Waldo Fernández Cuenca: ¿La pistola o las ideas?

(Tomado de La imposición del silencio. Cómo se clausuró la libertad de prensa en Cuba, Hypermedia, 2016)

Parte I

Sería la única vez que periodista y mandatario se verían frente a frente. Apenas si hacía dos meses que uno de los hechos más trascendentales de la América había tenido lugar: la Revolución Cubana. El encuentro se efectuó en Cojímar; y el dueño del diario más antiguo y poderoso de Cuba encontraría al líder con una pistola y un ejemplar del Diario de la Marina en su mesa. Eran José Ignacio Rivero y Fidel Castro, dos vidas y maneras de pensar que pronto chocarían sin remedio. Rivero iba a exigirle al jefe de la Revolución la liberación de Francisco Ichaso un renombrado periodista de ese diario detenido por una injusta acusación de complicidad con el régimen recién depuesto. El director del Diario de la Marina demandaría de Castro su indiscutida autoridad para poner en libertad a Ichaso. El encuentro de más de cuatro horas entre el periodista y el gobernante era reseñado así por el hijo de Pepín Rivero: «Dos buenas armas tiene usted sobre su lecho» y la respuesta del Primer Ministro resultaría profética: «La pistola no me hace falta ya; pero sí la prensa, para defender los intereses sagrados de la Patria».

El nuevo dueño de los destinos de la Isla conocía bien la importancia de la Prensa para las gigantescas tareas que se echaría a sus hombros, por lo cual la batalla entre la prensa independiente y la Revolución en el poder no tardarían en llegar. Todos sabían que comenzaba una nueva etapa para Cuba, pero muy pocos imaginaban el inesperado curso que tomarían los acontecimientos.

Prensa y Palacio

Muy poca importancia le darían los principales dueños de periódicos a la reveladora noticia que sacaba Revolución el órgano oficial del Movimiento 26 de Julio y principal vocero del Gobierno Revolucionario en su edición del 30 de enero de 1959. El diario mostraba en portada las sumas de dinero que cada órgano de prensa tanto nacional como provincial recibía directamente de Palacio Presidencial. Y aunque Revolución decía a pie de foto que no había ánimo revanchista en publicar esas cifras, lo cierto es que meses después cuando la prensa comenzó a señalarle al poder sus errores y a tomar distancia de la creciente influencia del comunismo soviético, el dinero que habían recibido del batistato funcionaba como una mancha imposible de limpiar. De nada valía la lucha que en todo momento libró buena parte de la prensa cubana contra la censura batistiana. Había —en las nuevas condiciones— que plegarse incondicionalmente a los dictados del nuevo régimen sin el inalienable derecho a disentir, elemento central de todo sistema democrático.

Ni siquiera Prensa Libre el único diario de circulación nacional que no aceptó prebendas del batistato se hizo eco de la gran revelación de Revolución. Enfrascados estaban todos en apoyar los inmensos retos que el nuevo gobierno tenía por delante, «hermosa Revolución que venía a restaurar de una vez y para siempre la libertad y la democracia» decían muchos y todos de una manera u otra así lo creyeron. Tampoco un periódico tan conservador como Diario de la Marina podía sustraerse al fervor y encantamiento que despertaba el proceso revolucionario. Y así lo mostró en sus páginas en los primeros meses del Gobierno Revolucionario. La Revolución era un encantamiento. Incluso el hecho de que el Ejército Rebelde al tomar el poder ocuparía los diarios que apoyaban abiertamente a la dictadura batistiana como Pueblo, Ataja, Réplica, Tiempo en Cuba y Alerta era un mal síntoma de la voluntad del nuevo régimen de respetar el régimen democrático y la libertad de prensa. En aquel momento no se entendió así, como esos diarios habían defendido la dictadura había que eliminarlos junto con ella, por ello dejaron de existir apenas las fuerzas rebeldes convocaron a una huelga general en el amanecer del 1 de enero. Los más antiguos y prestigiosos diarios del interior del país como El Camagüeyano, El Villareño y Diario de Cuba, este último de Santiago de Cuba fueron tomados por las fuerzas rebeldes en los primeros días de enero y nunca más le fueron devueltos a sus legítimos dueños. Eduardo Abril Amores hizo pública su protesta y hasta sorpresa por la demora en devolvérsele la dirección del periódico más antiguo de la región oriental, Diario de Cuba («Debe devolverse el Diario de Cuba dice Eduardo Abril», en Prensa Libre, 11 de febrero de 1959, p. 9), pero la vuelta a la normalidad que deseaba Amores nunca llegó, al diario poco tiempo después —como a muchos otros periódicos locales— le fue cambiado hasta el nombre por uno más «revolucionario» o «combativo» y sus dueños fueron los primeros en toda Cuba en ver cómo eran despojados de sus propiedades.

