Ladislao Aguado: El Camino

La primera vez que escuché “Gold on the Ceiling” recordé la secuencia que introduce Down by Law, la película de Jim Jarmusch.

En ella, la cámara se adentra en una New Orleans que, más que una ciudad, recuerda un paisaje desaparecido años atrás. Nada de lo que contemplamos es, sino más bien, ha sido. En tanto, Tom Waits ameniza el extraño viaje con “Jockey Full of Bourbon”, una de esas canciones hechas para usar gafas oscuras a la mañana siguiente.

El empaste entre imágenes y música en esta secuencia de Jarmusch es excelente. Aunque a mí, seguramente desde entonces esperando otra cosa, me prometiera una película que luego no fue.

Tal vez por ello, aunque en su día me gustara bastante Down by Law, al escuchar la canción de The Black Keys, me entretuve pensando en el tipo de película que podría haber hecho Jim Jarmusch si le hubiese añadido a la narración, algo que no abunda en sus historias: una pequeña dosis de ira.

No se trataba de que le añadiera a la anécdota cierto grado de descontento, o de apatía, una buena dosis de cansancio, un toque de resignación, o, incluso, mucha más rebeldía de la que pretende contener. Se trataba, en últimas, de todo ello, sumado a la incomodidad de sentirlo.

La visión de una New Orleans sacudida por la ira, sería entonces de la una ciudad a punto de desmoronarse. Cobraría, acaso, el resplandor metálico que suele escoltar a la violencia, pero ya en la película, nada quedaría en su sitio, ni siquiera empastaría la tranquila apariencia de Tom Waits mientras ve desaparecer hacia la calle sus discos más queridos, sus muy estimados zapatos. No habría sin dudas tiempo para la calma.

La cinta está fechada en 1986 y nada la une, ciertamente, a la música de The Black Keys.

Pero uno tiende a construir estos paisajes mentales, en los que a veces, como otra forma de la literatura, sobreescribe las historias ajenas con aquellos momentos que habría preferido diferentes.

Hay otra escena, al final de Nebraska (2013), la película de Alexander Payne, en la que Woody y David Grant abandonan luego de una breve visita, algún barrio venido a menos de la ciudad de Lincoln.

Hace un día soleado y la cámara se mueve al compás del adiós de Woody. Está viejo, decrépito, y acá deja a sus examigos, a sus examores, su antepasado.

Su hijo David lo está devolviendo a casa, a la muerte que puede no tardar en llegar. Ya Woody no conduce, pero David entiende y desea que la imagen que guarden los otros de su padre, la que su padre pueda conservar de sí y la que él, a su vez, atesore como suya, sea la de un hombre aún capaz, aún lúcido, aún dueño de cierta entereza.

La entereza suele ser necesaria para concluir algunas historias. “Whatever it is, you shouldn’t let it get to you”, dice Frank Catalano en algún momento de A Writer’s Life de Gay Talese. Y esta sin dudas es una buena lección, incluso, para el cine.

Al final del largo viaje que ha traído a los Grant hasta Lincoln, David convence a su padre para que sea él quien conduzca hacia las afueras de la ciudad. No hay tráfico y la calma parece el único habitante vivo en la capital del estado.

El viejo Woody accede, un brillo ya perdido vuelve a sus ojos, se coloca al mando de la camioneta, pone Drive y suelta el freno. La vida al paso de la cámara es tan fantasmal y pretérita como en la New Orleans de Jim Jarmusch, pero como en Down by Law, a mí, me flaquea la banda sonora. Hay algo en esta música que te obliga a la lástima.

Entonces quise escuchar, una vez más, a The Black Keys.

En mi cabeza, mientras acompañaba a Woody Grant en su largo adiós, dejé correr el primer tema de El Camino. “Lonely Boy” sonó a todo volumen. David Grant se echó al suelo para que todos vieran a su padre solo ante el volante. Solo ante el peligro. Como un héroe. Como alguien invencible.

La música para entonces escapaba a todo volumen a través de las ventanas de ese Ford, que Woody Grant ya no volvería a conducir: 

Acá el disco: