza cansina, se perciben llantos, gritos cuando son mordidos por los perros. Los llevan directamente al final del campo. Noemí llama a su oso de trapo, grita su nombre y pide perdón por abandonarlo.

Al amanecer aún la fiebre no merma. La madre intenta obligarla a ingerir la sopa repartida como desayuno, pero solo acepta pocos sorbos. Decide acercársele al oficial encargado de trasladarlas a las labores, para que autorice a quedarse a una de sus hijas y pueda cuidarla; apenas la  escuchan, la apartan con violencia. Noemí, al verla afligida, finge reponerse y la abraza mientras le pide que vaya sin preocupación pues se recupera. Una vez que se han ido, se recuesta. Los niños varones juegan a saltar por la ventana en lo que las hembras los observan. Le resulta hermoso el contraste de la ceniza que, como copos, se confunde en el viento con la nieve. La superficie de la tierra se tiñe de azul.

A media mañana varios soldados vienen por los menores, les hacen formar una hilera sin importar el evidente malestar de Noemí, y los sacan a un costado del campo, los dirigen al fondo, una puerta tapiada impide ver al otro lado. La abren y comienza la entrada. Noemí puede ver a los primeros niños que corren en dirección a un rústico parque infantil y ocupan los columpios. Los soldados que se apropiaron del violín llegan con prisa, buscan asustados entre los niños, revisan a las hembras, hasta que casi en la puerta la reconocen gracias a su pronunciado cabello rojizo, y la toman por el brazo, no le permiten proseguir con los demás. La llevan de regreso. Después que todos pasan, cierran la imponente puerta.

Una vez en la barraca distingue a la rubia alemana junto a un oficial, sosteniendo el violín. Las niñas se mantienen observándose por varios segundos que parecen los más extensos de los vividos por Noemí. El oficial que la acompaña traduce y pide que toque, por lo que Noemí alcanza el instrumento, al ubicar los dedos de la mano izquierda en las cuerdas, queda al descubierto los números grabados, e intenta ocultarlos, que no queden a expensas de sus vistas, y de inmediato improvisa, desarrolla una melodía que le resulta agradable a la rubia, que sonríe emocionada. Luego se lo arrebata de las manos y vuelve a llevárselo.

Ahora el silencio de la barraca es mayor sin el juego incesante de los niños. Recuerda los días felices de celebraciones de la pascua judía; los ceremoniales, la representación del seder de Pesaj, mientras notaba en su padre el orgullo por su participación. Al rato aparece la rubia, deposita el violín en las manos de Noemí, y con un gesto la insta a tocar, lo que cumple de inmediato. Mira con interés los movimientos de los dedos y del arco con evidente desesperación por captarlos. Y se sienta a deleitarse.

Gritan el nombre de Emily, asustada se pone de pie y arrancándole otra vez el instrumento, hecha a correr. Noemí queda sin alma cada vez que lo pierde, sólo ve a la niña marcharse despavorida a encontrarse con la voz que la solicita. Noemí avanza hasta la ventana y presencia a la madre que la toma de la mano y exaltada la reprende, en lo que señala con desprecio la barraca, y se pierden camino a la casa del Comandante Jefe de Campo. Su cuerpo queda sin aliento, una fatiga que sus piernas apenas pueden sostener. Espera que de un momento a otro la unan a los demás niños; pero pasan las horas y se duerme.

Cae la noche y las mujeres que, al ver que faltan sus hijos, le preguntan, histéricas, y ella describe lo ocurrido. Las mujeres sin contener el llanto, y sin importar el peligro increpan a los oficiales que en la parte exterior de las barracas, están preparados para rechazarlas. Interrogan por el paradero de sus hijos y el traductor expone que fueron trasladados a una zona con mejores condiciones, allí serán cuidados en lo que se termina de construir la carretera. Mientras la  madre, aun preocupada la palpa y nota que la fiebre ha cedido, se muestra complacida, también porque acepta tomar la sopa y comer el mendrugo de pan. Al final, los soldados interrumpen sus preguntas y son obligadas a regresar a la barraca. Lo hacen compungidas y en total derrota.

A las ocho de la noche los soldados vienen por Noemí. Su madre, asustada, indaga qué harán con ella, sin recibir explicación, y queda en temblor, teme no volver a verla. La ven cruzar el campo y sacarla para el lado alemán, exactamente hacia la casa del Comandante.

Al rato se escucha la música y su familia se calma. La interpretación inconfundible de su hija las mantiene sosegadas por más de una hora. Antes de ordenar la hora del sueño la traen de vuelta. Sostiene un pañuelo envuelto con pan y frutas frescas.

Algunas madres insisten para que Noemí explique el lugar al que trasladaron a sus hijos. ¿Cómo era? ¿Qué aspecto tenía? ¿Por qué no la dejaron a ella al igual que los demás?, y le demuestran desconfianza, inconformes por la diferencia. Hasta que la madre reacciona y reclama que la dejen en paz, es una niña y no puede esclarecer lo sucedido. Se retiran molestas. Sus hermanas la distraen, le piden que describa la casa del Comandante. Solo detalla el piano, cortinas y lámparas de techo con muchas luces. La madre asegura que está agotada y solicita que le permitan descansar.

Aún sin amanecer, se van a las labores, pero antes de marcharse, la besan dormida y se alegran de que su temperatura se haya normalizado. A media mañana la despierta el pitazo de un tren con trasiego de judíos. Prefiere quedarse recostada para no ver las imágenes tristes de los recién transferidos. Al lado le han dejado la sopa en su vasija,  y pan de frutas que trajo en la noche.

Recuerda que había soñado con su padre, clamaba su nombre desde la oscuridad. Piensa que es una escena parecida a las siluetas de los hebreos cuando en la noche los cruzan por el costado del campo. Va hasta la ventana y mira el lugar por donde los obligan a transitar. Se mantiene atenta a todos los que pasan. Cuestiona que dado el caso que lo traigan no podría reconocerlo. Se aflige, piensa en la manera de solucionarlo… Busca un cordel y mide su altitud que es de ciento treinta y siete centímetros, luego calcula los sesenta y uno que falta para el uno noventa y ocho del padre. Una vez que termina de medirse lo guarda en su bolsillo.

