Fabricio González Neira: La válvula cerrada

Aunque todos realizamos a diario predicciones por lo general equivocadas, son pocos los que tienen la posibilidad de ver las suyas impresas en un libro para que les recuerden lo errados que estuvieron un día. Yo he disfrutado de este “privilegio” por cortesía de Marc Cooper, un periodista norteamericano a quien conocí en La Habana en 1991. Unos amigos y yo conversamos en varias ocasiones con él y terminamos por aparecer en un artículo titulado “Roll Over, Che Guevara”, publicado en Village Voice en julio del 91, que luego le daría título a una recopilación de su trabajo que apareció en 1994.

Hace unos meses encontré el libro y leí el artículo por primera vez. Con dieciséis y diecisiete años, entonces no se nos podía describir como disidentes, pero sí como entusiastas reformistas. Con el fervor y la ingenuidad de la adolescencia, le aseguramos a Cooper que si la Revolución pretendía continuar, tendría que abrirse, democratizarse, aprender a escuchar a los más jóvenes…

Nada de eso sucedió. Claro que sí cambiaron cosas: por ejemplo, la tozudez y la cortedad de miras del gobierno aseguró que se fuera creando una distancia cada vez mayor entre el discurso oficial y la realidad que vivían a diario los cubanos, o que el desarrollo económico alcanzado hasta el 90 —fuera poco o mucho— se desmoronara hasta llegar a las ruinas que tenemos hoy. Pero ni el régimen otorgó espacios a otras propuestas de concebir la realidad cubana ni su control sobre el país se vio afectado, o al menos no en lo esencial. Sin embargo, lo habitual a esa edad es equivocarse, y entonces tampoco había leído a Borges, quien en “Sobre los clásicos” afirma con resignada ironía que “… nada sabemos del porvenir, salvo que diferirá del presente”.

Lo que me ha hecho recordar ahora ese episodio juvenil de pitonisa fallida son las reacciones de oficialistas y opositores al decreto del presidente Barack Obama que eliminó la política “pies secos / pies mojados” el pasado doce de enero. Esta política, establecida en 1999, permitía obtener un permiso de residencia legal a los cubanos que pisaran tierra estadounidense, mientras que aquellos interceptados en alta mar eran devueltos a Cuba. Su desaparición ha provocado que ambos lados en la isla celebraran el cambio como algo positivo. No obstante, la diferencia entre los objetivos finales de unos y otros nos obliga a suponer que alguno de los dos bandos debe estarse equivocando considerablemente a la hora de valorar las consecuencias de esta decisión.

La discreta celebración del gobierno evidenció la alegría autocomplaciente que experimenta una persona a la que por fin le reconocen que tiene razón en lo que ha venido reclamando. Es un paso más de avance en el proceso de normalización de las relaciones entre los dos países, y en Cuba desde el gobierno dan la impresión de querer tener lo más adelantado posible ese asunto para cuando Raúl Castro abandone la presidencia en 2018. Frena, además, la estampida migratoria que se había desatado en la isla tras el anuncio de diciembre de 2014 y que en 2016 llevó hasta territorio estadounidense, según datos publicados recientemente por el Pew Research Center, a 56 406 cubanos.

No es que esta medida vaya a parar en seco la emigración, pero sí va a mitigar el espectáculo de desafección que daba ver a semejante cantidad de personas abandonando en masa un país que no sufre una guerra civil. Claro que cabría preguntarse si en realidad le resulta conveniente al gobierno que se les dificulte la salida a tantas personas decididas a votar con los pies ante la imposibilidad de efectuar cualquier tipo de cambio en las urnas.

A eso los opositores responden que no.

Durante años se han referido a la emigración ilegal hacia EE.UU. como una válvula que permitía que escapase la presión acumulada producto de la insatisfacción que provocan las condiciones de vida en la isla. Cerrada esa vía, suponen que los cubanos volverán la vista hacia dentro y tratarán de cambiar su realidad reclamando los derechos que ha conculcado el régimen. Que tal estallido social no se haya producido antes no los detiene y afirman, como mis amigos y yo en el 91, que “ahora es distinto”. Al parecer, esperan que, al bloquearse la salida individual, los cubanos redescubran los encantos de la acción colectiva y se unan para enfrentarse al gobierno. No lo dicen, pero acaso hasta abrigan la esperanza de que, cuando suceda, les presten atención —¡por fin!— a las organizaciones opositoras que ya existen. En qué consistiría esa acción, cuál sería la respuesta del gobierno y cuáles las consecuencias para los involucrados, no nos lo dicen y no parece preocuparles.

