Ahmel Echevarría: Ayer en Cuba robaron

“Recibirá La Habana título de ciudad maravilla del mundo”. La frase fue titular del Granma. Como demorado yate, el órgano oficial del Comité Central del Partido Comunista atraca en estanquillos flanqueados por una legión de ancianos. Los hay, en esa fila, dispuestos a ganarse unos kilos revendiendo el periódico. Ya lo dijo en una entrevista el escritor Ronaldo Menéndez: los viejos son los marginales de la Revolución.

Para los adultos de la tercera edad que se inventan una fuente alternativa de ingresos, el Granma tiene el mismo valor de cambio del cucurucho de maní. En Suite Habana (2003), documental de Fernando Pérez, una anciana apuntala su economía vendiendo maní tostado. En el final del filme, la anciana confiesa no tener ningún tipo de sueños. Ese detalle, al igual que la escena de la azotea en Clandestinos (1998), abre las compuertas de las glándulas lagrimales de más de un espectador. Lágrimas a borbotones, sueños rotos; como telón de fondo y escenario: la capital del país.

El pasado mes de junio, a casi 500 años de fundada, La Habana, azotada por una vaguada, recibió oficialmente la condición de ciudad maravilla del mundo moderno. La capital cubana fue elegida junto a otras seis.

La vaguada se me antojó ironía de San Pedro o gesto desmedido del destino para con una ciudad donde la sequía, la mugre y el polvo aderezan el transcurso de los días. No solo se trata de resistir la demasiada lluvia sorteando filtraciones, alcantarillas tupidas, baches inundados. Tras la lluvia sale el sol. El duro sol de este mundo moral. Lo de menos es la canícula: el sol secará fachadas y azoteas; algunas inevitablemente caerán.

Porque miles de cubanos literalmente queman sus naves. Venden (casi) todo, dejan atrás (casi) todo. Se largan. Quizá Wendy Guerra exageró con el título de su libro. Sin embargo, es cierto: todos se van.

Durante la tercera edición del concurso, convocado por la fundación suiza New7Wonders, millones de personas en todo el mundo votaron por La Habana. Quedé perplejo. Según el periódico, en la plazoleta del Castillo de San Salvador de la Punta se develó el monumento y la placa conmemorativa. Pensé entonces en el séptimo arte como vía ideal para, desde cierta distancia o extrañamiento, intentar una aproximación a la lógica de New7Wonders.

En la ópera prima de Fabián Suárez titulada Caballos (2015), el personaje principal, un joven fotógrafo, escribió con pintura negra en una pared blanca: “La Habana no es París”. (Filmada en blanco y negro, la fotografía intentaba acercarse al imaginario de Robert Mapplethorpe.) Yo, que en París estuve de paso, le diría a Fabián: Es cierto, ni en mi peor pesadilla lo será.

La Paz (Bolivia), Doha (Qatar), Durban (Sudáfrica), Beirut (Líbano), Virgan (Filipinas) y Kuala Lumpur (Malasia) son las otras seis ciudades elegidas. De estas solo podría hablar a partir de reportes de prensa, relatos de viaje, testimonios de amigos que han viajado a esos destinos o residen en algunas de ellas. Porque miles de cubanos literalmente queman sus naves. Venden (casi) todo, dejan atrás (casi) todo. Se largan. Quizá Wendy Guerra exageró con el título de su libro. Sin embargo, es cierto: todos se van. Incluso quienes se quedan. Sus vidas parecen estar en otra parte. En La Paz, Doha, Durban, Beirut, Virgan o Kuala Lumpur (es un decir, porque desde la omisión hablo de otras “ciudades maravillas” ubicadas en la ruta crítica de miles de inmigrantes cubanos).

En Caballos, casi toda la historia trascurría puertas adentro. Allí se desataban tensiones originadas entre ex amantes homo y/o bisexuales, entre bisexuales y/o heteros ávidos por disfrutar a plenitud la libertad, el sexo, el arte, la moda, el dinero, la noche, un ponche de huevos y leche. Pero no lo consiguen. Un jodido fatum lo impide: la maldita circunstancia de la tristeza, la fatalidad sumada a la solemnidad rodeando, como un cáncer, al cine cubano (pero eso es harina de otro costal). Carencias afectivas, sida, ilustración, junto a la aridez del entorno, no propician el divertimento. El claustro padecido no ocurre en la casa, sino en el afuera: en el país, la ciudad, es decir, en una Habana que no es París.