Alguien corre y Noemí se sobresalta al pensar que devuelven a los niños, pero en cambio aparece la niña rubia que huye con el violín. Se acerca llorosa, dice palabras con evidente frustración, señala el instrumento como el causante de su enfado, y lo lanza turbada. Noemí le sonríe y, en lo que la rubia denota contrariedad, se agacha a recogerlo, cree comprender porque se evoca en sus comienzos. Lo acomoda en su hombro y apacible mueve el arco sobre las cuerdas. A Emily, desde que recibe los primeros acordes, olvida el enojo y cierra los ojos para concentrarse en la música.

La señora alemana se detiene en la puerta de la barraca y se tapa la nariz con un pañuelo, en lo que sostiene en la otra mano un paraguas. Aguarda intranquila a que su hija termine de disfrutar la melodía. Al concluir, le ordena regresar a la casa; por lo que se pone de pie dispuesta a obedecer. Noemí le extiende el violín, la otra hace un gesto por aceptarlo, pero niega y corre a unirse a la madre, que permanece mirando a la pelirroja con animosidad, mientras insiste en cubrir a su hija de las cenizas. Una vez alejadas decide aprovechar y retoma la interpretación de la sinfonía.

Apenas nota transcurrir el tiempo, salvo por el dolor en sus dedos; de todas formas solo se detiene cuando los soldados vienen a buscarla para trasladarla a la mansión del Comandante. Prefiere que su madre no esté presente porque quedaría sufriendo. Antes de salir, los alemanes alcanzan el violín. Cada vez que hunden sus botas en el lodo la salpican sin que les importe. Al llegar a la casa, como la vez anterior, la espera la criada que con premura la conduce al salón. Allí está la niña con su madre y el traductor, que trasmite las intenciones de la señora de brindarle lecciones de violín a su hija, hasta tanto se contrate a un profesional.

Quedan expectantes a la respuesta de Noemí, que ha comprendido y no tiene nada que acotar. La señora agrega: de ninguna manera aceptaré que no avance en las lecciones de adiestramiento, si sabotea y no ocurre en el plazo previsto, recibirá castigo en conjunto con su familia; sin embargo, si logra prepararla como es debido, se le ofrecerán beneficios alimenticios, ropas, cobijas.

Las niñas se miran por intervalos, buscan sus afinidades, pero sobre todo Emily, sus diferencias con esa raza inferior causantes de las desgracias en Europa. Noemí aprecia el hermoso color en los ojos de la niña alemana; explora sus manos, los dedos largos necesarios para dominar el instrumento, hombros fuertes y saludable constitución.

—Es inconcebible —advierte la madre—, que una judía domine una materia mejor que otra proveniente de los arios.

Al concluir, ordena retirarse al traductor y, de inmediato, a la criada que bañe a la recién llegada, le busque un vestido ya no usado por su hija, la perfume, alimente, y la conduzca al salón para el comienzo de las clases. La criada que se ha mantenido asintiendo tras cada pedido, pone la mano en el hombro de Noemí y la guía al área de la servidumbre. En dos ocasiones la señora supervisa. Sin dejarse ver, examina a la sefardita, sus buenos modales al manipular los comestibles.

Una hora después la pelirroja está diferente frente a Emily, que inspecciona el cambio y de alguna manera, siente que se le parece, y esa sensación la confunde. Se estudian sin saber cómo emprender la acción. A varios metros la vigila otra criada joven. Noemí toma el violín y posiciona con lentitud para que la niña capte la actitud y ubicación correcta, que observa minuciosa. Le enseña las formas de acomodar el hombro, el brazo, barbilla, el modo de sujetar el arco, todo lo que en su momento aprendió con el manual regalado por su padre. Finalmente inicia las notas. Una vez completado los primeros pasos de rigor, se lo entrega para que lo repita. La otra niña acepta, pero antes lo sujeta por una clavija con la punta de los dedos, alcanza un paño, el cual rocía con colonia, y limpia con pulcritud el cuerpo del instrumento, se esmera en la parte donde descansa la barbilla. Hasta que finalmente lo pone en su lugar y, al accionar el arco, provoca un sonido desapacible que la avergüenza. Noemí se acerca con lentitud para corregirle dos dedos. Emily sigue con la mirada la mano que viaja a su encuentro, piensa en rechazarla, pero desiste y acepta las indicaciones. Con un movimiento de cabeza le pide que vuelva a probar, entonces el acorde se transforma y resulta grato, y la rubia sonríe emocionada.

Avanzan un rato de práctica, el sonido mejora considerablemente. Noemí, por tercera vez, se asoma en la ventana bajo la supervisión de la niña. Al regreso, le pide a la criada que le permita ir al baño, a lo que accede señalándole el lugar. La pelirroja cambia el rumbo y se dirige a la salida de la casa; una vez en el exterior corre hacia la puerta que divide el campo de las barracas y la zona militar. Los soldados conversan entretenidos, lo que aprovecha para entrar por el pasillo donde pasan los nuevos ingresos y llevan al fondo. Camina por encima de las pisadas de botas que han hecho una zanja. Busca el poste de luz que ubicó en la mañana desde la barraca, extrae el cordel con la medida de su padre, y poniendo los pies sobre la cerca, mide la altura y amarra un pañuelo. Se baja y retorna a la clase, ante la sorpresa de los militares al verla vestida como niña alemana y entrar a la residencia del general.

Va al baño para lavarse las manos. Al salir la rubia la increpa.

—Le diré a mi padre que algo tramas —amenaza—. Eres una espía.

La pelirroja se mantiene observándola imperturbable.

—Haz lo que entiendas y creas correcto con el tuyo —responde con firmeza—, que yo haré por el mío lo que esté a mi alcance para estar a su lado.

