Gilberto Padilla Cárdenas: Huracanadas

Se sabe: la noticia no es el huracán en sí sino el modo en que reacciona el hombre frente al huracán. Así, en nuestros televisores, contemplamos pasmados las postales del Matthew, la épica absurda de un periodista de la televisión cubana (TVC) transmitiendo desde el lugar de los desechos: todo flota, el viento es tan fuerte que puede partir una col y el pobre tipo ahí, aferrado al cable del micrófono como un ícono del rock de los 70. Y no es el único: otros corresponsales climáticos están en la misma situación mientras —para subrayar los jadeos que nos dicen que “ya llueve con fuerza en Imías”— se insertan imágenes de megaolas, cataratas de escombros y, mi favorita, un puente que no desemboca en ningún lugar, que yace en el fondo del Toa (y la pandilla de idiotas al borde, mirando la crecida como si el Toa fuera el río de Heráclito).

Es una especie de pornografía del desastre. Porno porque, si sustituyes las imágenes de derrumbes y penetraciones del mar por penetraciones vaginales, los paralelismos entre ambos géneros se vuelven tan evidentes que resultan inquietantes en nuestra televisión.

Es cierto, sí, que la mayoría de las historias relacionadas con temporales, derrumbes y evacuaciones, son refritos de situaciones estándar de la “televisión de desastres”, pero aun así un huracán en la TVC tiene muchas cosas recomendables. Está, por ejemplo, el inspirado casting de los conductores (al parecer, hay un solo requerimiento: tener control de la vejiga). Está el tono simultáneamente freudiano y bíblico de Rafael Serrano antes de leer una nota informativa. Está el aspecto denso, grasiento y maravillosamente maquinal de los corresponsales de provincia. Está la iluminación de cine negro de los telecentros. La sonrisa semihitleriana de Rubiera (es mejor no meterse con los meteorólogos: gente dispuesta a lo que sea para sobrecoger a los infieles y convertir a los sumisos a su religión climática). El delay. En fin. La atmósfera es irrespirable.

Para no hablar de los elementos “dramatúrgicos” de la cobertura: llena de fórmulas para la taquilla. Para empezar, no hay manera más rápida ni fácil de hacerse con el corazón del público que presentar a una criatura inocente —una mujer cubana de 22 años con cinco hijos en un albergue—, y por supuesto, desde aquella película de Steven Spielberg, E. T., proteger del peligro al “buen salvaje” es la forma más genérica de Heroísmo que existe. Aplausos.

La premisa de la TVC también permite que el centro emocional de la cubertura del huracán sea la historia de cómo los evacuados y los funcionarios del Estado “se hermanan” (momentos antes de la llegada de Matthew presenciamos un teatral partido de dominó; el funcionario estatal, todo hay que decirlo, jugaba con las blancas), lo cual a su vez permite introducir toda clase de recursos familiares y fiables. Así es como la TVC nos ofrece exploraciones nada subliminales de cosas como el parentesco entre sobrevivencia y Estado (un territorio ya drenado hasta el agotamiento por todos los noticieros made in Cuba); además de explotar la vieja fórmula de “trabajador de otra provincia, o extranjero, aprende sobre las costumbres y la psicología local de manos de un guantanamero cortés, muy pobre pero básicamente bondadoso, del que se acaba haciendo amigo”.

De ahí que un por ciento asombroso de la cobertura televisiva —cuando no muestra el comentario soso, sin concordancia y a menudo hilarantemente insípido de los cronistas— nos someta a diálogos del tipo: “de no ser por este sistema, por esta Revolución, no estaríamos aquí, no existiríamos”. Además de ese final aborrecible y esopiano en el que una mujer afirma en medio del estrago: “lo hemos perdido todo, pero estamos confiados” (que es la versión nacional de “jodido, pero contento” de las viejas películas de Cantinflas.)

Luego están las estadísticas, los censos. Y ya se sabe que si hay una droga a la que los cubanos somos adictos, esa droga es la manipulación estadística. La meca de la ciencia ficción cubana —entiéndase: el diario Juventud Rebelde— publicó recientemente una tablita que bien vale detenerse. La cosa es más o menos así: resulta que según la ONEI en Cuba había, hasta 2012 —no me pregunten por qué razón un diario de 2016, maneja una estadística de 2012—, 11167325 habitantes, de los cuales apenas 1034044 son negros y 2972882 mulatos, lo cual es una manera cortazariana de decir que en Cuba hay 7160399 blancos. Un delirio. ¿Qué tiene esto que ver con el huracán Matthew? Nada, pero igual te lo zampan aprovechando ese extraño maridaje que hermana el dato falso y la experimentación narrativa.

Pero me desvío. Lo verdaderamente atroz del huracán Matthew no es la descripción pormenorizada del ecosistema infernal que dejó, sino el horror que este sigue proyectando en la intimidad de sus sobrevivientes, ese silencio doméstico, esa incertidumbre, el drama sordo de quienes lo han perdido todo.

Hay un poema de Leopoldo María Panero en Así se fundó Carnaby street que me recuerda, no sé muy bien por qué (el poema no tiene nada que ver, pero está increíble), el porvenir de esas familias cubanas:

“El patito feo esperó siempre, acurrucado en un rincón de su pequeña habitación, la llegada del Hombre Amarillo. Y sin embargo en la escuela le prometieron que, en cualquier encrucijada, el Hombre Amarillo puede tenderte la mano. También le prometieron —sus padres, pobre chico— que algún día llegaría a ser un cisne. Pero sus plumas, perdían, poco a poco, el color, y un buen (?) día desapareció, sin dejar rastro, quién sabe qué habrá sido de él.

Llueve, llueve sobre el País de Nunca Jamás”.