Frank Correa: Oficios de contingencia (II)

Fui caminando por una calle polvorienta y vacía bajo un fuerte sol. Llegué hasta muy cerca, pero no pude contactarlos. Un operativo policial los tenía cercados, porque en aquel momento realizaban un conversatorio sobre el libro Archipiélago Gulag, del premio Nobel ruso Alexander Solzhenitsin. Según los jefes del operativo “para protegerlos del pueblo enardecido”. Aunque su verdadero objetivo era impedir que más gente se sumara.

Luego de varias horas esperando sentado en el contén, al fin se retiró el operativo tras la salida del último disidente, entonces pude llegar a la casa, pequeña, de madera con techo de zinc y dos habitaciones, una para el matrimonio, la otra para sus hijos y los libros. Enseguida la mujer montó el tacho y coló café.

Su esposo me explicó que el conversatorio era una actividad del Plan de Trabajo, para comentar libros prohibidos por el gobierno. Reiteró su criterio de la similitud del libro de Solzhenitsin con la situación actual, “en este gran Gulag que nos oprime, rodeado por la maldita circunstancia del agua por todos lados”.

Su biblioteca se llamaba Virgilio Piñera, en honor a ese grande de las letras cubanas. El hombre a cada rato lo recordaba con poses y frases, que escenificaba muy bien. Sobre todo en el famoso encuentro de Fidel con los intelectuales, en 1960, cuando Virgilio se paró frente al Comandante y dijo: “Tengo miedo…, mucho miedo…”.

—Fundadores de las bibliotecas independientes quedamos pocos —dijo la mujer—; algunos partieron al exilio, otros desencantados por la falta de recursos ya no trabajan como antes. Solo los que tenemos fe en el triunfo continuamos.

—La Seguridad del Estado hace un cierre de calle cuando nos reunimos —dijo el hombre de pie frente a mí, con el libro de Solzhenitsin en la mano—. Nosotros no ponemos bombas… lo único que hacemos es hablar de libros, recitar poemas, conversar de política… y eso les molesta, no lo permiten, nos acosan, nos cercan. Cuando prestamos un libro la persona tiene que sacarlo bajo la camisa, o envuelto en una revista Bohemia. Si lo cogen se lo quitan. Así hemos perdidos muchos libros. Como buen bibliotecario me duele, porque soy un recuperador nato de libros, ninguno se me pierde, pero esos jamás los recuperaré.

Al poco rato la mujer me preparó un pan con huevo frito y un refresco instantáneo. Luego me habló de sus actividades con niños, mostrando las fotos en su laptop.

—Queremos llegar a la comunidad, visitar viviendas, llevar bibliografía y esperanzas a la gente…

Por ella supe que en la provincia Matanzas existieron en su mejor momento veinte bibliotecas independientes, pero ahora solo quedaban ellos y la gente de Jovellanos y Perico, también sin recursos. Me mostró el inventario de libros, el Control de Entrada y Salida, y un logotipo de su biblioteca con la cara de un Virgilio desvalido, posiblemente el de Aire frío.

Estaba segura que tarde o temprano las cosas debían cambiar en el país y antes de marcharme me obsequió el  último premio Novelas de Gavetas Franz Kafka, un concurso organizado por la República checa para escritores cubanos marginados en la Isla. Le di las gracias. Guardé la novela en la mochila.

—Una visita de La Habana es lo que esperábamos hace rato. Y nunca se cumplía. Ahora sí que estamos comunicados.

El matrimonio me acompañó hasta la autopista, donde me recogió un auto estatal que iba hasta el próximo punto del camino: Santa Clara. Era un funcionario con su chofer, regresando insatisfecho de una reunión en La Habana. Escuché desde el asiento trasero su análisis sobre las múltiples fallas del sistema socialista. Algunas que conocía y otras que me iba descubriendo, hasta quedar copado de un silencio abismal, roto solamente por los baches de la vía, que lo hacían rechistar.

Se hizo de noche. Vi desplegarse ante mis ojos toda la provincia Villa Clara, con sus tristes luces y suaves planicies y los embalses de agua reflejando la luna y comprendí la soledad de estos bibliotecarios que luchaban solos contra una montaña. Íbamos a cien kilómetros por una recta. Cruzando pueblos dormidos de poco tráfico. Llegamos a media noche.

Por suerte los bibliotecarios vivían cerca de la autopista. Se pusieron muy contentos porque alguien de la Coordinadora Nacional al fin se acordaba de ellos.

—Una visita de La Habana es lo que esperábamos hace rato. Y nunca se cumplía. Ahora sí que estamos comunicados.

La bibliotecaria se llamaba Ercilia. Me sirvió arroz con picadillo y agua al tiempo. Comí en silencio, sin decirle que no pertenecía a ninguna Coordinadora Nacional, que era un periodista independiente en un viaje por cuenta propia, investigando sobre las bibliotecas independientes en Cuba.

