Manuel Roblejo Proenza: El país de los probadores de suerte

El silencio que nos incomoda se rompe con un “no es fácil” de Guille. Hace más de una hora que nos amontonamos en el asiento trasero de su flamante Lada y nadie había dicho nada, todos mirábamos las llanuras amarillentas que adornan los costados de la carretera central en el tramo que va de Santiago de Cuba a Bayamo. Venimos de despedir a Michel, que se fue a vivir a Ecuador.

—Bueno, suerte, nos veremos pronto si Dios quiere —nos dijo como si hubiese empezado a creer en ese instante, con una voz asustada, tan rara en él que nos metió una tonelada de plomo en el estómago.

Hoy en la lista de amigos de mi Facebook estatal, Michel cambiará su estado a Se Mudó a Quito, como tantos otros amigos han cambiado su estado en los últimos meses a Se mudó a Miami… Houston, Berlín, Estocolmo, Montevideo, México DF, Luanda, Chipre. 

—Lo primero es cambiar la conciencia de la gente —decía Michel—. Yo creo que si mañana quitaran el bloqueo, izaran aquí una bandera americana y convocaran a elecciones libres supervisadas por la ONU, la gente no sabría qué hacer, y de alguna manera las cosas se volverían a acomodar a favor de los que todavía mandan hoy. La gente tiene que darse cuenta de que se necesita un cambio…

Cuando Guille, Robert, él y yo comenzamos a pensar en la posibilidad abrir un negocio particular, todo parecía resuelto… en teoría. Todos somos graduados de Ingeniería en Telecomunicaciones y Electrónica, así que ser pioneros del cuentapropismo en este campo —todo el mundo tiene un televisor viejo que se rompe y casi todas las empresas necesitan servicios de interconexión de redes de datos o telefonía, que el Estado no puede asumir— no parecía una tarea imposible.

En fin, sacamos la patente de “Reparador de equipos eléctricos y electrónicos”, que es la más cercana a la idea de lo que queríamos hacer; además, las “actividades” autorizadas para desarrollar por cuenta propia son únicamente como reparador, montador, tejedor, amolador, cargador, etc., como si un abogado o un ingeniero tuvieran que convertirse en un “tenedor de libros” o un “reparador de equipos” para poder trabajar por cuenta propia.

Montamos un pequeño taller en casa de Guille, que de los cuatro es el único que tiene casa y carro —del papá, de la zafra del 70. Invertimos en algunas herramientas de electrónica básica y en publicidad (anuncio de cartón: Se Reparan Todo Tipo de Equipos), y esperamos al primer cliente. El primero puso el grito en el cielo —como todo bayamés que se respete— cuando le cobramos aproximadamente diez dólares por cambiar el flyback de su televisor Panda. Al segundo le cogimos lástima y solo cobramos treinta pesos cubanos (poco más de un dólar) por ajustar su televisor en blanco y negro, y el tercero nos cerró el negocio, convenciéndonos de dos cosas: la gente no tenía dinero para pagar nuestros servicios, y segundo, vivíamos en la zona más pobre del país.

Descorazonados, comenzamos a quejarnos de nuestra mala suerte, a echarle la culpa de todo a Marx y a mentarle la madre a dos o tres compadres nuestros; sin embargo, Michel, con su cabezón, imponía su talante de hombre de negocios:

—Miren, hay que tener paciencia, un negocio no se arma de ahora para ahorita. Hay que pensar en la manera de sacar provecho, ser los primeros en hacer cualquier cosa, lo que sea dentro de lo mucho que sabemos hacer. Sin prisa, pero sin pausa.

Fue entonces cuando salió a la palestra la idea de erigirnos como cooperativa no agropecuaria. Hicimos los tres o cuatro primeros trámites, pero “Eso lo autoriza el Consejo de Estado”, nos frenó el ímpetu. Con la cantidad de cosas que tiene que autorizar esa gente, imagínate tú una cooperativita de cuatro gentes repara cosas. Así surgió, irrevocable ya entre nosotros, el fantasma de “trabajar por la izquierda”.

