Waldo Fernández Cuenca: ¿La pistola o las ideas?

(Tomado de La imposición del silencio. Cómo se clausuró la libertad de prensa en Cuba, Hypermedia, 2016)

Parte II

Discrepar sin dejar de sonreír

Pero la joven Revolución aún sin una ideología definida de manera pública aunque decidida a afianzar su poder se mostraría a lo largo de todo ese primer año poco tolerante con la crítica. Las primeras divergencias entre el periodismo oficial y la prensa independiente ocurrieron cuando fue promulgada el 17 de mayo la primera medida de gran impacto: la Ley de Reforma Agraria. En la redacción de esa ley habían trabajado dos comunistas: Carlos Rafael Rodríguez y Oscar Pino Santos, su principal propósito era proscribir el latifundio al establecer un máximo de treinta caballerías y alcanzar un reparto más equitativo de la tierra al otorgar títulos de propiedad a miles de pequeños campesinos.

La medida fue apoyada por todos los medios de comunicación en mayor o menor grado pero como sucede en cualquier país donde existe libertad de prensa la diferencia radica en que los órganos oficiales la apoyan sin hacerle crítica alguna mientras los rotativos independientes en consonancia con su invariable política editorial dan cabida en sus páginas a sectores de la sociedad que muestran su desacuerdo con algunos acápites del nuevo proyecto al ver afectados sus intereses. Fue lo que ocurrió en Cuba en ese momento. Las asociaciones de colonos, ganaderos, cosecheros de tabaco, café y arroz pidieron la revisión de varios acápites de la nueva ley y ventilar sus discrepancias con el Ejecutivo nacional para llegar a un acuerdo, estas opiniones fueron publicadas por el Diario de la Marina y Prensa Libre. Algunos requerimientos fueron atendidos, otros no.

Lo que sí estaba claro para Fidel Castro y así lo hizo saber cada vez que comparecía en Televisión era que nada ni nadie iba a detener la Reforma Agraria tal como se había concebido, de manera hábil y soberbia Castro rechazó la oferta de hacendados, ganaderos y colonos de donar más de dos millones de pesos para los campesinos beneficiados con la Reforma Agraria, pero ahí no se quedó sino que amenazó a aquellos sectores latifundistas que se opusieran a la nueva medida con llevarlos al pelotón de fusilamiento («Rechaza Castro ayuda colectiva para la Reforma Agraria de ganaderos, hacendados y colonos», en Prensa Libre, 11 de junio de 1959, p. 8).

Dos de los casos más sonados lo protagonizó el sector de los cosecheros de tabaco de Pinar del Río y la Asociación de Ganaderos de Cuba. Los tabaqueros pinareños pidieron una audiencia con Fidel Castro para explicar su caso particular y la respuesta pública de la Dirección Provincial del Movimiento 26 de Julio de Pinar del Río fue que su actitud era contrarrevolucionaria (Cfr. «Contrarrevolucionaria la actitud de los dueños de fincas pinareños, dice la Dirección Provincial del M-26-7», en Prensa Libre, 29 de mayo de 1959, p. 22). Vale la pena revisar la respuesta a la prensa que dio Dermidio Escalona, jefe del Sexto Distrito del Ejército Rebelde de Vueltabajo en respuesta a la demanda de los cosecheros pinareños: «nadie creerá a estos señores la campaña que realizan diciendo que los campesinos tendrán que comer malanga sola por culpa de la Ley Agraria y yo les pregunto: ¿Qué es lo que han comido hasta ahora? Comerán malanga sola, pero cosechadas en tierras de la Revolución Cubana». Escalona rechaza la actitud de este sector, pero se muestra incapaz de dar una respuesta satisfactoria, argumental, su contrarrespuesta tenía un tono inequívocamente autoritario.

Oscar Pino Santos encargado de la sección económica de Revolución en su trabajo «Los aparceristas de Pinar del Río, ¿instrumentos de la reacción?» finalizaría su réplica a las demandas de los terratenientes pinareños con una idea de típico corte totalitario: «La Ofensiva contra la Reforma Agraria ha sido iniciada. Es la ofensiva contra la Revolución. Es la ofensiva contra Cuba» (Oscar Pino Santos, «Los aparceristas de Pinar del Río, ¿instrumentos de la reacción?», Revolución, 28 de mayo de 1959, p. 14).

El vespertino Prensa Libre de Sergio Carbó al exponer en sus páginas los señalamientos y desacuerdos de los ganaderos cubanos, hubo de ganarse una diatriba de Revolución quien acusó al vespertino de ser vocero de ese importante sector del país («Prensa Libre y Siquitrilla», en Revolución, 3 de junio de 1959, pp. 1-2), una falsedad que el diario replicó exponiendo su diáfana política editorial en aquellos volcánicos momentos:

«Últimamente el periódico Revolución se ha interesado por los editoriales de Prensa Libre. Tanto, que casi a diario se hace un comentario en primera plana enfocando los conceptos emitidos la tarde anterior en este órgano de opinión libre. El comentario es casi siempre adverso y amargado. Fundamentalmente parcial y muchas veces redactado a la ligera, malinterpretando el verdadero sentir revolucionario y nacionalista de los editoriales de Prensa Libre.

