Frank Correa: Oficios de contingencia (I)

Los regímenes totalitarios se sostienen con el control sobre los medios informativos y la represión. En 1959 cuando Fidel Castro toma el poder en Cuba, eclipsa la prensa libre y crea los órganos socialistas de información, únicos permitidos en el país, encargados de encumbrar la obra revolucionaria y ocultar verdades de su sistema fallido.

Como respuesta a esta violación de los derechos humanos, surge el movimiento de periodistas y bibliotecarios independientes, un fenómeno sui géneris nunca visto en ningún otro país del extinto campo socialista. Individuos formados no en escuelas ni academias, sino en prisiones y estaciones de policía, detenidos y encausados por desempeñar el oficio de informar y prestar libros, ciudadanos de los más variados orígenes perseguidos con saña por la policía política.

Para conocer la génesis y desarrollo del periodismo independiente, fui hasta el reparto El Roble, en Santa Fe, pueblo costero al noroeste de La Habana, y entrevisté a una de sus constituyentes, la poeta Tania Díaz Castro, fundadora también de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) y de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC).

A sus 84 años, con una memoria de hierro, Tania Díaz Castro puede considerarse la tirana de Fidel, porque de todos los periodistas independientes es quien más ha escrito sobre su formación, su figura y su pensamiento. Analizado y criticado sus guerras, sus fracasos y su fin.

Tania vive sola, con sus perros y gatos. Y sus recuerdos. Su mirada de acero tras sus lentes de aumento me escudriña primero, luego me sopesa. Y tras la aprobación de sus perros me cuenta:

—En octubre de 1987, un pequeño y valiente grupo de cubanos formado coincidentemente por periodistas: Ricardo Bofill, Rolando Cartaya, Adolfo Rivero Caro, Reinaldo Bragado y esta servidora, nos dimos a la tarea de enviar a las embajadas radicadas en La Habana, mensajes detallando las violaciones a los Derechos Humanos cometidas por el gobierno de Fidel y Raúl Castro. Esas noticias, crónicas y artículos de opinión, eran publicados en países europeos y norteamericanos. Incluso transmitidas por emisoras radiales y televisivas del mundo libre.

¿Radio Martí?

—Precisamente para Radio Martí realizamos una Mesa Redonda en diciembre de 1987, donde se hizo una evaluación sobre el panorama cubano de irrespeto a los Derechos Humanos. Era la primera vez que se escuchaban voces no gubernamentales de Cuba en el extranjero. Aquella acción fue una verdadera osadía ante la censura que el régimen cubano imponía a la población. Dos meses después, en febrero de 1988, ese mismo grupo del Comité Cubano Pro Derechos Humanos, presentamos los testimonios ante una Comisión que la ONU envió a Cuba para investigar el cumplimiento de la Declaración Universal. Nos repartimos las tareas. A mí Bofill me encomienda redactar un documento que probara que en Cuba no existía ni libertad de expresión, ni prensa libre.

¿Qué hizo el régimen ante esa intrepidez?

—Nos pasó la cuenta. A todos. Bofill fue obligado a emigrar. Cartaya, Bragado y Rivero Caro fueron expulsados de Cuba. Y yo fui enviada a prisión. En diciembre de ese mismo año, el doctor Samuel Martínez Lara, Secretario Ejecutivo del Partido Pro Derechos Humanos de Cuba, funda el semanario Franqueza. Tras el segundo número sus redactores van a la cárcel. Sobre todo la familia González, ya que en su casa, en Reina y Lealtad, era donde se confeccionaba el volante. Sin dudas, Franqueza es el primer periódico libre de la era castrista.

Mucha valentía para una época tan dura

—Sí, de verdad que mucha —dice Tania y acaricia un perro, Pope, el más viejo y obediente de la casa —. El año 1988 fue realmente vital para la fundación de los cimientos de la futura sociedad civil. El 14 de febrero el Comité Cubano Pro Derechos Humanos había inaugurado en La Habana la Primera Muestra de Arte No Oficial, que se efectuaba en Cuba en casi treinta años de régimen totalitario. Allí se exhibieron poemas murales y escritos de presos políticos plantados en el Combinado del Este, como Ernesto Díaz Rodríguez, el Dr. Alberto Fibla, Alfredo Mustelier y otros. El tema fundamental de este evento fue la exposición Premios y Castigos, del pintor Raúl Montesinos. Las palabras de introducción a la Muestra, que reunió a más de 200 invitados, estuvieron a cargo del escritor Reinado Bragado Bretaña. El doctor Adolfo Rivero Caro, abogado y escritor, impartió una conferencia sobre el tema central de la exposición: “La batalla contra la opresión y las violaciones a los Derechos Humanos”.  Ricardo Bofill Pagés, periodista y Presidente del Comité Cubano Pro Derechos Humanos, dejó inaugurada aquella Primera Muestra de Arte No Oficial, que contó también con paneles donde se escucharon testimonios y denuncias de violaciones a los Derechos Humanos cometidas a lo largo de toda la isla.

