Carlos Manuel Álvarez: Desclasificados

Ahora todo el mundo está pensando en la historia de Cuba. El pozo de petróleo más perforado es el que va de 1952 a 1959, como es lógico, y todos esos muchachos hermosos y terribles, esos muchachos muertos a los veintidós o a los veintitrés, que vivieron apenas un cuarto de lo que vivió Fidel Castro, que vivieron, pienso, incluso menos de lo que he vivido yo, que no he vivido mucho, todos esos muchachos, digo, sus viditas fulminadas, su paso itinerante por este mundo, su tránsito fugaz por la casa de los vivos, tal como corresponde a los héroes, porque los héroes para que sean héroes tienen que vivir poco o haber vivido hace mucho, todos esos muchachos, en fin, en función del mito mayor, como leña que aviva el fuego supremo.

Uno mira sus caras e intenta descifrar quién de ellos hubiera seguido en Cuba hoy como otro general octogenario, quién habría podido cambiar ligeramente el curso de la historia con su presencia, quién habría terminado en alguna mazmorra o en el exilio y, de paso, borrado o ninguneado por la historia oficial. ¿Qué habría sido de esos tipos que no parecían fáciles de doblegar? Frank País, José Antonio.

Tampoco me interesa demasiado ya. Pero en una época sí me interesaron. Recuerdo aquellas exámenes de Historia que comenzaron en quinto o sexto grado y que luego se repitieron en cada enseñanza y que fueron siempre el mismo, idéntico, impertérrito examen, con las mismas preguntas y los mismos objetivos principales.

Habría que volver a repasar aquellos libros de texto. Después de 1959, la historia proseguía con cierto empuje. Venían las nacionalizaciones, venía la Coubre, venía Girón y el carácter socialista de la Revolución, venía la Crisis de Octubre, venía la lucha contra bandidos, y luego el libro de texto se acercaba peligrosamente a su fin, el tiempo histórico comenzaba sutilmente a desaparecer. Había algunas imágenes de obreros felices construyendo algún edificio de microbrigada, de niños eufóricos en sus pupitres de escuela, de maestros y médicos entregados a la construcción del porvenir luminoso de la Patria, algo tal vez sobre la constitución de 1976, y para de contar.

Nos examinábamos desde el no-tiempo, que era algo que agradecíamos, por supuesto. Mientras menos historia, mejor. Yo no sé qué nos íbamos a hacer si hubiéramos nacido en Francia o en China, o si la enseñanza no se hubiera centrado en lo que se decidió llamar “la línea única e indestructible del devenir histórico de la nación”, que es un manual de estudios que aparta la paja del grano, y que va directo a los asuntos que al poder le conviene, la historia como una flecha recta y teleológica. Esto es así porque siempre hubo de ser así, y porque nunca pudo ser de otra manera.

Pienso en esos exámenes y en cómo sabíamos de antemano qué nos iban a preguntar y qué no, y eso condicionaba y definía nuestro interés y nuestro conocimiento. Nadie en su sano juicio se iba a poner a estudiar minucias con la Sierra Maestra a la vista del semestre. Y de todo eso, al final, también se armó un saber.

En Archivo, la última novela de Jorge Enrique Lage, hay un pasaje muy poderoso. Un preso, “el ser vivo mejor alimentado de Cuba,” reside en el corredor de la muerte. Cada día le preguntan qué quiere comer, cada día el preso pide los mejores manjares, cada día le conceden al preso sus deseos y cada día, sin embargo, el preso piensa que lo van a ejecutar. “Yo sé que nadie creería que me están torturando, más bien todo lo contrario. Pero mírame. Tanta comida y ni siquiera engordo,” dice el preso. “Mañana seguro es el día. Mañana”.

No hay que ver la comida como comida, que es algo que en Cuba nunca ha habido mucho. Hay que verla como lo único que, en algún momento, nos ha sobrado. Fidel Castro practicó con los cubanos la más refinada de las torturas. Se alfabetizó el país y se profesionalizó, se elevaron los estándares educacionales y luego, de manera perversa, nos prohibieron usar ese conocimiento, que se ha fermentado en nuestras cabezas sin que, hasta hoy, el día de mañana haya llegado.