Alberto Garrandés: Poe o el loquero

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Es difícil que la mirada de la literatura se active en tiempos en que lo real se escamotea de diversas maneras. Por otra parte, las cosas no son nada fáciles en el territorio de lo aledaño, lo adyacente, lo contiguo. En fin: la vida normal. O anormal.

Conozco el caso de un escritor que hace unas pocas semanas presentó una denuncia ante la policía, y cuando le dieron a firmar el acta resultante, descubrió, entre perturbado y divertido, que por su identidad y su profesión la policía lo clasificaba como “desocupado”.

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Merodeando por entre las obras de Edgar Allan Poe, descubrí que dio a conocer su célebre poema “Ulalume” hace 170 años, y no he podido sino dejarme tentar por la relectura del texto.

Lo leí de nuevo, pero dos veces: la primera, en inglés, y la segunda en una traducción que procura, en vano, respetar el ritmo, la rima y la sonoridad general de la composición.

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El nivel patológico de lo real puede constituirse en un estímulo hipnótico y en origen de algunos galimatías.

Los escritores prestamos una atención desmedida a lo real, a la inmediatez cotidiana en que lo real se manifiesta, y aunque ese fenómeno está muy bien (por legítimo y probado), lo provechoso allí, en términos artísticos y literarios, estaría en la posibilidad de encontrar el artificio de lo real, como buscaba (y encontraba) Jean Floressas des Esseintes la artificialidad de ciertas flores frescas donde el arte era puesto a prueba por el anonimato de la naturaleza.

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Ulalume” habla del diálogo del pensamiento solitario con la emoción, el presagio, el paisaje (como expresión de ciertos estados de ánimo), la trascendencia de la psiquis y las diversas compañías con que un poeta puede contar mientras cultiva su soledad esencial.

El sujeto que habla en “Ulalume” se siente interpelado una y otra vez por una entidad superior que, al cabo, no es más que su propia sensibilidad anticipatoria, una especie de yo alternativo.

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Durante muchísimos años (me refiero al período que va desde 1967 o 1968 hasta el año 1999 o 2000) la narrativa cubana padeció un estancamiento (superado solo por textos de excepción) cuyo origen se encuentra en esa patología de la hipnosis de lo real. Como si, en términos generales, en la aproximación del narrador al sistema de los contextos cubanos no acabara de producirse la mirada de la literatura.

En los años noventa ese estancamiento es poco visible, porque en verdad lo que sucedió es que la ausencia de la mirada de la literatura fue un asunto disimulado espontáneamente detrás de una renovación escandalosa cuyo principio activo residió siempre en la seducción remozada de lo real.

Lo ya dicho: la realidad se transforma y parece (solo parece) que la literatura también. Pero ya he tratado este asunto en textos anteriores y no quiero repetirme.

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Ulalume” es un poema sobre la discrepancia del yo con respecto a su doble, o sobre la construcción de una discrepancia basada en lo inesperado, casi como si el yo olvidara algo muy importante y ese doble se encargara de recordárselo bajo el disfraz de un golpe de efecto que el otro no ve venir.

Por supuesto, este Poe melancólico y siniestro es muy gótico, pero aviva un spleen que subraya el odio por lo espacios urbanos, a la vez que los necesita y hasta los mima.

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En aquella época, a fines de los años sesenta y en los años que vinieron después, era casi impracticable una escritura que intentara caracterizar la exploración de la realidad del yo frente a las realidades de una épica de combate. No había una épica interior, o una épica del mundo interior conflictivo (no era deseable que algo semejante existiera), como empezó a verse en algunos textos de los años ochenta. No había manera de enfocar bien, como sucede con una cámara defectuosa que nos impide tomar una buena foto.

Sin embargo, aparte de eso (no poder hacer una foto de calidad, o con nitidez), hacer la foto no era el (o un) inconveniente. Lo problemático estaba en el encuadre.

Más tarde, cuando la realidad efectivamente se modificó a inicios de los años noventa, fue esa modificación la que intensificó los procesos de seducción, que, de modo inevitable, trajeron consigo pasmo y encandilamiento.

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Hay numerosos críticos que juzgan a Poe un poco egoísta y bastante vicioso. No puedo decir que se equivoquen. Un escritor de verdad hace girar toda su vida, o casi toda, alrededor de su obra, y aprovecha sus experiencias (sean las que sean) para tonificarla, perfumarla o ennoblecerla.