La práctica gubernamental en la Isla de subvencionar periódicos era de vieja data y no se inauguró con el último régimen de Batista. Sin embargo siempre se obvia el hecho de que estas subvenciones no cubrían la totalidad de los gastos del periódico (aunque sí eran importantes para sostenerlo) ni incidían en su línea editorial. Este detalle no lo aclara el periodista Juan Marrero cuando da a conocer las famosas cifras en su folleto Dos siglos de periodismo en Cuba pues crea la falsa impresión que todos los periódicos de un modo o de otro estaban plegados a Batista. Nada más alejado de la realidad. Batista nunca llegó a controlar a toda la prensa del país, por ese motivo, sobre todo a partir de 1957 la censura previa se hizo cada vez más recurrente en las redacciones de todos los diarios nacionales. De hecho cada vez que Batista levantaba la censura, la mayoría de los diarios publicaban los trabajos críticos que los censores habían tachado, la información fluía tan libremente que la dictadura se veía obligada a reimplantar la censura. El ilegítimo gobierno batistiano solo llegó a clausurar totalmente el periódico La Calle de Luis Orlando Rodríguez —por su postura abiertamente opositora— en dos ocasiones (1953 y 1955), diario en el que colaboró más de una vez Fidel Castro. Los demás, con las contadas excepciones de la revista Bohemia y el vespertino Prensa Libre, mostraban una oposición más oblicua, indirecta, al suspender sus editoriales o sacar artículos que hablaban del significado de una tiranía o la importancia de la libertad de pensamiento, entre otras informaciones que indirectamente apuntaban su dedo acusador al régimen de facto.

En sus memorias José Ignacio Rivero, el dueño del Diario de la Marina aclara el tan llevado y traído tema de las subvenciones a la prensa:

«Se dice con exageración que todos los periódicos en Cuba estaban subvencionados por los distintos gobiernos del país. No es verdad. Esa es una mentira que echaban a rodar ante la opinión pública algunos políticos de la oposición de turno sin darse cuenta de que la lógica destruía su aseveración: era la oposición la que tenía que pagar su propaganda política en época de elecciones. Los gobiernos solo pagaban su campaña electoral aunque, por supuesto, pagaban ciertas cantidades normales a todos por el espacio dedicado a sus obras y proyecciones generales que se salían del gran interés público. Si los periódicos o algunos periódicos recibían alguna dádiva o “subvención” de los distintos gobiernos se debía a la gestión personal de algún funcionario de la empresa que en ciertos casos la hacían y la aceptaban por estimar que no era justo que algunos recibieran ayudas económicas y otros no, creándose una especie de desleal competencia económica. No obstante esa realidad establecida en ese campo de la publicidad (aunque nunca la prensa cubana le endilgaba a ese tipo de publicidad la coletilla de “anuncio político pagado”) nunca el pago publicitario ni la propaganda indirecta incluía la opinión editorial ni la de nadie del periódico» (José Ignacio Rivero, 2004: 65).

