Ernesto Hernández BustoRaptus

1. It’s a long way, de Caetano Veloso

Un joven exiliado brasileño despierta una mañana en Londres cantando una canción de los Beatles. La melodía da vueltas en su cabeza, pero en vez de tranquilizarlo acaba por colocarlo en un estado cercano al paroxismo. La melodía ha servido, en realidad, como detonante para extraños recuerdos, de pesadilla casi, y la balada acaba convertida en el resumen de “un largo camino” donde se descubre que es absurdo tratar de escapar de la memoria y del lenguaje. En el extremo opuesto de una nostalgia apacible, esta progresión enfebrecida hacia los orígenes.

Así, justo un minuto después de tararear la balada anglo, la percusión crece como una especie de tumor alojado en el subconsciente. I hear my voice among others/ In the break of day… Y la canción, entonces, empieza a sumar voces e instrumentos, a superponer capas de sonido y sentido.

Entre todos los cantantes brasileños de su generación, Caetano es el de más exacerbada conciencia lingüística. Curioso que todavía haya quienes lo consideran meloso, un cantante demasiado “sentimental”, cuando toda su obra se debe leer, en realidad, desde la perspectiva de una búsqueda formalista llevada al extremo: una historia perenne de amor con la Forma y el Lenguaje.

En Transa (1972), el disco que marca el regreso de su exilio londinense, están resueltas todas las preguntas que preocupaban al joven cantante de Tropicalia: el falso dilema identitario trascendido en un plano glosolálico: cómo usar un idioma para hablar otro. Es decir, cómo usar los recursos de la lengua inglesa para mostrar el portugués —y trascender la división de las lenguas con el proto-idioma esencial de la música.

Tras hundirse en el mundo hippie londinense y en la psicodelia musical de esos años, Caetano sale fortalecido en el reencuentro con una especie de subconsciente bahiano que en esta canción aparece convertido en tentación fónica: el estribillo que da título a la canción se repite hipnóticamente hasta descomponer su sentido y preparar el escenario para la irrupción del sertón: esas cuartetas en portugués, fragmentos de “Sodade, meu bem, sodade”, de Zé do Norte, que van encajando a ratos, como pecios llevados por el oleaje instrumental, en el cuerpo musical previo. Ironía y conciencia metalingüística: Caetano responde con esos versos de una figura emblemática de la música tradicional a quienes lo acusaban de haberse “alejado de Brasil”: “yo reniego de quien dice/ que nuestro amor se acabó/ él ahora está más firme/ que cuando comenzó”…

¿Cómo contar una alucinación lingüística? ¿Cómo mostrar un trance musical? A partir de los tres minutos ya esta canción se ha convertido en un viaje de regreso, ese long way al que se alude en el título. Viajamos entonces en un rotundo crescendo palatal hasta llegar al clímax, lleno de connotaciones sexuales, pero montado con recursos mínimos, hipnótico y fascinante como los “ojos de cobra verde” de los que habla el poeta del sertón.

Caetano deja atrás con una autenticidad envidiable toda la polémica sobre las esencias musicales nacionales, y monta un mestizaje fónico vanguardista donde el inglés sirve para hablar en brasileño (experimento que repetirá ocasionalmente años después, en canciones como “How Beautiful Could A Being Be”).

 

2. Acabou chorare, de Os Novos Baianos

“… como si una nodriza participara en la creación de la fonética”.

Osip Mandelstam, a propósito de Dante.

Dudo a la hora de traducir el título al español (¿“No llora más”?, ¿“Se acabó el llanto”?): las traducciones más difíciles, ya se sabe, son las que aparentan lo contrario, cuando el texto se enraíza en la ilusoria simpleza del lenguaje, en su nivel más básico: fonética graciosamente instalada sobre el filo de lo onomatopéyico. (La onomatopeya, el sueño realizado del Cratilo, sonido indisoluble del sentido, habla primera, primordial, pulpa del lenguaje). Un reto con el que solo se atreven los primerizos, desde la osadía infantil, o los muy expertos, si el dominio de la lengua permite el juego, el lujo de lo lúdico, su profundidad insondable —sonriente y pueril. Para entender así el lenguaje hay que estar, de algún modo, fuera del lenguaje, limpio de su costra de sentidos arbitrarios. Esa es la profunda insensatez del habla sensual, utopía que se nos regala como don de infancia y que —en poesía— pasaremos el resto de nuestra vida persiguiendo.