Lo que resulta curioso es que un número importante de líderes de la oposición haya decidido expresar su apoyo a una medida que el cubano medio considera nociva para sus intereses. Antes de esto, ninguno de ellos tenía grandes posibilidades de ganar un concurso de popularidad en un país donde muchas personas reniegan a diario del gobierno; cuesta imaginar que la mayoría de los que se enteren de estas declaraciones vayan a considerarlos ahora con más simpatía tras ver cómo se alinean con el periódico Granma, aunque sus razones sean otras.

La realidad es que nadie sabe si la decisión de anular esta política será para bien o no, o para bien de quién. Esta aparente concesión de la administración Obama al gobierno de Raúl Castro podría esconder la intención de dejarle al régimen cubano lo que esperan sea un regalo envenenado. De manera similar parecen interpretarlo los opositores.

Por su parte, el gobierno en la isla parece creer que podrá lidiar con cualquier consecuencia negativa que se desprenda de lo que presentan como un logro. Y si bien ha sido así hasta el momento, en realidad el pasado no es garantía de nada y solo con reservas puede tomarlo uno como indicador para prever el futuro.

Una de las dificultades para valorar cuál puede ser el impacto de esta medida es el hecho de que a todas las partes —yo incluido— les afecta por igual el sesgo de la ideología, que les dificulta el acto de evaluar lo que está sucediendo porque los lleva a privilegiar los hechos y relatos que mejor se ajustan a sus preferencias. La dificultad principal de este sesgo es que, incluso si uno concede que lo posee, rara vez acepta hasta qué punto puede colorear su percepción de la realidad.

Un ejemplo de lo anterior es precisamente la idea de que el gobierno cubano ha sabido emplear con éxito el flujo migratorio hacia EE.UU. para evitar un estallido social, que es uno de esos relatos que repiten con fruición periodistas, opositores y, acaso sotto voce, miembros de la oficialidad.

El propio gobierno, durante mucho tiempo, colaboró con esta verdad parcial al calificar como “apátridas” a quienes emigraban, sugiriendo con ello que, quien lo hacía, debía ser considerado un oponente político y que el acto en sí constituía una forma de traición. La eficacia de este relato descansa en que es parcialmente cierto. No obstante, también esconde, bajo la ilusión de explicar los hechos, la multitud de razones que impulsan a las personas a dar semejante paso.

Hay quien se marcha de Cuba porque sabe que no iba a tolerar por mucho más tiempo las circunstancias que impone el gobierno y encuentra en la emigración una salida menos incómoda que tratar de cambiar la realidad de la isla. Luego está quien afirma lo mismo, pero lo hace porque piensa que eso es lo que debe decir o es lo que quieren oír quienes lo rodean; o incorpora este discurso tras instalarse en su nuevo entorno y entonces reorganiza sus recuerdos de tal forma que llega a creer que siempre pensó de esa manera.

Está quien se marcha porque se le presenta la oportunidad inesperadamente y la aprovecha sin detenerse a pensarlo y, en ocasiones, sin haberlo siquiera considerado antes como una posibilidad. Está quien, ante el espectáculo de sus coetáneos yéndose, mimetiza ese comportamiento por instinto, aunque lo esconda, incluso de sí mismo, tras racionalizaciones creadas ad hoc. Está quien su familia cercana está a punto de irse o ya lo hizo y no desea quedarse solo.

Todas esas personas pueden tener armado un discurso que explique en los términos más coherentes posibles su decisión, pero encuentro que lo más prudente es considerarlo con escepticismo. Sufrimos el impulso de adscribirles móviles simples y racionales a las acciones propias y a las de otros porque nos facilita la labor de otorgarle sentido a lo que observamos, pero en ocasiones creo que deberíamos resistirnos a ello.

Hay, por supuesto, una base de insatisfacción, como en todo proceso migratorio en cualquier lugar del mundo. Nadie se va de donde se encuentra a gusto. Pero me parece aventurado deducir de tal premisa que todas esas personas, o una mayoría de ellas, de haber permanecido en Cuba, habrían terminado enfrentándose al gobierno.