El hermano de Ercilia había purgado una condena de cinco años en la prisión de Taco Taco por  fundar con su hermana aquella biblioteca. Su diploma “Prisionero de conciencia”, otorgado por Amnistía Internacional, lo mostraba como el objeto de mayor valor de la casa. También me enseñó sus encías sin dientes, debido a la mala alimentación en la prisión, donde adquirió también reumatismo provocado por la humedad, epilepsia y problemas cardíacos.

Prometieron llevarme al otro día a visitar al legendario Coco Fariñas. Pero esa noche, mientras dormía en un catre en la sala, soñé que me reencontraba con Fariñas en su casa del barrio La chirusa y el disidente gratificaba mi autoría en la propuesta de la Agenda para la Transición, a su nominación al premio Sajarov, que finalmente ganó. Y también por escribir en los días de su famosa huelga de hambre aquel poema épico: “¡Ahí viene el Coco…!”. 

Conversamos de esos temas y de cómo había discurrido tras bambalinas la normalización de las relaciones Cuba-Estados Unidos, cuando, de pronto, oficiales de la Seguridad del Estado irrumpieron en el sitio y cargaron con nosotros.

No quedaban boletos. Logré convencer con cien pesos a la ferromoza del último coche, para que me dejara viajar en la plataforma.

Era un sueño extraño, con matices negros. Me quitaron el teléfono, la grabadora, la libreta de notas. Me esposaron dentro de un patrullero. Al Coco su médico lo llevaba en brazos, desmadejado, igual que en aquella foto de El Nuevo Herald que recorrió el mundo y los críticos compararon con La piedad.

Al despertarme por la mañana anuncié a los hermanos mi cambio de planes. Tenía un trabajo que hacer y no podía salirme de la estrategia.

—Cualquier desliz puede echarlo a perder.

Les tomé fotos junto a sus libros y al logotipo. Y nos tomamos un café carretero pasado de azúcar.

Me despedí con un largo abrazo, deseándoles suerte.

En la estrategia que tracé para mi viaje, contemplaba no usar siempre la misma vía. Atravesé la ciudad hasta la estación de trenes, bulliciosa a esa hora y sucia. Con vendedores ambulantes pregonando y trenes con paradas de diez minutos.

No quedaban boletos. Logré convencer con cien pesos a la ferromoza del último coche, para que me dejara viajar en la plataforma. El vaivén acompasado del largo y viejo tren me recordó todos los trenes en que había viajado y los libros leídos en los viajes. Saqué la novela Premio Kafka y de casualidad contaba una historia sobre un tren igual (quizás el mismo), viejo y cansado hasta los huesos, colmado de carencias y angustias. Listo para el desguazadero. Llevando hacia lo imposible a seiscientas almas arropadas de penurias en sus asientos. Y a su protagonista “destruido, pero no derrotado”, sentado en el piso de la plataforma del último vagón leyendo un libro.

Dejé la novela para más tarde y saqué la libreta y el lápiz. Formé dos columnas. Una para los objetivos cumplidos y otra para los que faltaban. También redacté las primeras oraciones del reportaje, pero los bandazos del tren me hicieron desistir. Dejé la libreta en la mochila y “disfruté” del viaje, atenazado por la peste a orine que salía del baño, sin agua ni electricidad, y el polvo acumulado por años.

En Camagüey resultó difícil encontrar la biblioteca Antonio Maceo. Nadie la conocía. Y cuando explicaba que era una biblioteca independiente, el miedo los encogía y me abandonaban. Llamé por teléfono a la Coordinadora en La Habana y me dio el número de la bibliotecaria.

Casi de noche estuve de nuevo en la autopista, donde encontré mucha gente haciendo autostop. Zombis encogidos junto a sus tristes bultos.

Me senté en un parque a esperar. Al poco rato me recogió un muchacho en bicicleta y me llevó montado en la parrilla hasta un barrio apartado.

Era un apartamento sumamente pequeño. Y resultó la librería más grande que he visto en una casa. Con magníficos libros y estibas de periódicos y revistas hasta el techo.

La directora, una joven con mucha prestancia, estudiaba Periodismo en la Universidad de Camagüey y heredó aquella biblioteca de su padre muerto. Un bibliotecario de los primeros. Quería continuar su legado, pero confesó que tuvo que bajar el perfil debido al asedio de la Seguridad del Estado, que ahuyentaba a los lectores con los cercos a las actividades.

—Ser bibliotecaria independiente pone en riesgo mi permanencia en el centro de altos estudios, donde hay que ser obligatoriamente revolucionario. Pienso terminar la carrera, para entonces sacar a la luz mi proyecto.

