Ernesto Hernández Busto: Citas (Nueva York)

“Prefiero al mejor de los refugios las puertas de cualquier refugio”.

Antonio Porchia

I.

Como no soy poeta, uno profesional, quiero decir, a menudo un poema me resulta la manera más precisa de tomar apuntes: de resumir la densidad de un acontecimiento o textura emocional, derivada de circunstancias o percepciones que se juntan por afinidad formal, estructural. Una estética “concreta”, pero que suele funcionar mejor para la reconstrucción poética de la experiencia que para vestir de ficción los recuerdos.

Quise escribir este poema, pero no salió bien; necesitaba cierta lógica de ficción para empatar las dos imágenes que tengo de ella: primera y última cita. En una cafetería de Cobble Hill, en Brooklyn, un barrio hipster que solía visitar hace algún tiempo, siempre con los sentidos alerta (en parte por el frío, y en parte porque la novia de turno me mantenía en un estado de exasperación permanente). Aquel lugar era mi pausa-refugio diaria de camino al metro; y en lo que yo llegaba y pedía, casi al borde del desmayo, mi latte with a double expresso shot (la novia, como tantas brooklinitas, era una fundamentalista del té verde y la leche de soya), solía entretenerme escuchando conversaciones ajenas o concertaba citas con gente que iba conociendo en aquella ciudad.

Era cubana, nos habíamos visto (amiga de un amigo) en la salida de un cine, donde pasaban Le notti de Cabiria. Por cortesía, recuerdo, le pregunté si le había gustado. Pero no respondió; hizo una mueca. Y eso me llamó la atención. Me sedujo con aquella mueca, digamos. Tampoco yo podría decir que esa película me gusta, como me gustan casi todas las de Fellini. Es raro, ni siquiera la considero una película, una obra, un artificio, algo hecho por y para alguien. Sí sé que se trata de “algo” muy importante en mi vida, como si otra vida posible pudiera injertarse provisionalmente en la realidad, o como si por una extraña alquimia se condensaran en esas dos horas el saber y la magia terrible de muchas vidas que solo tendremos el derecho de conocer en pantalla, bajo el consuelo pasajero del “arte”.

Así que le dije que la entendía, hice algún chiste y nos estuvimos escribiendo y citando en aquel café, y me contó cómo había sabido que Giulietta Masina y Fellini perdieron un hijo al comienzo de su larga relación, y que nunca pudieron volver a ser padres; algo de esa tristeza definitiva está en Le notti…, en la dramática desarticulación sentimental de Cabiria, ese Job femenino, marioneta de un destino tragicómico que nunca acabaremos de entender plenamente. Una especie de torpeza inseparable de la bondad. El egoísmo del Bien. Una sombra.

Eso era también ella: una sombra que regresaba a aquel café de Brooklyn. Ahora me escribe a veces desde La Habana, donde ejerce, como yo le digo, su inteligencia disfuncional, y donde hoy hemos vuelto a quedar, porque es aquí que leo su último mensaje, ya como quien escucha una conversación ajena:

“Estoy practicando cualquier tipo de poquedad. Con destreza, en causas. Aún no caigo, no lo haré, en el gesto de lavar las jabitas de nylon para volver a ser usadas. Estoy en la intermedia: no las boto pero no las reciclo. Una vez usadas las irreparables para forrar el cubo de la basura. Hay quien lava bien las del yogur de soya, que son más fuertes, para envolver los posibles subproductos y al congelador. Eso tampoco lo haré. Mi ex novio español recordaba que mi madre las atesoraba en los 90 debajo del colchón. Crujían. Aplanadas en la dignidad del orden. Mi madre, Doctora en Ciencias Químico Físicas. Y eran únicamente suyas: había que ir a pedírselas a su cuarto. La Isla de Ja(v)a. Siempre una jabita en la cartera. No se sabe dónde en la calle te sorprenda la Barataria y la ocasión. Ya figuran en las tablillas de las cafeterías aún estatales: entre el pan con croqueta y el condón: Jabas de Nylon: $ 1.00. Hasta tiene una bonita sonoridad una vez leído, y escrito, hasta elegante. Un amigo, contemplativo desde su sillón me decía: ¿qué trae la gente en las jabas? Todo el mundo tiene una jabita. ¿Qué traen dentro? ¿Qué llevan? ¿Qué llevarán? Desde una muda de ropa hasta boniato. La tapa de la olla de presión rota. Un par de tenis. Panes de la cuota. Un pedazo de queso del Ten Cent. El pantalón a la costurera para cogerle los bajos. Del mismísimo Tao, esta frase bodeguera: hay que traer el vacío para garantizar el lleno. Una vez le envíe a O. un koan por sms: ¿Qué cabe en una jabita de nylon?. Tuve una buena respuesta. Mi hermana las estiraba hasta el delirio y hacía hilo dental. Aguantan. El otro día tuve rotura en la cocina y sirvió de sustituto del teflón, ‘entizada’ con varias vueltas a la rosca ya defectuosa. Otra de la impresionante y siemprefiel islita que te añora son los Cigarros Sueltos. Es un buen título para un poemario, creo. Ya pocas cosas valen menos de un peso cubano. También rótulo en cafeterías aún estatales. A 0.35 centavos c/u. Marca: Criollos. Ya los Populares moneda nacional están en plena decadencia. Infumables esos y los Titanes  —sobrenombrados ‘rompepecho’. La guagua son 0.40; pero en nociones de precios, los centavos están en extinción, y casi todo el mundo abona el peso íntegro. Y hay quien se lo da al chofer directamente antes de dejarlo caer en la alcancía. El chofe, con un extra de salario en caridad de pueblo. Bueno, ahí te dejo mi disgregación crónica. Te extraño pero soy fuerte. Resuelvo. A alta resolución. A lo samurái. Convertir desventaja en ventaja”.

