Carlos Velazco: Desnudo de una actriz

(Tomado de Desnudo de una actriz. Ingrid González: la viuda de Reinaldo Arenas. Hypermedia, 2016).

Tuve varias amiguitas en mi infancia, pero mi predilecta era Magaly. ¿Por qué la buscaba? Porque era una niña muy pobre que vivía en el solar y soportaba a la otra a la que los Reyes traían regalos. Imagino que fui pesadísima, porque las demás vecinas pequeñas no venían a mi portal. Solo Magaly. ¿Por qué? Por mis juguetes. Resistía esos actos de maldad que tengo desde la infancia. Siempre he tenido necesidad de una amiga que sea lo opuesto a mí, pues cuando nos parecemos, terminamos peleadas. Entonces mi juego preferido era las casitas. Mis padres me regalaron una enorme casa de juguete, que fue como un símbolo de lo que nunca tendría. Por eso entendería tan bien a Nora en Casa de muñecas.

Frente a mi casa vivían los hermanos Rigual, los del famoso trío. Por las tardes, cruzaba donde ellos a oír a la hermana tocar el piano, aunque las veces que me invitó a acompañarla para enseñarme, no me sentí tentada. En varias ocasiones, los tres Rigual me sentaron para cantarme sus temas. Cuando calienta el sol la ensayaban delante de mí. Y yo imbuida, interrumpiéndome el grito: «¡Ingrid, a comer!» Fui hija única hasta los catorce años, cuando nació el primero de mis dos hermanos por parte de padre, y luego mi hermanita por parte de madre.

Temprano en las noches, subía la loma hasta a la iglesia presbiteriana en Reforma entre Santa Ana y Santa Felicia, antes de que se concentrara el tumulto, y me sentaba en los últimos bancos a escuchar a la madre de mi amiga Estela -mi profesora de cuarto grado- al órgano. Conciertos nostálgicos que nadie atendía, de Chopin, Berlioz, Brahms y otros románticos, previos al culto. Los cultos me atraían en dependencia de quién los protagonizara. Había ministros con la sabiduría para relacionar la vida cotidiana con el fragmento bíblico que repasaban. Mi familia me dejaba ir sola, pero a la salida uno o dos de mis amigos debían acompañarme hasta la casa.

Muy jovencita, leí la biografía de Florence Nightingale, las vidas de santos y de varios religiosos. Quise ser misionera. Ya adolescente, era una especie de «iniciada», me desempeñaba como maestra suplente en la escuela dominical: formaba las filas y llevaba a los niños y les leía la Biblia y, como asistente del entrenador principal, guiaba grupos de scouts. Aún hoy puedo recitar a memoria cantos que aprendí entonces, como el Salmo 23: «Jehová es mi Pastor y nada me faltará, en lugares de largos pastos me harás yacer, confortarás mi alma y guiará por signos de justicia…».

Con trece años en la iglesia me permitieron participar en una sociedad a la que se entraba a los quince, ya que la mayoría de mis amistades tenían esa edad. Nos reuníamos los fines de semana o durante las vacaciones en distintos lugares, como la Escuela Progresiva de Cárdenas. Unos dos años mayor que yo, Estelita Rodríguez era la jefa del grupo de seis o siete muchachas, en el que estaban las hermanas Bolivia e Hilda Moreno, Victoria García, Migdalia Palomo, la futura actriz Diana Rosa Suárez y su hermana Sonia. Subíamos a la ruta 23, y de Luyanó al Ten Cents de Galiano eran diez minutos. Merendábamos en la barra y de pronto decíamos: «Bueno, ya, vamos a robar». A la salida sacábamos lo que hubiésemos metido en los bolsillos o en los bolsos para ver quién había robado más: creyones de labios, pancakes, vanities, vasitos plegables, lo que dispusieran en las grandes mesas durante las ofertas.