Emily está confundida y Noemí intenta explicarle la violenta separación y el sueño en que clamaba su nombre. Pero es casi inútil por la diferencia del idioma.

—De todas formas —concluye la niña—, cometiste una indisciplina por creerte en el derecho de violar la confianza que se ha depositado en ti.

La otra asiente y prosiguen los estudios, que se extienden  por dos horas.

Noemí está inquieta por su familia; ha calculado que han regresado del trabajo hace aproximadamente una hora. Con seguridad se alarmaron al no encontrarla. El ama de llaves contempla el reloj de péndulo y con unas palmadas da por terminada la clase. En su mano trae una cesta que le extiende al despedirla en la puerta. Repara en Emily, absorta en un juego de láminas. Los nazis la conducen a la barraca. Al alejarse, vuelve la mirada, la sorprende observándola a través de la ventana y, al ser descubierta, se oculta detrás de las cortinas. Su madre espera en la puerta de la barraca, y apenas la tiene al alcance de los dedos, la hala para abrazarla junto a sus hermanas.

En la noche, cuando llega el tren y encaminan a los prisioneros, mide la estatura por el nivel del pañuelo amarrado al poste. Las cabezas no llegan a la medida calculada. Su madre se le acerca por la manera obsesiva con que mira la fila de sombras, pero no logra hacerla dejar la vigilia y se retira perturbada.

Los días siguientes recogen a Noemí en las primeras horas de la mañana para el adiestramiento de Emily, el cual es favorable y la señora se muestra complacida. Algunas palabras intercambian las niñas, sobre todo en alemán, pero el idioma que mejor funciona es el de sus miradas, gestos, silencios. Cuando Noemí intenta pronunciar el idioma y se confunde, a Emily le provoca risa y pide que lo repita para volver a escucharlo distorsionado y continuar divirtiéndose. Ha dejado de limpiar la madera cuando su acompañante le cede el violín. A la hora de almuerzo apartan a Noemí y le sirven en solitario, pues las sirvientas, aunque son checas, no son judías.

Dos semanas después la niña alemana sorprende a su padre que regresa del trabajo y le ilustra con lo aprendido, lo que hace feliz al general, y la carga y la colma de besos, sin que Noemí pueda impedir recordar las decenas de veces que esa escena ocurrió con el suyo. En un intervalo se contemplan, y la pelirroja teme que la delate con su padre, pero no lo hace.

Emily oculta alimentos para entregárselos a Noemí, que se asusta, le espanta ser atrapada por la señora y quiera castigarla, en particular a su familia. A veces la rubia le regala una manzana o una pera. La madre vigila alarmada el comportamiento de su hija.

Una tarde Emily la recibe en su habitación. No se percatan de que la mucama sale con prisa. La niña alemana le enseña muñecas lo que por supuesto, de inmediato le trae de recuerdo de su adorado oso. Se sorprende al pensar que desde hace días dejó de pensarlo, diría que hasta esa obsesión había desaparecido. Y con naturalidad, como si de ese acontecimiento hubiesen pasado años, lo acepta. Por lo que prefiere los libros, un mapamundi. Una casa a menor escala donde se ven las piezas del hogar y las familias en su interior. De improviso surge la señora ofendida por la presencia de extraños en su alcoba, exhibiendo su intimidad a desconocidos de raza inferior. Le habla con rectitud a su hija, mientras la criada se ocupa de llevarse a Noemí. La guía hacia la salida y se la entrega a los uniformados. Al llegar a la barraca descubre que su hermana intermedia está enferma. Tiene fiebre y tos. Quiere acercarse, pero con cariño la rechaza, aludiendo a la posibilidad de contagio, y la madre asiente para que obedezca.

Un rato después visita Emily la barraca, trae en sus manos el violín y una cesta con alimentos. Sus zapatos están cubiertos de barro, evidentemente hizo el recorrido con prisa y sin ningún tipo de cuidado, según se aprecia en las salpicaduras de su vestido. Se consterna al encontrar llorosa a la pelirroja por el padecimiento de su familiar, y deposita el instrumento junto a la cesta. Se mantiene observando en silencio, hasta que hace presencia la criada y le avisa que su madre la espera. La rubia con evidente inconformidad, se aleja despacio, sin dejar de mirarla abrazando el violín. La señora, al verla sucia de lodo, se molesta. Le toma la mano, la cubre con el paraguas y la regaña en el trayecto a la casa.

Una vez que se ha ido, Noemí intenta tocar el violín, pero le falta el ánimo.

—Mamá nos ha dicho que creaste una composición —comenta la hermana.

—No he tenido tiempo de practicarla en su totalidad —se justifica.

—Quiero ser la primera en escucharla —le ruega.

Comienza una sinfonía de Mozart. Su hermana sonríe sin poder evitar las lágrimas por la nostalgia de su padre y la vida hogareña. Es interrumpida por la criada que trae varias medicinas que Emily envía. Luego que se va prosigue la sinfonía hasta la hora de dormir. No tiene sueño y a través de la ventana, se entretiene con el correr de las nubes, una cortina que a veces oculta la luna.

Los alemanes han dado el despertar y empujan a su hermana aún abrazada a la fiebre. La debilidad no le permite incorporarse. Su madre y la hermana mayor intentan sostenerla para ayudarla a formar la fila y evitar cualquier represalia de los nazis. Los desvaídos hacen difícil aguantarla, sin que a los militares les importe y dejen de vociferar.

Noemí se interpone entre ellas y el soldado, y recordando palabras aprendidas del idioma con Emily, pide sustituirla con el objetivo de que descanse y se recupere en la barraca. El alemán se sorprende al oírla comunicarse en su lengua y mira a sus coterráneos sonrientes. La niña se apresura, alcanza la escudilla y va a ocupar la fila. Los nazis levantan los hombros y las atropellan para sacarlas al exterior. La enferma regresa a la cama y se deja caer.