Cuenta José Gabriel Gumá, uno de los periodistas que siendo muy joven ingresó en El Mundo como reportero, que

«el dinero que recibían los periódicos aparecía como si lo recibiera el director, pero ese dinero era del periódico, a Alfonso Gonsé, director del periódico El Mundo lo acusaron de recibir dinero de Palacio pero eso no es cierto, tenía sus prebendas, pero no vivía tan holgadamente como se pudiera pensar, tenía un apartamento en El Vedado, al final de su vida pudo comprar a plazos un apartamento en la calle 1ra de Miramar, el apartamento que yo le conocí en el Vedado era humilde. Alfonso Gonsé ganaba oficialmente solo 300 pesos» (Entrevista con el autor, 2013).

En reiteradas ocasiones el Colegio Nacional de Periodistas y sus dependencias provinciales mostraron su público desacuerdo con la censura batistiana, lo anterior puede verificarse quien revise sus órganos oficiales Papel Periódico del Colegio Nacional y El Periodista del Colegio Provincial de La Habana este último a cargo de Jorge Quintana, férreo opositor al régimen de facto. Los más importantes periódicos nacionales como El Mundo, Diario de la Marina e Información, unos más que otros, también hacían saber su desacuerdo con la situación imperante suprimiendo los editoriales o absteniéndose de publicar opiniones elogiosas de las principales figuras del gobierno. En aquellas condiciones más no podían hacer no solo porque recibían dinero de Palacio Presidencial y de la Renta de la Lotería Nacional para su desenvolvimiento económico sino porque podían ser tomados por el Gobierno para convertirlos en un panfleto al estilo de Ataja de Alberto Salas Amaro o Pueblo de Octavio R. Costa y de suceder así los dueños perdían parte de su fortuna y el esfuerzo y sacrificio con que esas empresas periodísticas se habían levantado durante tantos años. La lucha contra la censura batistiana merecería todo un estudio aparte, pero a diferencia de la censura totalitaria que impondría el régimen de Castro la batalla contra la mordaza batistiana era abierta y no encubierta.

Consta en el Archivo Nacional de Cuba la creación de Comités y Partidos formados estrictamente por periodistas para luchar por el restablecimiento de la libertad de prensa y donde se hace constar el carácter dictatorial del batistato. Está la creación de los partidos Superación Periodística y Unidad y Acción comandados por Diosdado del Pozo y Jorge Quintana, también el comité de Periodistas Unidos por la Libertad (PUPL) que funcionó en los órganos de prensa y abogaba por la supresión de la censura y la depuración de los periodistas adeptos al régimen (Fondo Especial, Legajo 10, expediente 89, Archivo Nacional).

Sumamente ilustrativo es el informe del periodista norteamericano Jules Dubois, presidente en aquel entonces de la Comisión de Libertad de Prensa de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), para comprender cómo operaba la censura en los últimos años de la República, Dubois luego de entrevistarse en Cuba con directivos de medios de comunicación y reunirse —en compañía del presidente de la SIP el cubano Guillermo Martínez Márquez— con Fulgencio Batista para pedirle que aboliera la censura —gestión en la que obviamente no tuvieron éxito— elabora un informe muy minucioso donde explica cómo funcionaba la censura batistiana y pide ante el cónclave anual de esta organización celebrado en Washington D.C en septiembre de 1957 declarar al régimen cubano de antidemocrático por no respetar la libertad de prensa. Vale la pena mostrar en extenso los pasajes más importantes del informe de Dubois y que hasta la fecha nunca se han publicado íntegramente en Cuba:

La Censura Previa se ejerce en una oficina central, dirigida por la Sra. Evangelina de las Lleras, que está directamente bajo las órdenes del Ministro de Gobernación. En la Habana hay un censor en cada periódico, llamado delegado personal del ministro de Gobernación. Es un civil. En el interior de la república ejercen la censura los miembros de las Fuerzas Armadas designados por el Ministro de la Defensa.

Los despachos de los corresponsales extranjeros están sujetos a la censura.

Los periódicos extranjeros también fueron censurados y todos los ejemplares de dichos periódicos tenían que ser enviados a un departamento de la Policía Secreta, donde les recortan los artículos y comentarios que se refieren a la situación de Cuba.

El día primero de agosto de 1957 el presidente Martínez Márquez envió un telegrama a Batista, protestando contra la censura establecida.

