Carlos Manuel Álvarez: Low Battery

En el parque José Antonio Echeverría de Cárdenas, mi modesto iPhone 4S logra abrirse paso a codazos entre la legión de laptops, tablets y celulares de toda clase y enganchar al menos dos rayas de conexión wifi, lo que me permite asomarme a los correos y mensajes acumulados durante días, aunque no puedo responder. Durante una breve época, pienso, todo fue así, unos pocos meses en que mis huesos no podían soportar mucho más tiempo corrido en Cuba y no tenía manera de escapar.

Yo creía vivir dentro de una vitrina, estaba al tanto de todo, podía ver el paso de los transeúntes por la calle, el semáforo de la avenida, los verduleros de esquina, pero nadie me veía a mí, las señales que transmitía captaban una frecuencia distinta. Palpitaciones, jadeos, la emisora de la neurosis nacional. Es el gran mal de Cuba. En un espacio cerrado la respiración desesperada empaña los cristales. Nos vamos borrando, somos esa niebla.

Recorro el parque, un contén, un banco, una escalera, la sombra de un árbol, la fuente principal, intentando que el iPhone se ponga de pie, pero no hace más que desangrarse en el mareo de las aplicaciones noqueadas que buscan levantarse sobre su cadáver, atrapadas en el redil de los kilobytes más caros del mundo.

Me rodean tres bares privados, una heladería con letreros de neón, la vieja escuela primaria de Elián González, un antiguo cuartel de bomberos reconvertido en museo de la infausta Batalla de Ideas y otro museo que clasifica entre los primeros de Cuba, con colecciones numismáticas, una tigresa (o algún otro tipo de felino) embalsamada y un púlpito desde el que habló Martí en el exilio. El coctel municipal del suicida que mezcla pastillas de todo rango y propósito.

La emigración nacional, cuyo rostro fue tantas veces dibujado en el aire por la tozudez memoriosa de las madres, los padres, los hermanos que quedaron en Cuba, ha comenzado a cobrar cuerpo —una cara pixelada, una voz entrecortada, una conversación con segundos de retraso, pero cuerpo al fin— en los parques públicos del país, como una lámina de hierro rota que empieza a soldarse bajo la varilla de fuego de agosto.

Un grupo de clientes se agolpa en la puerta de un taller de celulares con la cabeza hecha un lío y el corazón en un puño porque no logran entenderse de manera fluida con la app IMO.

Veo fisuras, grietas, la realidad cuarteada. Voy a leer mis mensajes, mis correos, y leo los mensajes y correos de otros. La gente no se cansa de pedir, a voz en cuello. Quieren ropas, computadoras, visas, pomos de nutella. No hay pudor porque no hay distinciones, es una fuerza unívoca empujando parejo.

El dióxido de carbono se acumula, la tarde se cierra. Todo esto al final tiene consecuencias graves. Recuerdo una noche en que un abuelo, a dos metros de mí, hablaba con sus nietos de Miami, y él podía verlos con nitidez, perfectamente bien, pero la oscuridad del parque, clausurado ya por la acumulación de pedidos hechos durante el día, se lo chupaba.

Sus nietos no distinguían más que una sombra negra. El abuelo se lamentaba. Él había querido traer una linterna para alumbrarse la cara, pero la persona que lo llevó al parque se había negado. Yo entendí a ese hombre. Él no quería ver, él quería que lo vieran.

Pasado un tiempo, tú no quieres ver al que se fue, tú quieres, en realidad, con todas tus fuerzas, que el que se fue te vea. Alumbrarte con una linterna y que alguien, después de todo, te pueda decir si sigues teniendo un rostro. O no.