La de Solás es una ciudad turbia, a pesar del sol caribeño.

Transcurrieron varios meses desde que se hizo público el premio. Mi asombro se desencadenó tan pronto el galardón fue noticia. Correspondía entonces entender los motivos. ¿Qué significaban “atractivo mítico”, “lo cálido y acogedor de su ambiente”, “el carisma y jovialidad de sus habitantes”?

El cine cubano, por lo general, tiene a la capital de escenario ya sea en el apartado documental o en la ficción. Barrio Cuba (2005), de Humberto Solás, se apropió de una zona de La Habana que no desemboca en el mar. Solás mostró una vida desplazada del centro, de los espacios que (mal) distribuyen capital real, capital simbólico. Era Lawton, por ejemplo, era la espartana existencia de no pocos buscavidas, muchos de ellos sobrevivientes del alcohol, del amor y sus latigazos, de familias disfuncionales. Allí se vive, se bebe, se miente, se goza, y también se trabajaba en tugurios. La belleza en este filme es la del campo de batalla, Solás no la perdió de vista a pesar de haber trabajado con escombros y detritos; con esos elementos construyó un relato de ficción en una Habana apenas diferente de la premiada por la New7Wonders. La de Solás es una ciudad turbia, a pesar del sol caribeño.

Al cine cubano los jóvenes entraron por la ventana. La tecnología digital, línea de fuga que puede conducir a la independencia en el instante de la creación y durante la realización, fue la posibilidad de avanzar en sentido contrario o a favor del ICAIC, de manera tangencial, o para olvidarse de su existencia. Gracias a la Muestra Joven y a la distribución informal vía USB, el público ha podido acceder a obras documentales o de ficción realizadas por estos cineastas.

De los inicios de la Muestra recuerdo la elocuencia de un corto de Alina Rodríguez Abreu. En Buscándote Havana (2006) unos okupas criollos, llegados desde el oriente del país en busca de “El Dorado”, hicieron público detalles de su vida. El escenario era un asentamiento construido en la periferia a cuenta y riesgo de unos sujetos marginados incluso desde el lenguaje mismo. Eran “palestinos” a la buena de Dios o del Diablo. Ese asentamiento no difiere mucho del barrio La Tinta de Habanastation (2011), la película de Ian Padrón. En La Tinta —situada a pocos metros de la Plaza de La Revolución, donde en realidad está La Timba—, a la manera de un choque de trenes, se produce el encuentro de dos Cubas: la de Mayito, chico de Miramar, y la de Carlos, cuyo estándar de vida no está varios levels por encima de la media nacional.

Vi entonces el alba y la tarde entre fachadas de edificios y caserones que ya desmerecían el calificativo de inmuebles.

Los primeros años de la Muestra fueron una época, sino dorada, intensa en la creación de cortometrajes. Sí, nunca es poca la tentación si de perpetrar una lista se trata. Para fallar con estilo, una muy breve enumeración de documentales y cortos de ficción:

En De buzos, leones y tanqueros (2006), Daniel Vera Rodríguez colimó con la cámara a supervivientes que le daban orden y sentido a sus vidas proveyéndose con objetos encontrados en la basura.

En Existen(s) (2005) Esteban Insausti apostó por el “testimonio” de varios cuerdos de remate que en medio del delirio total disertaban de lo humano, lo político y lo bello. Uno de los elegidos espetó a la cámara: “Ser cubano es completamente la parte posterior de lo que es la cuarta tercera novena de las causas ideológicas que tiene que ver con la procesión de la parte tercera de la intensificación de la naturaleza”; Otro dijo: “Tengan cuidado que ayer robaron. Ayer en Cuba robaron”.

En Utopía (2004) Arturo Infante se interesaba por la educación o los efectos radiactivos de los planes de estudios nacionales en el “ser cubano”. (Lo robado a ese “ser cubano”, tan descabelladamente bien descrito en Existen(s), se enunciaba aquí desde un discurso cáustico.)

Y como al “ser cubano” nada le es ajeno, fue mostrada al público otra de las aristas de la vida en este pequeño archipiélago: la venta y consumo de drogas. En 2002 aparecían Todo por ella, de Pavel Giruod, y En vena, de Terence Piard.

