Carlos Manuel Álvarez: La derrota del éxito

El sexto aro del Olimpismo, el que no se ve, casi alcanza a ser invencible. Las bajas pasiones no son ponderadas, pero no hay nada que valga la pena que no lo haya movido el egoísmo. Es, de hecho, el único motor capaz de poner en marcha a un atleta, y a casi cualquier cosa, por su propia cuenta. Nuestros íconos están parados sobre una montaña de estiércol.

Hay muchas maneras de no contar esta historia, que es la verdadera, pero ninguna tan rotundamente falsa como la que toma cada éxito y construye luego, con el éxito, una fábula rosa de superación. Es lo que alguien más erudito que yo llamaría teleología: hacer trampa. La línea de autoayuda pretende rescatar moralmente y disfrazar como justo algo que, en el terreno moral, no tiene justificación alguna: querer ganarle a los demás y, por si fuera poco, tener la indecencia deliberada de prepararte durante años para ello.

Los padres de Simone Biles —ese pozo de energía no renovable embutido en el cuerpo diminuto de una morena siempre sonriente— eran adictos y alcohólicos, y a Simone, extraviada en una pequeña localidad de Ohio, tuvieron que criarla su abuelo paterno, Roland Biles, y su abuelastra Nellie. Thiago Braz da Silva, sorpresivo monarca olímpico de la pértiga, fue cuando niño abandonado por su madre, estuvo esperándola durante días, y probablemente todavía la esté esperando, que es lo que suele pasar con todo aquel cuya madre lo abandone. Phelps venía de superar una depresión que lo metió en el carril de las drogas y las fiestas nocturnas y la incineración mental. Además, dicen, Phelps tuvo que sobreponerse, siendo un niño, a su timidez innata, y al hecho de ser hijo de padres divorciados, aunque esto último es lo mismo que decir nada.

En realidad, ni el pasado de Biles, ni el de Phelps, ni el de Da Silva son relevantes por la sencilla razón de que si hurgamos en la vida de los medallistas de plata, de los finalistas o, peor aún, en las marchitas y anónimas vidas de los que no pasaron siquiera la primera ronda de sus respectivas competencias, encontraremos historias igualmente dramáticas. Y ese dramatismo    —el séptimo lugar del judo que fue violado en la adolescencia, el lateral izquierdo de la selección de Irán cuyo tío fue encarcelado bajo acusaciones de espionaje, o el pesista de Kiribati que baila en la palanqueta para llamar la atención sobre el riesgo inminente que corre su isla ante el ascenso del nivel medio del mar— no los hace mejores ni peores.

Lo que te puede hacer mejor o peor, más allá de la capacidad que traigas por default, es el tamaño de tu ambición, que es, de todos los volantes que un hombre tiene en la mano, el único que verdaderamente podemos girar. Y todo eso se traduce en materia oscura, que destruye. De manera que lo que mayoritariamente nosotros vemos, cuando vemos las Olimpiadas, por ejemplo, es carnicería moral disfrazada.

Horas después de que en la inauguración de Río el tenaz Vanderlei Lima fuese elegido para recibir la antorcha y encender el pebetero del Maracaná, los enemigos directamente relacionados con él, y con lo que lo hace singular, agujerearon el tupido velo de la hermandad y la fraternidad olímpica.

En Atenas 2004, Lima comandaba con paso firme la prueba de la maratón cuando, faltando apenas cinco kilómetros para la entrada al estadio, Neil Horan, un maniático y excéntrico cura irlandés, se le abalanzó encima. Lima extravió el paso, el ritmo ya domesticado que había sostenido durante treinta y siete eternos kilómetros y, como era de esperar, dos rivales lo sobrepasaron. El esmirriado fondista brasileño obtuvo un bronce que hasta a mí me dolió, pero, de ahí en adelante, su nulo rencor y su ejemplar bonhomía resultaron proverbiales, lo cual explica que el Maracaná lo haya recibido, en agosto último, con una calurosa oleada de afecto.

