Ahmel Echevarría: Un desierto de tedio, un oasis de horror

Neruda (Chile, Pablo Larraín, 2016) y El ciudadano ilustre (Argentina, Gastón Duprat y Mariano Cohn, 2016): dos filmes de la cartelera del pasado Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana. Dos películas en competencia con guiones diabólicamente bien urdidos, hermosa fotografía, actuaciones impecables. No porque lo diga yo, que lo digo.

En ambos largometrajes la literatura parecía ser lo más importante. Pero Neruda no es exactamente un biopic sobre el poeta chileno. El fragmento de vida condensado allí está contaminado con una singular trama policíaca; es un romántico juego de gato y ratón, cínico además, y descabellado. En El ciudadano ilustre, el protagonista es un escritor galardonado con el Premio Nobel. Consciente de que a la literatura solo le debe importar la ardua reflexión, el trabajo con el lenguaje, los personajes y las historias, continuamente rechaza invitaciones. Sin embargo, decide aceptar la que le envían las autoridades de su pueblo natal, interesadas en honrarlo con el título de Ciudadano Ilustre. Como bien se sabe, pueblo chiquito equivale a infierno grande.

Ambas películas devienen galerías donde las miserias humanas y maquinaciones de diversa índole se entreveran en el delirio, el desenfreno y las obsesiones —literatura, sexo, empoderamiento, dominación—. Tras rememorar las actuaciones, advertí que ningún personaje se explayaba en peroratas existenciales, políticas, filosóficas… Tampoco se explicaban desencantos, derrotas. Terreno infértil para cualquier didactismo, en ambos filmes se alternaban silencios: esas zonas donde el espectador debe ponerse en órbita con el director y el guionista para existir de manera activa en la oscura sala del cine.

Mis cábalas indicaban que el ganador del premio Coral al mejor filme debía ser Neruda o El ciudadano ilustre. Pero mis pronósticos fallaron. El Coral al Mejor Largometraje de Ficción fue otorgado a Desierto (México, Jonás Cuarón, 2016). Por si fuera poco, en esa categoría el Premio Especial del Jurado se lo concedieron a Últimos días en La Habana (Cuba, Fernando Pérez, 2016).

Desierto es un thriller sobre la odisea del emigrante latinoamericano en el páramo extendido entre los Estados Unidos Mexicanos y los Estados Unidos de América. Últimos días en La Habana es un drama sobre la odisea de vivir en Cuba, cuna y losa de potenciales emigrantes (i)legales, dispuestos a casi todo con tal de cubrir las millas de páramo marítimo o terrestre entre las Provincias Unidas de Cuba y los Estados Unidos de América.

Ante el veredicto del jurado, me di entonces a la tarea de pensar tal como aconsejaba Cortázar —Julio, no Octavio—; es decir, situarme y confrontarme antes de permitir el paso de la más pequeña oración principal o subordinada. En la soledad de mi cuarto di rienda suelta a la elucubración. Pensé en conspiraciones, en tramas propias de la literatura del absurdo. Supuse que el fallo del jurado debía ser entendido como una suerte de ardid, pura educación sentimental, una clase magistral del uso de la elipsis: ¿Premiaban juntas Desierto y Últimos días en La Habana como queriendo premiar otros filmes?

El aval de El ciudadano ilustre y Neruda no era despreciable, tampoco baladí la apuesta artística. Por lo tanto, deduje que la estrategia del jurado se basaba en “premiar la ausencia”, esto es: galardonar, entregándole el premio a otra obra, al filme cubano que nos falta. Una teoría sin sentido pero tentadora como tesis. Premiar la ausencia sería premiar lo que debería filmarse y todavía no se ha filmado. Ni en La Habana, ni en el resto de Cuba —el resto de Cuba incluye Miami, es decir, la “otra” Habana, la “otra” Cuba—. Como no es ni siquiera un guion inédito, se propicia su escritura y realización recomendando y destacando otras películas.

Previo al Festival, tuve noticias del filme Últimos días en La Habana. Conocía el argumento, sabía quiénes eran los protagonistas. A pesar de su película La pared de las palabras (2014), no era poca mi fe en Fernando Pérez. Con su nuevo largometraje, supuse, debía cerrar un ciclo. En mi vaticinio, Fernando Pérez agotaría en el cine nacional la fatídica condición de tener demasiada agua salada por todas partes, el hastío, las ganas de salir huyendo, el cansancio político cubano.

Cabía la posibilidad de ponerle candado al portón por donde salen los guionistas y directores que insisten en hablar, desde un mismo enfoque, de expectativas truncas, de pobrezas o miserias, de la ciudad asolada por la crisis, la desidia, la furia de los elementos. La Habana en tanto paisaje.

(Si la película se titulaba Últimos días en La Habana, a ese final de temporada en Cuba debía corresponderle una sucesión de imágenes capaces de traducir la desolación en belleza, como sucedió en 2003 con Suite Habana. Cuando la fotografía es incapaz de superar un nivel artístico ya mostrado, solo se consigue una realidad menos virtuosa e intensa. A fin de cuentas, la verdad —la realidad— está ahí afuera.)

No son pocos los guiones, en su mayoría verbosos, donde el escritor certifica su fobia a los silencios, a las sugerencias. Apelan a la voz en off, a discursitos en ráfaga disparados incluso a la cámara en una azotea, balcón o cuarto. Estrategias empleadas no en la ampliación del campo de batalla, sino en la expansión de los límites de un cine cada vez más árido. Allí donde se regurgitan dos o tres ideas, solo es posible un desierto de tedio. O un oasis de horror.