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Releí el párrafo donde justificaban del premio. Cerré los ojos. Me regalé entonces un súbito viaje por la ciudad donde vivo. Vi entonces el alba y la tarde entre fachadas de edificios y caserones que ya desmerecían el calificativo de inmuebles, vi las carteleras de no pocos cines mal anunciando una película. Vi además una ciudad en cuyas esquinas transcurre la destrucción de los tanques colectores de basura, desbordados de desperdicios de toda índole, paraíso de cuanto animalejo pueda burlar la barrera inmunológica del Homo wifi cubensis.

He leído artículos y entrevistas concedidas por el multifacético arquitecto Mario Coyula (1935-2014). No es difícil advertir la pasión con la cual hablaba de La Habana, específicamente de la masa arquitectónica de una ciudad cuya etapa dorada —si de edificaciones se trata— tuvo lugar antes de 1959. La maqueta de La Habana, donde se representan por colores los períodos constructivos de la ciudad ahora maravilla, da fe de ello.

En el Vedado está nuestro skyline.

Coyula gustaba de pasearse por El Vedado. Palacetes y mansiones se alternan con edificios de mediana o gran altura. En el Vedado está nuestro skyline. Coyula hablaba en sus textos de los colores de aquella Habana: tonos claros, del pastel al blanco. Hablaba de La Habana Vieja, Centro Habana, El Cerro, de las modificaciones perpetradas en palacetes y casas, de las nuevas edificaciones al este: Alamar.

La valoración de Coyula sobre el presente no constituía un halago. Hablaba de erróneas estrategias constructivas, de fallidos planes de mantenimiento (el mantenimiento constructivo fue quedando a la zaga, luego apenas se tuvo en cuenta; a la par, los dueños de las viviendas no contaban con recursos para ejecutarlo; vale añadir a tan desalentador panorama lo que conllevó la supresión de la figura del encargado en los edificios multifamiliares). Coyula no perdió de vista el lugar ocupado por el arquitecto y la arquitectura también en el contexto social y político: arquitectura y arquitecto devenidos elementos de poca importancia y de ínfimo poder de decisión respectivamente.

Coyula habló de la “tugurización” de la capital: ciudadanos que emigraron de las zonas rurales trayendo consigo no pocas costumbres, entre ellas la cría de animales de corral y la siembra en los jardines. Que por si fuera poco ejecutaron reformas en interior y fachadas de los inmuebles sin un plan director pensado y ejecutado por especialistas. Reformas urgidas por el crecimiento demográfico y los masivos flujos de personas.

Un paseo por las calles principales o secundarias, donde el asfaltado de las mismas suma una chapuza más al rostro de una desmadejada y desmadrada urbe, evidenciaría la incomodidad e inconformidad de Coyula. Por cierto, ¿cuál será el legado constructivo que dejarán el Estado y los cubanos económicamente activos en las dos primeras décadas del XXI? Apenas nada.

De hoteles a edificios de viviendas venidos a menos, y de tal estatus a la casi total devastación.

Caminar por las aceras de esta ciudad sin flores en jardines públicos constituye un deporte de alto riesgo. Si ubicáramos de súbito a Walter Benjamin en O´Reilly, Empedrado o San Juan de Dios, ¿podría marchar en “dirección única” para “captar la actualidad como reverso de lo eterno en la historia y así tomar la impronta del lado oculto que esconde la medalla”?

Al paseante se le dificulta solazarse con los vestigios de una civilización que otrora supo edificar inmuebles de altura variada, calidad constructiva, funcionalidad, belleza arquitectónica de puro eclecticismo. Antes de los años 30 del siglo XX, algunos dieron más que cobija a no pocos viajeros pues ostentaban la categoría “hoteles de ciudad” de alto estándar.

Los hoteles Nueva York, Royal Palm, Isla de Cuba, Regina, entre otros, apenas sobreviven en el recuerdo de unos pocos habaneros. De hoteles a edificios de viviendas venidos a menos, y de tal estatus a la casi total devastación.

A cuanto queda del Nueva Isla, cuya reparación fue pospuesta más de una vez, pero nunca ejecutada, fueron Irene Gutiérrez Torres (España) y Javier Labrador Deulofeu (Cuba). De la madera carcomida, de los hierros semiocultos, de las grietas, de la materia vegetal colonizadora e indetenible, de los últimos moradores de este inmueble (ilegales todos), entremezclando lo real de la ficción con lo inverosímil de la realidad, estos realizadores cristalizaron en Hotel Nueva Isla (2014) un fragmento de vida, la de Jorge. Menos parecido al Quijote de Cervantes y más al Santiago de Hemingway, Jorge consigue residir en un otrora lujoso hotel. Descarnaba paredes y suelo convencido de que encontraría un tesoro oculto por antiguos inquilinos. Vivía allí con un perro, no como un perro.

