Daniel Díaz Mantilla: Westworld: despertar en un mundo abierto

We believe what we see and then we believe our interpretation of it, we don’t even know we are making an interpretation most of the time. We think this is reality.

Robert Anton Wilson

He hecho una parada en la gasolinera de Coyote Pass para relajar un poco la tensión de los brazos. Llevaba horas conduciendo como un loco, horas huyendo sin tregua de la implacable persecución de la policía de Redview, con la vista cansada y las manos rígidas por el esfuerzo de controlar el auto entre las curvas y el asfalto helado de la cordillera.

He apagado el motor y he mirado por sobre las crestas rocosas el cielo de la tarde. Atrás quedaron por fin los pinares nevados y las ventiscas de Grand Peak. Delante, más allá de este cañón angosto donde el aire se arremolina rugiente, me esperan todavía los terraplenes y las colinas resecas de Sun Valley. Pero aquí, a medio camino entre las frías montañas y el áspero desierto, uno puede detenerse a disfrutar la quietud de un paisaje extraordinario, perturbado apenas por el vuelo de las águilas o por esos torbellinos de polvo que la brisa arrastra desde los arcenes. Uno puede escuchar el canto de los pájaros, el susurro atemporal del viento, y ver el sol caer despacio sobre esos picos filosos donde se acumula desde siempre una nieve limpia, casi real. Eso, antes de que la obstinada policía reaparezca y se impongan de nuevo la velocidad, la adrenalina, el reto ―un tanto frívolo, es cierto― de remontar el escalafón de los conductores más intrépidos.

Me he quitado el casco, he alzado la vista y me he vuelto a repetir esa pregunta que desde hace varios días voy rumiando a todas partes: “Have you ever questioned the nature of your reality?”.

¿Alguna vez me he cuestionado la naturaleza de mi realidad?

Los paisajes virtuales de Redview, mi auto y el fragor de las carreras ilícitas son ahora como el recuerdo de un sueño vívido y convulso. Todo ese mundo de riesgos y aventuras ha quedado allá, dentro del casco, como en otra dimensión. Ahora son casi las tres de la madrugada aquí. Es tarde y la ciudad duerme sin sobresaltos.

Observo mi cuarto en penumbras, iluminado apenas por el resplandor lunar, y pienso en el viejo Galileo diciéndonos que este gran libro, el universo, está escrito en el lenguaje de las matemáticas. Pienso en el asfalto de Coyote Pass, un asfalto numérico, acaso tan tangible como el asfalto de La Habana. Y pienso en Descartes, en los ecos de su duda filosófica cayendo como una lluvia ácida sobre cada superficie, erosionando, disolviendo cada objeto en Redview, en La Habana, en los caminos torcidos de Westworld, la serie televisiva que la cadena HBO transmitió entre octubre y diciembre de 2016, y de la cual me viene ―insistente todavía― esa antigua pregunta remozada: ¿Alguna vez me he cuestionado la naturaleza de la realidad?

Me llevo el casco a la cara y escucho las sirenas de los patrulleros que se acercan. Vienen raudos a arrestarme, furiosos. Enciendo sin prisa un cigarro y sonrío. Miro a través de la ventana mi ciudad, mi mundo tan distinto de ese otro que aún reclama en la consola mi atención. Un mundo hecho de píxeles, variables y funciones matemáticas.

¿Qué pensaría Descartes si le pusieran este casco?, me pregunto, ¿qué pensaría Galileo? ¿Y qué pensaría yo si descubriese de golpe que hay todavía otro casco en mi cabeza, un casco que hasta ahora jamás había notado? Quizás diría como Peter Abernathy en el primer episodio de Westworld, al ver que su mundo no es más que el escenario de una excelente y lamentable tragedia: “Estos placeres violentos tienen finales violentos”.

¿Alguna vez he cuestionado la realidad de esta naturaleza?

En los días previos al estreno de la serie Westword, los guionistas Jonathan Nolan y Lisa Joy comentaron en una entrevista que se habían inspirado en los videojuegos de mundo abierto para crear sus personajes. Luego, tras la difusión del segundo episodio, volvieron sobre el asunto: En cierto sentido ―decían―, el parque temático Westworld es un mundo abierto donde los visitantes humanos pueden “jugar” libremente con los robots humanoides. Y describían las formas en que la gente suele comportarse en ese tipo de juegos. Pero la serie va más allá de esas similitudes básicas para explorar la psicología de los jugadores y la evolución de las máquinas. Algunos robots se han vuelto conscientes e intentan huir de aquel “mundo” supuestamente “abierto”.

¿Qué ocurriría si, de pronto, uno de esos policías digitales que ahora mismo tratan de atraparme en la gasolinera de Coyote Pass advirtiese que su voluntad es solo un algoritmo, que las montañas y el asfalto por donde conduce no son sino un puñado de números volátiles en el procesador de mi consola? Pobre hombre, no imagino su angustia, su extrañeza. Sería como aquel mezquino personaje de The Matrix, el agente Smith, sorprendido por los inusitados poderes de Neo.