Para llegar al trabajo, transitan a pie varios kilómetros, precisamente por la carretera que han construido desde su arribo al campo. Una vez en el lugar, la madre le explica que la labor consiste en mudar las lomas de piedras que los camiones dejan caer a un lado, y encajarlos en el lodo a lo ancho de cinco metros, de esa manera facilitar el transporte sin que las gomas se atasquen. Le advierte que escoja las más pequeñas, con la intención de aliviarle el desmedido esfuerzo. Noemí aprueba a cada indicación.

A la tarde ya había perdido el pellejo de los dedos, aunque los hubiera protegido con trapos. A pesar del ardor, puede contener los reflejos de dolor en su rostro, para que no sufra su familia. Contra el padecimiento tiene las palabras de su padre repetidas infinidades de veces “los hijos de Israel fuimos forjados en la esclavitud impuesta por los egipcios”. El vestido ha cambiado su apariencia, dista de ser el regalado por Emily. Cada hora de trabajo parece la eternidad.

Al oscurecer, las llevan de vuelta. Su madre se adelanta en la fila para encontrarse con su hija enferma. Se altera al no verla en la barraca y le recorren temblores. Se apresura hacia los militares con la intención de indagar por su paradero, pero la alejan gritándole que no los importune. Un oficial le informa que la trasladaron a la enfermería al subirle la fiebre, luego la remitieron a un sanatorio para su recuperación. Regresa desconsolada. Noemí no la entiende, sufre cuando debería estar contenta porque la hayan enviado con los médicos.

—Mamá, ¿hubieras preferido que la dejaran aquí sin tratamiento?

No sabe qué responderle, mira impotente a su hija mayor.

—¡Claro, hermanita, por supuesto! —le justifica reprimiendo el llanto para ayudar a su madre—, es que la extraña.

Las mujeres ya no van a la ventana a ver a los hombres que traen en los trenes, han preferido no asomarse. Demasiada ansiedad, se dicen; algo se les quebraba dentro y suponían que era el alma. Era un ejercicio inútil. La madre se niega a ingerir la sopa y el pan, se excusa con que le duele una muela. Pasa el resto de la noche andando de un lado a otro de la barraca, deteniéndose cada vez en la ventana como si esperara ver acercarse la figura de su hija o la de su esposo. Noemí finge dormir; pero permanece observándola… Al amanecer entran los nazis vociferando insultos para apurarlas a formar y salir al trabajo. La niña lo que más odia es caminar por el lodazal, sentir multiplicado el peso en sus zapatos hasta parecer de gigantes, por ese fango con mezcla de ceniza fraguando como huesos.

Por varios días mantienen el ritmo. Noemí tiene las manos completamente deshechas; y los soldados la golpean al vislumbrarla detenida arrancándose los pellejos ampollados. Ya no piensa en disfrutar el violín, se conforma con el eco de la música que vibra en su interior. A veces recuerda a Emily, supone que le han contratado un profesor y comprado el instrumento.

Dos alemanes en un jeep vienen a buscarla. Su madre, aterrada, intenta protegerla. Los militares que custodian la sostienen, mientras ruega que no se la lleven, nunca había trabajado, pero se adaptará, asegura. La niña, con tranquilidad sorprendente, accede a acompañarlos. Con ternura le sonríe a la madre deseando apaciguarla; de todas maneras no lo logra, y la ve caer sin fuerzas, sus rodillas chocan contra las piedras cubiertas de lodo, bajo el grito del uniformado para que continúe trabajando.

Llegan al campamento y van directo a la casa del director del campo. Atenta, espera en la puerta la criada, que al verla sucia de lodo se alarma. La hace entrar con prisa. En el recibidor está impaciente la alemana, que suspira aliviada al notar su aparición.

—¿La baño, señora? —sugiere la criada.

Responde con una mirada de desprecio para alguien que no comprende lo delicada de la situación. Le toma la mano y la guía a las habitaciones personales. A Noemí todo le es extraño y está a la expectativa. La conduce en silencio. Por intervalos la niña observa su figura, le resulta irreconocible, está ojerosa y desarreglada.

Al entrar en la penumbra de la habitación descubre al Comandante arrodillado a un costado de la cama de Emily, a quien le sujeta la mano. El Jefe levanta la cabeza lentamente y se refleja el brillo de la humedad en su cara, que vuelve a dejar caer. La criada aplica compresas en las axilas y en la frente de la rubia, ha bajado de peso y los pómulos sobresalen. Su cuerpo tiembla. En una esquina se mantiene el médico, exhausto, con el estetoscopio colgándole del cuello. Cada cierto tiempo se acerca y la reconoce.

—¡Háblale! —suplica la madre—. En los últimos dos días solo menciona tu nombre.

Noemí, titubeante y preocupada, se acerca a la cama, repara en la señora, temiendo que la regañe, pero ésta, en cambio, hace un movimiento animándola a que la aborde. Con suavidad se sienta del lado contrario de donde se encuentra el Comandante. Se arrima al oído y en susurro imita el sonido del violín, una melodía de las que estudiaron y demostró gustarle. Apenas unos segundos después, Emily mueve la cabeza localizando el sonido. La señora murmura a la criada, que sale rauda a cumplir su pedido. El semblante de la niña se restituye con la misma suavidad de la tonada. El padre, asombrado, busca explicación en el médico.

La criada retorna con el violín y, a un gesto de la señora, se lo entrega a Noemí, que aprovecha para repetir la pieza que antes tarareó. La niña se mueve, se queja, llora, renace, y abre los ojos, hace un recorrido por la habitación. Mira a sus padres, al médico, las criadas. Al ver a la pelirroja deja escapar una leve sonrisa de felicidad. El Comandante, aún estupefacto, le besa con regocijo.