—Si nos mostramos como parte de una empresa estatal en primera instancia, y demostramos luego que nuestras tarifas y servicios privados superan los estatales, podemos lograr que nos tengan en cuenta —dijo Michel.

—¿Y no es eso una especie de deslealtad? —le dije.

—¿A quién? ¿La lealtad a tu hija no es mayor que cualquier lealtad?

Comenzamos a implementar el método “nos presentamos como tal empresa, pero como ya sabes que son ineficientes, nosotros mismos, por un módico precio, te lo hacemos”. Y empezamos a ganar dinero, siempre con la sensación de que hacíamos algo mal, pero el dinero la silenciaba.

Sin embargo, la lista de directores o gerentes dispuestos a presentar ante un comité de contratación una propuesta privada, disminuyó en la misma proporción en que aumentaron las presiones por parte de las empresas serviciadoras, y de otros organismos, para no quedarse sin trabajo, pues, incuestionablemente, como “dueños de negocio”, éramos mucho más eficaces que como parte de la cadena de los quinientos pesos.

Fue solo a base de ingenio que logramos sobrevivir unos meses, la cosa se había estabilizado un poco y estábamos facturando una buena suma, comparada con nuestro salario, cuando una mañana Michel llegó a la oficina donde trabajábamos para el Estado:

—Saben, hoy en un coche (de caballos) alguien habló mal de Martí. Uno dijo que hacía demasiado sol, a lo que el cochero jocosamente respondió: “El sol de Cuba no quema, hermano”, y el hombre replicó: “Eso lo dijo debajo de una mata de mangos, ese era un descarado”. Así, descarado… Yo pensé que si los cubanos estábamos de acuerdo en algo, ese algo era Martí. Me jode eso, compadre.

—Que no te atormente eso, mijo —explica Robert—, esa gente está harta del sol y de la vida, la cogen con cualquiera, hasta con Martí.

Hicimos algunos comentarios secundando a Robert, y defendiendo al Maestro, claro, y de nuevo Michel interrumpe:

—Yo me voy de este país.

Guille y yo nos miramos sin entender a qué venía eso. Pero el cabezón era tan inteligente que lo dejamos seguir hablando:

—Pareciera que todo está bien, ahora estamos haciendo un dinerito ¿no?, pero yo he sacado mis cuentas y para poder mantener el nivel de vida que espera y necesita mi familia, debo ganar el doble de lo que estamos facturando. Eso sin hablar de tener casa, o empresa propia, o un proyecto personal que lleve algún tipo de inversión seria. Esto no se sabe hasta cuándo será, es muy frágil el piso que nos sostiene. Me voy para Ecuador.

En esos momentos Ecuador era uno de los países de moda, de los que no requerían visa para viajar y te otorgaban la residencia fácilmente si eras profesional. Esos días fueron raros, vimos desmoronarse nuestro propósito de hacer una “empresita” y, además, como si viviéramos en una comunidad de “probadores de suerte”, vimos a mucha gente largarse a Ecuador o a otro lugar.

Vimos a Michel, nuestra pequeña esperanza visionara, empacar en el lapso de un mes, sacar visa de turista y, con unos mil dólares que había ahorrado, salir disparado en un avión:

—Lo peor que puede pasarme es que tenga que venir cargado de calzoncillos.

En ese instante la idea de irse se convirtió en un bichito en la mente de todos, hibernando hasta ver qué tal las cosas con Michel. Y las cosas con Michel fueron bien: presentó su carpeta y su currículo, consiguió trabajo en una respetable compañía ecuatoriana y se estableció con su mujer en Quito. Solo tuvo que dejar a sus tres hijos —dos varoncitos de seis y siete años y una hembrita de cuatro— al cuidado de una tía. Solo tuvo que dejar a su madre loca —con tratamiento psiquiátrico— sola en un departamento. Solo tuvo que ver a su mujer muriendo porque dejaba a su madre con alzhéimer en manos de una extraña asalariada; eso, y nada más…

Pareciera mucho para un cartucho, incluso para nuestras jabas de nailon. Llegamos a preguntarnos si seríamos tan fuertes como para seguir sus pasos, porque en ese momento uno se pone a pensar en lo que deja, y aparece el dilema moral del emigrante cubano, al que le parece que las cosas están como debieran, pero sabe que algo anda mal, allá en el fondo, y que no puede respirar sin su familia, sin sus amigos, sin su ambiente.