II.


Cruza el umbral ventoso con un gesto de pudor. Sus dedos finos reteniendo el escote, y la otra mano, la izquierda, entretenida con un chal rebelde a la altura de la cadera. Una Afrodita negra que emerge del frío, entre cortinas y edecanes, con un llamativo juego de aretes dorados y collar de aro múltiple.

Se disculpa por la tardanza, pero ha visto mi expresión de arrobo y sabe que estoy dispuesto a perdonar. Las anteriores citas pospuestas y esta media hora de retraso le otorgan a la noche un significado especial: si ha aceptado venir a cenar es porque decidió algo, y es desde el carácter impreciso de ese algo que todo parece posible.

Esta cita comienza hace dos meses, en un bar de Midtown. Sonrisas, frases de ocasión, direcciones de email. Solo yo me lo he tomado en serio. He insistido, paciente. Con el aplomo de un donjuán entrenado y los astutos rodeos —“ya sé, no es forma de conocer a alguien”, “entiendo tu desconfianza, pero…”—, con que perseguimos una belleza esquiva. Bajo la suavidad de esos preludios, algo despiadado y ausente: ese cosquilleo del coleccionista de pieles.

En eso pienso mientras nos traen la carta y fluye poco a poco la conversación, canje de curiosidades. Al rato, parecemos amigos, un poco desconcertados ante la cómoda armonía que se va imponiendo. O a lo mejor eso queremos creer, entre velas, vinos, sonrisas. De posibles parejas no hablamos: un pacto tácito. Easy talk. Listas de preferencias. Viajes. Anécdotas de Harlem, historias del hermano que vive en un pueblito perdido de Japón, casado con una japonesa. (El único negro en muchos ri a la redonda, cantando en un lujoso hotel su repertorio inagotable, desde spirituals hasta Michael Jackson, según la temporada.) Doce años sin volver a América. Lo extraña, dice, siente que ahora lo necesita cerca.

Conversamos con cautela, sin demasiados detalles ni digresiones, para no aburrirnos con nuestras respectivas historias. Trato de encajarla en mi tabla mendeleviana de tipos femeninos: mujer independiente, pasada la treintena, sin hijos, una familia unida, muchas horas dedicadas a un trabajo de oficina, clases de baile dos veces por semana. Y una difusa religiosidad, cierta veta espiritual, algo intenso en cualquier tema que toca.

Ya en la confianza de los postres, indago:

—¿Cómo te ves de aquí a tres años? 

Me regala entonces una sonrisa más amplia que las anteriores, mientras veo en sus ojos, por un segundo, la sombra de la duda, un levísimo titubeo.

—Viva, con suerte.

Y entonces me cuenta. Que hace ocho meses le detectaron el cáncer. Avanzado. Que el médico le mandó un tratamiento del que solo ha cumplido la primera fase. Que no cree en esos métodos de cura y prefiere morir tranquila en el plazo previsto, lejos de la quimio, arropada en el cariño inocente de dos pequeños sobrinos.

Se da cuenta de mi confusión, de mi aturdimiento. Intenta cambiar de tema y toma el atajo más fácil: me devuelve la interrogante, pregunta cómo me veo yo dentro de esos tres años. No sé qué responder. Disimulo. Balbuceo frases de compromiso. De pronto, me siento estúpido y superficial.

Su confesión acaba de anular mis planes, cualquier astucia sería demasiado frívola; cualquier chiste estaría fuera de lugar. Ella, en cambio, parece aliviada y se muestra insinuante, abierta a lo que surja. De pronto, todo ha quedado claro. Pero yo parezco estar en otra parte. Pido algo más fuerte. Pago la cuenta. Corto posibles maneras de salvar la conversación. Me refugio en un silencio alcohólico, ese estupor abotargado que los bebedores rusos llaman “la espera del ángel”. Hasta que llega el taxi y la despido con un beso en la mejilla helada.