Gilberto Padilla Cárdenas: Para matar a Robin Hood

Quisiera partir de una confesión: creo que ciertos libros de ensayo en el fondo encubren novelas. No es broma. Cualquiera que haya leído alguna página de How to read and why sabe de lo que hablo. Me gustan esos momentos donde la máscara del crítico cede y se vuelve otra cosa: la de un escritor de ficciones, la de un sujeto perdido en el laberinto de la autobiografía. Como el Harold Bloom que escribe cosas del tipo: “Temería por el porvenir de la democracia si la gente dejara de leer”, o también: “Descifrar textos en una pequeña pantalla no es leer”.

Por lo mismo, adoré Para matar a Robin Hood (Hypermedia, 2017), el libro donde Néstor Díaz de Villegas reúne sus “escritos de cine” y, de paso, aprovecha para vengarse de lo que aburre.

Lo he dicho en otras ocasiones: el ensayo cubano —cuando no se escribe con los pantalones abajo— le gana por paliza a la ficción.

El libro cuesta 18 dólares y algo en Amazon, lo mismo que gasta un exiliado cubano promedio en chicle.

Así, Para matar a Robin Hood confirma algo que el mismo NDDV ya había confesado antes: aquel deseo suyo de trasladar todo a la estructura del blog. El ejército de un solo hombre. Porque Néstor no escribe: bloguea.

Para mi generación, que en algún momento vio cómo la letra impresa se convirtió en una banda sonora estatal, aquel detalle no es menor. ¿Es este el futuro de los pensadores cubanos? Puede ser. Me parece divertido que así sea. Un intelecto descentrado, poblado de excentricidades, donde es posible ver un método de ensayo y error que va avanzando y borrándose a diario, que no aspira a la trascendencia del papel y al que no le sirve otro canon que no sean sus propias obsesiones y manías.

Pero me desvío: lo que importa es que NDDV es uno de los mejores bloggers literarios de América Latina. Uno de los más inflamatorios. Están en sus textos la lucidez y la polémica (NDDV llama la discusión del mismo modo que los campesinos atraen el rayo.), pero también la urgencia. Lo anterior significa que a Néstor no solo lo leemos, sino que lo seguimos del mismo modo en que uno descarga los últimos capítulos de sus series de televisión favoritas.

Es un ejercicio límite. Porque en https://nddv.blog, Néstor hace que la crítica parezca confesión, la autobiografía ficción y los apuntes, clases de literatura. (Las distinciones de géneros —ficción y ensayo— son convencionales y no existen más que para la comodidad de los bibliotecarios.) Post tras post manifiesta la cercanía de todas esas escrituras y la impostura de la historia literaria cuando se vuelve una forma del autoritarismo.

Hay un código en la obra de NDDV. La necesidad de escribir a contrapelo del poder, de la academia, de los valores aprendidos de lo literario. La necesidad de escribir a contrapelo, incluso, del libro.

Ubicado en las antípodas de toda nuestra seriedad literaria, NDDV funda su propia lengua bífida —sin envidiarle nada a Guillermo Cabrera Infante. Lo mejor de Para matar… está en los fragmentos punzantes que es posible rastrear como se rastrean las gotas de sangre de un cadáver. Veamos algunos ejemplos al azar:

UNO: “Ciertas producciones infantilonas del cine cubano podrían catalogarse como extensiones de La Colmenita, la compañía de explotación infantil creada por el aceitoso empresario Tin Cremata: Conducta, el largometraje de Ernesto Daranas, retoma las historias de un grupo de niños que parece haber sido expulsado del taller de Tin. ¿Dónde situar el génesis de otra película que aborda el trajinado tema de la infancia en Cuba? Sin dudas, en el ideario martiano, que hizo del niño un objeto de deseo”.

DOS: “Los zombis habían aparecido en Cuba con anterioridad [en el cine cubano]: eran el zapatero, el bailarín, el orate y la vendedora de maní de Suite Habana. Debido al efecto “fernandoperezoso”, que drena la vitalidad y lobotomiza los instintos, los zombis de Madagascar o de La vida es silbar, no fueron fichados inmediatamente. La zombificación ciudadana de aquellas cintas culminaría en la imbecilización patriótica de El ojo del canario”.

TRES: “Todo cubano sufre el mismo trauma infantil: un poeta se le metió en la cuna, interrumpió su inocencia. La pederastia martiana es el sustrato de nuestra nacionalidad y el origen de “lo patrio”, de ahí la sexualidad monstruosa por la que somos conocidos mundialmente: de ahí la promiscuidad de la política y el deseo”.

CUATRO: “El juego vareliano de sillas musicales no era inocente, el intercambio podía costarle la vida a cualquiera de los dos implicados, o a ambos inclusive. El hombrecillo del sombrero de hongo y los bracitos peludos quiere apuntarle a la cabeza al dueño de la ballesta, el señor de los caballitos. Nunca antes la poesía cubana había dicho tanto; ciertamente, nunca antes se había arriesgado a pedir la cabeza del héroe”.

Para matar a Robin Hood es quizás uno de los destinos más atractivos de la crítica latinoamericana futura. Al lado de la prosa afiebrada de NDDV, los críticos cubanos suenan huecos, enfermos de un resfriado cinematográfico, preocupados de minucias como la existencia o no de un cine nacional o la utilización de la palabra “visionaje”. Para matar a Robin Hood, por el contrario, es una obra viral, una tuberculosis pura que hace que uno recuerde lo que se olvida a ratos: en el canon cubano menos es más.