¿Qué pasó después?

—Hubo una gran represión hacia los participantes —Tania aparta a Rebeca, su perra predilecta, que ha saltado sobre ella y le impide hablar—. Pero aquellas semillas trajeron estos frutos. En 1994 aparece CubaNet, publicando noticias y crónicas enviadas desde La Habana a través de fax, sobre lo que pasaba en Cuba. Un sitio digital creado en un modesto apartamento de Miami gracias al ingenio y la constancia de Rosa Berre, y de su esposo Carlos Quintela, un viejo periodista del desaparecido periódico Hoy.

¿El miedo pasó a un segundo plano?

—Sí. A pesar de los arrestos, la persecución, el hostigamiento, los actos de repudio y las disimiles medidas aplicadas por la policía política, apareció una pléyade de periodistas independientes, que echaron a un lado el temor y desafiaron la implacable maquinaria comunista.

¿Qué hizo un gobierno tan hermético como el de los Castro, contra esta fuerza intelectual incipiente?

—De todo. Nunca han dejado de actuar contra nosotros. Ni un solo día. En 2003 estableció la Ley Mordaza, donde cerca de treinta periodistas independientes fueron condenados a largos años de privación de libertad.

La Primavera Negra…

—Esa misma —asintió Tania Díaz Castro—. A prisión llevaron al poeta y periodista Raúl Rivero, también a Ricardo González, del grupo CubaPress, al cronista de CubaNet Manuel Vázquez Portal, y a muchos otros hasta el número de 75. Pero no importó el acoso ni las detenciones arbitrarias, la prensa independiente continuó viva y es hoy un referente de lo que pueden hacer los hombres amantes de la libertad contra los mecanismos de poder y las ideologías impositivas.

La historia de las bibliotecas independientes es distinta. Fue el primer proyecto comunitario que logró romper la gran barrera de lo imposible, al llegar de manera inmediata a la comunidad. Nació tiempo después que la prensa libre, a raíz de una pregunta que le hiciera un periodista extranjero a Fidel Castro, en una Feria Internacional del libro de La Habana:

—¿Por qué había tantos libros prohibidos?

Iracundo, el ex gobernante contestó:

—No hay libros prohibidos. Es que no hay dinero para comprarlos.

Algunos activistas de Las Tunas, en el oriente del país, que vieron aquel altercado por televisión, pensaron:

Si no hay libros prohibidos, pues tenemos numerosos libros escondidos que mucha gente quisiera leer —y sacaron los libros de los armarios para colocarlos en lugares visibles de las viviendas. En la puerta colocaron un cartel: “Aquí existe una Biblioteca Independiente”.

El movimiento creció de manera rápida por toda la isla. El objetivo era distribuir literatura, realizar seminarios y eventos culturales. Comenzaba así uno de los intentos más nobles de la causa pro democrática. Espacios para la libre expresión que no se hallaban en ningún otro sitio de la geografía cubana. Trabajaban de una forma completamente nueva. Se convirtieron de inmediato en uno de los principales objetivos del gobierno.

Tuvieron su punto culminante en el año 2007, cuando llegaron a existir más de cien bibliotecas en toda la isla. Pero la cruenta acción de la policía política consiguió diezmarlas y casi hacerlas desparecer, hasta el punto que hoy no sobrepasan el número de quince.

Para conocer en detalles qué sucedía, decidí emprender un viaje de un lado al otro de la isla y realizar una investigación in situ.

Con muy poco dinero, pero con mucho entusiasmo, salí a media mañana en un ómnibus Yutong de la estación central, releyendo a Hemingway en su crónica sobre los precios del afeitado en Chicago. Pronto estuvimos volando por la autopista rumbo a Los Arabos, primera escala del trayecto.

Luego de cuatro horas de viaje me bajé en el crucero del ferrocarril. Revisé la dirección que me dio la Coordinadora Nacional en La Habana. La biblioteca no quedaba lejos.

 

Parte II