En un periódico australiano, Horan declaraba que en más de una ocasión le había comunicado a Lima su intención de visitarlo y conocerlo tanto a él como a su familia, y Lima no le había respondido, insultando con ello tanto a Horan como a Cristo. Según Horan, Lima no se había percatado de que aquel día él, Horan, fue la Providencia, y que sin él, sin Horan, hoy nadie lo conocería.

En una latitud no muy distinta, Stefano Baldini, el italiano campeón olímpico que terminó beneficiado con el accidente de Lima, cree que “eso de que iba a ganar (Lima) no es verdad. Le íbamos a coger seguro. Habría quedado tercero igual, por lo que, en el fondo, tendría que dar las gracias al loco, porque si no nadie se acordaría de él”.

Es tan extraño ver a un ganador resentido (lo que probablemente signifique que no sea un ganador en absoluto) como a un perdedor sabio. Escéptico ante la excepción que significa ser el número uno, he desarrollado una empatía muy fuerte con esos derrotados que no inspiran compasión, ni, por otra parte, parecen estúpidamente satisfechos, casi orondos con la derrota, sino con los que o bien se retuercen de dolor o bien lo asumen como una verdad filosófica, con deliberada serenidad. Esos me inspiran lo que a Holden Caufield le inspiraban ciertos escritores: las ganas de buscar el número de teléfono y llamarlos y conversar.

Hay, en Netflix, uno de tantos documentales sobre Muhammad Alí. Igual a los demás, salvo por un detalle. Es decir, es una minuciosa sublimación del ídolo, y no se ahorra nada. Pone todo el espectro de la persona que es Alí en función del mito, y los pequeños detalles, sea cual fuere la naturaleza de estos detalles, como el combustible que alimenta su grandeza, con lo cual, de alguna manera, ya quedan justificados.

Yo fui allí buscando precisamente eso —el Alí que danzaba en el ring, el Alí rebelde, el Alí carismático, el Alí persistente, el Alí redentor, el Alí antisistema—, y no lo que terminé encontrando. En los minutos finales, para demostrar el alcance de las cruentas estrategias mediáticas, plagadas de burlas, improperios y chistes degradantes con los que Alí casi siempre lograba desestabilizar a sus contendientes antes de los combates, se entrevista al hijo del difunto Joe Frazier, un hombrecillo feo y profundamente pacífico a través del cual podemos vislumbrar al niño que él fue cuando su padre y Alí se enfrentaron en Nueva York 1974, pero sobre todo en el peleón de Manila 1975.

Marvis Frazier —así se llama— comenta cuánto lo afectaron, tanto a él como a su familia, aquellas histerias floridas que Alí se montaba delante de las cámaras. En la escuela, los compañeros de Marvis —para quienes Alí, obviamente, era el héroe— lo acosaban con ese típico salvajismo de la primera edad. Por su parte, el mismo Joe Frazier, uno de los pocos colegas que se solidarizó con Alí cuando este fue suspendido por negarse a participar en la guerra de Vietnam, no entendía por qué Alí lo llamaba ignorante, o feo, o patoso.

El poder abrasivo de Alí inyectó mucha tristeza y confusión en el seno de la familia Frazier, y esto lo explica Marvis —para quien Alí, obviamente, también era su héroe— casi a su pesar, con una nobleza superior, perdonándolo, como si no pudiera ser de otra manera y todo lo que Alí tuvo que hacer para cimentar la leyenda, incluso atormentarle su infancia, hubiese estado bien que lo hiciera.

Pero la pregunta es esta: ¿es necesario hacer todo lo que se hace, o se puede hacer lo mismo con menos? ¿La excentricidad de Alí era otra de sus herramientas, más divertida que dañina, o era codicia en sí misma, su expresión fetiche, apenas vanidad fatua mitificada por todos los que somos sus fanes? Marvis Frazier, que dice no entender por qué tuvo que pasar lo que pasó, todo ese show y esa enemistad entre su padre y Alí, pero que acepta los hechos y no los reprocha, está puesto ahí como una nota al pie, hasta que estalla y triunfa. Nada derrota tanto a un héroe como el desamparo de quienes lo padecen.