»Lamentamos, naturalmente estos enfoques del colega del mediodía. Pero en cierta forma los justificamos. Son producto de una situación comprometida. De la misma manera que los artículos e informaciones de Prensa Libre responden a una política de libertad de criterios, donde se publica el parecer de todos los sectores de la vida pública cubana y no solamente el de una parte, por muy respetable y bien intencionada que esta parte pueda ser. He ahí fundamentalmente la diferencia. Ambos criterios el de Revolución y el de Prensa Libre, son sinceros. Pero uno de ellos, el nuestro, responde al interés colectivo, porque refleja y matiza, libremente, todas las zonas de opinión.

»[…] Y defendemos la Revolución y la Reforma Agraria, pero estimamos que defenderla no es imponerla a la trágala —amenazando inclusive con el uso de las armas en el futuro por parte de los campesinos según reza imprudentemente en el periódico Revolución— sino adecuándola a la conveniencia de las mayorías, objetando en nombre de la opinión pública algunos aspectos de su articulado y su forma, sin dejar de reconocer el magnífico propósito que la inspira, con tal de que se someta a la consulta pública y que se escuche a todo el que autorizadamente tenga algo que decir, sin aislarla en una urna hermética de infalibilidad, como si se tratara de un fetiche…

»¿Es esto reacción? Al hacer uso de la libertad de expresión que consagra nuestro régimen —también consagra el derecho de propiedad—: ¿Estamos incurriendo en el terrible delito de la “contrarrevolución”, que los marxistas llaman también “desviacionismo”?

»No. Esto es simplemente mantener una doctrina invariable de defensa y afirmación de los principios democráticos que defendieron nuestros mambises y que la Revolución ha reiterado» («Nuestra doctrina invariable», en Prensa Libre, 4 de junio de 1959, p. 1).

Resulta muy elocuente la manera de pensar de Revolución cuando responde al editorial de Prensa Libre:

«A la Reforma Agraria no se le puede tocar ni con el pétalo de una rosa. Porque el destino de Cuba va en ella. Si Humberto Medrano está de nuestro lado de la barricada mejor, porque la batalla es compleja y cuantos más hombres a defender nuestra posición más inviolable la mantendremos. En Cuba todo el mundo tiene derecho a opinar con libertad, por eso es que tomamos posición contra los ataques, y todo lo que tiene el aspecto, forma y fondo, de un ataque a la Reforma Agraria. En un editorial de Prensa Libre se decía que se comprendía nuestra posición, porque estamos comprometidos. Efectivamente nosotros estamos comprometidos con el pueblo. […] Somos absolutamente independientes con respecto a todo, excepto al pueblo y a la Revolución, con quienes tenemos un compromiso absoluto hasta el fin de los tiempos» («Medrano y la Reforma», en Revolución, 5 de junio de 1959, pp. 1-2).

Quedaba claro a cuáles intereses respondía Revolución y su nula capacidad para asimilar cualquier crítica. Los hechos posteriores así lo confirmarían.

Pero con quien más polemizaría en los meses de mayo, junio y julio de 1959 Revolución no sería con Prensa Libre sino con el Diario de la Marina, pues este prestigioso rotativo publicaría íntegramente las declaraciones de los ganaderos y colonos afectados por la Reforma Agraria, lo cual provocó la siempre airada respuesta del vocero oficial.

Muy en consonancia con una práctica que luego se volvería normal en la prensa oficial cubana en más de medio siglo de totalitarismo Revolución al recibir por escrito los pronunciamientos de la Asociación de Ganaderos de Cuba sin publicarlos en ningún momento señala el 1 de junio en portada:

«A la hora del cierre de esta edición hemos recibido un documento firmado por la Asociación de Ganaderos de Cuba, que por atentar contra los más legítimos principios de la democracia y por atacar directamente al Pueblo de Cuba, nos vemos obligados a darle una rápida respuesta […]. La Asociación toma una posición que por su falta de seriedad y dignidad no merece ser tomada en cuenta en ningún sentido; agrediendo los principios de la democracia e insultando a nuestra heroica revolución, con una terminología descompuesta y desconsiderada […]. No hay en el alegato de los ganaderos un solo argumento científico, una sola opinión que merezca ser tomada en consideración. […] Esta nota previa la hacemos para alertar al pueblo contra las posibles maniobras contrarrevolucionarias, de una clase que nunca se ha ocupado por el bienestar del país, sino por fomentar un indigno, inmoral y fratricida latifundismo que ha conducido a la nación a su actual desproporción económica» («¡La Reacción se moviliza!», en Revolución, 1 de junio de 1959, p. 1).

Se refuta y se discrepa lo que se conoce y al enjuiciar o descalificar cualquier idea es una cuestión de elemental ética periodística presentar las dos partes, algo que ese diario no hizo por lo cual su credibilidad quedaba muy maltrecha.