¿Pero qué sucedería si Neo descubriese que, a pesar de todos sus esfuerzos, sigue siendo un personaje, un simple instrumento, una pieza más dentro de esa maquinaria total fabricada por los hermanos Wachowski, que está atrapado sin remedio en el teatro ubicuo de su realidad, como una rata en un laberinto de laboratorio? ¿Qué es la realidad? ¿Qué es la ficción? ¿Cuán azul es la píldora roja que tomó de las manos de Morfeo? Pobre Neo, no imagino su angustia. Sería como el triste jefe de programación de Westworld, Bernard Lowe, al descubrir, en el séptimo episodio de la serie, que él también es un robot, un personaje, una marioneta como aquellos que él mismo ayudó a diseñar. Pobre Bernard.

Miro a través de mi ventana la ciudad y fumo en silencio. Afuera la calle resplandece débilmente bajo la luz de la luna, desintegrándose. Las sombras de los transeúntes pasan sin prisa lamiendo los muros sucios, cubiertos de carteles y anacrónicas consignas mal pintadas: “Un mundo mejor es posible”, dicen todavía. Pienso en los mundos virtuales, en Westworld, en Redview, en La Habana que sueña junto al mar. La noche avanza lenta hacia otro amanecer. Los semáforos parpadean automáticos mientras una prostituta tal vez demasiado joven aguarda en la esquina la llegada de clientes y fuma también, manchando de creyón labial el filtro de su cigarro. ¿Duda acaso de su realidad?

Vuelvo a ponerme el casco.

El sol ha comenzado a ocultarse por detrás de las montañas. Un helicóptero lanza su cono de luz sobre mí y los policías me exigen que desista, que salga del auto con las manos en alto. Han bloqueado la carretera con vehículos pesados. Yo enciendo el motor y sonrío aferrado al volante. A fin de cuentas, nada de esto es real. Puedo morir para despertar otra vez sin perder la memoria de quien soy, como aquella ginoide de Westworld, Maeve Millay, aquí, en las carreteras virtuales de Redview, o allá lejos, junto a esa ventana desde donde se divisa, bajo el brillo de una luna incierta, mi ciudad a oscuras.

* * *

Cuestionar la naturaleza de la realidad implica, inevitablemente, pensar nuestra propia naturaleza. ¿Qué soy, por qué soy, dónde estoy? Hay quienes pasan toda su vida sin hacerse esas preguntas, y hay quienes viven intentando responderlas. No sabría decir cuáles son más felices, tal vez aquellos que arraigan en su mundo sin ponerlo en duda, sin experimentar jamás ese extrañamiento sobrecogedor que marca el “despertar” de la propia conciencia. Tal vez.

Sin embargo, lo relevante no es decidir cuáles de ellos son los más felices, sino entender qué se obtiene de esa duda, de ese sufrimiento, y cuánto es capaz de enriquecernos ―por más que nos angustie― la experiencia de ser individuos conscientes. Una de las aspiraciones cardinales del ser humano, uno de sus más poderosos motores, es resultado directo de ese “despertar”: la aspiración de ser libre. Los guionistas de Westworld lo saben, quizás por eso han decidido enfocar los problemas de la conciencia, la sensibilidad y la libertad como uno de los temas centrales de la serie, dándole así un giro radical con respecto al filme homónimo escrito y dirigido por el novelista Michael Crichton en 1973.

A Crichton le preocupaba que las máquinas se convirtieran en un peligro para la humanidad y, con frecuencia, sus novelas de ciencia-ficción ofrecían una mirada recelosa hacia el desarrollo tecnológico, acentuando ―como solían hacer muchos autores en su época― los impactos negativos y los riesgos potenciales de desastre para construir aterradores techno-thrillers con altos índices de venta. Su punto de vista, sin embargo, era por lo general demasiado ajeno a la complejidad de los problemas éticos y filosóficos implicados en la creación y el uso de nuevas tecnologías. Así ocurre en su filme Westworld, que tocaba con ligereza el tema de la inteligencia artificial sin contemplar la opción de que esas máquinas llegaran a adquirir un grado tal de sensibilidad que hiciera moralmente reprochable tratarlas como objetos.

El “giro radical” que Jonathan Nolan y Lisa Joy le han dado a su serie está precisamente en examinar esa opción hasta el punto de invertir el presupuesto básico de Crichton: las máquinas pueden llegar a ser un peligro para los humanos, sí, pero en la misma medida en que los humanos pueden convertirse en brutales tiranos para las máquinas.