Tomé fotos de hermosos libros y me despedí con un beso y un abrazo. Ver una joven con aspiraciones de continuar la obra, daba ganas de seguir adelante. Y volví al camino.

Casi de noche estuve de nuevo en la autopista, donde encontré mucha gente haciendo autostop. Zombis encogidos junto a sus tristes bultos.

En una guarapera me hidraté hasta los huesos. Y renové fuerzas para conseguir a eso de las diez subir a una rastra de barandas bajas, que aminoró la marcha para que los hombres que consiguieron subir, pagaran cincuenta pesos hasta La Tunas.

Hacía frío arriba y nos tapamos con la lona de la carga. Luego comenzó a lloviznar y tuvimos que construirnos una especie de casa de campaña alzada por decenas de brazos, donde nos apiñamos como ratas hasta que cesó el temporal y entonces nos secamos con el frío aire de la carretera.

Llegamos a Las Tunas temprano. Visité la biblioteca Juan Gualberto Gómez, donde radicaba el Coordinador Provincial, Daniel, que me brindó lo poco que tenía mientras me mostraba la lista de bibliotecas de Puerto Padre, Banes, Amancio, Gibara y Velazco, que habían dejado de prestar servicios por falta de recursos, el hostigamiento de la policía y el asilo político de los bibliotecarios.

—Mucha gente tiene miedo, pánico, la represión contra los disidentes es total. Ya tu sabes, aquí están la UNPACU y Las Damas de Blanco. La línea dura de la oposición.

Me bañé. Me puse una camisa limpia. Tomé fotos. Firmé su Libro de visitantes.

Me despedí dándole gracias por recibirme y otra vez fui a la autopista.

Otro camión de carga. El aire batiendo mi rostro a cien kilómetros. Los campos de Cuba con el sol en alto y carteles anunciando Bayamo, Jiguaní, Cauto Cristo, Contramaestre…, y consignas revolucionarias: “El socialismo es invencible”, “Estamos en el momento decisivo”, “Ahora somos más fuertes que nunca”. 

El próximo punto del viaje fue Palma Soriano. Alquilé un coche de caballos que me llevó hasta Paquito Borrero, entre Remus y 24 de febrero, donde radicaba la Biblioteca Comunitaria Hubert Matos, en honor al comandante guerrillero que renunció la gloria oficial por denunciar el insalvable camino que tomaba la revolución: el comunismo.

Su director era un joven llamado Michel Figueredo. Me contó en detalles lo difícil que resultaba ser bibliotecario independiente y los trabajos que había pasado para convencer a su familia.

—Mucha gente tiene miedo, pánico, la represión contra los disidentes es total. Ya tu sabes, aquí están la UNPACU y Las Damas de Blanco. La línea dura de la oposición.

Estuve con él hasta el mediodía. Sancochó plátanos burros, llamados en Palma Soriano fongos y en Guantánamo cambutes. Para acompañarlos, su tía nos obsequió tres huevos de una gallina echada en el patio. Michel hizo una tortilla grande que llamó “tortilla a la tía” y comimos mientras conversamos.

Cuando salí de casa de Michel descubrí que ya estaba “chequeado”. Atravesé Palma Soriano hasta la terminal de ómnibus, seguido en todo el trayecto por un joven de pulóver a rayas, que disimuló muy bien su trabajo hasta descubrir que lo había detectado. Entonces cambiaron el “chequeo” con otro oficial, más viejo, que me siguió a la estación.

Miré el anuncio de salidas. La guagua hacia Guantánamo, la provincia que faltaba en mi plan, no salía hasta las cuatro. Donde seguro ya estarían esperándome al bajar del ómnibus, con el consabido “acompáñenos”, para conducirme a la Unidad de Operaciones Especiales, en Monte Sano; a una celda tapiada, inmunda, con interrogatorios de una semana y preguntas iterativas: “¿Por qué aquel extraño viaje? Los Arabos, Santa Clara, Camagüey, Las Tunas, Palma Soriano, ¿Guantánamo? ¿Tuvo contacto con algún miembro de la UNPACU? ¿Conoce usted a José Daniel Ferrer? ¿Trae volantes? ¿Qué hacía en casa de Michel Figueredo, hermano de una Dama de Blanco?

De repente la providencia puso ante mí una Yutong vacía, que iba para La Habana. Sin pensarlo subí y me senté en el último asiento. Pagué el boleto al conductor y el ómnibus se puso en marcha. Vi abajo al agente que me seguía, comunicándose nervioso por un celular. Corrió junto al ómnibus, tratando de localizar el asiento en que viajaba.

—¡Quiero vivir!

Cuando el ómnibus tomó la autopista me dormí de un tirón hasta La Habana. El viaje había sido rápido, pero aún me faltaba una biblioteca por visitar.