Ellos deseaban una casa mejor, una vida otra en otro país, una profesión diferente.

En medio de las ruinas hay amor de pareja, algo parecido al amor filial, amistad, recuerdos de una vida pasada donde se entremezclan la Historia de un país con la historia de un individuo. En este filme de tempo pausadísimo nada es para siempre. Como en la vida misma. Incluso en medio de la devastación es posible la escritura. Como en la vida. Casi destruido, pero no derrotado, Jorge veía a su pareja y amigos partir tras la evacuación o desalojo de un edificio en estática milagrosa. En La Habana no es rara condición este precario equilibrio. Puede considerarse legión la suma de inmuebles en tal estado, acrecentado por el cambio climático, la indolencia, la desidia, la falta de empoderamiento, matizada por el transitar de viejos autos americanos y “el carisma y jovialidad de sus habitantes”. Esa mixtura debe tener su atractivo mítico, quizá el mismo del hachazo de luz sobre los textos escritos por Jorge en las paredes careadas del Nueva Isla.

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Desgarrador y hermoso es el documental de Fernando Pérez, Suite Habana, donde su lente captó, sin apelar a parlamentos, la vida de diez habaneros: un joven bailarín inquilino de una casa en ruinas; el diario acontecer de un padre y su hijo Síndrome de Down; un empleado de servicios de un hospital que en la noche se travestía para actuar en un cabaré; un médico que soñaba ser actor y era payaso en su tiempo libre; una familia escindida tras la emigración… Ellos deseaban una casa mejor, una vida otra en otro país, una profesión diferente. Los motivos de los personajes, o personas, son diversos y no todos están relacionados con la imposibilidad de empoderarse. Pero en muchos de ellos se advierten los rigores de la vida espartana.

Pienso también en La partida (2013) del español Antonio Hens, en Viva (2016) del irlandés Paddy Breathnach, dos filmes cuyas historias están afincadas en esa Habana parque temático, donde lo retratado es la pared sucia, descorchada, los ambientes megamarginales cercanos al Malecón, los núcleos familiares sumidos en una paradójica pobreza (tienen acceso a servicios básicos) viviendo al margen de ideologías y discursos, o donde la ideología o discurso imperante son el cuerpo hambriento en casi todos los sentidos, cuerpos en disposición de asumir cualquier tipo de riesgo por solucionar ese apetito.

Los anteriores no son los únicos referentes necesarios para activar una tensión entre la supuesta Habana Maravilla y La Habana vivida no solo por los autores de los audiovisuales citados, sino también por todos los que la habitan.

Los cuerpos en estos dos filmes son homos en su mayoría, padecen marginación, violencia, en buena medida son dados al desenfreno. En ambas películas la homofobia pega más o menos duro y al final “triunfa” tanto el bien como el mal. Sí, en esos términos, porque no se puede pedir peras a un par de guiones en los que el conflicto es más de lo mismo sobre un escenario apenas diferente al retratado por Win Wenders en su Buena Vista Social Club (1999). La música de esta súper banda acompaña el imaginario de la Cuba o La Habana promocionada por las agencias turísticas, una ciudad puro teatro, falsedad bien ensayada, estudiado simulacro.

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Los anteriores no son los únicos referentes necesarios para activar una tensión entre la supuesta Habana Maravilla y La Habana vivida no solo por los autores de los audiovisuales citados, sino también por todos los que la habitan.

Es acogedora La Habana de los cafés, los bares, los restaurantes privados; es intensa, licenciosa en la noche y la alta madrugada. Frutas, tragos de fuerte o delicado bouquet, cuerpos gráciles, alta cocina, arte contemporáneo, comida criolla, jazz, ballet… Tras un estricto proceso de reducción más que de condensación, La Habana Ciudad Maravilla bien podría resumirse en unos pocos lugares: la Fábrica de Arte Cubano, el Bar 304 en la calle O´Reilly, el cine Chaplin y la sede del grupo de teatro El Ciervo Encantado. Hay otros espacios, son más o menos según las costumbres de cada quién, pero no es la ciudad toda.

La anterior es parte de mi lista.