Batista contestó el 2 de agosto de 1957 diciendo, en substancia, que le daba pena que tener que imponer la censura, pero que era necesario para bien del país.

Los censores prohibieron la publicación de la respuesta de Batista y algunos periódicos, entre ellos El País, de la Habana, pero la permitieron en otros.

El 7 de agosto de 1957 el Presidente Martínez Márquez envió otro telegrama a Batista, protestó contra la censura de la respuesta de Batista a su mensaje, y contra la mutilación de periódicos de los Estados Unidos por parte de los censores. Batista no contestó este mensaje.

El 12 de agosto de 1957 el Presidente Martínez Márquez envió un telegrama a Batista, solicitando audiencia para él y para quien suscribe para tratar de la censura.

El día 15 de agosto de 1957 Andrés Domingo Morales del Castillo, Secretario de la Presidencia, comunicó por telegrama que se había recibido solicitud de audiencia. Informó que se le haría saber al Presidente Martínez Márquez cuando fuera concedida.

El 26 de agosto de 1957 el presidente Martínez Márquez y el suscrito tuvieron una conferencia sobre la censura con el Ministro de Gobernación Santiago Rey, quien prometió discutir el asunto con Batista.

El 28 de agosto de 1957 el Ministro de Gobernación, Santiago Rey mandó llamar al Presidente Martínez Márquez y el informó que quedaba levantada la censura para todas las publicaciones extranjeras que entraran a Cuba.

El 30 de agosto de 1957 se le comunicó al Presidente Martínez Márquez que Batista nos recibiría el 12 de septiembre de 1957 a las 5:30 p. m.

La censura ha sido arbitraria. A algunos periódicos se le permiten publicar artículos que para otros son prohibidos.

Parece que no se aplica una norma general. La censura prohíbe la publicación de todas las noticias que se refieren al movimiento revolucionario de Fidel Castro en la provincia de Oriente excepto las proporcionadas oficialmente por el departamento de prensa del estado mayor del Ejército. A últimas fechas debido a un cambio en la jefatura de este departamento en lugar de facilitar informaciones se ofrecen comentarios, pero la mayoría de los periódicos se rehúsan a publicarlos.

El censor no permitió la publicación de las declaraciones del secretario de Estado de los Estados Unidos, John Foster Dulles, en su conferencia de prensa del 6 de agosto de 1957 apoyando la actitud del embajador Earl T. Smith en Santiago de Cuba.

La información sobre las declaraciones de Dulles preparada por el Servicio de Información de los Estados Unidos en la Habana también fue víctima de la censura.

El material es censurado en forma arbitraria y ridícula, a saber:

Ninguna declaración del Secretario de Estado John Foster Dulles es aprobada, ni siquiera las que se refieren a la situación en el Medio Oriente.

A la mayoría de los periódicos se les prohibió publicar una fotografía de Dulles con el presidente Eisenhower y Harold Stassen.

En el periódico El Mundo el censor ordenó suprimir un artículo de Drew Pearson porque en él aparecía el nombre de la senadora Margaret Chase Smith (por similaridad con el embajador Smith) y se refería a las críticas hechas por ella a la Fuerza Aérea de los Estados Unidos.

No se permite publicar información alguna que contenga discursos o declaraciones del presidente Aramburu, de la Argentina.

No se aprueba nada que constituya crítica de los dictadores Trujillo, Perón o Rojas Pinilla.

Muchas informaciones sobre la Conferencia Interamericana de Economía en Buenos Aires fueron suprimidas.

No se permitió publicar informaciones sobre el precio del azúcar en el mercado de Nueva York.

A menos que se mencione a muertos o heridos no se permite publicar informaciones sobre atentados dinamiteros.

La censura suprime las informaciones obtenidas en los juzgados y las que se refieren a crímenes ordinarios.

La censura no permitió informar sobre el suicidio de una corista norteamericana en el Hotel Nacional.

Las palabras libertad, democracia, dignidad humana no pueden aparecer en las publicaciones ni aun cuando se refieran a acciones u obras que nada tengan que ver con la situación actual.

