Ernesto Hernandez Busto: Eurídice

Fue el año en que todo el mundo quería irse del país, de aquel país. El Año de la Hambruna. Los que llegamos antes creíamos tener cierto privilegio: el de haber adelantado la posibilidad de un nuevo comienzo. En una nueva vida, cada día cuenta el doble. Fue casi inevitable que yo hablase y ella escuchara, medio distraída, segura de que lo peor había quedado atrás. Una sobreviviente. Pero no funciona así; a veces lo peor nos acompaña en esa sobrevida porque viaja en un tiempo diferente, en mundos o vagones paralelos, imprevisibles.

(Pienso mucho en ese tema del desdoblamiento connatural a la llamada “mala suerte”. Que no es un reverso oscuro y simétrico de lo que pasa a simple vista sino otra lógica, la del gafe: karma neurótico, mitad sueño y mitad pesadilla, de sucesos desechados que crecen sin control en otra dimensión: tumores de tiempo.)

Allá en la isla habíamos sido vecinos. De niños, íbamos los domingos a su piscina: un riñón celeste junto al mar prusia. Hasta que el riñón se secó, y también la infancia, y nos mudamos de aquel reparto elegante a otro, en las afueras. Pasaron quince años, pero volvimos a encontrarnos de casualidad en esta ciudad, tan lejos de la primera. Vida de saltos y malabares: hoy aquí, mañana quién sabe. Igual pasa con la idea que nos hacemos de su sentido. Alguien te dice algunas frases una noche cualquiera, al otro día ya las olvidaste, pero luego reaparecen sin aviso, como animales ciegos cavando bajo el túnel de los días, más adelante, cuando menos lo esperas.

“Creo que regreso pronto a Canadá”. Deduje que las cosas no le habían ido bien y traté de animarla. El café daba a una plaza donde varias gaviotas habían decidido imitar la vida sedentaria de las palomas del barrio: comían sobras, no se dejaban intimidar por los paseantes; una existencia mucho más llevadera, supongo, que andar sobrevolando la costa en busca de peces esquivos. A veces planeaban sobre los techos y soltaban graznidos cortos, típicos. Pero la mayor parte del tiempo se plantaban en el centro de la placita, alargaban el cuello, entrecerraban los ojos y con el pico medio abierto soltaban un chillido largo y desagradable, su grito de guerra —algo repulsivo, dijo ella, y en ese momento me pareció una definición inmejorable.

Miramos juntos varias fotos de nuestra infancia, colgadas en Facebook. Seguía teniendo la misma sonrisa triste de aquellas imágenes sepia. Era un reencuentro y ninguno quería ser el primero en irse, a pesar de las gaviotas chillonas y el frío en la terraza. Supongo que tenía que haberle preguntado más, hacerla hablar. Ya entonces lo sabía, pero no me lo tomaba muy en serio: una cubana convertida al Islam era una rareza más en el catálogo de nuestras excepciones. Siempre había sido “intensa”, y creo que al principio creyó de verdad en todo eso, que se veía como una especie de Fátima tropical: una nueva vocación, algo puro. Me cuesta entender esa certeza o desfallecimiento, el eso místico. Antes había pasado por el budismo y el judaísmo. Coleccionista de credos, según el novio de turno. Para mí seguía siendo una mujer interesante, asomada al balcón de otra vida posible, aun si algo distante, o mejor, desconcertada. Pero me equivoqué: ya estaba en otro sitio, ya había cruzado el límite.

Se fue a Canadá, o a donde fuese. Y me llamó meses después, desde un teléfono público, cuando aún había de esos. ¿Por qué usó un teléfono público, por qué sonaba asustada? Pero yo no podía ir a su hotel esa noche. Tal vez eso habría cambiado las cosas, quién sabe. Uno siempre acomoda los hechos en retrospectiva, a manera de disculpa. No sólo la que nos permite quedar bien, sino el intento más sencillo y espontáneo por dar un sentido a lo que simplemente carece de él. En cualquier caso, la noche que no fui a verla ya estaba casada. Parecía vivir en varios lugares al mismo tiempo: Toronto, Dubái, Libia, de nuevo Toronto. En esa época todavía me llegaban correos suyos o veía en Facebook sus fotos con niqab. Era traductora: de algo le habían servido todos aquellos tumbos. Me contaron que cuando el marido terminó en la cárcel, la familia de él regresó a Libia y le buscó un reemplazo. La encerraron y empezaron a prepararla para un nuevo matrimonio, de conveniencia. Una especie de imán, qué se yo. Alguien contratado por una pareja amiga fue a buscarla a Zintan pero lo descubrieron. Todo acabó en manos de la policía local, a ella se la llevaron a otro lugar.

En este punto, los hechos se amontonan. Como en esas películas chinas o coreanas donde, no sé si por la mala traducción o por la trama brumosa, a veces no entendemos bien lo que está pasando. ¿Por qué cayó preso en Canadá el primer marido? ¿Qué había pasado con su familia? ¿Cómo fue que consiguieron aislarla? Hay muchas piezas sueltas. Cuando me lo contaron, recordé aquella peli de Agnès Varda, L’une chante, l’autre pas, sobre dos amigas francesas, una de las cuales se casa con un iraní, se va a vivir a Irán y no la pasa bien. Ambas vidas se corresponden, no recuerdo bien los detalles, pero el guion va y viene entre una y otra. Y los personajes son intensos, como mi protagonista. Aunque a lo mejor debo cambiarle el nombre, porque nadie va a creer que una cubana se llama Eurídice.