Ladislao Aguado: Hardwired… To Self-Destruct

Vamos a través de un paisaje interminable de árboles y lagunas artificiales, en las que no falta el chorro solitario de los géiseres. N y yo viajamos en un Ford F-150, de 2013. La idea es alcanzar Gainesville y sumarnos a la cuadrilla de desbroce que organiza un primo de N. Él viene cada fin de semana. Lleva meses acarreando la madera muerta que dejó a su paso el huracán Matthew. Un trabajo duro, sin dudas. Tan duro, que, a pesar de los guantes, no sé cuánto tiempo voy a aguantar el peso de la sierra de gasolina. Dice N que como se me escape, me puede llevar un pie, un brazo o trocearme la barriga. Me lo explica como si hablara de un animal a punto de ser descuartizado.

N está por cumplir, en dos días, 48 años. En el reproductor de la camioneta va sonando Hardwired… To Self-Destruct, el  último disco de Metallica. También, el regalo de cumpleaños de H, su esposa. Como James Hetfield en su día, la familia de N asiste a la Christian Science Church y esa leve coincidencia, tal vez, hace más cercana su devoción por la banda de thrash metal.

Comenta N, que la mayoría de la gente no entiende las canciones de Metallica. Muchos piensan que hablan de temas abstractos, como Dios, los elegidos, la muerte o el destino. Pero no llegan a comprender que se trata simplemente de alegorías. Si escuchas las canciones de Metallica como si leyeras un libro de poemas, estarás leyendo un libro de Salmos.

Uno de los mejores recuerdos de su vida es un viaje a San Diego, en 1992, para asistir a un concierto de la banda. Abrieron con «Enter Sandman» y pareció —asegura— que toda la energía del mundo estaba atrapada esa noche allí.

Gainesville es una pequeña ciudad lejos del mar, rodeada de granjas, que vive del orgullo de acoger en este paraje de silencio la Universidad de la Florida, la tercera más grande del sistema universitario de los Estados Unidos. Sin embargo, Wikipedia se atreve a comentar al respecto: «una de las ciudades más pobres con una gran universidad pública».

Al mismo tiempo, Gainesville goza de cierta fama por la diversidad de árboles de hoja caduca que mudan de color —suceso extraño en medio del verde eterno de la península— hacia finales de noviembre. Los mismos árboles que Matthew hizo pedazos y que, desde su paso en septiembre último, hacen que N venga acá cada fin de semana.

En algún momento del viaje, mientras se escucha «Moth Into Flame», le pregunto por qué cree que la gente  votó por Donald Trump. La pregunta cruza el aire hasta después de la confianza que este hombre parece haberme concedido. Mira hacia delante, hacia el largo hilo de árboles que guarda la carretera y luego me mira. A este país le hace falta otra voluntad, me dice. Algo que se ha perdido y que, aunque lo pueda creer o no, los demócratas han ayudado a que se pierda.

¿Cómo qué?, le pregunto.

N no consigue precisarlo y yo no insisto. Pero entiendo que sus sentimientos o decisiones tienen mucho que ver con esa nostalgia que cruza el lema de campaña de Trump, pero sobre todo, con el eslogan que cuelga a lo largo de la fachada de una compañía de alquiler de maquinaria para la construcción, que hace un momento dejamos atrás: «Build America Great Again».

¿No crees que ahora puedan dispararse las tensiones? ¿Más! —responde—. Imposible.

Él piensa que cuando hablamos de Metallica, yo me dejo llevar por la música y en tanto, no consigo leer el mensaje de las canciones: «You’re falling, but you think you’re flying high». Todo queda resumido en esa frase. Eso es lo que nos ha pasado como país. Y agrega: «When darkness falls/ May it be/ That we should see the light».

Llevo días escuchando Hardwired… To Self-Destruct y pienso que sí, que tal vez N tiene razón en cuanto al tono exaltado, como el de un predicador, que guardan las letras de este disco. Pero lo mismo sucede  con la mayoría de canciones de la banda, casi todas firmadas por James Hetfield. De ahí, tal vez, su ilusión de profecías o advertencias lanzadas desde un púlpito.

Ahora, no quisiera leer el disco a través de esa imagen de catástrofe revelada que N le coloca. ¿Acaso los que votaron a Hillary Clinton son americanos diferentes? ¿O no les gusta Metallica?

Son otros americanos, me responde.

¿Por qué?

Muchos no sienten la misma preocupación, o no entienden, digamos, la necesidad de ponerle freno a demasiadas cosas.

¿A cuáles?

N protesta. No quiere hablar mal de nadie, ni mencionar nada más.

Lo nuestro es dejar el campo limpio. Y eso vamos a hacer.