Pocos días después y en medio de las reclamaciones de los representantes de diferentes sectores agrícolas del país, este diario saca un editorial firmado por su director Carlos Franqui con el sugerente título de «Periódicos que pueden ensangrentar a la Patria» donde hace una artificial conexión entre los batistianos, los terratenientes afectados por la ley de Reforma Agraria, los dictadores latinoamericanos como Somoza y Trujillo y la prensa independiente, en ese editorial Franqui asegura que el Diario de la Marina y otros periódicos habían desatado «una violenta campaña contra la Revolución» y advertía:

«Nuestro deber es evitar que de nuevo vuelva a derramarse sangre cubana. Si ello sucediera, sus responsables —materiales e intelectuales— tendrían que recibir el castigo merecido. Esta vez solo fueron fusilados los criminales de guerra. La próxima vez tendrían que ser fusilados todos los culpables, directos e indirectos, de que sea derramada una sola gota de sangre cubana. ¿Se han puesto a pensar en su ceguera esos señores lo que sucedería en Cuba si un día una bala asesina tronchara la vida de algún líder revolucionario, alentada por algunos de esos órganos periodísticos?» (Carlos Franqui, «Periódicos que pueden ensangrentar a la Patria», en Revolución, 18 de junio de 1959, p. 2).

Detrás de ese editorial estaba el claro mensaje de que nada iba a frenar lo dictado por la Revolución y que la protesta —fuera válida o no, justa o no— podía ser penalizada. Franqui señalaba sin ningún pudor el total sometimiento del diario que dirigía al nuevo Gobierno pues lo defendían «con toda energía y toda pasión». Tan incondicional subordinación se volvería con el paso del tiempo y el inesperado giro —para muchos— hacia el comunismo del régimen un cruel boomerang contra todos aquellos que creyeron en el afán redentor del proceso y terminarían convertidos en férreos opositores al castrismo.

¡Tenemos libertad de prensa! 

En más de una ocasión, sobre todo las publicaciones norteamericanas o personalidades o periodistas de ese país en el primer año de la muy joven Revolución, reiteraron las preocupaciones por el estado de la libertad de prensa en Cuba. La Revolución había nacido en medio de la Guerra Fría y el «problema del comunismo» pendía sobre los dirigentes del país de manera constante. Tanto fue así que la popular revista Bohemia a raíz de unas declaraciones del presidente de la agencia de noticias UPI donde este señor afirma festinadamente la total supeditación de la prensa cubana al Gobierno realizó una encuesta en agosto de 1959 con los directivos de los principales medios de comunicación para indagar sobre el estado de la libertad de expresión en el país. Las opiniones de todos —con variados matices obviamente— dan fe del irrestricto respeto al libre pensamiento existente en el país hasta el momento («¿Existe libertad de prensa en Cuba?», en Bohemia, 2 de agosto de 1959, pp. 80-84).

Sin embargo una lectura más detenida de la declaración de dos de los directores de los periódicos más conservadores del país José Ignacio Rivero del Diario de la Marina y Jorge Zayas de Avance hacen notar ya el tono difamatorio hacia la prensa independiente que impregnaba el lenguaje de los periódicos más cercanos al Gobierno. Zayas sería el más directo en su crítica:

«En realidad es cierto que desde el primer día de la Liberación no se ha recibido en la redacción de los periódicos —por lo menos del que dirijo— ningún requerimiento oficial que afecte la libertad de información ni mucho menos se ha personado censor alguno para gravarla, pero también lo es, que la labor periodística independiente provoca a menudo una reacción crítica, sin duda excesiva por parte de los órganos de la cadena periodística revolucionaria […] que parecen olvidar a veces que en Cuba la liberación incluye entre otras la del miedo. Quizás por eso no estaría de más recordar a quienes lo han olvidado, que entre las semillas que siembra la prensa, ese labrador infatigable del género humano, según Cormein, está el de la tolerancia ante la opinión ajena para que de esa manera no pueda surgir equívoco alguno, que sobre todo a la distancia se presten a torcidas interpretaciones perjudiciales para todos» («¿Existe libertad de prensa en Cuba?», en Bohemia, 2 de agosto de 1959, p. 83).

A pesar de estas opiniones —un tanto críticas—, la luna de miel entre el Gobierno y la prensa independiente no había sufrido ruptura alguna. Uno de los grandes periodistas de Cuba Humberto Medrano del vespertino Prensa Libre lo hace saber en su artículo «Son otros tiempos» donde compara el déspota tratamiento que recibían los periodistas nacionales y extranjeros en Palacio con Batista y la gentileza y buen trato con que ahora el Presidente de la República Osvaldo Dorticós atendía a los reporteros. Pero para todos los periódicos independientes alejar a los comunistas del Gobierno y la pronta celebración de elecciones era vital para mantener el sistema democrático, de ahí las dos preguntas que seleccionara Medrano de las muchas que le formulara un periodista chileno a Dorticós:

«Señor Presidente: He oído hablar de democracia representativa y democracia directa ¿esto quiere decir que si se prefiere el segundo término no contempla el gobierno la celebración de próximas elecciones?

»—El gobierno revolucionario no aspira a perpetuarse en el poder. Cuando se habla de democracia directa solo se pretende significar la diafanidad con que el gobierno expone su obra ante una inmensa mayoría popular que la comprende y la respalda. Pero eso no quiere decir que el gobierno olvide sus deberes. Es un firme propósito de la Revolución convocar a elecciones tan pronto la labor comicial no interfiera la implantación de medidas revolucionarias. Se hará un censo previo de la población y se harán elecciones.

