Gleyvis Coro Montanet: ¿Una educación sin Internet?

Para analizar los vínculos entre educación e Internet hay que reconocer, como principio, que los sistemas educativos contemporáneos —incluso los mejor valorados— no logran manejarse del todo bien con la infoxicación, el exceso de banalidad, los riesgos del uso antiético –ciberacoso, grooming, sexting, plagio, copy paste—, el mal empleo, el robo o la suplantación de la identidad digital, entre muchos otros inconvenientes. El uso de Internet en la educación ha tenido detractores, entre otras razones porque un invento de tan ilimitada memoria y masivo acceso, genera demasiado ruido en el encorsetado mundo de la formación reglada, tendenciosa, bancaria y politiquera que padecemos.

Así, un instrumento suma-de-tantos-instrumentos, en lugar de pócima, se le ve con frecuencia convertido en dolor de cabeza para el docente o paradocente que funcione de modo analógico y entiéndase que de este tipo —analógicas— son el grueso de las cabezas activas, a día de hoy, en los centros educativos.

Plagados como estamos de programas de estudio que se han incorporado tarde y mal al ritmo —siempre adelantado— de los tiempos, herederos de una pedagogía mal pensada y peor instrumentada, a los sistemas educativos —y a sus políticas— les ha llegado la hora nona de asumir otro paradigma de golpe y porrazo, sin tiempo para la asimilación y a riesgo de fracasar en la acción, porque de otra forma —con la negación— se aceleraría el colapso del actual sistema.

El riesgo comprende también abrazar los espinosos elementos de una sociedad estilo dos punto cero que avanza, imparable, hacia lo tres punto cero. Y suma ese terror de intuir que muy poco de lo de lo que dominamos hoy, en lo digital estricto, servirá para pasado mañana.

Más que enfurecernos o mostrar entusiasmo o pena con las causas que determinaron esta situación, preguntemos… ¿qué pierde un estudiante del siglo XXI con la falta de Internet?

Hasta aquí algunas de las malas noticias que convidan a evitar, en el aula, instrumento tan voluble como la red de redes.

Para verlo desde el buen ángulo, hagamos un ejercicio. Imaginemos una sociedad educativa actual —siglo XXI— al margen de Internet. Pensemos en un centro escolar negado, por las razones que fueren, a las prestaciones del mundo digital. Un centro con 20 alumnos, una descascarada pizarra en verde y un profesor recién graduado al mando. Donde no exista ni un solo terminal electrónico, o donde —en el caso que los hubiera—, la administración se negara a usar ordendores, netbooks, tablets, móviles, MP4s, pizarras digitales, proyectores interactivos, clickeras, cámaras de vídeos, aplicaciones y posibles conexiones por cable o wifi.

Más que enfurecernos o mostrar entusiasmo o pena con las causas que determinaron esta situación, preguntemos… ¿qué pierde un estudiante del siglo XXI con la falta de Internet?

Y vayamos a lo ejecutivo, a los instrumentos sonantes que desaprovecha el individuo de nuestro experimento, que tiene una sola vida y necesita aprender a la velocidad de su época.

Yendo sólo por atajos conocidos, habría que saber que el estudiante sin Internet perdería todos los buscadores. Perdería Google —el pelado y el académico—, perdería sus búsquedas simples y avanzadas, sus alertas, su formato canalizado en imágenes: vídeos, noticias, mapas, libros, ¡aplicaciones! Perdería su cuenta de usuario con acceso a Blogger, Google +, Docs, Drive, Calendar, Traductor, Libros. El estudiante sin Internet perdería YouTube, el simple y el EDU —y con ello, las prestaciones de visualización (gratuitas) de toda la música y la historia audiovisual posible, la edición, subtitulaje y traducción de contenidos propios o de grupo—. Perdería TED Talks, Vimeo. Perdería iTunes. Perdería Symbaloo, Scoopit, Pinterest. Perdería Wikipedia. Perdería Creately. Perdería Flickr, Picasa, Evernote. Perdería las herramientas ofimáticas online. Perdería Prezi. Perdería Slideshare. Perdería LinkedIn. Perdería los códigos QR, la realidad aumentada, la geolocalización, la gamificación, la relación asíncrona. Y el profesor perdería todo eso y, además, Rubistar, Socrative, Google Forms, Dropbox, Kahoot, Powtoon, perdería los MOOC para su formación continua y al cabo, luego de repetir la lección sin descanso y sin mejores recursos que su voz, perdería, como ha sido común en siglos pasados, la salud de sus cuerdas vocales.

Es decir, cuando se analiza un poco a fondo, se percibe que en la actualidad no existe núcleo duro de la educación que no esté cubierto o no haya sido favorecido con los artilugios de la era digital.

Mirándolo a vista de dron, lo más difícil sería prescindir de las herramientas de gestión, organización y almacenamiento de la información. Aunque también pesaría la falta de útiles para la comunicación y el trabajo colaborativo, la merma de las posibilidades de creación y publicación de contenidos, sin obviar la carencia de plataformas expeditas para la evaluación de los procesos.

Es decir, cuando se analiza un poco a fondo, se percibe que en la actualidad no existe núcleo duro de la educación que no esté cubierto o no haya sido favorecido con los artilugios de la era digital. Desde la imprenta hasta aquí, nada le dio a la educación tanto foco. De ahí que se hable en términos de nueva alfabetización, que se reordenen las taxonomías, se reconsideren las arquitecturas de los espacios formativos, se dé asiento al desarrollo de inteligencias múltiples, a la autonomía y al respeto por los ritmos individuales de aprendizaje.

Bajo este orden de cosas, podríamos estar felices si la educación no fuera —a la vez de arma para la emancipación—, un aparato tan útil en la profundización de las diferencias sociales de origen. Si no se sumara, como un filtro más, a la carrilera de obstáculos que sufren los que, más allá de nuestro experimento, tienen limitado o prohibido —por cuestiones de miseria, conservadurismo o ceguera administrativa— el acceso a una vida a tono con el color de los tiempos. O, lo que es lo mismo, si no fuésemos tan vulnerables a la falta de oportunidades que una mala formación genera. Y sépase que ahora la mala educación está también en aquella aulita sin ordendores, netbooks, tablets, móviles, MP4s, pizarras digitales, proyectores interactivos, clickeras, cámaras de vídeos, aplicaciones, posibles conexiones por cable o wifi. Con independencia de la gestión del profesor —que ojalá sea excelente—, la formación contemporánea necesita atrezo y habrá que entender el atrezo como punto de partida, como lo mínimo, que hace un siglo atrás se solucionaba con el escudo patrio, la pizarra y el tallo de tiza en su reposadero.

Moraleja: Si los que administran la educación no toman conciencia de la necesidad de planes y programas de desarrollo tecnológico —al estilo de otros países de la región tanto o más pobres—, si no se ejercita la asimilación didáctica, natural, fluida, sin ‘empaquetamientos’ y sin ‘asignaciones’ de la tecnología, si no se estimula y facilita la formación docente, si no se asume, como tarea de choque, acabar de entender la modernidad… en Cuba arderá Troya.