Como nos celábamos entre las amigas, Estelita nos subdividía y repartía funciones en las salidas: «Tú y tú se van a quedar jugando, tú vas a venir conmigo a ver si encontramos novios, tú vas a buscar la merienda…» Solíamos preparar grandes almuerzos en su casa. Al hermano, Huguito, más chiquito, lo encerrábamos en el cuarto para que no molestara. Ella nos leía en voz alta a Quevedo, Valle-Inclán, Jardiel Poncela. Su padre, médico, era muy liberal. Huguito se convertiría en el cantante de ópera Hugo Marcos.

En la playa del Club de los Médicos en Santa María del Mar, las demás nunca pudimos llegar a lo que Estelita se atrevía. Veía a un muchacho que le gustaba y se perdía por horas. Nos llevaba ventaja en ese aspecto. Por Estelita pisaría por primera vez la Universidad de La Habana. La acompañé a buscar los papeles para inscribirse al año siguiente, y estando en la Plaza Cadenas, le aprieto el brazo: «¡Ay, Estelita, mira quién está allí!» Fructuoso Rodríguez era de los líderes estudiantiles que salía en los periódicos y aparecía en los noticieros protagonizando protestas contra la dictadura de Batista. «Ay, niña -me dijo-, si él es amigo mío, espérate…», y lo llamó y conocí a Fructuoso Rodríguez.

*

Fue con un muchacho de la cuadra llamado Pancho que comencé a darme cuenta de mis limitaciones como mujer. Tendría ocho o nueve años, y él casi trece. Vivía en el mismo solar que Magaly, y yo le enviaba recaditos con ella, hasta que le hice llegar un papel y me senté en el quicio del portal a esperar. Cómo me saltaba el corazón. Me agité cuando lo vi venir. Pancho pasó y tiró delante de mí la carta completamente ripiada. Vi mi mensaje hecho pedazos, a él seguir de largo y estuve horas llorando. Empezó una inseguridad respecto a los hombres.

Mi físico desarrolló muy rápido. A los doce aparentaba una mujer. Y estoy sola en aquel portal, viendo a adolescentes que pasan, permanecen quince, veinte minutos, dándome conversación, y despachándolos. Mi madre me pregunta: «¿No te gusta ninguno?» Y le respondo: «Todos son preciosos».

Hubo uno del que se decía era mariguanero, que me citó lejos. Tal vez lo seguí por curiosidad: era la primera vez que me citaban. Pensé que nos sentaríamos en un parque, que me leería poesías. Por suerte mi madre empezó a seguirme, y esa vez, tras haber caminado mucho, la vi detrás de mí. ¡Sabe Dios cómo hubiera terminado!

En una fiesta conocí a Daniel Mazorana, que, con el consentimiento de mi madre, empezó a visitarme, a acompañarme a la iglesia y en paseos, y terminó siendo mi primer novio, teniendo yo trece años. Fui llamada durante un recreo en medio de las clases por el pastor y su esposa. Ellos me querían abrir las entendederas: Mazorana era mulato y yo podía tener un hijo negro. Solo en eso se habían detenido. No me pude explicar cómo era posible que personas así predicaran la fraternidad. Y como diría después a mis examantes: «Corte por edición». (Soy una editora frustrada.) Me fui.

Poco antes, la misionera Fefita me había sentado para decirme: «Tú eres muy buena creyente, pero este no es tu camino. Tienes una vitalidad muy distinta. Observa eso a ver en lo que paras, no te decidas todavía». Ya a los catorce años estaría actuando.

Mi capítulo con Mazorana terminó de una manera triste. Estábamos noviando en el sofá de la sala, y mi abuela, que debía velarnos, se marchaba a cada rato para la cocina. En uno de nuestros juegos, tomé su billetera, que se le había salido del bolsillo. Él quiso arrebatármela, pero apartándolo, logré abrirla. Vi en ella la fotografía de una modelo conocida, dedicada a él. En ese instante comprendí que las infidelidades tan comunes en mi familia, algo que creí nunca me ocurriría, me habían alcanzado.

Parte I

Parte III