Ladislao Aguado: Otra pelea cubana contra los demonios

Alguien me habló de Carlos Velazco como del hombre que había tenido la decencia de escupir a Pedro de la Hoz.

El gesto me pareció de una justicia y una coherencia admirables.

El cuento —quizás falso o inexacto— hablaba, en cambio, de la mesura y la dignidad de un hombre llamado Carlos Velazco, al que entonces yo no conocía.

Lo encontré un par de años después en la Feria del Libro de Miami, durante la presentación de Santa tu boca. Ocho dramaturgos cubanos, la antología de teatro, recién editada entonces por Hypermedia. Le obsequié un ejemplar, al tiempo que entablábamos una breve conversación. Al despedirnos, me llevaba la certeza de haber tenido la oportunidad de saludar al héroe de una de las hazañas que me habría gustado vivir o, al menos, presenciar.

Meses después, recibía un correo de Velazco preguntándome si Hypermedia podría estar interesada en la publicación de Desnudo de una actriz, un libro escrito a partir de una larga entrevista con la actriz Ingrid González, a la razón, viuda del escritor Reinaldo Arenas. Le pedí que me enviara una copia y dejé la promesa de leerlo y contestarle cuanto antes.

No recuerdo cuánto demoré en hacerle saber a Carlos Velazco que Hypermedia, por supuesto, aceptaba publicar su libro. Él me escribió de vuelta agradeciendo la posición de la editorial y, al mismo tiempo, participándome de sus temores por la publicación de Desnudo de una actriz. Pues antes de marchar a los Estados Unidos, ya con el libro escrito, desde la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) lo habían amenazado con demandas judiciales si llegaba a publicarlo alguna vez.

Al parecer, algún funcionario de la institución había convencido a Ingrid González para que renegara de esa larga conversación con Carlos Velazco.

Ella no podía, a partir de las durezas o veleidades de su vida, poner en entredicho la estructura ideológica de la Revolución. Porque no se trataba ya del nombre de cada uno de sus amantes, la fecha de sus detenciones bajo sospecha de una vida licenciosa, o de las enfermedades que le habían tocado en suerte; se trataba de dejar al descubierto la cara privada de un país, pero sobre todo, de un gobierno.

Con su relato Ingrid González ponía ante el lector, con nombres y apellidos, todos los excesos, libertades, traiciones, cobardías y miserias, que ella había tenido oportunidad de presenciar. También, su opinión sobre cada uno de estos actos y sobre cada uno de sus actores.

Su confesión ante Carlos Velazco se convertiría —que no lo dudara— en lo que es: una peligrosa crónica social de la Revolución.

Carlos Velazco, por su parte, como si de alguna manera volviera a escupir a Pedro de la Hoz, terminó la redacción de su libro, puso en boca de Ingrid González lo que solo a ella le correspondía, y limpió su discurso de cualquier elemento de ficción. Ante el lector, como una silueta iluminada por una luz cenital, se descubre una mujer que se mueve entre el rencor y el desdén, entre la nostalgia y una furia ciega contra esos mecanismos e instituciones que tanta prisa llevan ahora por callarle la boca, aunque sea con un convincente bofetón.

¿Cómo llegas a Ingrid González? ¿Cómo la convences para que te cuente su vida?

Hay una pre-historia, pero sería una digresión respecto a Desnudo de una actriz. Ya la había encontrado en Tres tristes tigres, en el documental Seres extravagantes de Manuel Zayas y le había recogido un testimonio que Elizabeth Mirabal y yo terminaríamos incluyendo en Buscando a Caín. Recibo entonces una llamada de Ingrid y la pregunta de si yo estaba dispuesto a ser su “biógrafo”. Le contesté que yo había estado pensando cuánto me gustaría leer un libro sobre su vida, y más aun, estar implicado en él. Sabía de antemano que me demandaría formularle, mirándole a los ojos, preguntas que de escucharlas mi abuela, habría dicho: “Eres muy irrespetuoso, mi nieto”. Por tu pregunta me percato de que casi todas las entrevistas que me acarrearon problemas en la “ciudad letrada cubana” no las busqué yo, sino me encontraron ellas a mí.

¿Cómo fueron las sesiones de trabajo?

Muy pronto dejaron de serlo: nos hicimos amigos. Me recuerdo escuchando de su voz el cuento “Reencuentro” –inspirado en su historia de amor con Osmany Cienfuegos–, sentados ambos en uno de los canteros que circunda la Casona de Línea, cuando Elizabeth me interrumpe desde el celular para avisarme que “al parecer ganamos algo en el concurso de ensayo de la UNEAC”. Por tanto, es diciembre de 2009. Yo vivía entonces en el municipio de Diez de Octubre y ella, en Alamar, y aunque muchas veces fui a su casa, El Vedado fue nuestro terreno neutral. Iniciamos nuestras sesiones en uno de los costados de los jardines de la UNEAC, pero (y no fabulo), llegábamos, escogíamos una mesa entre muchas vacías, despliegue de bultos, grabadora, cuestionario… y aparecía una señora –siempre la misma– a sentarse muy cerca con la vista fija en nosotros. En lo personal, no tenía inconvenientes con aquella lectora a priori, pero Ingrid sí, y empezamos a deambular por los parques de El Vedado.

¿Sentiste que se autocensuraba alguna vez?

No creo que Ingrid González se autocensure en mucho. Y sintonizamos pronto. Ella es lo más parecido a la Holly Golightly de Truman Capote, con todo lo que tiene esta de simbiosis entre Don Quijote y Emma Bovary. Me enfoqué desde las preguntas en lograr –ojalá lo haya conseguido– un contrapunteo entre las piezas teatrales y películas en las que ella ha intervenido y su ámbito privado, ya que “la vida” es otra representación, o debería decir: otra percepción. También intenté captar algo tan inasible como el germen de la creación, el impulso de la actriz.

