Gilberto Padilla Cárdenas: Habana Underguater

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Lo que pasó: me encerré en el búnker un sábado por la noche a leer Habana Underguater. Era fan de Erick J. Mota por esos días y un tipo obeso y paranoide me cambió una edición improvisada de Habana Underguater por un DVD original de Blade Runner. Fetiches. Me interesaba la historia de una Habana lamentable, tomada por grupos paramilitares (en el Vedado, la Armada de Ifá; en Alamar, la Fundación Abakuá; en Centro Habana, los clanes Santeros; en Miramar, las Corporaciones Religiosas), inundada de hackers y al borde de una guerra nuclear. Por eso el cambio me pareció justo.

Pero me distraigo. Lo que pasó fue que me encerré en el búnker que había en el patio de mi casa y que mi abuelo construyó en los años sesenta, urgido por la paranoia provocada por la Crisis de los Misiles. “Fue una hermosísima tarde de octubre, hace años”, escribe Antonio Benítez Rojo en La isla que se repite, “cuando parecía inminente la […] catástrofe nuclear. Los niños de La Habana, al menos los de mi barrio, habían sido evacuados, y un grave silencio cayó sobre las calles y el mar. Mientras la burocracia estatal buscaba noticias de onda corta y el ejército se atrincheraba inflamado por los discursos patrióticos y los comunicados oficiales, dos negras viejas pasaron de ‘cierta manera’ bajo mi balcón. […] Entonces supe de golpe que no ocurriría el apocalipsis […], por la sencilla razón de que el Caribe no es un mundo apocalíptico. […] Las opciones de crimen y castigo, todo o nada, de patria o muerte, de a favor o en contra, de querer es poder, de honor o sangre, tienen poco que ver con la cultura del Caribe […].  La llamada Crisis de Octubre o Crisis de los Misiles no la ganó JFK ni NK ni mucho menos FC […]; la ganó la cultura del Caribe junto con la pérdida que implica toda ganancia. De haber sucedido en Berlín, los niños del mundo quizá estarían ahora aprendiendo el arte de hacer fuego con palitos”.

Estuve ahí desde el sábado hasta el lunes. Tenía un pequeño refrigerador lleno de Heinekens, un pomo de aceitunas, pizzas y algo de queso. Leí Habana Underguater. Escuché la música de Thom Yorke: las primeras seis horas de un soundtrack —con el mismo ADN de “As Slow as Possible”, de John Cage— que duraba 18 días. Repetí el disco dos, tres veces. Me quedé dormido y tuve pesadillas con balseros que arribaban desde Miami porque Cuba era el último reducto. Puro Mota. Había discutido sobre las distopías nacionales con el tipo obeso y paranoide, que aprovechó para mencionar a Tuguria —la capital hundida imaginada por Antonio José Ponte, donde todo se conserva como en la memoria—, y la Isla del Cundeamor de René Vázquez Díaz. Yo, en cambio, prefería Underguater.

No pudimos ponernos de acuerdo y yo volví al búnker y me encerré a leer el libro de Mota. Nadie me llamó durante el domingo ni tuve noticias de mis padres, que —como en aquel cuento de Cortázar— no debían llamar, y no llamaron. Bien por ellos, pensé durante el domingo, en el momento enésimo en que escuchaba alguna de las 432 horas de música original que Thom Yorke compuso para el artista inglés Stanley Donwood (responsable de las portadas de los discos de Radiohead desde The Bends). Bien por él, pensé y luego me olvidé y seguí leyendo a Erick Mota y su Habana Underguater.

A la mañana siguiente desperté, tomé mi cámara fotográfica y subí la escalera iluminado por una luz roja. Me encontré con un día nublado y con el hecho de que el mundo cubano, tal y como lo conocía, se había acabado. Avancé por el jardín y entré en mi casa. Todo estaba revuelto por el piso. Mis padres no estaban. Caminé hacia la calle. En un periódico en el suelo se anunciaba: “Madonna celebra su cumpleaños número 58 en Cuba”. Creo que incluso había una foto, da lo mismo. Lo que importa es el titular y el concepto, que se aplica como anillo al dedo a nuestra última y más flamante moda: el revival de lo cubano. La Cuba trendy. Así que allá vamos. Vienen actrices porno (Katya Onok), héroes terminales (The Rolling Stones), músicos que capitalizan su éxito pasado (“Dale a tu cuerpo alegría, Macarena”) y viven de la autonecrofilia (Antonio & Rafael del Río), la fauna de Hollywood (las Kardashian, Vin Diesel, Charlize Theron, etc.) y que pase el que sigue.

(Seguir la moda, decía David Mamet, es un intento de la clase media por participar en la tragedia. Y mientras escribo esto, recuerdo un consejo de Quim Font en Los detectives salvajes: “que se empape[n] en la realidad, pero que se empape[n], no que se exponga[n], ¿verdad? Porque si uno se empapa demasiado se expone a convertirse en víctima”. La lógica del turista, pensé.)

Ahora todos vienen, alquilan automóviles antiguos y se exhiben y perdemos de vista la suciedad, la calle y el silencio. Así, olvidamos lo obvio, Cuba —como aquel sitio de las fantasías de J. M. Barrie— es un territorio lleno de estática, de pasado y sampleos, una construcción —literaria, cultural— mutante, llena de contradicciones y sinsentidos. Una especie de Neverland. La Cuba trendy es pura ficción emotiva. Discovery. Tiene mística a pesar de obviar que vivimos en un imperio de la afasia.

Se supone —lo suponen los visitantes extranjeros— que este es un país surrealista (aunque aquí ni los artistas hablan ya del surrealismo). Como si una visión refractada del mundo, cercana al absurdo y a la condensación onírica, nos perteneciera naturalmente.

Nada, estamos viviendo la adolescencia idílica que este país jamás tuvo.

Miré el horizonte, una ciudad que se extendía más allá de la ruina: inmensas columnas de humo se elevaban desde distintos puntos, una tormenta eléctrica azotaba el cielo, luces extrañas se veían sobre el mar. No supe qué hacer. Pensé en los libros de Erick J. Mota cuidadosamente apilados en el búnker y en alguna melodía de Thom Yorke. Luego sonreí y sin apuro —el tiempo no es nada que apremie en Cuba, y mucho menos en un momento apocalíptico— tomé mi cámara fotográfica y me deslicé por el malecón rumbo a la ciudad y sus incendios.

Esto fue lo que vi.