A través de ese mismo portón imposible de cerrar, en masa ha ido desfilando la marginalia. Frente a la cámara, en manada: el maricón lenguaraz, el travesti molido a palos y luego resucitado cual ave fénix, los pingueros, las putas de orilla, el quebrantahuesos machista singón, el homofóbico y la homofóbica, ciudadanos de a pie casi sin asideros salvo la religión, jóvenes obsesionados con la posibilidad de experimentar la vida en otra parte, delincuentes de poca monta, viejos devastados por la soledad. Todo eso —no es poco— sumado a las gradaciones del mal: ruinas, alcohol, enfermedades, mugre, drogas, hambre, penumbra…

Pero la película de Fernando no cierra un ciclo. Entre la solemnidad y el chiste, no consigue abandonar el pelotón. Marcha en cuadro apretado con todas esas películas que, desde puntos de vista similares, pasan revista al dolor, a las traiciones, incluso a la fidelidad más que a la felicidad. Da igual que la historia transcurra en una azotea de La Habana o en un cuartucho en estática milagrosa.

Según los presupuestos, unas tras otras se siguen produciendo esas películas. En legión, sus protagonistas van de la serenidad al desborde sin tránsito apenas. Esas películas. Que lamentablemente serán pura anécdota, parque temático. Esas películas. Que en tanto archivos, permitirán, si acaso, rememorar a un actor fallecido o los vestigios de nuestra arquitectura.

Vuelvo a mi tesis denominada “premiar la ausencia” —premiar lo que falta, o mejor, lo que no se ha filmado todavía—. Mi tesis descabellada. Si la pusiéramos en práctica, la conclusión sería la siguiente: hay que juntar Desierto y Últimos días en La Habana en una sola película.

Estaríamos, de este modo, de cara a una obra que narraría la dura travesía de un cubano hacia los Estados Unidos atravesando toda Centroamérica. Veríamos a personajes dispuestos a vender (casi) todo para emprender un viaje a través de un territorio donde hay que sortear no solo la selva.

En cada nivel de ese juego de vida y muerte, la película mostrará pasos fronterizos, coyotes, ríos revueltos y ganancias de pescadores. También enfermedades, muerte de mujeres, niños y hombres ya sea por accidentes o por puro trámite de quienes se dedican al tráfico humano. Para el descanso o el desespero, en el camino habrá un campamento humanitario creado por instituciones religiosas. Y para culminar el relato de la odisea del cubano decidido a llegar a EE. UU., una modificación en las reglas del juego de tronos: ya sin privilegios migratorios, desde que caducó la política “pies secos/pies mojados”, ahora el emigrante cubano es uno más.

Digamos entonces que, con el premio a Desierto y a Últimos días en La Habana, en diciembre pasado se le entregó un Coral al más puro cuban thriller que no se ha filmado todavía; ese que tiene pendiente narrar con mucha adrenalina y pocas ideas la travesía del migrante cubano en su paso por Centroamérica (o a la deriva en una balsa, como esa que llegó sin tripulantes a las costas de Irlanda: ¿hay algún realizador cubano que haya puesto balseros sobre el mar en un largometraje de ficción? ¿Por qué no aparece esa tragedia allí?).

Pienso en los presupuestos, en la censura. Pero también en la elipsis. Y vuelvo otra vez a mi tesis descabellada: se premió al director por venir y al porvenir del director de cine, al guionista que narrará sin rodeos las consecuencias y la causa de esta escisión. Una causa no solo nacional. Una causa también nacional. El emigrante primero es una fractura, luego un vacío físico y espiritual.

(Toda regla tiene su excepción. También debería esperarse una película que se desmarque del nuevo pelotón, donde el director y el guionista apuesten por el pensamiento arduo tal cual aconsejaba Umberto Eco. Propiciar la densidad, la búsqueda en otros escenarios ya sea dentro del archipiélago o fuera de las aguas jurisdiccionales.)

¿Y por qué no narrar también en el cine cubano, por ejemplo, el vacío político en aquellas familias donde, gracias al poder adquisitivo, no hay noción de vacío económico? ¿Por qué no (re)crear la vida de un político o funcionario venido a menos o a más, las zonas menos iluminadas de un artista o intelectual atornillado al panteón de la cultura nacional? ¿Y qué hay de la burbuja del mercado del arte contemporáneo cubano, esa pradera nocturna donde coinciden mamíferos de lujo y fieras que no conciben la carroña ni en sus peores pesadillas?

En el delirio de las elucubraciones, yo diría que en los resultados del 38 Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano se cifró la invitación a presentar, en las ediciones siguientes, esa(s) otra(s) película(s).

No me crean a pie juntillas. Se trata no tanto de una invitación como de una suerte de devaneo. Porque esa “otra” película no puede coexistir con un funcionario o institución antagónicos a la evolución. Aunque haya sido gestada en la total independencia o con la venia del ICAIC. Si le toca confrontar un ente contraevolucionario, ese nuevo filme cubano tendrá más de una dificultad para exhibirse. Pero como siempre hay una fisura, entrará en los hogares cubanos en un dispositivo USB, en la mochila donde se transporta El Paquete, el Santo Grial, porque allí beben quienes decidieron no esperar por el ICRT ni por el ICAIC: un gesto de disidencia, de (in)dependencia política, la anexión a otro tipo de ideología de consumo.

Últimos días en La Habana solo se exhibió durante el Festival, aún no ha entrado en el circuito de cines de estreno este año. Sin dudas va a entrar. Todos la podrán ver.

Por cierto, a manera de coda: Santa y Andrés (Carlos Lechuga, 2016) está inspirada en la obra y vida del poeta Delfín Prats. También en la de René Ariza, Reinaldo Arenas, Guillermo Rosales, Eddy Campa, Manolo Granados, Esteban Luis Cárdenas, Carlos Victoria y los hermanos Abreu. Dicen. No la he visto. Como casi nadie en Cuba.