La madre aprovecha para darle un caldo, que no admite, se muestra impávida, concentrada en el concierto. A la insistencia de la señora, y pensando que cedería, junta la cuchara a sus labios  y la derrama y corre por su barbilla, que limpia de inmediato. Cuando la aproxima por segunda vez, vuelve a negar; Emily levanta el brazo con desgano pero resuelta a cumplir su propósito, y empuja la mano de la madre que sostiene el alimento, para pegarlo a la boca de Noemí que continúa atenta a la música y se sorprende al sentir la cuchara, las mira sin comprender. Ve que regresa la mano, pero su hija no se lo permite, la obliga a mantenerla junto a Noemí. La señora inquiere a su esposo, que aprueba con un tenue movimiento. La pelirroja detiene el arco ante la insinuación de la alemana, advierte a Emily que ruega con vehemencia, y para complacerla bebe. Luego la señora ve ceder la mano de su hija y carga la cuchara, y el empuje de la enferma a la boca de la acompañante, que acepta. La acción se repite en varias ocasiones. En una oportunidad es Noemí quien interrumpe y la lleva a la boca de Emily, que no opone resistencia y se toma el caldo. Las niñas se observan intensamente. La madre exaltada por la mejora, aprovecha para acercar la cuchara, que niega, y la empuja hacia Noemí, así, una vez cada una, logra alimentarla.

Cuando termina de vaciar el recipiente, ya la niña está recostada a un gran almohadón. El médico la ausculta, y al concluir el examen guarda su instrumento, repara en el Comandante y levanta los hombros sin entender. Los padres, el doctor y las criadas se retiran de la habitación.

—Solo puedo diagnosticar que todo síntoma ha desaparecido —les hace saber afuera—, que se trata de un cuadro sicológico emotivo, sin poder definir si fue provocado por la ausencia de la música o de la judía.

—¿Nada más tiene que decirnos? —cuestiona la madre—. ¿Pudiera ser por inhalar la ceniza?

—No es posible, señora —dice apenado—, repito, es psíquico y solo conozco el cuadro por los libros de estudio, en mis años de práctica no había tenido un paciente con esos síntomas —ahora consternado—. No tengo ninguna duda de que le hubiese podido causar la muerte si no aparece la maldita hebrea.

La señora se persigna y apesadumbrada cierra los ojos.

En el cuarto, Emily se le queda mirando con fijeza a Noemí, la que se preocupa al verle el rostro tenso.

—Te confiaré mi secreto y gran tesoro —dice decidida la rubia.

Su acompañante se muestra curiosa, mientras con evidente debilidad, la ve buscar en el fondo de su closet, justo debajo de una caja de zapatos, con cuidado extrae un libro. Al regreso se marea y Noemí la sostiene.

—Si mis padres lo descubren —dice abriendo los ojos—, querrán quitármelo, y tendré que confesarle la manera en que lo adquirí.

Exhibe el libro “El rey Mateíto”, de Janusz Korczak.

—Es un escritor polaco y judío como tú —y deja pasar unos segundos de silencio—, lo publicaron en Praga… A escondidas de mis padres me lo leyó en mi idioma una criada.

Noemí lo toma.

—Es el mejor libro del mundo —asegura Emily—, aunque sea un judío el que lo haya escrito.

La pelirroja lo hojea.

—No puedo prestártelo porque me lo descubrirían —se lo quita y vuelve a ocultarlo—. Me pedirían cuenta de cómo llegó a mí y me castigarán.

Noemí entrejunta las cejas, indagando por el misterio.

—Una vez que iba en el auto acompañando a mi padre, se le olvidó que estaba dentro y se bajó al final del campo, cruzó esa puerta de hierro por donde se llevan a los judíos —mira en derredor asegurándose que nadie la escucha—, fui tras el porque me sentí aburrida, y cuando entré no lo vi, supuse que habían ingresado a las barracas con chimeneas de cocina por donde sale la nieve gris —traga saliva antes de continuar—, me llamó la atención un pequeño parque infantil rodeado por montañas de ropas, separadas la de los adultos y la de los niños; al lado otra inmensa pirámide de zapatos —hace un alto y respira—, de una chaqueta sobresalía el libro que, sin pensarlo, alcancé para esconderlo dentro de mi abrigo.

—¿Y tu padre? —inquiere Noemí.

—Casi me sorprende —asegura—. Pocas veces lo he visto tan enfadado y con susto. Me prohibió terminantemente volver a entrar a ese lugar, y hasta tuve que jurárselo.

—¿Y por qué esas ropas?

—Eso le pregunté sin que pudiera disimular su malestar —levanta los hombros—, sencillo, dijo que eran las ropas viejas de cuando los trasladaron; fueron sustituidas con la intención de que se marcharan presentables.

Se quedan mirando.

—¡Es extraño! —afirma Noemí.

—A mí también me resultó misterioso, por eso le pregunté… A veces llega ese hedor hasta aquí; pero allí es más intenso.

—Lo he sentido en la barraca pero nadie me sabe explicar por mucho que pregunto —asegura—, cada vez que insisto enmudecen.

—A veces los adultos no tienen todas las respuestas —asevera la rubia—; pero nada tan fácil como la explicación de mi padre: es el tufo que escapa de la ropa sudada y del cuero de las botas cuando las incineran, por eso la constante ceniza.

—Cierto, ahora que lo dices a mí también me lo parece —coincide la pelirroja.

—Sabes —prosigue Emily—, hubo algo que cada vez que lo recuerdo me provoca nauseas… el pelo, mucho cabello cubriendo la tierra.

—Seguro que los pelan para impedir los piojos —acota Noemí.

—Mi madre dice que los judíos son poco aseados.

—Eso es incierto —dice enérgica y poniéndose de pie.

—Lo sé —le responde con tono apaciguador—, te he observado y eres tan o más limpia que yo.

La señora regresa y pregunta si desean asearse. Ambas niñas se miran risueñas y fingen que observan las láminas de un libro de arte; Emily prefiere continuar disfrutando las imágenes.

—Lo digo más por Noemí —insiste y miente—, pues debe estar incomoda, y le tengo separado un precioso vestido.