Robert y Guille no tardaron ni tres meses en seguir los pasos de Michel. Robert no dejó nada atrás, solo la nostalgia de lo que pudo y de lo que no pudo ser. Guille dejó a su mujer embarazada de cinco meses, pero la dejó convencido de que hace bien, por un futuro mejor, por su hija.

—Esto no va a cambiar, calculo, en unos diez o quince años, y yo no voy a esperar tanto, y menos esa niña —me dice Guille señalando la panza de su mujer.

—Yo sé —le digo complaciente—, lo que pasa es que para mí es más difícil, tú sí sabes de mis cosas.

—Si has aguantado aquí, aguantarás donde sea.

El Guille sabe que yo soy medio extraño. Que sufro de depresión y que solo un cóctel de pastillas —como si fuera combustible— me hace caminar. La verdad es que me da mucho miedo seguirlos. Ahora que escribo estas líneas y tengo a mi lado la foto del primer ultrasonido de mi mujer (a todas les ha dado por parir justo ahora), que parece ser una niña, me da un miedo terrible, por mí, por mi niña, por mi mujer, por mi gente.

—Yo siempre he tenido problemas con mi fe religiosa —intenta convencerme Guille—, imagínate que tienes que creer en algo que no ves, que muchas veces está mal y que siempre tiene un vericueto para salirse con la suya. “El Señor trabaja de maneras extrañas”, “No tientes al Señor”, “Heredamos el pecado de nuestros padres”, lo mismo pasa con vivir aquí, todo es tan complicado y tan diferente que parece que está bien, tanto que siempre se puede justificar todo, incluso yo podría, pero no lo está, no lo está…

Yo no sé si en otra parte estará mejor, pero muchas veces me cuestiono la parábola del halcón de Michel.

—Imagínate —decía— que existen dos halcones idénticos, nacen con los mismos genes, el mismo plumaje, las mismas garras, todo. Sin embargo, uno es capturado desde pichón y criado en una jaula. El que no fue capturado puede que no dure un día vivo, se lo puede comer una pantera, se puede morir de frío bajo un aguacero, incluso, se puede caer del nido, pero puede también llegar a ser una fenomenal ave, libre, soberana, hermosa de ver. El otro halcón seguramente tiene más probabilidades de vivir, tendrá su jaula, su ración diaria, lo vacunarán contra todo, pero pasará la mayor parte del día con los ojos tapados, y oyendo solo la voz de su amo. Probablemente no sobreviva un día en la jungla sin volver a su encierro, porque vive ciertamente en una prisión. Ahora dime, ¿cuál de las dos existencias te parece más justa, más natural?

Era evidente…, pero las parábolas nunca han sido lo mío, y menos las que desembocan en el duro pragmatismo, pues yo siempre he sido medio romántico. Que es verdad que las diferencias deben respetarse y que deben existir opciones para los diferentes, es irrefutable, pero la suerte no siempre ayuda al que más lo necesita, sino al que más lo intenta desde la posición del esfuerzo y el talento, casi siempre. Pero, ¿y los que no tienen talento? ¿Y los que no tienen vocación para el esfuerzo? Los cuadros, que no pegan con los círculos ni con alguna otra forma geométrica, ¿qué hacen en la selva del halcón salvaje?

Yo prefiero esperar, esperar aquí a que mi jaula se llene de hierba, florezca y que las plantas trepadoras desprendan la puerta poco a poco…, para que los que tengan miedo volar tengan tiempo de acostumbrarse a la altura. Y mientras espero, sigo moviendo la mano que escribe, para no perder la costumbre.