Se me ocurren dos motivos que pueden explicar ese salto lógico, aunque seguro hay otros. Primero, es más fácil proponer una respuesta simple a un problema complejo y reacomodar luego los hechos, privilegiando los que parecen confirmar nuestra creencia y apartando los que la contradicen, que hacer el esfuerzo de considerar a fondo una situación; esto es algo que hacemos a diario sin que seamos conscientes de ello. Segundo, no tenemos ni el tiempo ni los medios para recopilar toda la información necesaria para exponer las razones que han impulsado a emigrar durante décadas a cientos de miles de personas; menos si consideramos que la primera respuesta que podríamos obtener al interrogar a alguien no tendría por qué ser necesariamente la verdadera. Ante esa imposibilidad siempre va a resultar más económico aceptar un relato que se ajuste parcialmente a los hechos que afrontar el coste de intentar una descripción más precisa de la realidad.

La dificultad para acceder a una información completa y fiable es otro obstáculo para poder evaluar las consecuencias de esta medida ya que desconocemos la mayoría de los datos que nos permitirían realizar una predicción válida. Les falta información a los gobiernos implicados y todavía más a los opositores —que sufren la opacidad del régimen como cualquier cubano de a pie— y al resto de nosotros. Sin embargo, como explica Daniel Kahneman en Pensar rápido, pensar despacio, sucumbimos a la ilusión de asumir que la información disponible, por limitada que sea, es todo lo que necesitamos para inferir la respuesta correcta a un problema.

La realidad, sin embargo, es que la información que nuestra memoria no recupera, siquiera de forma inconsciente, no existe. Nuestro cerebro destaca por construir la mejor historia posible incorporando las ideas activadas en ese momento, pero no tiene en cuenta —no puede tener en cuenta— la información que no posee. De hecho, aclara Kahneman, a menudo nos encontramos con que saber poco facilita encajar todo lo que conocemos en un diseño coherente. Así, terminamos por aceptar acríticamente la idea de la válvula de escape cerrada y el consiguiente aumento de la presión social cuando ese es solo uno de los escenarios posibles, y se nos oculta el hecho de que nuestra incapacidad para considerar otros descansa en que ignoramos los datos que podrían llevarnos a proponer otras posibilidades.

Claro que ese futuro estallido social es un escenario verosímil, pero sospecho que peca de simplista y que, más que responder a la realidad, parece hacerlo a las expectativas de quienes lo proponen. Primero, ignora que EE.UU. no es el único destino al que emigran los cubanos. Se habrá detenido la estampida, pero no el goteo. Segundo, olvida que, aunque la situación de nuestros emigrantes en ese país era excepcional, en otros países miles de cubanos vivieron y viven la experiencia de la ilegalidad sin que los afecte en demasía; nada impide que quienes se marchen en un futuro terminen adaptándose al nuevo estado de cosas en Norteamérica. Tercero, interpretan las consecuencias de esta nueva situación de una manera demasiado lineal, algo que rara vez se corresponde con la evolución de los fenómenos sociales.

La nueva realidad forzará un reajuste por parte de todos los implicados, pero eso no obliga por necesidad a que los cubanos decidan de súbito que la única salida es luchar por el retorno de la democracia a su país, y que semejante propósito amerita soportar las incomodidades implícitas en el acto de oponerse frontalmente al gobierno. Eso sería desconocer la capacidad de las personas para evitar la toma de decisiones difíciles en las que, en este caso, una mayoría parece no creer.

Esa interpretación también olvida otras cosas: el hecho de que cincuenta y ocho años de gobierno autoritario han traído como consecuencia que un por ciento importante de cubanos desconfíe de cualquier propuesta de solución colectiva por oposición a la individual, a lo que habría que sumar la duda generalizada en la efectividad de cualquier proceso cívico; que esos mismos años y la retórica oficialista han provocado que la idea de sacrificarse hoy por un futuro mejor para todos resulte considerablemente impopular, y también se tiende a olvidar que el descontento que pueda existir en La Habana no se traslada por necesidad a las provincias, en apariencia mucho más oficialistas y conservadoras. No basta con la capital para provocar un cambio político de la envergadura al que aspiran los entusiastas del aumento de la presión social.

El tiempo dirá qué lado se equivocó más al evaluar las consecuencias de esta decisión. Es poco probable que veamos algún tipo de cambio a corto plazo. Aquí en El Vedado, en la madrugada del doce para el trece, el primer día de este nuevo orden, me desperté un instante sobre las cuatro de la mañana. En la distancia, a esa hora, acompañados por un saxofón, podía oírse una docena de voces que cantaban a coro con euforia etílica: “Ay, no hay que llorar / que la vida es un carnaval / y las penas se van cantando…”.

Y mientras trataba de volver a dormirme, no pude evitar sentir que a lo mejor se nos va a ir la vida esperando a que Cuba coja presión suficiente para que cambie algo.