Por otra parte, ahí está el matrimonio de Poe con Virginia Clemm, una mujercita de trece años (ojo: acabados de cumplir) que, además, era su prima. En esa seminiñez, o semiadolescencia, adornada (en un contexto muy familiar) por la tuberculosis y la sublimación del amor físico, se fundaría la noción moderna (y cínica) de nínfula, traída a la literatura por Vladimir Nabokov.

El realismo de “Ulalume” es el de la inmersión de Poe en algo poderosamente tangible: la muerte de la amada. Semejante concepto posee un prestigio histórico insobornable, y el doble del poeta, aposentado en una voz psíquica agorera, lo obliga, por añadidura, a frecuentar un sendero solitario, crepuscular, donde la memoria de la muerte solo se activa cuando ya no hay forma de evitar el recuerdo: el poeta tropieza con la puerta de un panteón. En el monumento hay una losa donde se lee un nombre: Ulalume.

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La mirada de la literatura se articula muy bien con las experiencias sensoriales, intelectuales, somáticas y emotivas, que, en definitiva, fundan (y dependen de) un lenguaje más realista, paradójicamente, que el de ese realismo que se afinca en hechos que la historia y sus protagonistas dan por extraordinarios.

¿De dónde viene tanto desconcertante y lioso barullo? De la fascinación a la que suelo aludir al referirme a lo real en circunstancias de excepción, cuando ciertas épicas materiales que se autodefinen por la grandiosidad hacen de un escritor una mera criatura (tan pequeñita como perezosa) en quien no se puede confiar.

He aquí al “desocupado”. No dirige una empresa, ni es un economista, o un dirigente. Tampoco es un herrero, ni un repostero, ni un químico o un profesor. Ni siquiera es un cuentapropista.

Simplemente eso: un “desocupado”.

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Ulalume” pulsa las únicas realidades comprobables: la de la muerte y la del amor. Pero desde la mirada de la literatura.

No tengo ni que decir que el Poe escritor, enredado en flirteos con otras mujeres tras la fama de sus obras, es el mismo que apenas disfrutó de la compañía (unos diez años, antes de que la tuberculosis la matara) de Virginia Clemm. Poe la sobrevivió solo dos años.

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Jung ha dicho que perder contacto con la vida de las metáforas, los sueños y los mitos del lenguaje implica una quiebra de la salud mental, pues el sujeto se precipitaría entonces en un mundo material de puro hueso, sin cartílagos, sin tejidos transitivos y casi sin sangre.

La pérdida de la creatividad, en favor de una referenciación automática y precisa del mundo, equivaldría a un considerable agotamiento de la imaginación.

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En La felicidad de los pececillos, Simon Leys dice que Rilke le pidió a Lou Andreas-Salomé que lo psicoanalizara. Ella, al parecer, se negó, y le dijo que si su examen era exitoso él correría el riesgo de no poder escribir más poemas.

La oscuridad de la percepción forma parte del tejido de la verdad del mundo. Sin embargo, los grandes hombres de acción tienden a desconfiar de las metáforas y las ficciones. Son proclives a considerarlas formas inaceptables de la debilidad, del escapismo (Houdini fue un escapista: se zafaba de cualquier amarre) y de la frivolidad.

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El día que mis padres me llevaron a ver a un psicólogo yo tenía catorce años y me había fugado varias veces de la beca (la flamante Escuela Vocacional “Vladimir Ilich Lenin”).

Era el año 1974 y yo escribía cuentos extraños y estudiaba en un taller de pintura y leía a Thomas Mann. Sufrí mucho, pero dentro de mí había un pequeño fleje de acero. Me consideraban una suerte de apestado ideológico, un tipo raro, un solitario. Y el psicólogo me pidió (previsiblemente, diría años después) que dibujara a un hombre y una mujer.

Como yo recibía clases de dibujo e historia del arte, pinté el Adán de la Capilla Sixtina, que me sabía de memoria, pues había hecho numerosos bocetos. Sin embargo, en aquel instante yo no tenía un modelo femenino preciso (mis exploraciones no habían llegado todavía hasta allí) y mis trazos no fueron buenos en lo que concierne a una Eva posible.

Las conclusiones del psicólogo alcanzaron un nivel de extravagancia tan alto que resultaron simpáticas.

Me imagino a Poe delante de un loquero, susurrando: Ulalume, Ulalume, Ulalume…