Por todos estos significados, es revelador que “Acabou chorare” sea un sucedáneo de nana, un arrullo, una cantiga de ninar. No sabía su historia, que encontré reseñada en Youtube (ese género subestimado de la crítica): resulta que Bebel Gilberto, hija de João Gilberto y Miucha, era en 1972 una niña de apenas seis años, acabada de llegar a Brasil después de vivir en Nueva York y México. Los Novos Baianos, comuna musical, estaban quedándose en la casa de campo de la pareja (junto a una laguna, la lagoa llena de abejas de la canción) cuando una mañana Bebel se cayó y empezó a llorar sin pausa. Todos corrieron para saber qué había pasado y ella, que había vivido fuera de Brasil y apenas sabía hablar portugués, pronunció como respuesta valiente las palabras mágicas que dieron título a la canción, y que son la variante infantil del “acabou o choro” de tantas madres. De ahí salió esta letra donde el lenguaje quiere ser también consuelo, juego fónico, sube-y-baja silábico.

Según Luiz Galvão, el propio João Gilberto le dio el visto bueno a la canción, y pidió que incorporasen a la letra una reciente conversación suya con el poeta José Carlos Capinan, gran letrista del Tropicalismo, quien le hizo notar que la abeja elabora la miel al besar la flor; es decir, canta, ama y crea al mismo tiempo.

La anécdota de Bebel me recordó otra de Moreno Veloso, el hijo mayor de Caetano con Dedé, a quien sus padres solían dejar en casa de su pareja de amigos, Sandra y Gilberto Gil. Allí nació la “Cantiga de ninar Moreno”, una hermosa canción de Gil. En ese sentido, Moreno fue un suertudo: el otro que le cantaba para que se durmiera era nada menos que Milton Nascimento. Él, a su vez, trató de retribuir esos regalos con “Coisa boa”, la canción que da título a su mejor disco, y que, según confiesa, sirvió de nana para sus propios hijos: “Tanta coisa boa/ nada é di ninguém”. Ese estribillo resume la filosofía de aquel mundo que hoy llamamos “hippie”, aquella tribu de amigos cantores, donde los hijos de unos se criaban entre todos: el cariño por lo más amado era algo a compartir, una prolongación natural de la amistad. Basta ver las fotos de esos años, que proclaman la alegría del “creced y multiplicaos”: la gran familia feliz del MPB. Y, sobre todo, basta escuchar sus canciones, desarrollos de un tema eterno: el de la vida que pugna y bulle, entre el arrullo infantil y el lenguaje más libre, ya convocado antes en clásicos como el “Acalanto” de Dorival Caymmi (mi versión preferida es la de Chico Buarque), o la “Canção de ninar meu bem”, de Vinícius; “Dorme Sofia” de Djavan; o en la simpleza infantil del “Tudo tudo tudo”, de Caetano (“Tudo comer/ Tudo dormir/ Tudo no fundo do mar”), incluida en el disco “Jóia”, cuya portada (¡ay, aquella época en que la música tenía portadas!) es casi un manifiesto: Caetano, Dedé y el bebé Moreno, desnudos, como inocente pareja plantada en el Paraíso original.

Un llanto, un habla paradisiaca que induce al sueño, una lengua láctea, la poesía como el sueño del lenguaje, trenza de profundos y simplísimos sonidos, sentidos y sentires: calmar, una y otra vez, a ese niño balbuceante que añoramos.

 

3. O homem da gravata florida, de Jorge Ben

Va por la calle y su mirada tropieza con una corbata. La corbata de alguien que se le ha cruzado en el camino. Se trata, pronto lo sabremos, de una prenda especial. Una corbata de flores. Una corbata sensacional. Colores y detalles elevados al rango de senhal. O de Señal, casi. Mosaico de azules, rosas, púrpura. Margaritas y jazmines. Todas las flores en esas flores radiantes. Jardín. Satori urbano. La flor de las olas en la espuma de la vida: “Un relatorio de la armonía de las cosas hermosas”. Una corbata capaz de hacernos sentir que la felicidad existe. Que es algo que está ahí, que siempre estará ahí. Que en cualquier lugar puedes tropezar con ese don de la Belleza que lo convierte todo en milagro.