»Señor Presidente se dice que el gobierno está influenciado por los comunistas ¿es cierto?

»—Es falso. Los que tal dicen esgrimen entre otros, el argumento de que la reforma agraria es comunista porque los comunistas la apoyan. Eso es una tontería. También la apoyan los católicos. Y no por eso la Reforma Agraria es católica ni comunista. Es una medida revolucionaria de importancia vital para el país y nada más.

»El periodista insiste:

»—Pero y la influencia señor Presidente ¿no tienen los comunistas ni siquiera una influencia indirecta en el gobierno?

»—Ninguna. Del comunismo nos separan profundas divergencias ideológicas» (Humberto Medrano, «Son otros tiempos», en Prensa Libre, 7 de agosto de 1959, p. 2).

Pero Revolución y en menor medida los demás periódicos defensores a ultranza del nuevo régimen no abandonarían su combativa línea de salirse al paso a cada editorial o comentario del resto de la prensa del país cuando esta le hacía algún señalamiento o crítica al nuevo gobierno, sea esta a través de editoriales o simplemente exponiendo en sus páginas informaciones cablegráficas que hubieran podido tener algún grado de inexactitud. Ni un solo periódico independiente se libraría de los ataques de la prensa gubernamental en el primer año del castrismo en el poder. Los más virulentos ataques empezarían sobre todo después que concluyera la reunión anual de la Sociedad Interamericana de Prensa en San Francisco, Estados Unidos, en los primeros días de octubre y donde todos los directores y periodistas cubanos asistentes a la cita concordarían en ratificar la plena existencia de libertad de prensa en el país, en dicha reunión se acordó además prohibir a los medios de comunicación miembros de esa organización aceptar o recibir fondos gubernamentales porque eso podía comprometer su independencia de criterio.

Concluida esa importante reunión de la SIP la Revolución continuaba su marcha y octubre fue un mes pródigo en acontecimientos en Cuba, en especial la renuncia de Hubert Matos a su puesto de jefe militar en Camagüey y la misteriosa desaparición del Jefe del Ejército Rebelde Camilo Cienfuegos en circunstancias aún hoy no aclaradas. El único diario en publicar íntegramente la carta de renuncia de Matos fue el Diario de la Marina. Y sería ese diario y el vespertino Avance los únicos que publicarían la defensa pública del abogado de Matos cuando fue acusado de cómplice del depuesto régimen.

De los cada vez más recurrentes ataques de la prensa oficial contra los periódicos independientes y de los cuales ninguno lograba escapar hay varios ejemplos, como esta nota del Jacobino en Revolución: «Información proclama que su misión es “informar” y El Crisol que “no opina sino que recoge la opinión del pueblo”». Pero ni uno ni otro periódico hacen ninguna de ambas cosas, porque ni Información informa, ni El Crisol recoge la opinión del pueblo. Mal puede recoger la opinión del pueblo quien está contra él. Lo que ambos practican es una forma embozada de atacar a la Revolución. Mantienen un sepulcral silencio editorial, más se escudan detrás de las noticias de las agencias cablegráficas para expresar sus puntos de vista contrarrevolucionarios. Y así día tras día llenan largas columnas con los ataques que nos llegan del extranjero. Le dan cabida a cuanta mentira, canallada o calumnia se escribe contra nosotros en los Estados Unidos. Esta es la forma de opinar de El Crisol y de informar de Información («Por el Jacobino en Sección Al Pan, Pan y al Vino, Vino», en Revolución, 12 de noviembre de 1959, p. 3).

Cuestionaban además algo tan elemental y de estricta competencia de cada director de un diario como la jerarquización de la información, así sucedió con el acto de inauguración del Congreso Católico Nacional a principios de diciembre de 1959 cuando Revolución cuestionó a Prensa Libre, Diario de la Marina y Avance por informar muy someramente de la presencia de los principales dirigentes del país, en especial de Fidel Castro, en la ceremonia de inauguración de ese evento religioso. Los diarios señalados respondieron al emplazamiento del diario oficial, al exponer que sí habían reseñado en sus páginas la presencia del máximo líder, cada uno a su manera, pero aún así los panfletistas de Revolución exigían a esos diarios un mayor espacio a la presencia de Fidel Castro en la inauguración del Congreso Católico Nacional.

Solo unos días antes de la reunión anual de la SIP de 1959 ya el panorama para los diarios más conservadores como Avance y Diario de la Marina comenzó a ensombrecerse, pues a finales de septiembre cuando el periódico más antiguo del país muestra su desacuerdo con una nueva ley arancelaria donde se gravaban la entrada al país de artículos de lujo la ira pública de Castro en la televisión nacional no se hizo esperar. Castro molesto con los respetuosos señalamientos del decano de la prensa cubana, hablaría de una maniobra de ese diario para provocar un conflicto obrero y mencionaría además a Avance como el hermano gemelo de La Marina en su «espíritu contrarrevolucionario» (Intervención de Fidel Castro en Canal 4 «No cabe el lujo si hay miseria», en Revolución, 29 de septiembre de 1959, p. 17). No sería la primera vez que el máximo dirigente del país descalificaría a los periódicos defensores de la democracia y la libre empresa, sus críticas en los últimos tres meses de 1959 serían frecuentes y en la medida que el proceso se radicalizaba las descalificaciones serían cada vez más subidas de tono. La inexistencia de temor para expresar tus ideas, elemento imprescindible para un pleno ejercicio de la libertad de expresión comenzaba su lento declive.