Emily se entusiasma y muestra satisfacción, lo que aprovecha la alemana para ordenar a la criada que cumpla su cometido. Una vez que se halla en el baño, entra la señora con el traductor, le indica que si su hija se interesa por su hermana enferma, le diga que fue trasladada a un hospital fuera del campamento y que mejora. Noemí se alegra al enterarse de su salud y en lo feliz que se pondrá su familia al saberlo. Tiene intención de preguntar por su padre, pero decide callar. Una vez aseada, la retornan a la habitación. Allí les aguarda una cesta de frutas y comida que comparten armoniosas.

El Comandante lee en la oficina cuando aparece su esposa preocupada por la amistad entre las niñas, lo que es del conocimiento del médico y pudiera informarlo al mando en Berlín, y en vez de un ascenso, lo trasladen a un lugar peor, y eso sí que no podría resistirlo, asegura.

—¡Basta de inhalar restos humanos! —dice con expresión de asco.

El esposo la escucha con atención.

—Algo haremos al respecto —le responde y la señora sonríe conforme.

En la noche llevan a Noemí con su madre, a la cual puede proporcionarle alimentos, pero sobre todo la información de que su hermana se repone en el hospital de la ciudad. La madre la abraza  con evidente dolor.

—¡Verdad, mamá, que estás contenta con la noticia! —dice la niña con emoción.

—Por supuesto, mi niña amada —responde—, por supuesto.

En los días siguientes, buscan a Noemí, justo cuando Emily se despierta. Lo primero que pide es que la traigan y juntas desayunan. A veces, a petición firme de la niña, no la devuelven a la barraca, y se queda en un cuarto de sirvientas; aunque Noemí prefiere compartir con su familia; pero el ruego de su anfitriona es imposible de rechazar. En las noches, al imaginar a sus padres dormidos, la rubia se cambia de pieza y duerme con la invitada hasta el amanecer.

Una madrugada, la llegada del tren la hace levantar. Se asegura de que no se despierte su familia, va a la ventana y fija la vista en el pañuelo. Por un instante le parece ver pasar a una persona con esa estatura, y sin razonar ni poder contenerse lo llama lo más seguido y alto que sus fuerzas le permiten, hasta que su madre le tapa la boca y sin lograr reprimirle el llanto, la regresa a la cama.

—¡Puede ser él, mamá! —le ratifica.

Afuera se asoman los soldados con el rabioso ladrido de los perros buscando el lugar de los gritos. Entran a la barraca y alumbran con sus linternas el rostro de los que duermen. Noemí y su madre fingen que lo hacen. Los alemanes se retiran. Después va mermando el susto, la respiración se normaliza y quedan dormidas.

En la mañana, Emily emocionada le dice que, a mucho ruego, nuestro Comandante, y lo dice con picardía, ha localizado dónde se encuentra trabajando tu padre, y hará lo necesario para que lo trasladen. Noemí la abraza, demuestra que ésa es su gran ilusión: unificar a su familia.

—También sucederá con tu hermana —atestigua—, una vez que se haya sanado.

De Noemí escapan lágrimas, y tras cada palabra, piensa en su madre al conocer la noticia.

Esa misma mañana, después de que las mujeres abandonan la barraca, mientras la fila se dispone al trabajo, la madre y la hermana son sacadas y llevadas al despacho del Comandante, que las espera sentado detrás del buró. Las sitúan delante del jefe, y los soldados se mantienen a sus espaldas. El Jefe, asistido por el traductor, les da a conocer que pronto se terminará la carretera y que serán trasladadas hacia otro lugar definitivo. La madre cierra los ojos y toma la mano de su hija. Para ilusión de su cachorra menor, continúa el Comandante, le hemos mentido sobre la localización de su padre, como único que le presente las cenizas, y deja escapar una carcajada en lo que mira a los otros que ríen también. A la madre le vibra el mentón pero evita llorar.

—Aquí no importa lo que piense su hija —asegura—, sino cuidar los sentimientos de la mía, que es noble y se ha encariñado como con una mascota.

La madre lo mira fijo sin poder ocultar su ira.

—Le guste o no —prosigue el Comandante—, precisamente por el amor a su cría pequeña, me ayudará a engañarla para que mi hija no sepa la verdad y la suya no sufra —le fija la vista y sonríe—, ¿qué objetivo tendría?, sería un sacrificio a cambio de nada.

La madre entiende y resignada mueve la cabeza aprobando.

—Hay que aceptar el destino —dice el Comandante como colofón—, y gracias a la sensibilidad de mi hija, que es un ángel, me he tomado este trabajo.

La madre, sin poder impedirlo y contener las lágrimas, se arrodilla.

—Buen señor, le ruego que se quede con mi hija más pequeña, acéptela de criada, bufón, lo que desee, pero dele una luz como oportunidad.

El Comandante se muestra molesto por la impertinencia.

—Es una excelente niña, educada, disciplinada —asegura la madre—. No le pesará.

—Eso que me pide, lo sabe imposible —dice tajante.

—Se lo pido por su Cristo —implora.

—No mencione ese nombre que en su boca no significa nada —le grita molesto.

—Ahora, ante el peligro de mi hija, su Cristo es más mío que suyo —dice resuelta—, en este momento creo más en Él, que usted.

—Habla necedades —determina—. Concéntrese, precisamente el amor por su camada será mi cómplice para sellar su destino.

Visiblemente enfadado, el Comandante se pone de pie y con un gesto ordena retirarlas. Mientras la halan por el brazo, la madre no deja de implorar piedad. Las llevan de vuelta a la barraca.  Al mediodía les traen almuerzo, el mismo que preparan para los oficiales, pero apenas se interesan. También las proveen de ropas que, aunque no están nuevas, se aprecian cuidadas. Una vez que se marchan los soldados, las lanzan a un lado.

—¡A quiénes se las habrán robado! —dice la madre.

Al rato los militares regresan, y cuando las ven sin cambiar, les gritan que las usen de inmediato; luego saben que es porque la niña alemana vendrá con su hija.