Psicodelia, sentidos, grito de todas las cosas del mundo material: esta corbata tan especial que hace “a cualquier hombre feo sentirse como un príncipe: simpático, simpático, simpático”. Una corbata por la que merece la pena vivir. Esperada: “por donde ella pasa nacen flores y amores”. Mágica.

De pronto, al final de la canción, cae esa última línea para revelarnos que todo no era más que un sueño, una alucinación, el lamento del excluido. Esa mirada a la vida entintada con el cromatismo de una felicidad tan absoluta como milagrosa solo puede ser la antesala de un desencanto: hombre que va por la calle y tropieza con la corbata florida de su dealer en una ciudad sin nombre: depresión —y lucidez— de ese “hasta yo, hasta yo, hasta yo…”.

El tema de Jorge Ben es siempre la Revelación perdida. Ya se trate de los “Cinco minutos” que no le fueron concedidos, esos cinco minutos que lo cambiaron todo para siempre sin que sepamos muy bien por qué, como los espectadores que llegaron luego que la película ya estaba empezada (“Pois você não sabe e nunca vai saber porque/ pois você não sabe quanto valem 5 minutos/ na vida”), o del teléfono que volvió a sonar sin que fuera la amante esperada (“Fui atender e não era o meu amor/ Será que ela ainda está muito zangada comigo”). O bien cuando nos hace de nuevo la historia de Jorge de Capadocia, el santo de Anatolia transfigurado ahora en protector de un rey de la favela, Jorge el caballero de los milagros, capaz de cegar a sus enemigos y conjurar todos los ataques (“Armas de fogo, meu corpo não alcançará/ Facas, lanças se quebrem, sem o meu corpo tocar/ Cordas, correntes se arrebentem, sem o meu corpo amarrar”).

Porque ese San Jorge es, por la magia sincrética del candomblé, otro de los nombres de Oggún. Es decir, los comienzos, la fortaleza, el principio, la mañana, la juventud, la primavera, los carnívoros, la fuerza que encierra el tórax, esa caja donde están todos los órganos vitales; el fuego y su poder, la potencia de los jefes, el mando, la fortaleza y la violencia, la cadena, el impulso, la autoridad, la virilidad, el herrero, el peligro que brota del hierro, la virtud que brota del hierro, las armas y herramientas: machete, caldero y piedra, el trabajo y la fuerza que desbroza la Naturaleza… Ogan toca pra Ogum: el oficiante, el músico, el encargado de los tambores toca para su orisha.

“Se puede hallar a Heracles y Deyanira cualquier mañana de domingo en una estación de policía” —escribe Gilbert Murray en sus Estudios griegos. Las canciones de Jorge Ben son unos imposibles Estudios brasileños, donde los dioses desfilan a ritmo de carnaval. Como en toda comunión mística, aquí hay sustancias facilitadoras: festín báquico, soma, flores de Alden, mariguana… El grito final de “O homem…” le ha ganado un sellito de Parental Advisory: Explicit Content, ya sea que uno compre el disco o se lo descargue en Apple Music. Como si nombrar las cosas fuera ya un pecado en este mundo absurdo de la Red mediatizada. Junto con “If you’re a viper”, esta canción es la gran oda mariguanera de nuestro tiempo, y está dedicada nada más y nada menos que a Paracelso, herborista sanador. Porque en A Tábua de Esmeralda (1974) el gran “Comanche” lo mismo es capaz de musicar un fragmento metafísico de Santo Tomás de Aquino, que de recordarnos, sin asomo de ironía, que “Errare humanum est”, es decir, que no somos los primeros habitantes del universo. Los dioses eran astronautas, dice Ben, y uno sonríe agradeciendo su otro “viaje” melódico por la fecunda tierra de los psicotrópicos.

Un viaje al que debemos varios de los grandes momentos melódicos de la música brasileña que hoy es saqueada sin piedad, carne de samples.