Michael H. Miranda: La gran comensal

Ante las primeras elecciones presidenciales en las que puedo votar, me pregunto por mi relación con la política, qué entiendo yo de sus mecanismos, qué herramientas tengo para aprender o entender cómo es esto de vivir en democracia.

En Cuba la política era la gran comensal: me devoraba en vida. Era el gran tema del fidelismo, un premeditado y vulgar secuestro de conceptos que trastocaba nuestro modo de entender el mundo. Supongo que se mantenga bastante intacta esa manera de distorsionarlo todo para consumo de públicos cautivos.

Puede que a muchos les resbale y pasen del tema. Yo lo hago solo a veces.

Crecí en un medio en el que existía un orden policial con un fuerte basamento en el lenguaje. Y claro, toda política es un asunto lingüístico. Hay un contrato no escrito en el que palabras como democracia y oposición —son solo un par de ejemplos— son denostadas, pertenecen a un afuera. Me aturdieron bastante con aquello de que sería libre si era culto, pero nunca me dejaron leer la letra chiquita, esa que permanece atada al pie de una página inasible. De modo que leía, pero no podía hacer preguntas.

Existe todavía ese régimen que me quería lejos del foro, excepto cuando me necesitaba: solo entonces era convocado, pero todo era para asentir, confirmar. Y sin embargo, abundaban, no eran pocos, los que dentro de la Isla apoyaban el statu quo representativo de los Castro. Admirar a quien destruye, aplaudir a quien te castiga, aunque es algo que escapa a un despeje de la “equis” genética, uno puede llegar a entenderlo: cautiverio obliga. Los seres humanos podemos comportarnos de manera todavía más extraña.

Pero la política puede ser otra piel que te quitas, más temprano o más tarde. Cuando sales de ese microcosmos, el mundo es tan ancho como nunca quisieron que lo imaginaras. Y cierto, también muy dado a confusiones para las que te faltan nociones, instrumentos de entendimiento e incluso de participación. Hace poco un columnista español corregía a Abraham Lincoln para recordarnos que “la democracia no es el gobierno del pueblo sino el gobierno en nombre del pueblo” y que al hacer ejercicio de ese principio “el gobernante democrático no toma siempre sus decisiones interpretando lo que piensa la mayoría del pueblo sino lo que considera que es bueno para el pueblo. Así se justifican dolorosas decisiones como las de subir los impuestos o declarar la guerra”.

Ahora en Estados Unidos, la política norteamericana se me mete diligentemente por la ventana, mas no me devora. Pero cómo entender lo político cuando viviste más de treinta años bajo un régimen que procuraba a diario la confusión de los términos y no te quería bien informado.

Si no aprendes a respetar al otro, cargas con tu propia deformación de isla. Sin embargo, cuando vives en democracia, no demoras en comprender que la libertad también se ejerce en un sentido estrictamente negativo, por ello tienes la libertad de señalar al que la limita. O sencillamente seguir de largo. Pasan a tu lado con gangarrias guevaristas y entiendes que el rostro fosilizado de ese argentino ya no es lo que te habían dicho, ya ha dejado de ser una marca comercial más: ese rostro en las camisetas y las banderas es la orientación exacta de tu odio y su sentido es el de recordarte que aquí tampoco estás a salvo de los símbolos, aquí donde la libertad ha anidado gracias también a un siglo XX sangriento.

Ese es el rostro de un perseguidor que salta como una liebre cada vez que olvides que fue concebido para acompañarte siempre. Pero tampoco es algo que te quite demasiado el sueño. Bastante tiene uno con las lagunas de su propio bildungsroman para además preocuparse por las tantas deformaciones del relato histórico que abundan por ahí.

Mi salida al exilio coincidió con el último año de gobierno de George W. Bush y la campaña electoral que llevó a Barack Obama al poder. Obama era un inexperto político de izquierdas, pero muchos pensamos que siempre será saludable que una sociedad drene viejas culpas. La política es un engaño persistente: las sociedades no drenan nada. Obama ganó aquellas elecciones en medio de un entorno muy retórico y todavía más frívolo alrededor de su persona, y hoy al término de su mandato la tensión racial ha subido hasta hacerse escandalosa. Aquel era mi primer año en Estados Unidos, yo era uno que observaba, acaso entre absorto e impresionado, un fenómeno que marcaría mis siguientes ocho años entre Texas y Arkansas.

Guillermo Cabrera Infante disfrutaba diciendo que era un reaccionario de izquierdas, una frase que me gustaba repetir aunque corregida por mi deformación de isla: solía encontrar mi definición mejor reaccionando contra las izquierdas. Creo que hoy sigo prefiriendo la posición del que observa y veo que ha terminado por ponerse de moda que la gente les reclame a los políticos que no lo sean más o no lo sean tanto. La política es una profesión tan extraña que le piden al profesional que sea lo menos profesional posible. Nadie quiere un carpintero a medias o medio fabricante de computadoras, pero si es político lo quieren de nuevo tipo, que no lo sea, que venga del vacío. Y entonces llegamos al 2016, el Año Internacional de las Polarizaciones Partidistas, en el que por fin puedo votar como un ciudadano del mundo en elecciones presidenciales.

Donald Trump es el summum de ese posicionamiento, es el multimillonario intruso y charlatán que representa una era que, de pronto, creen (o quieren) vencida, la de los políticos blancos no izquierdistas. No es latino ni mujer ni negro. Es alemán por vía paterna y escocés por la materna. Si por Obama habla una prestigiosa escuela Ivy League de leyes, Trump recupera maneras vulgares que se hacen insoportables. Si Obama se esfuerza por parecer cool (hay algo muy importante en ello, la política es muchas cosas a la vez, también es el reino farsesco, farisaico, de lo cool), Trump hace muy poco por ser menos incómodo. Nadie sabe muy bien cómo lidiar con alguien así y el Partido Republicano terminará pagándolo. A pesar de todo eso, ha llegado lejos y pone demasiado en entredicho los mecanismos de acceso al poder tanto de un magnate sin programa como de una ex primera dama con consistentes errores y procederes deshonestos en el ejercicio de su gestión como funcionaria pública.

La política nunca viene del frío, parece no conocer su grado cero. Tiene el populismo, que vendría a ser su costado latino, ladino. Con el populismo, la vieja moral política vuelve fosca a su rincón. Pero una vez que estamos fuera de Cuba, lo bueno sería descubanizarla, dejarla sin deformación de isla, borrarles calor y humedad. Solo así dejaríamos de andar desnudos por la nueva casa y no sería entendida la política como un gran retablo de nuestros pensamientos. De poco nos sirve asomarnos a ella si no entendemos la democracia como un bien para el resto, aunque, claro, también para uno.

Pero un bien sin demasiadas grandilocuencias. En definitivas, un saber estar, cumplir, respetar.