La intervención de Castro en aquella ocasión leída más de medio siglo después evidencia su escasa capacidad para asimilar cualquier crítica cuando en un tono amenazante trata de vincular al prestigioso diario con una agresión al país: «Todo esto no obedece más que a una maniobra, que el Diario de la Marina está buscando un pretexto baladí, porque nosotros tenemos noticias de los planes que han estado tramando y lo único que no podemos es darle oportunidad […] Hay que estar muy claros en que no podemos darle el menor pretexto que escriban todo lo que les da la gana que nosotros le vamos a responder cada vez que sea necesario» (Intervención de Fidel Castro en Canal 4 «No cabe el lujo si hay miseria», en Revolución, 29 de septiembre de 1959, p. 17).

Por ello y consciente de los tiempos que se avecinaban el director del Diario de la Marina, José Ignacio Rivero, sería bien explícito en señalar el estado en que se hallaba la libertad de prensa en el país en el nuevo contexto, su opinión por ser su diario el blanco principal de los ataques gubernamentales hace una radiografía bien exacta de ese histórico momento. Expresaba el hijo de Pepín Rivero que en Cuba efectivamente existía libertad de prensa, pero «una libertad especial. No hay censores en los periódicos, ni el Gobierno nos envía censores, ni nosotros censuramos al Gobierno en sus informaciones. Pero… debía saber, a estas horas, que existen dos tremendos y vergonzosos fenómenos que dañan singularmente la libertad de expresión en nuestro país. Hablemos claro y no andemos con rodeos, uno es el de las figuras públicas que en su casa y en privado dicen una cosa y en la calle o la tribuna se expresan de otro modo. Eso no se llama libertad de expresión, sino temor y adulación».

Rivero hacía una elocuente comparación de la época que había concluido y la nueva situación:

«La libertad de expresión es como el jardín de una casa que es la República. Antes del primero de enero este jardín tenía un cartel a su puerta que decía: Prohibida la entrada. Hoy en esta revuelta casa nuestra no tenemos ese cartel en nuestro enyerbado jardín. Tenemos otro que reza así: Se puede pasar, pero cuidado que hay perros. La entrada es libre, no cabe duda. Pero son pocos los osados que se atreven a entrar con semejante cartelito. No se puede disfrutar sosegadamente a plenitud de ese hermoso jardín de la libertad de expresión» (José I. Rivero, «Hablemos claro», en Diario de la Marina, 29 de septiembre de 1959, p. 1).

Pero las agresiones verbales y el boicot que lentamente se preparaba contra La Marina se redoblaría en esos meses, he podido contabilizar luego de una minuciosa revisión de las ediciones entre octubre y diciembre de 1959 de Revolución el principal órgano del Gobierno, más de diez artículos contra ese diario en ese crucial período, en especial de su sección Al Pan, Pan y al Vino, Vino escrita bajo seudónimo, a esto se suma el Voto de Censura que el X Congreso Obrero de la Central de Trabajadores Cubanos de manera totalmente antidemocrática y con la presencia de los principales dirigentes del país le hizo a finales de noviembre a ese periódico y a los vespertinos Avance y Prensa Libre.

El Voto de Censura para esos periódicos ocurría días antes que Revolución atacara además la reputación de Sergio Carbó debido a que este periodista expusiera en un editorial la inclaudicable posición de su periódico ante la dictadura depuesta, pidiera la pronta normalización de las relaciones con Estados Unidos y dejara entrever «la penetración roja» en las altas esferas gubernamentales (Sergio Carbó, «Un recuerdo a la virgen cubana y prieta», en Prensa Libre, 15 de noviembre de 1959, pp. 1-2). No andaba muy desacertado Carbó en su editorial pero Revolución fiel a su estilo panfletario no se lo perdonaría y comenzaría a publicar una serie de trabajos donde señalaba falsos vínculos de Prensa Libre con la dictadura y supuestos elogios de Carbó a Batista cuando este dio el madrugonazo marcista, amén de aprovecharse de la vieja amistad que había unido a ambos en la década del 30 para crear un adverso estado de opinión contra Carbó.

En la feroz polémica periodística cada diario defendía su aporte al triunfo sobre Batista, aunque Revolución sin otro objetivo que tratar de enfangar la reputación del rotativo de Carbó por su anticomunismo militante, aviesamente tergiversaba acontecimientos pasados como la contrata que había obtenido Ulises Carbó para construir la doble vía de Rancho Boyeros al presentar tal concesión como una prebenda de Batista cuando la realidad era que el proyecto se había concebido y empezado en tiempos del gobierno auténtico de Carlos Prío («Sergio Carbó, retrato de un “ex”», en Revolución, 16 de noviembre de 1959, p. 1 y 10).

Los mordaces editorialistas de Prensa Libre le saldrían al paso a cada calumnia de Revolución y en la polémica los apoyarían personalidades políticas como Aureliano Sánchez Arango, Manuel A. de Varona y el hermano de Fidel, Ramón Castro. Era el primer enfrentamiento abierto entre esos dos periódicos. Faltaba la última polémica entre ambos diarios, preparatoria del camino para asestarle el golpe final a Prensa Libre y ahogar su nota discordante con el oficialismo.