La noticia de que la Junta Militar de Haití convocaría a elecciones fue negada a los periódicos pero se permitió a las radioemisoras que la dieran.

No se permite publicar información alguna de las grandes agencias noticiosas que se refiera a rebeliones, protestas estudiantiles o cosa parecida, aunque sea del rincón más remoto del mundo.

Cuando fueron capturados Raúl Chibás y Roberto Agramonte, hijo, el 31 de agosto de 1957, el periódico El País publicó en primera plana, debidamente autorizado por el censor, un titular que decía: «Presos Chibás y un hijo de Agramonte». Cuando ya la edición estaba en la calle se le ordenó a la administración que la recogiera. Después se le reordenó rehacer la primera plana con este otro titular: «Presentados Chibás y un hijo de Agramonte». El presidente Martínez Márquez tomó licencia para ausentarse de la dirección de ese periódico desde que fue reimpuesta la censura. Si hubiera estado en la dirección hubiera desafiado la imposición del censor. Como la versión de que Chibás y Agramonte se había entregado era falsa, muchos directores trataron de ponerle comillas a sus titulares, pero el censor eliminó las comillas. Durante la noche del 2 de septiembre se permitió a los fotógrafos retratar a Chibás y Agramonte, pero los censores suprimieron las fotografías que mostraban que habían sido fuertemente golpeados por la policía (Cfr. Fondo Especial, Legajo 4, Expediente 4-3, Archivo Nacional de Cuba).

Los hechos que expone Dubois demuestran que los censores cometen muchas torpezas en su intento de no mostrar a la opinión pública las noticias, opiniones o comentarios que supuestamente pueden incomodar a un régimen de fuerza.

¡Llegó la Revolución!

Una de las primeras medidas que tomaría el Gobierno Revolucionario sería la total eliminación de las subvenciones a los periódicos con el sano objetivo de deslindarse de las prácticas del batistato y como muestra inequívoca de que se avecinaban nuevos tiempos para la prensa cubana. Castro se reuniría por vez primera con los periodistas en fecha tan temprana como el 9 de marzo de 1959 en el Tribunal de Cuentas de La Habana. En aquella reunión el líder del nuevo gobierno anunció varias de las nuevas medidas que pensaba dictar el Ejecutivo en muchas áreas económicas. Para el gremio de periodistas era muy difícil no estar de acuerdo con sus promesas: «Yo no vengo a aquí a censurar a los periodistas […] ni a erigirme en paladín de los periodistas sino a tratar de resolver los problemas de los periodistas. Hubo muy mala fe y mucha inmoralidad de parte de los gobernantes hacia los periodistas. Con veintidós pesos a la semana no hay periodista que viva» (Diario de la Marina, 10 de marzo de 1959, pp. 1-2). En esa reunión el Colegio Nacional puso en manos del Primer Ministro su petición de elevar los salarios a los periodistas en dependencia de su medio de prensa, cargo que ocupaban y región del país donde vivían, reclamo que fue atendido y hecho ley por Manuel Urrutia Lleó en los pocos meses que ostentó la presidencia de la República. Pero las palabras más importantes de Castro en aquella reunión fue la promesa de legislar y mantener una premisa vital para el pleno ejercicio de esta profesión: la independencia de criterio. «La ayuda del Gobierno Nacional a la prensa será una ayuda moral que no sacrifique su libertad de criterio», acotó el flamante Primer Ministro.

