Carlos Manuel Álvarez: Bolaño extinto

La saeta Bolaño, la bola de fuego Bolaño, se aleja de nosotros y se enfría a una velocidad inexorable. Todos los signos que nos lanza ya no solo son irreconocibles, sino que también tienen el efecto de una línea divisoria. Ha entrado en una capa de la atmósfera en la que ciertos lectores no podemos o no sabemos respirar, y hemos dejado de acompañarlo.

Está la ruptura de su esposa Carolina López con media humanidad, peleada con el editor Herralde, peleada con el albacea literario Ignacio Echevarría y peleada con la última novia de Bolaño, Carmen Pérez de Vega, que es la única que al parecer no se ha peleado con nadie ni ha publicado columnas reivindicatorias en periódicos principales.

Las consecuencias de todo esto son directas. Las excavadoras de las ventas y el mito han entrado con los dientes a exhumar restos descompuestos en territorio Bolaño, ahora mismo un perímetro literario en pie de obra, repleto de huecos irregulares y zanjas sinuosas y un aire cargado de polvo tóxico.

¿Quién que alguna vez haya pisado la pista de cemento Bolaño, quién que haya escalado la piedra firme Bolaño, quién que tempranamente, a los dieciocho, a los diecinueve, la edad que más él parecía apreciar en los lectores, haya dormido con sus libros de almohada, una página de lucidez, una página de inocencia, una página de rabia, una página de lucidez… quién de esos, digo, quiere hoy poner un pie ahí?

En algún punto (vaya uno a saber cuál) del pozo de incertidumbre que fue la mayor parte de su vida, cuando aún no le alcanzaba el éxito y el cuchillo de la ambición literaria le mordía la nuca, un filo ese que quema, Bolaño escribió una suerte de poemucho breve, tan furioso como cándido, que llamó Mi carrera literaria:

“Rechazos de Anagrama, Grijalbo, Planeta, con toda seguridad/ también de Alfaguara, Mondadori. Un no de Muchnik,/ Seix Barral, Destino… Todas las editoriales… Todos los/ lectores…/ Todos los gerentes de ventas…/ Bajo el puente, mientras llueve, una oportunidad de oro/ para verme a mí mismo:/ como una culebra en el Polo Norte, pero escribiendo./ Escribiendo poesía en el país de los imbéciles./ Escribiendo con mi hijo en las rodillas (…)”.

Lo paradójico del poema es que fue un acta de nacimiento en tono de epitafio o en tono de resistencia y que, de antemano, solo podía ser leído si los hechos lo negaban. Un poema que existe en la medida que se deshace. Su ironía no es algo que haya que concluir.

El país de los imbéciles sigue poblado aún de gente que escribe poesía, de gente escribiendo con hijos en las rodillas, de rechazos de Anagrama y Grijalbo y Planeta, y el único testimonio posible pasa por la fuga. Solo sabemos que Grijalbo te dice no cuando Grijalbo te publica. Nadie ha sido escuchado nunca desde el país de los imbéciles. Si uno no viviera permanentemente ahí, se preguntaría si en realidad existe.

En diciembre último caminé por los pasillos de la Feria de Guadalajara y varios posters anunciaban El espíritu de la ciencia ficción. Pensé en eso. Nunca habíamos estado tan lejos uno del otro como ahí, por primera vez de frente, si es que se puede estar de frente a un muerto, y yo creo rotundamente que sí. Probablemente nunca estuvimos tan cerca como la tarde en que, hace ya muchas lunas, encontré Los detectives salvajes en una librería de viejo en Cienfuegos y durante muchos minutos dudé en comprarlo porque costaba cincuenta pesos, la fortuna de dos dólares.

Tenía la impresión de que en ese entonces, en Cuba, aún nadie conocía a Bolaño, pero el que no conocía a nadie era yo. “Son raros los amigos”, dijo. “Desaparecen. Son muy raros: a veces, al cabo de muchos años, vuelven a aparecer, y aunque la mayoría ya no tiene nada que decir, alguno sí que tienen algo que decir y lo dicen”.

También he pensado en eso con frecuencia. Llevo año y medio en el DF y no he visto a Bolaño por ningún lugar. Es, desde luego, una gota en el océano de esta ciudad, y me da pereza buscarlo de la misma manera que nos da pereza buscar cualquier cosa. Sin embargo, hay en los bajos de mi apartamento, como en los bajos de cada apartamento del DF, un estoico de nueve años que en las mañanas vende caramelos. No se va a otro lugar, por lo que no hay manera de evitarlo.

Si Bolaño ha vuelto, después de todo, en ese niño extraño y de imagen terriblemente huérfana, he de apuntar que sí que tiene algo que decir, y que de nuevo, desamparado, lo está diciendo.