Gilberto Padilla Cárdenas: Martirizarte

Terminó la asamblea de balance del Programa Nacional de Estudio y Promoción del Ideario Martiano. Respiren. Como el show de un mago al que le conocemos cada pequeño truco, los acuerdos se pueden resumir en un tuit: besar el escroto de José Martí. Eso. El Apóstol se consolida como marca multinacional. Un negocio literario y, por supuesto, político.

Es un martirio.

Canciones, bustos, series animadas, libros infantiles, catálogos —a Jorge R. Bermúdez le faltó incluir laminitas para colorear—, performances, clubes de fans que se transforman en hagiógrafos, detractores oficiales o secretos y esa sensación horrible que solo las bandas pop pueden lograr. A lo que voy: Martí está dejando —si es que alguna vez lo fue— de ser Martí. Se ha ido progresivamente escanciando en la nada de nuestra propaganda ideológica. Ha sido secuestrado, tal y como Peter Cushing retenía a Poe en esa cinta olvidada llamada Torture Garden. Es simplemente un ícono con el que decorar la conversación, el protagonista de canciones donde no muere nadie, una estampita de la Sociedad Cultural que lleva su nombre.

Todo lo anterior termina aburriendo. Es imposible leer con seriedad cuando los mercaderes y los biógrafos cubiches te están gritando al lado. En Cuba, hay que olvidar a Martí para volver a tomar en serio a Martí. Hay que dejar de lado los epítetos, las vallas, todo aquello de “parecía que el Apóstol iba a morir en el año de su centenario”, la mercadotecnia ideológica y resucitarlo como héroe punk. Colocar “Nuestra América” al lado de “Smells like teen spirit”.

(La historia es conocida pero no está de más recordarla. Kurt Cobain se propone —después del éxito de Nevermind, que superó en ventas a Michael Jackson— grabar un disco, In Utero, para disminuir el número de fans de Nirvana. Inserta uno que otro martillazo en la armonía. En alguna canción, dice, todos desafinamos deliberadamente; en otra participa un chimpancé. Cobain nos vende algo parecido al martirio como estética. Por supuesto, todo termina mal para él: un año después se suicida tomando una sobredosis mortal de heroína, pero para no dejar cabos sueltos, se vuela la parte izquierda de la cabeza con una escopeta Remington, calibre 20. La nota junto a su cuerpo no deja lugar a dudas: “Es mejor quemarse que irse apagando lentamente”. Esto no tiene nada que ver con José Martí o sí tiene que ver, pero su lazo es tan tenue como insondable.)

Por supuesto que lo anterior es una broma, pero cuadra. Funciona en lo básico. Hay que   —como decían los situacionistas, con Guy Debord a la cabeza— intervenirlo, volverlo apócrifo, defenestrar sus textos para componerlos de nuevo. Estamos hartos de todos esos marchantes estatales trazando caminitos de “por aquí se llega a Martí”, “doble a la izquierda y no olvide su suvenir”. Del turismo lingüístico martiano.

(Para cualquier cubano, que conozca el fantastique de la propaganda revolucionaria, las frases más absurdas resultan alarmantes, pero también naturales. Un hombre pone a la entrada de su chapistería: “Revolución es cambiar todo lo que debe ser cambiado”. Otro, que alquila escopetas de perles: “Todo cubano debe saber tirar y tirar bien”. En un guardabolso se lee: “La propina es virtud”. Pero nada como las frases firmadas por José Martí. Se consiguen tal y como se compra comida rápida, como se pide por teléfono una pizza. Una señora promociona su puesto de tamales: “Toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz”. Conocí a un ladrón de libros que se encomendaba diariamente a su santo patrono: José Martí, que ahora resulta ser una especie de Virgen de la Caridad del Cobre de los ladrones de libros, por aquello de “Robar un libro no es robar”, que hasta el día de hoy no he encontrado en ninguna página de las Obras Completas. Y la Seguridad del Estado ha hecho de “en silencio ha tenido que ser, porque hay cosas que para lograrlas, han de andar ocultas” todo un mantra.)

Lo primero que hay que hacer al entrar en un texto martiano es desenmascarar la retórica del volumen, adivinar el criterio de edición, familiarizarse con el tono y luchar contra las fuerzas que impelen a leerlo de una manera predeterminada. Hay un protocolo de seguridad básico. Primera norma: nada de prólogos. Los proctólogos de José Martí no consideran sus ideas susceptibles de ser verdaderas o falsas. Las han convertido en la lente con la que observar nuestra realidad. (Con Martí pasa lo mismo que con Freud: la mayoría de la gente cree tener un “subconsciente”.) La actividad individual anula esos estímulos. Solo tienes que saltarte la introducción inicial. El cine y la televisión también difunden sugerencias subliminales de cómo leer a Martí. Tal vez por eso nunca se hará una buena película sobre el autor de Amistad funesta. (Fernando Pérez eligió con astucia cinematográfica la infancia martiana para no meterse en problemas.) Demasiadas susceptibilidades por herir, demasiada gente a la que tener contenta. Un pequeño bojeo a la lista implica pasar por la Sociedad Cultural, el Consejo de Estado, el Centro de Estudios Martianos, la Colmenita, el Movimiento Juvenil Martiano y un largo y generoso etcétera. 

Porque Martí —y en esto José Lezama Lima llevaba razón— comparece ante nosotros como un misterio. (En mis años de profesor de Letras, tuve conocimiento de un estudio donde se decía que lo que más miedo daba a los niños cubanos de Martí era el bigote.) Habría que colocarlo al lado de esos escritores —Leopoldo María Panero, Beckett, Bernhard— expertos en borrar cualquier presunción o certeza sobre cómo ser leídos. Como ellos, Martí se sabotea alegremente a sí mismo.

Estaría bien recordar al Apóstol —como se lee en el Diario de Montecristi a Cabo haitiano— soltándole “a la moza que pasa, desgoznada la cintura, poco al seno el talle […]: —Qué buena está esa pailita de freír para mis chicharrones!”

Vaya piropo martiano. Ultrafriki.