Michael H. Miranda: Olimpia Heights

Una semana ya en Olimpia.

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Un anuncio en internet vende t-shirts de Marcel Proust. Pienso en comprar uno. También ofertan tazas, valen lo mismo que un t-shirt. Pero no me decido.

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Las cosas han llegado a cierta temperatura.

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Escucho a mi madre decirle a mi tía cosas de mí, por el estilo de “a Michael le fascina el jugo de mango”. Y yo, que sé que no es verdad pues sé que hace meses no compro jugo de mango, no dejo de preguntarme de quién habla mi madre.

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Yo no he idealizado otra terra ignota que no sea Rusia. Gracias, literatura.

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Estamos en la casa de Arthur, esposo de una de mis primas. Arthur es español, canario. Recién llegado yo a Estados Unidos en 2008, me confesó que era franquista, que siempre ha tenido claro que los rojos destruirían España y que la destruirán. Hace años de aquella conversación y todavía la recuerdo. Le respondí algo así como “qué bien” y me di yo mismo la bienvenida a la libertad. En ese momento pensé que de eso se trataba el exilio, de ser libres y pensar y decir cosas así sin que nadie te venga con discursitos morales.

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Allí, en la reunión, me encuentro con el primo gordo. Ya no recuerdo de qué hablamos. Pero le digo que si se pone una banda en la cabeza, sería el doble de David Foster Wallace. Me dice que no sabe quién es David Foster Wallace. Le digo que alguien que lee a Alinsky mejor que no lea a David Foster Wallace.

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En Olimpia, hablar habanero y decir “dale” a todos, todo el tiempo.

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¿Bernanos? ¿Malaparte? ¿O’Neill? ¿Hamsun? ¿Pirandello? ¿Levi? ¿Blandiana?

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Los domingos eran los días de fútbol y esperar su llamada.

Tenía una condena de cadena perpetua y desde que entró a la cárcel se había convertido en un lector voraz. Había conseguido mi número de teléfono y me llamaba todos los domingos sobre las cinco de la tarde para comentarme el libro que se había leído en la semana.

Lecturas, ejercicios, supongo que sexo. Así se le iban los días.

Me hablaba de que estaba escribiendo sus memorias de la cárcel, que a veces le salía escribir en español, pero la mayoría de las veces escribía en inglés. Jail Cell se llamaba el macuto que ya sobrepasaba, según él, las mil páginas.

Un día recibí una carta suya, que anunciaba su muerte y la quema del macuto.

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A un hospital de Santa Clara llegaban niños de ocho años con enfermedades venéreas. Lo que sucedía era que los niños tenían sexo con animales que antes habían sido infectados por hombres adultos con gonorrea o sífilis y los niños adquirían la enfermedad.

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En Olimpia, la galería de seres aborrecibles solo conoce las palabras reproducción, espejo, abundancia, audio, incremento…

Mi rechazo es por selección y elección.

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[De un mensaje de Martha] Cuál sería la foto total de Cuba, me he preguntado más de una vez en estos días. El joven aburrido que en la esquina de su calle pasa horas mirando al vacío. La puerta entrejunta que deja ver la tristeza de un hogar con muebles desvencijados y un noticiero de televisión que nadie atiende. El niño que corre descalzo por la calle como si eso fuera la libertad. El anciano de ojos vidriosos que pide al menos veinte centavos para beber un refresco. La banda sonora del reguetón que acompaña cada paso y explota tus sentidos. El hedor que llega y no encuentras de dónde viene. La caricatura patética que se ha adueñado de tantas paredes deslavadas con la frase yo soy el innombrable. Los rostros sudados y los cuerpos apretados por esos tejidos de nylon que demarcan la figura. El cubano que regresa para cumplir el trastocado sueño americano y viene a la tierra de los ciegos como el tuerto rey. Mis padres sin mecerse en sus balances dejando que las horas pasen y hagan el milagro de la rutina: las pastillas, las gotas, un té, el insomnio. Mis hijos atónitos ante todo lo que no pueden entender. Yo, perpleja y confundida, con la pupila irritada por la arena que el desierto va dejando en mis ojos.

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Hacia la costa, Olimpia crece en sentido vertical. Abundan torres. Pero tierra adentro, está creciendo endógenamente, hacia su interior, se está tugurizando. Todo lo que tiene que ver con Cuba acaba siendo endógeno. No es posible encontrar paisaje menos atractivo que estos viejos vecindarios, con sus casas clamando por una fumigación, no ya reconstrucción. Eso, lo precario. El sentido total de un estatus.

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Exhausto de ver casas sin un solo libro. Sin música cuya fecha de expiración no sea la noche de anoche.

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Fui un lector que disfrutó a mares ese modo de Cortázar de narrar como una catarata. Pero ahora, quién puede desligarlo de tanta doblez y miseria intelectual setentera. Era apenas un avance de la danza de los reyes hipócritas que estamos viendo hoy.

Leyendo en la nueva edición de Alfaguara de Los autonautas su relatoría del viaje, su descripción de las comidas y bebidas, su periplo distendido. Dunlop moriría al año siguiente, Cortázar dos años después.

Hay menciones a la guerra en las Malvinas en este libro. Por lo que llevo leído y hojeado, nada de Cuba. Y sin embargo este hombre, toda genuflexión ante los sátrapas del Caribe, callaba o se desentendía de la singular tragedia de los cubanos, que no han podido aún sacudirse de encima a los Castro.

Los derechos de autor de este libro fueron donados “al pueblo de Nicaragua”. ¿Hubieras preguntado alguna vez, Julio, qué hicieron con ese dinero?

Qué historia esa del SIDA de ambos. Dice Peri Rossi que Cortázar lo contrajo por una transfusión y se lo contagió a ella.

Y contagiaste a Norma mientras Sonia dormía en una camilla en aquel motelucho del trayecto. Te fuiste a una habitación con Norma, que leía una revista, y afuera te esperaba Fafner. Tú que no solías prodigar escenas de sexo, te soltaste en esta. No tuviste los huevos para poner a Sonia el nombre de Carol.

¿Sabes quién en realidad te mató, Julio? Te mató Retamar y te mató Haydée. Te comió la vida tu admirado Fidel Castro. Y te mataron Arenas y Carlos Victoria y Guillermo Rosales y Eddy Campa. Los cubanos a los que despreciaste te mataron. Y los nicas también te mataron. Arenas te inoculó el virus ex post facto.

Ese fue tu SIDA verdadero. El SIDA es así.