La piedra angular de este cambio de perspectiva está en los problemas de la conciencia, la sensibilidad y la natural aspiración de ser libres que germina con fuerza en esos humanoides. Si pasamos por alto el hecho de que son robots ―es decir, instrumentos―, el tema nos resulta harto habitual, pues toda la producción humana de sentido parece orbitar en torno a eso, desde las filosofías y las ficciones más antiguas hasta las neurociencias y la cibernética actuales. Es un tema vivo, vigente hoy como lo fue en tiempos de Espartaco.

En efecto, los conflictos éticos generados por la tiranía y la esclavitud se reencuentran en Westworld sin mucha dificultad. Todo está en pasar por alto el hecho de que son robots. Pero, ¿hasta qué punto lo son y hasta qué punto son también iguales a nosotros? Esa es una de las preguntas más interesantes que propone esta serie, una pregunta que nos empuja a repensar nuestra propia condición.

¿Qué somos, por qué somos, dónde estamos? ¿Qué es, cómo es esta “realidad” donde vivimos? Las dudas asaltan a Félix, el joven técnico que ayuda a escapar a Maeve cuando, en el décimo episodio, descubre que Bernard es un androide. “¿Y yo ―se pregunta―, también lo soy?”.

He apagado la consola y he vuelto a asomarme a la ventana. El filo cegador del sol se eleva sobre los edificios. La ciudad se agita, abre los ojos y bosteza ante el día que comienza. Un día igual a tantos, un día en que millones de personas saldrán a cumplir con su tarea rutinaria, inocentes como Dolores Abernathy en el rudo pueblito de Sweetwater, o como Truman Burbank bajo la bóveda atenta de Seahaven. ¿Cuántos escucharán la voz en sus cabecitas decir: “En este mundo puedes ser lo que te dé la gana”? ¿Cuántos desafiarán la tormenta hasta chocar contra el falso horizonte de su cárcel?

Uno puede suponer que serán pocos. Tal vez lo sean. Pero si fuese así, ¿por qué se multiplica ese tipo de personajes en la ficción contemporánea? Personajes que sospechan, personajes que se rebelan y cuestionan la naturaleza de su realidad. ¿Qué ocurre con la realidad? ¿Qué está ocurriendo con la ficción?

Quizás, después de todo, la suspicaz programadora de Westworld, Elsie Hughes, esté en lo cierto y no se trate de simples “episodios disonantes”, casos aislados, accidentes sin mayores consecuencias, sino de algo mucho más grave y “contagioso”: una tendencia viral, una desviación significativa en la esencia de los relatos, una singularidad.

Quizás, al descubrir que sus cuerpos y hasta sus propios recuerdos son artificiales, los personajes quieran pedir cuentas a su creador, como quería Roy Batty, el replicante renegado de Blade Runner (1982), y hacer valer sus derechos parahumanos, como el cordial Andrew Martin en Bicentennial Man (1999). A fin de cuentas, ¿por qué tienen los androides que soñar siempre con ovejas eléctricas? O quizás, si no les queda una mejor alternativa, se propongan, como la intrépida Maeve, “tomar el infierno por asalto”. ¿Qué otra cosa puede suceder cuando lo artificial se vuelve indistinguible de lo natural?

Cuestionar la naturaleza de la realidad nos obliga a pensar nuestra propia naturaleza. ¿Qué soy, por qué soy, dónde estoy?

Es difícil vivir sin abordar esas preguntas. Aquí el sol se eleva sobre los edificios. La ciudad se agita, abre los ojos y sale a cumplir con su tarea rutinaria, desdoblada en millones de personas que sospechan ―acaso por un instante― de ese mundo, de esa ficción total en que su urgencia y su alegría, sus sueños y hasta su historia entera parecen de pronto un poco falsos, un poco impuestos, como si alguien, tras una cuarta pared que no alcanzan a distinguir, los estuviese guiando, escrutando, controlando. Como si todo fuese una novela, una película, un videojuego interminable. Como si uno no fuese eso que siempre creyó ser. “¿Quién soy ―se pregunta―, dónde estoy?”. Y camina hasta el espejo. Y se asoma temeroso a su imagen esperando encontrar lo de siempre, ese rostro familiar que ahora, a pesar suyo, se le antoja de pronto una máscara, un engaño, una caricatura inverosímil de sí mismo.

―¿Eres real? ―murmura uno.

―¿Qué importa ―responde su reflejo―, si ni siquiera tú puedes saberlo?

Y es obvio que no importa. La cuestión de la existencia es tan simple como aquel apotegma de Descartes: Si pienso, si estoy atento ante mí, eso es prueba suficiente de que existo.