Justo es recordar más de medio siglo después algunos fragmentos de una de las primeras respuestas de Prensa Libre a Revolución a fines de 1959: «La Revolución nos trajo mucho bien. Pero no pudo evitar cierta escoria que vino sobrenadando entre sus blancas espumas. Se trata de algunos pseudorrevolucionarios que no pelearon en ningún frente, que no arriesgaron nada y que en la hora de la victoria emergieron airados y procaces, para desatar toda la violencia que no emplearon en la guerra. […] Todos los días insultan a alguien. O tuercen aviesamente las palabras de alguien. Les irrita que se escriba. Les molesta que no se escriba. Les indigna que se asienta. Les subleva que se disienta. Hablan de libertad de expresión; pero la conciben como una obligación perenne de aplaudir, como un permanente acatamiento. Cuando no, como un privilegio para infamar a los que no tengan la frente sobre el polvo. […] Dicen que no son comunistas. Pero coinciden con los comunistas en sus procedimientos. La polémica comunista tiene un estilo propio, el descrédito del oponente. No les preocupa convencer, sino vencer al adversario. Para estos voceros de Ocupación no hay contradictores sino enemigos que destruir. […] Repetimos que a nadie engañan. Y mucho menos a un pueblo que vio a Prensa Libre mantenerse sin desmayo en la primera línea de combate. Que nos vio denunciar todos los atropellos, todos los desafueros y destruir todas las componendas con la tiranía. Nuestros redactores fueron golpeados y encarcelados. Nuestros columnistas amenazados, perseguidos y llevados varias veces a los calabozos del SIM. […] Fresca está aún la tinta de nuestros combates desde una trinchera periodística que honramos a plenitud. Estuvimos junto a la Revolución y seguimos estando. […] La Revolución por la que peleamos es la Revolución de la honestidad, de la justicia social, de la afirmación de la soberanía, de la consolidación de las libertades —entre ellas la libertad de expresión— y la democracia. Y en cuanto a esos ataques virulentos de los autotitulados órganos gubernamentales, ni nos asustan ni nos callan. Se han convertido en esbirros sin que nadie se lo pida. Pero ya nosotros tenemos experiencia en enfrentarnos a los esbirros como quieran que se llamen» («Los Voceros de Ocupación», en Prensa Libre, 17 de noviembre de 1959, pp. 1-2).

El Diario de la Marina también se vería precisado una y otra vez en los meses finales de 1959 a aclarar su política editorial y su posición ante la Revolución Cubana pues la campaña que se libraba para acorralar al rotativo y ahogarlo económicamente ya estaba en marcha y tenía su más alta expresión en la quema de ejemplares del diario en plazas públicas, hechos que ocurrieron en varias ciudades del interior del país y que eran organizados por pequeños grupos de filiación comunista en contubernio con dirigentes veinteseístas (Cfr. «Roban y queman un paquete conteniendo números del Diario», en Diario de la Marina, 8 de diciembre de 1959, p. A-1; y «Nuevo método de censura, un entierro más», en Diario de la Marina, 26 de diciembre de 1959, p. A-1).

En legítima defensa La Marina se vería obligado a precisar: «Por una parte se nos dice y reitera que el Gobierno respeta y garantiza la libertad de prensa. Por otra parte, cuando en uso legítimo de esa libertad enjuiciamos desde nuestro punto de vista cualquier problema nacional, el Propio Primer Ministro y otros altos personeros de la Revolución van a la tribuna, a la radio o a la televisión, no a refutar con ideas nuestras ideas, no a criticar nuestras críticas con el respeto que nosotros lo hacemos siempre, sino a proferir agresiones verbales de todo tipo, a calificarnos de contrarrevolucionarios y a ponernos en la picota pública para que ciertas masas enardecidas desaten contra nosotros el boicot, la coacción y otras formas de violencia que no son propias del estilo de nuestro noble pueblo sino del comunismo que divide y siembra odios» («Ante la agresión y el boicot», en Diario de la Marina, 22 de noviembre de 1959, p. 1).

De igual manera Prensa Libre alzaría su voz ante la coacción que sufriría ese vespertino el 20 de noviembre en la ciudad Santiago de Cuba cuando un individuo de una organización sindical se personaba ante el agente del periódico en esa ciudad y le impedía repartir los ejemplares a sus suscriptores y realizar su acostumbrada venta pública, la acción había sido alentada por el diario oficial Sierra Maestra, rotativo creado al ser ocupado arbitrariamente por las fuerzas rebeldes los talleres del periódico más antiguo de esa ciudad oriental: Diario de Cuba de Eduardo Abril Dumois. Ulises Carbó calificaría semejante arbitrariedad con estas palabras: «Jamás se había producido en Cuba un atentado más torpe y descarnado contra la libertad de expresión y una violación más absoluta de los derechos que consagran la Constitución y las leyes» (Ulises Carbó, «Otra coacción a Prensa Libre», en Prensa Libre, 24 de noviembre de 1959, p. 1).