Noemí se sabe feliz porque no las enviaron al trabajo, además porque las recibieran limpias y bien vestidas y se asemejen a las imágenes que una vez fueron. Conversan, su madre y hermana le ocultan la tristeza. Media hora después, la criada avisa que se ha acabado el tiempo aprobado por la señora. Noemí no quiere apartarse de la madre; pero se pone de pie y las insta a retornar para que no regañen a Emily, y así, en otra ocasión, le permitan visitarlas. Las niñas están de acuerdo y son acompañadas a la puerta de la barraca. Se despiden y mueven las manos hasta que se pierden de vista bajo la estricta petición de la señora a la criada, de protegerla de la ceniza.

Pasadas dos semanas, frente a las niñas, el Comandante anuncia que su padre realiza un importante trabajo en el lugar que se le asignó, y no había hallado sustituto, por ende, se hace necesario trasladarlas con él.

—No lo permitiré, papá —dice autoritaria—, ellas se quedan o me volveré a enfermar.

—Mi princesa —suplica preocupado por la salud de su hija—, no puedo disponer de familias ajenas, hay que ser respetuosos… Le expliqué a su padre y lo quiere así.

—¿Usted vio a mi padre? —interrumpe emocionada.

El Comandante se turba sin saber qué responder.

—No, no —y aprovecha el intervalo para buscar una solución—, pude conversar por teléfono.

—Si usted autoriza —continúa Noemí—, si me dejara hablarle podría hacerle cambiar de idea.

—Abusan del amor de sus padres —dice fingiendo comprensión—, esa posibilidad fue fortuita, puesto que pasaba por el lugar un camión de comunicaciones.

—Padre, usted puede hacerlo coincidir otra vez —sostiene Emily.

—No aseguro un teléfono —dice como quien halla la solución—, pero sí correspondencia…, que Noemí le escriba su petición y el decida qué hacer: o se mantiene en tan delicada labor o lo abandona sin sustituto y viaja con nosotros.

Ambas niñas, complacidas y raudas emprenden la confección de la carta. Redactan y al terminarla la dejan sobre el buró del Comandante. Esa noche Noemí le pide a Emily que le acepte ir con su familia para enterarlas de la tramitación. En contra de su voluntad asiente, pues al no tenerla cerca, la extraña.

Una vez que Noemí se reúne con la madre y su hermana, les cuenta, pero es interrumpida por éstas para informarle que a ellas también el Comandante les sugirió escribirle. Esa noche duermen más abrazadas que de costumbre. A veces escucha a su madre llorar, no tiene que preguntar, sabe que extraña a su padre y hermana, y por la emoción del reencuentro. Cada vez más se convence de que los adultos son extraños y por mucho que se empeña para entenderlos, le resulta difícil. ¿Por qué si todo está cerca de la feliz solución, se obstinan por padecer..? Los alemanes, como los egipcios, cuando nos sometieron, amargaron a nuestros padres a través de generaciones.

En el transcurso de los días, las niñas se muestran ansiosas por la contestación. A veces le preguntan al oficial que atiende la correspondencia, por lo que reciben la negativa. Una tarde Emily le alcanza el brazo a Noemí, mira los números grabados, y ve que la mira hacia otra parte para no reparar en ellos. Entonces busca una caja de cosméticos y aplica una capa de maquillaje, del mismo color de su piel, que oculta la cifra.

Exactamente a los diez días de enviada, la señora interrumpe la sesión de violín y avisa que su madre tiene en su poder la carta de su padre. Emily pide acompañarla a la barraca, a lo que es autorizada, no sin antes llamar a la criada para su custodia por media hora, y le entrega el paraguas.

Mientras se dirigen a la lectura de la misiva, la ansiedad les hace apresurarse y se adelantan a su acompañante, quien redobla el paso para mantenerse cerca. Una vez que llegan, y luego de abrazar a su madre y hermana, le entregan la carta. Noemí la toma en sus manos y la acaricia antes de sacar la hoja escrita.

Al comenzar a leerla algo le resulta extraño, ajeno, no encaja en su percepción sin saber con exactitud a qué se debe. Su padre lamenta no complacerla, recibe un sueldo del que no puede prescindir, y que con los ahorros rentó una casa ideal para toda la familia; además, le dice a Noemí, que la espera un perrito y su nuevo violín. Besos de tú padre que te ama y extraña, termina diciendo.

Noemí aleja la carta y la aprecia varios segundos hasta descubrir lo que le molesta, es la letra, no la reconoce, le parece diferente, y se lo hace saber a su madre, que se ríe nerviosa y asegura que por supuesto es su puño y letra; quizá un poco cambiada, pero rotundamente su letra. Su hermana también lo afirma. La madre dice que según la carta, el lugar de la nueva casa fue pensando en la enfermedad de la otra hija, y que es el adecuado para su restablecimiento. Noemí asiente, lo importante es la unión familiar y la recuperación de su hermana enferma.

Regresan en silencio a la casa de Emily, que va entristecida. Sus padres la esperan preocupados. El Comandante se le acerca, se agacha y la abraza.

—Te prometo que en las vacaciones iremos a visitarla.

Los ojos se le encienden ilusionados a la niña alemana, pero luego vuelven a apagarse.

—Imagínate —dice Noemí—, que seas tú quien esté en mi lugar —los padres se observan asustados—, ¿aceptarías vivir lejos de los tuyos?

Emily evalúa detenidamente y niega con gesto decidido.

—Entonces me comprendes, verdad.

Y mueve la cabeza aceptando. El Comandante y su esposa dejan escapar el aliento en señal de complicidad.

—Está bien —dice la rubia—, pero te quedas conmigo hasta ese día —y atisba a sus padres buscando la aprobación que de inmediato obtiene.

Las niñas aprovechan el tiempo como si el oxígeno se les acabara, o si la luz del sol fuera a extinguirse. Cada minuto lo disfrutan más que los anteriores. El día de la partida, Emily reúne algunas de sus mejores ropas, examina a su alrededor intentando entregarle su propiedad más entrañable. Sus padres y Noemí se habían pasado horas preparándola para ese momento; de todas formas le resulta insoportable imaginarla alejada.