¿Qué fue lo más te impactó o emocionó de su historia?

Que uno no es la sumatoria de sus éxitos o sus fracasos, ya que lo que en general se entiende como “éxito” o “fracaso” son convenciones. Escuchándola, trabajando el texto, me sucedía como cuando uno detiene una lectura y dice para sí: “Esto lo he pensado yo”.

La exposición prolongada a un contexto tan patológico como el cubano, expulsa a ciertos individuos que de ser coherentes consigo mismos, son disfuncionales totales o suicidas en potencia. Por eso antepongo el epígrafe de Joseph Conrad, de El corazón de las tinieblas, en el que el médico de la Compañía que mide los cráneos de los que parten para el Congo, comenta a Marlow que nunca repite el examen cuando regresan, no solo porque no los vea, sino porque las transformaciones “tienen lugar por dentro”. Desnudo de una actriz puede inducir a la contemplación de dichos “cambios”.

Un oráculo del ensayismo cubano me recomendó años atrás que dejara lo “monumental mortuorio”(aludía él a Cabrera Infante, Rosales, Arenas…), y que apostara más por la emergente –como si fuera béisbol– literatura cubana, pasando él a enumerar una serie de nombres que copan el espectro mediático al punto de homogeneizar todas las revistas y catálogos. Pero lamentablemente había leído a Bulgákov, y peor, me lo creí. ¿Recuerdas la discusión de Popotas y Koróviev con la portera del Massolit en El Maestro y Margarita? La mujer dice: “Dostoievski ha muerto”, y Popotas contesta: “¡Protesto! ¡Dostoievski es inmortal!” En la literatura no existe el tiempo, porque igual que “los manuscritos no arden”, un autor muere, pero su obra no, es decir, él tampoco. Además, hay tanto residuo de lo que denominamos “pasado” en lo que denominamos “presente”, que es absurdo tomar en serio cualquier cronología.

Lo que me lleva a Alejo Carpentier –lo “monumental mortuorio”, otra vez–. Por un tiempo, el segundo epígrafe que antecedía a Desnudo de una actriz no era el de América de Franz Kafka, sino estaba tomado de Concierto barroco, cuando del carnaval de Venecia, se dice: “… seguirían en sus oficios los adivinos, las echadoras de cartas, los limosneros y las putas –únicas mujeres de rostros descubiertos, cabales, apreciables, en tales tiempos”. Pero, primero, supuse ilustraba mucho lo que pretende el libro. Y, segundo, trato de no llevar al límite a la clase de lectores que interpretan Los años de Orígenes como una venganza contra los origenistas, y no el homenaje, el réquiem (petición ante la pérdida de un ser querido) de Lorenzo García Vega a “su grupo”.

Una vez que tienes la historia grabada, ¿qué sucede?

La postergo, la postergo demasiado. A partir de ese mismo 2010 empiezan las peleas cubanas contra los demonios durante la edición de Sobre los pasos del cronista (todo 2010) y Buscando a Caín (todo 2012). En el intermedio: 2011, empiezo a planificar la revista Unión, aventura que terminaría muy mal tres años después. Las entrevistas con Ingrid González fueron más intermitentes, no así nuestros encuentros. Bajo cualquier pretexto nos veíamos. Y cuando de los “sitios peores” te expulsan o te obligan a irte, a la muerte social corresponde una resurrección personal. Casi todo el segundo semestre de 2014 pude vivir, compartir con un grupo de jóvenes (algunos incluso muy) escritores en un taller literario, perder el tiempo, escribir y, de paso, avanzar en Desnudo de una actriz, con sus comprobaciones en bibliotecas y entrevistas complementarias. Traté que el libro fuera el desnudo que Ingrid González no ha hecho –todavía, pues aún queda tiempo– en el teatro o el cine.

¿Por qué crees que la UNEAC estaría interesada en silenciar tu libro o la historia de IG?

El problema de la UNEAC no era con el libro o la historia de Ingrid González, sino con su autor: Carlos Velazco. Y cuando digo “la UNEAC”, me refiero a un grupo de individuos con el suficiente poder dentro de ella –y que en operación interinstitucional con otra instancia superior tenebrosa que uno no cree que existe hasta que aparece–, hacen uso de todo un aparato burocrático para difamar, anular y arrasar (en ese orden) con un individuo. En resumen: en el sitio en el que trabajé por cinco años, devine kafkiano agrimensor C. Créeme, Sin anestesia de Andrzej Wajda es una historia cubana. Y no evado aquí mencionar sus nombres, puesto que no me cuidé en La Habana, estando vulnerable a su arsenal represivo. Solo repito con Cyril Connolly: “Es difícil hacer una obra que perdure, evocando a personajes tan mediocres”. Además, la casi certeza de que uno nunca volverá a encontrarse con esos que –categóricamente, sí– cataloga como “gente mala”, es una bendición. ¿Para qué invocarlos?

¿Has vuelto a hablar con ella?

No. He dejado de hablar con muchos en La Habana, y lo paradójico: también con personas imprescindibles para mí –algunos incluso han fallecido durante esta lejanía. Pero quienes me importan están conmigo siempre.

¿Cuál crees que sea la reacción en Cuba ante este libro?

No creo que Desnudo de una actriz resulte muy conocido en Cuba. Pero en última instancia, la libertad desde la que parte hace que este sea un libro que me pertenece tanto a mí, como a ti, como al lector, incluso al lector que se proponga atacarlo.

¿Qué callaste en Desnudo de una actriz?

Decir que Ingrid González puedo ser yo. Es moda afirmar: “tal cosa no es nada inocente”. En ese caso: Desnudo de una actriz no es nada culpable.