Un mes después y en vísperas del nuevo año Prensa Libre sufriría un nuevo entierro simbólico en la localidad habanera de San Antonio de los Baños. Para tan deleznable empresa se unirían el Comisionado Municipal del 26 de julio con el Secretario General de Partido Socialista Popular de la localidad. El diario sacaría una nota sarcástica e irónica para denunciar el suceso: «Es decir que el Comisionado del 26 y el Comisario del PSP se pusieron de acuerdo, se unieron, se asociaron con un determinado propósito, ¿para fundar una escuela?, ¿para erigir una biblioteca?, ¿para levantar un dispensario o una casa de socorro o un comedor popular? No. Se unieron, se asociaron para un entierro. Para matar la libertad de expresión, colocarla en un sarcófago, y enterrarla simbólicamente. ¡Enterradores que son!» («Comunistas contra Prensa Libre», en Prensa Libre, 25 de diciembre de 1959, p. 1 y 9). Con lo que los enterradores no contaban era que tan repudiable acción causaba el efecto contrario pues hacía aumentar la suscripción del periódico: «Algunos entierros más y no vamos a poder atender más el aumento de circulación […]. Los muertos que vosotros matáis gozan de buena salud», concluía la nota.

La quema y entierro simbólico de los periódicos independientes junto a revistas americanas fue una de las iniciativas de grupos pro-régimen para intimidar a la opinión pública, buscaban provocar que los suscriptores de esos leídos diarios se dieran de baja y con ello ahogarlos económicamente, sin embargo, el efecto deseado actuó como un boomerang pues cada vez que ocurría un acto de esa naturaleza, las suscripciones aumentaban.

Entre risas y un cinismo muy habilidoso Castro declararía en una entrevista televisiva no tener noticias de la quema de periódicos cubanos y revistas norteamericanas, el diálogo a principios de 1960 se desarrolló de la siguiente manera:

«PERIODISTA: Doctor, dos temas más: a pesar de todas esas cosas, usted sabe que se han estado produciendo, sobre todo en el interior de la República, algunos entierros y quemas simbólicas de periódicos, incluso han alcanzado algunas publicaciones que están en una categoría de mucho más prestigio…

»Dr. CASTRO: Yo no he tenido noticias de eso.

»PERIODISTA: ¿Usted no ha tenido noticias de eso?

»Dr. CASTRO: Realmente no.

»PERIODISTA: ¿Cuál es su juicio al respecto, usted cree que eso?…

[…]

»Dr. CASTRO: ¿Qué tú quieres que te diga, que quemen o no quemen?

»PERIODISTA: No, yo lo que quiero saber es su opinión…

»Dr. CASTRO: Yo tendría que… si la gente quiere quemar un periódico, un papel quiero decir, no el periódico, (Risas), quieren quemar un papel cualquiera ¿desde cuándo yo tengo que estarme metiendo en lo que la gente quiere hacer con los periódicos después? (risas) Es un problema…» («Comparecencia de Fidel Castro en Televisión», en Hoy, 20 de febrero de 1960, p. 11).

Para el último trimestre de 1959 la naciente Revolución contaba ya con varios detractores dentro de sus propias filas, como Saturno comenzaría a devorar uno por uno a la inmensa mayoría de sus hijos. Dramáticos acontecimientos como la deserción del Jefe de Aviación del M-26-7 Pedro Luis Díaz Lanz, la sustitución de Manuel Urrutia por Osvaldo Dorticós como presidente del país, ambas designaciones hechas por el poder real: Fidel Castro y la renuncia y condena a 20 años de prisión del jefe militar de la provincia de Camagüey Hubert Matos empezaban a horadar la credibilidad del régimen porque todos de un modo u otro hablaban de la creciente influencia comunista en el Gobierno y sus voces no fueron escuchadas por el amplio apoyo de que este gozaba todavía.

La ideología de la Revolución Cubana empezaba a delinearse nítidamente en el último trimestre de 1959 y la prensa como arma fundamental en función de legitimar el nuevo régimen no podía quedar fuera de su control. Por ello cuando Ulises Carbó defendía el derecho de la débil oposición a dársele el debido cauce acorde a lo postulado en la Constitución de la República (Ulises Carbó, «La Oposición», Prensa Libre, 5 de diciembre de 1959, pp. 1-2), la respuesta oficial de Carlos Franqui y Euclides Vázquez Candela en sendos editoriales sería lapidaria: oposición es contrarrevolución (Cfr. Euclides Vázquez Candela, «Oposición es contrarrevolución», en Revolución, 5 de diciembre de 1959, p. 1 y 8; y Carlos Franqui, «Hay que definirse: Revolución o Contrarrevolución», en Revolución, 7 de diciembre de 1959, pp. 1-2). El clima político cubano empezaba a polarizarse en dos bandos irreconciliables: revolucionarios y contrarrevolucionarios. Los contrarrevolucionarios serían aquellos que se declaraban contrarios a cualquier influencia de los comunistas en la Revolución y los revolucionarios todos los que apoyaban el nuevo proceso de manera incondicional aun cuando no poseían una ideología definida pues solo seguían a un proyecto y a un líder mesiánico dispuesto a implosionar hasta los cimientos el orden republicano.