Noemí es conducida por la señora hasta la habitación de su hija, al llegar, la madre se sorprende al ver un bulto de ropas y juguetes separados.

—¿Qué haces? —inquiere la señora.

—Son las cosas que he escogido para regalarle —responde.

—¡Incluyendo el vestido que no te has estrenado!

—Ese fue el primero para que su  padre la reciba hermosa, mamá.

La madre aprueba e intenta sonreír sin poder lograrlo. Noemí se avergüenza, pero por experiencia sabe que es una pérdida de tiempo rebatirle. Recibe el vestido de la mano de Emily que le señala la mampara para que se cambie de ropa. Seguido le va alcanzando las medias y zapatos nuevos, que insulta a la madre, aunque logra ocultarlo, salvo su mirada cáustica.

Cuando Noemí termina y se deja ver, está completamente cambiada. Para culminar, Emily le acomoda un sombrero. Al verse en el espejo se recuerda a la niña mimada por su padre. Al salir de la casa, su madre se pone la mano en la boca. Su hermana avanza para abrazarla.

De pie junto al auto del Comandante, Noemí dice que tiene un regalo, la sinfonía que compuso. Acomoda el violín, y como si no quisiera tocar las cuerdas, solo una acaricia con el arco, un arrullo de nostalgia, un canto a la ausencia, las notas caen como la luz, el brillo del día aumenta, el viento intenso bate las hojas que traen la sonoridad que aprendieron en las copas de los árboles, acompañada del olor a flores silvestres de los bosques que los rodean, perciben el aliento de Dios, o quizá el sonido de una de sus lágrimas que se quiebra y salpica sus cuerpos.

La madre de Noemí es invadida por la fatiga y se recuesta al auto para evitar interrumpir los acordes. Su hermana respira profundo y sostiene la sonrisa excitada. Al terminar la exposición avanza hasta la niña alemana y le extiende su objeto más valioso, que es la manera de quedarse unidas.

—No puedo aceptarlo —rechaza Emily—, sé lo importante que es para ti y lo que significa.

—Precisamente por eso —responde—, es que he decidido dejarlo contigo, en esa medida sabrás comprender mi amistad.

Se abrazan.

—Yo también te traje mi propiedad más valiosa —dice Emily y extrae del interior de su abrigo el libro del escritor judío.

—Pero… —se resiste Noemí.

—Pero, nada, ya decidí que tienes que leerlo, es la forma de salvarlo, aquí ya sabes que mis padres lo van a arruinar… El libro tiene que continuar su destino, quizá descubras al niño o la niña propietario y puedas devolvérselo, porque seguro lo echará de menos. Todos deberíamos tener un ejemplar.

Noemí lo recibe y aprieta contra su pecho.

—¡Sálvalo! —ruega Emily—, esa es tu misión.

Asiente y antes de entrar al auto intenta despedirse de los adultos de la barraca, pero yace solitaria. Se percata de las profundas pisadas en el lodo que se dirigen al fondo del campo. Su hermana la insta para que entre. Una vez que lo hace la madre se le abraza.

—¡Perdóname! —dice y contiene el llanto.

Noemí no entiende la frase y se muestra confundida.

—No dejes de escribirme apenas llegues —pide la rubia caminando con prisa a la par del auto.

—Espera siempre mis cartas —le asegura la pelirroja.

Por el cristal trasero ve, mientras se aleja, achicarse la imagen de Emily, su brazo batiendo con insistencia en el aire hasta que se hace difusa. A veces se apresura y, unos pasos después, se frena, y vuelve a correr. La señora la persigue intentando hacerla regresar. La sujeta por el brazo pero se le desprende, y la retiene, hasta que finalmente la lleva hacia su casa. El viento le arrebata el paraguas, y la señora aterrada va a guarecerse.

El auto pisa las piedras que sembraron desde su llegada. Según el itinerario explicado a Noemí, primero pasarán por el hospital a recoger a su hermana, luego continuarán a unirse con su padre. Al avanzar unos pocos kilómetros, el auto interrumpe la marcha ante la sorpresa de Noemí, emprende el regreso y observa en su madre indagando el por qué; ve sus lágrimas, la manera en que le oculta la mirada. Noemí prefiere esperar que se le pase la emoción por el reencuentro. Entran al campamento, busca a la niña alemana pero ya no está en el lugar de la despedida minutos atrás. El auto no se aparca frente a la casa del Comandante ni en la barraca, bordea el campo, se dirige al final, por donde se llevaron a los niños y a su hermana enferma. Sigue sin percibir lo que acontece. El paraguas de la señora ha quedado prendido en la alta cerca y exhibe huecos por las filosas cuchillas de la alambrada.

Mira a su madre y a su hermana que se mantienen fingiendo estar interesadas en el exterior. Por el cristal descubre sus llantos contenidos. Entonces muchas imágenes se le agolpan, ahora por primera vez desfilan silentes y es como culminar un gran rompecabezas con fichas defectuosas; andar por un laberinto y toparse, una vez tras otra, con el muro que impide proseguir. Y finalmente, la salida que se abre inmensa.., recuerda el empeño de su padre por despedirse.., deja de pestañear.., el oso de trapo.., respira profundo.., el momento en que sustituyó a su hermana en la fila.., su cuerpo se enfría y suda… Saca el libro, lo contempla.., piensa en los niños, el parque infantil, el hedor constante.., y el silencio que soportaron las madres en las barracas.., y lo lanza por la ventana, ve como gira, múltiples vueltas, el viento mueve sus hojas, semeja a un ave que ensaya su primer vuelo y se salpica de lodo.

Luego les toma las manos a sus acompañantes que aún se resisten a mirarla; las siente frías y sudadas; pero ya conoce por experiencia cómo evitar el dolor: y comienza a mover los dedos, compone otra sinfonía.

Sabe que es la última.

               Prisión asentamiento Lawton, 21 de marzo de 2014, 5:15 am