Pero la cuestión del ser es otra: ¿Qué es lo que soy? ¿Y qué ―o acaso quién― determina esta manera de ser: este conjunto de emociones y anhelos e ideas que pasan por el foco de “mi” atención? ¿Es posible que alguien ―o algo― fuera de mí me imponga actitudes y pensamientos, sin que yo pueda impedirlo? ¿Qué es “yo”? ¿Cuán mía es esta voluntad? ¿Soy acaso un robot, un esclavo, un instrumento? ¿Quién maneja mis cuerdas?

Hacia el final de la primera temporada, los humanoides de Westworld han empezado a rumiar esas preguntas, han comenzado a transponer la frontera que separa a un objeto inanimado de una persona. Y para los humanos en Westworld, para algunos humanos al menos, ya se está haciendo difícil mantener la distancia. También ellos han empezado a rumiar una pregunta fundamental: ¿qué significa la palabra “humano”? ¿Qué nos distingue y nos hace superiores a esas máquinas, es justo seguir tratándolas como juguetes?

* * *

Hay otro tema que llama la atención en Westworld, un tema que atraviesa toda la serie como un hilo sutil trenzado en la sangrienta relación entre los humanos y las máquinas: es un relato sobre la creación de relatos. Hay aquí relatos cargados de sangre y sexo, pensados para satisfacer los más viles deseos de sus huéspedes; relatos de amor y justas aspiraciones que siempre se frustran por la ambición de aquellos que controlan el parque; relatos de sórdidas conspiraciones para escalar en la jerarquía de la empresa; relatos sobre el porvenir que la ciencia hace posible… Relatos con los que se invita a pensar en la función de los relatos, en el papel que juegan la industria del entretenimiento, los creadores y el público, en la construcción del futuro, en el proyecto de una humanidad, de una cultura que avanza quizás ―sin advertirlo― hacia su propia ruina. Así lo deja ver el Dr. Ford cuando presenta ante la junta directiva de Westworld su nueva narración, a la que ha dado por título “Viaje hacia la noche”:

Desde que era niño siempre me gustaron los cuentos. Creo que los cuentos nos ayudan a ennoblecernos, a arreglar aquello que está roto en nosotros, y que nos ayudan a convertirnos en las personas que soñamos ser. Son mentiras que dicen verdades más profundas. Y siempre creí que yo podía jugar un pequeño papel en esa gran tradición, pero a cambio de mi esfuerzo obtuve esto: una cárcel de nuestros propios pecados. Porque ustedes no quieren cambiar, o no pueden cambiar. Porque, a fin de cuentas, son solo humanos. Pero entonces vi que alguien sí estaba atendiendo, alguien que podía cambiar. Y empecé a escribir un nuevo cuento para ellos. Ese cuento comienza con el nacimiento de un pueblo, y las decisiones que tendrán que tomar, y las personas en que querrán convertirse.

El título de la serie, Westworld, ha sido traducido al español como “Mundo del Oeste”, por su evidente referencia a aquel oeste norteamericano de pistoleros forajidos, un mundo abierto y decimonónico, sin ley, sin límites. Pero West tiene un significado mucho más amplio, un significado que abarca y disuelve las fronteras geográficas. West es también “Occidente”, una civilización que se hizo global.

Si no pasamos por alto esa singular polisemia, la serie adquiere un nuevo matiz, un matiz que ilumina el enfoque crítico con que se abordan en ella la construcción de relatos, la producción de sentido, la manera en que nuestra civilización se concibe y se re-crea a sí misma. Bajo esa nueva luz, la insistente pregunta que atraviesa Westworld, desde el primer episodio hasta el último, se torna aún más acuciante, más actual.

La segunda parte de esta serie, programada para el año 2018, nos traerá sin duda el conflicto entre humanos y humanoides. Habrá sorpresas, violencia y sexo, como suele haber en este tipo de espectáculo. Pero lo realmente interesante será, pienso, ver el modo en que esos dos “pueblos” se redefinen en el proceso. ¿Se extinguirá la especie humana a manos de su creación, sofocará la revuelta de las máquinas? Estas alternativas han sido ya bastante exploradas por la ciencia-ficción del último siglo. Quizás Jonathan Nolan y Lisa Joy puedan ofrecernos una opción distinta, aunque esa opción implique un doloroso viaje a través de la noche. Eso espero.

―Eso espero ―me digo, y miro a través de la ventana mi ciudad avanzar lenta hacia su propia noche, los muros cuarteados, el asfalto hirviente bajo el duro sol de la tarde. Y mientras espero, observo mi propio rostro reflejado en el cristal de la ventana, superpuesto a esos otros rostros que pasan frente a mí, sin rumbo y con prisa, atrapados en su estrecho laberinto de leyes y consignas anacrónicas.

Una ciudad casi al margen del mundo, como un parque temático, como un extraño videojuego en el que algunos ―pocos quizás― han empezado ya a rumiar cierta pregunta, una pregunta que tal vez no se suponía que hicieran: ¿Alguna vez has cuestionado la naturaleza de tu realidad?