Carmen Paula Bermúdez: Tiene que saltar o la pintura ansiosa de Luis Cruz Azaceta

Cruz, cross, crossing, saeta, Azaceta, traslation, vida. Un Cruz Azaceta  sorprende, gruñe, salta. Me gusta este pintor puro-nervio, colorista y profundo, sufridor, versátil. Celebro que la Editorial TURNER acabe de publicar Luis Cruz Azaceta. No exit, libro que contiene una magnífica entrevista que Carlos A. Aguilera, una de las voces más atrevidas del grupo literario Diáspora(s), propusiera al artista y que viene acompañada por más de cien imágenes a color documentando la travesía de Cruz Azaceta (La Habana, 1942) dibujante, grabador, pintor, constructor de artefactos, afincado –con penurias y mayor éxito―  en Estados unidos desde inicios del sesenta.

Luis Cruz Azaceta. No exit (2016) es un libro hecho al mejor gusto de Baudelaire, quiero decir, es bueno, hermoso y robusto pero no es el libro de arte convencional: ni monografía, ni catálogo razonado, ni biografía de pintor escrita por un historiador del arte. Es trabajo colaborativo entre un pintor y un poeta que comparten no sólo un origen de cultura común (Cuba), la experiencia difícil del exilio, también y sobre todo, el convencimiento de que “el arte” es tránsito perenne, taller de pruebas que no cierra, reto personal y metamorfosis. El arte para mí ―confiesa el pintor―  tiene que saltar de la pared. El arte no tiene que ser placentero y armónico .Me encanta cierta cacofonía visual, formas y colores chocantes. Lo demasiado armónico es aburrido como música de elevadores. Un bostezo. De esta realidad callejera, violenta, nace el neo-expresionismo, una combinación de grafitis, visión cruda, nada bien terminado, chocante y atrevido, sin reglas.

Luis Cruz Azaceta y Carlos A. Aguilera entran en el ruedo de las preguntas-respuestas como dos samuráis a un combate de honor, con  solemnidad, gracia y la complicidad irónica de las mentes inquietas, esas que disfrutan de la lucha mientras saben ofrecer el mejor espectáculo. Aunque la columna vertebral del libro sea la conversación molto vivace  entre los creadores cubanos así como la excelente pinacoteca, viene  encabezado por unos apuntes sarcásticos y reflexivos del escritor sobre la figura del hombre-perro, ese urbanitas bestial que habita los cuadros del pintor y  siempre nos vigila, hasta cuando vayamos al mall y nos perdamos entre estantes de detergente y cerveza· El libro guarda para el final, entre otras cosas interesantes, poemas de Azaceta que  emocionan por acumulación de eventos paralelos, a la manera del jazz o quizás de la beat writing y van transcurriendo en ciudades importantísimas para él, como Nueva York y Nueva Orleans, o en fecha señalada para todos, como el 11 de septiembre, día del terror.

Luis Cruz dice que la muerte es el tema central de toda su obra  y claro que la muerte asoma la pata, a veces el cuerpo entero o descuartizado, en muchos de sus cuadros que tienen por asunto las guerras, las migraciones forzosas, las epidemias, los desastres naturales, las dictaduras, la violencia en las ciudades y los desmadres ecológicos provocados por la brutalidad humana. Más que la muerte me atrevo a pensar que toda su obra es una exploración intuitiva, provocadora y brillante del miedo, el miedo –como él mismo aclara en esta entrevista- existencial y psicológico, un reflejo complicado de la naturaleza ansiosa del artista y de la civilización humana en su conjunto. Veo a Luis Cruz Azaceta de manera semejante como lo ve Aguilera en sus apuntes, un pintor de tensiones, un Homo Fear, hombre que se estremece con los temblores del mundo.

Artista-sismógrafo es capaz de registrar los movimientos agónicos del ser humano como persona, como horda, como planeta-tierra. Y ese registro de temor, de alarma y visión de un mundo-en-catástrofe ya sabemos que es por esencia expresionista, pero en la dinámica transitiva de Cruz Azaceta tomará unas veces códigos del burlesque literario y plástico latinoamericano para  mejor expresarse (los Subway del setenta, deben al bestiario de Cortázar y Piñera tanto como a las calaveras traviesas de Rafael Blanco y  Posada), en otras utilizará los arquetipos judeocristianos del dolor -vía crucis, pietá, huida a Egipto- de  tradición europea, para llamar la atención sobre tragedias sociales como la epidemia del sida de gran impacto en los ochenta, o  el éxodo por mar de los cubanos en la década siguiente. En los últimos diez o quince años, sin embargo, el artista se ha vuelto más juguetón y fantasioso al co-juntar en el espaciotiempo del cuadro, los lenguajes de la abstracción geométrica (Madí, Mangold, Stella)  con la figuración del cómic y los dibujos animados. Siento que Cruz Azaceta nos alerta de modo parabólico, esta vez con la frescura de un artista en pleno dominio de sus recursos, del  excesivo control tecnológico que rodea nuestras vidas, de la insensibilidad general ante el deterioro de la  naturaleza y la devastación de la propia cultura. Con explosiones vivas de color, giratorias de los triángulos y humor del bueno, Luis Cruz Azaceta quiere que apreciemos la belleza antes que el desastre, descubramos el diamante en las cenizas, la alegría en medio de tantas penas.

 

Me gustaría interpretar el No Exit del subtitulo de este libro en positivo, como una aceptación de la propia condición humana y a la vez como un desafío, una invitación a imaginar, a pensar de manera creativa. En su pintura homónima de 1987 un hombrecito asoma la cabeza por un tablero de ajedrez que en su mitad contraria dibuja la palabra EXIT. Como Azaceta creo que el arte es una respuesta creativa del hombre ante el miedo, el miedo de vivir y un día desaparecer sin más. El arte ha sido una respuesta a ese hortus conclusus que parece la vida y que parecen muchos cuadros de Azaceta cerrados sobre sí mismos. Si observamos bien sus obras, aun las más oscuras y desesperadas, encontramos en ellas unos fuegos fatuos, unos cuerdas sin lógica, una bombilla, una ventanita por donde se ve el mar o a veces un papalote incrustado en el negro más negro. Con los ojos, te entretienes en los laberintos del artista, en esos túneles que parecen vientres que parecen autopistas que parecen motores de combustión y que terminan en un muro y no te queda más remedio que retroceder, pero si te quitas los zapatos, te despeinas un poco y tomas aire, es posible que tu imaginación salte o que  tu alma eche a volar en uno de esos papalotes que han dibujado para ti.