Ernesto Hernández Busto: Espadas, agujas, pinceles

EHB-01.jpg

Los samuráis creían que las espadas tenían alma.

Las costureras japonesas pensaban
que sus agujas también tenían alma,

y hay una ceremonia,
no recuerdo el nombre,

donde agradecen a las agujas rotas,
sacrificadas por el bien común

(las clavan en un trozo de tofu
y las llevan al templo como ofrendas.)

Para los calígrafos, las plumas tienen alma;

hay también otro templo japonés
con las tumbas de plumas gastadas y rotas.

Pero de esas curiosas fiestas donde nunca he estado
mi preferida es una donde queman pinceles.

Como ritual del agradecimiento
(no entiendo bien a qué tipo de dioses):

se entrega al fuego lo que nos ayuda
y quien toca ese humo escribirá mejor.

Espadas, agujas, pinceles:
pienso a menudo en eso.

El mundo, dice el Tao, también es utensilio,
algo que recibimos, cosa para usar

no intervenir, no apoderarse de él,
de lo contrario todo está perdido.

Me pasa con el Tao que siempre me da risa,
no puedo creer en frases como

“las cosas van delante y a veces van detrás”,
o “lo que se dobla no se rompe”.

Pero me gusta sobre todo el tono,
como de sabio en viaje de regreso

con su hatillo de apretadas verdades,
simples y bien envueltas.

He visitado no sé cuántos templos,
varios jardines secos
y nada: mente en blanco.

El más culpable de los aburrimientos.

He pensado calmada, intensamente,
en cosas como “la utilidad de una ventana reside en el vacío”,

“cómo sacar provecho de lo que es,
cómo sacar provecho de lo que no es”, etc;

enseguida me canso, me distraigo,
los pájaros están por todas partes.

Ese no es mi camino, me repito,
no me conmueve esa simpleza

del tratado que imita al aforismo:
el Tao son cosquillas; el Zen me aburre,

(agua, apaga al fuego
que no quiere quemar al palo,
que no quiere pegarle al perro,
que no quiere morder a la oveja, etc.)

Quisiera llegar a la dichosa boda
sin tener que cargar con la escalera.

Pero esas fiestas de agujas o pinceles…
¿quién no querría creer en todo eso?

Acercarse a ese dios —un espejo de bronce—
con tus cosas queridas y rotas,
o renacer tocado por el humo.

Son las imágenes las que convencen siempre,
el mundo es utensilio de la imagen,

filo, rencor punzante de una imagen
que gobierna el camino del pincel

y la columna de humo sobre el cielo.