La biblioteca Juan Francisco Manzano queda en 228 y Tercera, en Jaimanitas. Su directora, Yunia Figueredo, es tataranieta del patriota que sobre la montura del caballo escribió las notas de nuestro himno nacional. Me contó que por su casa pasaban todos los días una docena de jaimanitenses, en busca de periódicos, libros y revistas.

—Además tengo un taller de pintura infantil. Y he conseguido mucha bibliografía sobre Prevención Social, que reparto por los barrios marginales a las jóvenes, para evitar embarazos no deseados. Ese es un problema que amenaza y crece en la comunidad por la poca atención social de las instituciones encargadas.

Yunia me cuenta una historia que me aleccionó sobre la incidencia de una biblioteca en su entorno social. Sucedió con su vecino José, pintor frustrado de Jaimanitas, que le agradece todos los días “salvarle la vida”.

A José se le rompió el televisor y no había piezas en el taller. Tampoco contaba con dinero para comprarse otro. Lo que pinta apenas le alcanza para comer, y buscar bebida, su válvula de escape para el ostracismo y el fracaso en que vive. Porque José ya está viejo y no ha conseguido realizar sus proyectos: Dios barriendo la calle y La partición del mundo.

Aquel día sin televisor se sintió vencido y pensó que en suicidarse. Recuerda que había una soga en un rincón y aunque la casa era sin vigas, si se esmeraba conseguiría colgarse.

Todavía repica en su oído la voz siniestra del diablillo alentándolo, pero se sacudió y dijo:

—¡Quiero vivir!

Y entonces descubrió que una solo cosa puede suplir el encanto audiovisual de la tele: los libros. Una extraña invasión de luz trajo a su mente a Yunia, la vecina que se fue a dormir con sus hijas a la sala, por levantar en la habitación (único sitio que no se mojaba con la lluvia), una biblioteca independiente. Con el nombre del primer poeta esclavo de la Isla. Juan Francisco. Para tal vez sin proponérselo salvar a los Josés perdidos, en esta gran desolación espiritual llamada Cuba.

En aquel momento, una fuerte explosión retumbó la casa.

—Cuando estuve frente a los libros me sentí salvado —cuenta José—. Comencé fuerte, con El ingenioso hidalgo, y fui otra vez aquel Alonso Quijano de niño, luchando contra los molinos. Después leí a Vargas Llosa. Luego En el camino de Kerouac, Ragtime de Doctorow, y Autobiografía de Malcom X. Con Hemingway me di el verdadero gusto. Luego me leí de un tirón Como llegó la noche, de Hubert Matos, el libro de Benigno, los de Norberto Fuentes. Siguió Tom Wolfe. Celestino antes del alba, de Reinaldo Arenas, que me hizo recordar mi niñez y mis brujos. Después repasé la literatura rusa, la española y la francesa. Devoré la mitad de los libros que había allí y dejé una reserva para después, porque encontré muchos Nuevo Herald y El País, que describían el mundo cómo era en realidad. Luego encontré lo mejor, las biografías, de Aníbal, Alejandro Magno, Julio César, Martín Luther King, Kennedy, no necesito el televisor, ni me voy a suicidar. Y todo gracias a la bibliotecaria que vive al doblar de la esquina.

La entrevista con Yunia fue en su pequeña vivienda en Jaimanitas. Le referí mi recorrido por la isla y sobre la buena gente que conocí en esos pueblos.

—A pesar de vivir de manera muy humilde, advertí que sentían verdadero orgullo de ser bibliotecarios.

—Muchos activistas de Derechos Humanos han ejercido la noble profesión de bibliotecarios —dice Yunia, que ya tiene quinientos libros y su meta son mil, antes de fin de año—. Pudiera mencionarte nombres: los presos de la Primavera Negra, Humberto Colás, Gisela Sablón, Omayda Padrón. Todos exiliados. ¿Quieres saber la verdad?  El proyecto está dinamitado por el gobierno. Disuelto. La Seguridad del Estado consiguió atomizarlo. Comenzar de cero es la única forma de levantarlo otra vez.

—¿Cómo?

—¡Luchando! A mí no han podido doblegarme. Voy a seguir adelante. No me pueden parar.

En aquel momento, una fuerte explosión retumbó la casa hasta los cimientos. Corremos a la cocina y encontramos la cafetera reventada sobre el fogón. Envuelta en llamas. Con la entrevista Yunia la olvidó y ahora no tenemos ni café ni cafetera y nos reímos largamente del susto y las cosas que nos suceden a los cubanos.

Antes de marcharme descubro en un estante un libro que he estado buscando durante mucho tiempo. La bibliotecaria me lo presta. No sin antes anotarme en la “Lista negra” y recordarme que debo devolverlo en una semana. De lo contrario debo renovar la solicitud.

—O tendré que salir a buscarte.

 

Parte I