El semanario humorístico Zig-Zag resumía con su característico estilo jocoso la plena confluencia entre la naciente Revolución y la prensa: «La Revolución es El CRISOL donde se están fundiendo todas las ansias y anhelos del pueblo cubano. Ha llegado el momento de dejar la vida BOHEMIA para que todos los pueblos de EL MUNDO admiren el gran esfuerzo que realiza nuestro PUEBLO LIBRE en su incontenible AVANCE por los caminos del progreso y el bienestar de la patria. Tanto el Ejército Rebelde como LA MARINA y la Policía Nacional Revolucionaria han luchado y están luchando, por el mejor encauzamiento de EL PAÍS. LA REVOLUCIÓN sigue su camino recto sin hacer ningún ZIG-ZAG en su trayectoria. Los obreros exhiben sus CARTELES planteando demandas, el Gobierno recibe toda la INFORMACIÓN necesaria. Y lo mismo por la mañana que en horas de LA TARDE o de la noche, el Primer Ministro doctor Fidel Castro, procura atender todos los asuntos pendientes, restándole tiempo al sueño o al descanso. Con este trabajo DIARIO NACIONAL Cuba tendrá al fin el futuro un MAÑANA LIBRE» («La Revolución y la Prensa», en Zig-Zag, marzo de 1959, p. 15).

Poco tiempo después, el 2 de abril, en el programa televisivo «Ante la Prensa», Castro ratificaba su total compromiso con la libertad de prensa de que disfrutaban todos los medios en el país, sus palabras son las de un demócrata convencido:

«Lo que ha habido en el país es la recuperación de las libertades públicas, la recuperación de los derechos ciudadanos, de prensa, de reunión, de escribir, de pensar y de hablar; eso es lo que se ha establecido en el país. ¿Perseguir a La Marina porque sea un periódico de tendencias derechistas o perseguir a otro porque sea de tendencia de izquierda, a uno porque es radical y de extrema derecha, y a otro, porque es de extrema izquierda? No. Lo democrático es lo que estamos haciendo nosotros. Los que hablan de democracia deben empezar por saber en qué consiste el respeto a todas las ideas, a todas las creencias, en qué consiste la libertad y el derecho de los demás. Y sinceramente nosotros respetamos a todo el mundo; no perseguimos a nadie. Y, ¿qué se pretende: que nosotros vengamos a clausurar, a perseguir ideas? No señor, digo terminantemente que no. Yo no hago distinción y como gobernante tenemos que tener un respeto igual para todas las ideas. Si perseguimos un periódico y lo clausuramos ¡ah!, cuando se empiece por clausurar un periódico, no se podrá sentir seguro ningún diario».

El clima de libertades que se respiraba parecía inamovible con estas palabras del Primer Ministro, pero los acontecimientos más dramáticos aún estaban por suceder. En su visita a Estados Unidos a finales de abril entre sus muchas actividades Castro se entrevistaría con el presidente de la SIP el argentino Alberto Gaínza Paz, en dicho encuentro, efectuado el día 23, el directivo de la prensa continental le pediría al dirigente cubano que le facilitara pruebas de la subvención del anterior gobierno a los periódicos cubanos miembros de esa organización regional, pero Castro se negó de plano a facilitarle esos documentos a la SIP. La Sociedad Interamericana de Prensa le reiteraría la solicitud de pruebas al Gobierno, pero ni en ese momento ni después el nuevo régimen presentó pruebas formales de lo que había publicado Revolución en enero de 1959. Así consta en las declaraciones de la SIP de la época («Emite su protesta la SIP», El Crisol, 25 de febrero de 1960, pp. 1-2).

Todo parece indicar que el máximo dirigente de la SIP pudo percibir el carácter arrogante del Primer Ministro y por ello, en una entrevista con el periódico estadounidense Daily News, Gaínza Paz hace algunas críticas al gobernante y declara que es preocupante el estado de terror en que está la prensa de la Isla a pesar de que no hay censura (Prensa Libre, 6 de mayo de 1959, p. 17). La reacción en Cuba no se hizo esperar y la riposta de algunos dueños de medios y periodistas por considerar totalmente infundadas las declaraciones de Gaínza Paz fueron inmediatas, desmintiendo por falsas esas afirmaciones. El decano del Colegio de Periodistas de la Habana Jorge Quintana le enviaría el 22 de mayo un cablegrama a Gaínza Paz con la autoridad que le daba ser miembro activo de esa organización y donde exponía sin ambages la existencia de plena libertad de prensa en Cuba («Mensaje de Jorge Quintana a la SIP», El Periodista, órgano del Colegio Provincial de Periodistas de La Habana, enero-julio de 1959, p. 21).

Parte II