Gilberto Padilla CárdenasWifi

La intimidad, para mí, no consiste en mantener mi vida oculta a los demás, sino en ahorrarme la intrusión de la vida privada de los otros.

Por ejemplo: el maravilloso mundo de Netflix y las pantallas de alta definición, me han ahorrado la visita a tantas plateas de cine pegajosas, tantos comentarios estúpidos del público en las salas, tanta gente con los pantalones abajo.

Hace apenas una década, en Cuba todavía abundaban los espacios públicos en los que los ciudadanos demostraban irrespeto por su comunidad imponiéndonos acrobacias sexuales de todo tipo. El país no había sido aún plenamente sodomizado por la cháchara online. Todavía era posible ver un seno a la intemperie. Un tatuaje en el coxis. Un pubis rasurado. Pero donde antes hubo sexo, ahora se habla. Qué mal le hizo al mundo Lost in Translation.

Al fin y al cabo, con el nuevo milenio se produjo en la Isla una transición sin fisuras de la cultura de la nicotina y el alcohol a la del móvil. Un día el bulto en el bolsillo de la camisa era el paquete de H. Upmann; al día siguiente, un iPhone. Un día la chica vulnerablemente desprovista de compañía ocupaba sus manos, su boca y su atención con un cigarro; al día siguiente las ocupaba en una fascinante conversación con una persona que no eras tú. Un día la muchedumbre se congregaba en torno al manisero; al día siguiente, junto al vendedor de tarjetas Nauta. El hábito de par de cervezas diarias pasó a convertirse en facturas abonadas a ETECSA. (Se sabe: el negocio de ETECSA no es el de la comunicación, sino un negocio a secas.) La contaminación en forma de humo dio paso a la contaminación sónica.

Los cubanos vivimos —como los murciélagos— en un mundo de ecos íntimos. Dos o tres minutos en un parque habanero bastan para erizarnos la piel con las conversaciones ajenas. Incluso el tono del teléfono intenta llamar la atención: este interpreta “Despacito” en lugar de hacer “ring ring”.

No sé cómo funcionará el amor en otras latitudes, pero en Cuba el amor alcanza su máxima expresión cuando te recargan el móvil desde el extranjero. O cuando, un domingo, recibes una notificación: “Let`s video chat and text on imo” de tus padres para preguntarte “¿Cómo andan los Industriales?”. A mi madre, como es lógico, le importa una mierda el resultado de la Serie Nacional de Béisbol. Pero en esa pregunta (“¿Cómo andan los Industriales?”) hay otra inquietud escondida, una duda que sí es fundamental. La pregunta tácita es esta otra: “¿La cosa sigue muy jodida por allá?”.

A la hora del almuerzo, busco un sitio en el césped. Conectarse a Internet en un parque acaba siendo mejor que el sexo. Tienes orgasmos parecidos a calambres, calurosos y colectivos. Te olvidas de tu viejo y perezoso pene. Quién lo necesita. En cierta forma es una escapatoria. Unas vacaciones de la libido. Algo supletorio.

A mi lado, un grupo de vampiros urbanos crea enlaces de Zapya. Al parecer, la maldad que produce una secta virtual es cien veces peor que un castillo rumano. Pero no te quejas: si no se conectaran, se verían obligados a hacer puenting enfundados en trajes de color verde fluorescente, o a patinar, o a practicar bullying en una escuela primaria, a coleccionar temas de Paradise Lost, fotos del Che, a las orgías anales.

Levanto la vista para clasificar las especies como Darwin (es imposible desaprovechar la oportunidad cuando todos esos especímenes te están gritando al lado): acosadores que serían capaces de enamorarse de un omóplato. Una vieja roquera llevando un corsé que le proporciona una cintura de diez centímetros, parece un reloj de arena de lycra. Depresivos cuarentones sentados en un banco de concreto, todos juntos como un capítulo de Friends. Playboys con barba de cuatro días miran a ver si los miramos. Chicas trigonométricamente atractivas (la belleza, se sabe, es una ecuación: por ejemplo, la distancia entre la base de la nariz y el mentón debe ser la misma que entre la parte alta de la frente y las cejas. Hay reglas que respetar, como el “número áureo”, 1,611803399, que es la altura de la pirámide de Keops dividida por su semibase. Si divides tu estatura por la distancia que hay entre el suelo y el ombligo, tienes que obtener esa cifra, que también debe ser igual a la distancia del suelo al ombligo dividida por la distancia del ombligo a la coronilla. Si no, eres insingable). Pregoneros de la intimidad que se aferran a sus celulares como a la mano materna.

(El cubano medio es sometido a toda hora a la privacidad ajena, como si viviéramos en el interior de una campaña publicitaria de Bouygues Telecom: “un teléfono gratuito a cambio de interrupciones publicitarias cada 100 segundos”. Imaginen: suena el teléfono, un policía nos comunica que nuestra hermana acaba de morir en un accidente de auto, nos brotan lágrimas y, al otro lado del teléfono, una voz suelta: “Hyundai, prepare to want one”.)

Si decides destinar una hora diaria a introducir ajustes en tu perfil de Facebook, o si pasas la noche intentando descubrir las peores imágenes ultrapornográficas: por ejemplo, una mujer sodomizada por una anguila, o si crees que no hay ninguna diferencia entre leer a Thomas Bernhard en un Kindle y leerlo en una hoja impresa, o si piensas que Ivette Cepeda es la mejor música desde Wagner, me alegro mucho por ti, siempre y cuando te lo guardes para ti.

De todas las proposiciones lúbricas con las que nos tienta un parque habanero —posturas infrecuentes, conversaciones obscenas, chicas que parecen estar chupando pelotas de ping-pong, sudor; ese potro de concreto, forrado en semen, que invariablemente nos contempla con soberbia: el banco público—, hay una sola que es verdaderamente eficaz: la wifi. Porque Internet es hoy, en Cuba, el mejor afrodisiaco; nos corta del mundo —de ese magma indolente o aciago que es la realidad nacional—, reagrupa nuestras fuerzas, hasta entonces desperdigas, y las somete al imperio de un solo afán: ser otros.

Nos conectamos a Internet y —no importa dónde— somos automáticamente clandestinos (nuestras vidas parecen mucho más interesantes cuando las filtramos a través de la interfaz sexy de Facebook); y ya se sabe que si hay una droga a la que el cubano es sensible, esa es la ilegalidad.

Y después están los revendedores, los huracanes, el sol de Biblia, los pajusos, la desidia nacional, la incomodidad; es decir: todas las claves, a menudo despreciadas en nombre de nuestro raciocinio, el decoro o incluso la humanidad, que hacen del parque cubano el espacio extraterritorial por excelencia: un lugar de puras posibilidades, donde las leyes del mundo se suspenden y son reemplazadas por otras, desenfrenadas o cándidas, perversas o convencionales, que rigen la única dimensión en la que no hay más patria que el deseo: la intimidad.