A solo unas semanas que finalizara 1959, Humberto Medrano hacía un análisis muy exacto del principal dilema del proceso revolucionario en la Isla pues ¿Cómo se definía el pensamiento y la actitud revolucionaria y la contrarrevolucionaria? ¿Cómo ejercer el sagrado derecho a discrepar sin ser tachado de contrarrevolucionario? ¿Dónde estaba la línea que separaba las dos posturas? Todo comenzó, según Medrano cuando «algunos que tenemos ideas propias, que tenemos criterio y derecho para expresarlo; que no creemos en la infalibilidad de nadie, comenzamos a disentir en algunos aspectos de las medidas oficiales y de la forma de ponerlas en práctica por algunos funcionarios del gobierno. Entonces ciertos voceros y representativos empezaron a tomar el rábano por las hojas del servilismo y empezaron a lanzar improperios a todo el que se atrevía a oponer un reparo, a dar una opinión respetuosa y sincera sobre el tema. Y eso sí que no. Porque entre los derechos que la Revolución estaba obligada a restaurar se encuentra el derecho de todo ciudadano a expresar sus opiniones y a decir, dentro del marco indispensable del respeto a los funcionarios y del respeto a las leyes lo que creyera conveniente. En una palabra: el sagrado derecho a discrepar. Porque sin ese derecho no existe la democracia ni existe la libertad» (Humberto Medrano, «Lo que se debate», en Prensa Libre, 9 de diciembre de 1959, p. 1 y 10).

Ante todo Medrano reivindica el carácter justiciero del proceso en marcha, pero tanto él como buena parte de los periodistas independientes han recibido una catarata de insultos por discrepar de algunas de las medidas tomadas por el nuevo gobierno, es por ello que Medrano enfoca el problema desde su raíz: «Lo que se debate es la aplicación exacta de la libertad de expresión y del ejercicio cabal de la democracia. Y no se nos diga que hay absoluta libertad de expresión desde el momento en que cada cual puede decir lo que quiera. Porque esa es la primera fase. La segunda, e igualmente indispensable, es que por decirlo no se tenga que enfrentar el descrédito público, la coacción de los votos de censura, el plan difamatorio constante, y la amenaza en su día del célebre paredón» (Humberto Medrano, «Lo que se debate», en Prensa Libre, 9 de diciembre de 1959, p. 10).

El suegro de Sergio Carbó no desconfía de las buenas intenciones del gobierno pero demanda que los métodos para la solución de los problemas del país se hagan con más democracia y con pleno respeto a la libertad de expresión, de ese derecho hace una irrebatible defensa: «Sabemos que habrá quienes se aprovechen de la libertad de expresión para la defensa de intereses inconfesables. Pero para eso está la réplica razonada que pone en evidencia la mala intención del que abultó la crítica. Sabemos que en política la democracia es imperfecta. Porque la democracia es el libre juego de la acción y el pensamiento de los hombres. Y los hombres son imperfectos también. Pero consideramos que los males de la democracia se curan con la aplicación cada vez más estricta de los principios democráticos. Los beneficios de la libertad se obtienen ejerciéndola plenamente. Si la paciencia no desarma al adversario, tengamos más paciencia. Si la democracia no ha resuelto todos los problemas tengamos más democracia. Lo que no se puede es depender de una sola voluntad (Humberto Medrano, «Lo que se debate», en Prensa Libre, 9 de diciembre de 1959, p. 10).

La réplica de Revolución al artículo del periodista pinareño es todo un poema: «Ese es el sistema Medrano: primero aparenta una tibia defensa de la Revolución victoriosa; segundo: empieza a interpolar los peros contra las medidas que se aplican, acepta la Revolución en abstracto y la rechaza en la práctica; tercero: aplican contra la Revolución los mismos métodos de sus enemigos contrarrevolucionarios y todas las consignas de la prensa y los gobiernos imperialistas. Eso es lo que debate Medrano: su derecho a marchar sobre las conquistas del pueblo; a destruir al pueblo, a mancillar al pueblo. Eso es lo que se debate: tanto la Revolución como la prensa revolucionaria no dejarán pasar a los que traen una de cal y otra de arena… Lo que se debate, es o la Revolución o la Contrarrevolución, porque en tiempos de Revolución todo el que no acepta la Revolución, simplemente ofrece su antítesis la contrarrevolución» («Una de cal y otra de arena», en Revolución, 9 de diciembre de 1959, p. 6).

Con estas tenebrosas ideas una y otra vez reiteradas por el órgano oficial puede notarse claramente como la máxima cúpula en el poder deja bien explícito que no tolerará ninguna acción que considere «contrarrevolucionaria». El problema en la nueva situación del país era definir la actitud o acción «contrarrevolucionaria» la cual quedaba a discreción de las autoridades y que en vísperas del nuevo año no había encontrado una plena definición al menos para los sectores anticomunistas y democráticos que permanecían en el país. Todavía la Revolución no se había radicalizado y la coletilla, esa coyunda que arbitrariamente impusieron las autoridades periodísticas para tratar de someter a la prensa independiente ya se estaba cocinando. Su puesta en vigor sería —para no levantar mucho revuelo— en las navidades de 1959. El camino quedaba allanado. La libertad de prensa en Cuba tenía los días contados.