Alberto Garrandés: Gradual imposición del artificio (II)

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“Sí quiero sí”, exclama en voz baja, en el interior de sus pensamientos, una excitada Molly Bloom al final del día 16 de junio de 1904, que es, para siempre, el Bloomsday a partir de la publicación de la novela más famosa del siglo XX: Ulysses, de James Joyce.

“Quiero, sí, quiero”, exclama otro 16 de junio, prácticamente un siglo antes, el doctor John William Polidori, médico personal de Lord Byron, cuando este, por mera cortesía, lo invita a participar en la escritura (colectiva pero solitaria) de relatos de terror que se impondrían luego en el canon de la literatura gótica.

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Coincidencias así resultan misteriosas. Una “tetas perfumadas” como las de Molly (de acuerdo con Joyce, Molly dice: “so he could feel my breasts all perfume yes”) no habrían intervenido para nada, diríamos con bastante seguridad, en el espíritu del doctor Polidori, hombre de tiquismiquis y especialista en sonambulismo. Y devoto, eso sí, de Byron (de su mente, de su alma, de su contradictoria apostura física) y de su doble aristocracia: la del héroe (entronizado en la poesía misma y en el Byronic Hero) y la del linaje que lo marcaba (con el poder del dinero y de la opinión) desde su nacimiento.

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En 1816 Lord Byron alquila Villa Diodati en uno de sus viajes por Europa, y trae consigo al doctor, recién graduado en Edimburgo. Lo sabe fiel y lúcido. Más tarde se revelaría como un chismoso indiscreto y un espantador de intrusos. Pero no es tanto cuestión de personalidad como de azotes. Byron no dejó nunca de aguijonearlo, de burlarse de él, sin rebajar, creo, su aprecio por el doctor. Pero el doctor era una criatura hiperestésica con una autoestima en crisis. Se tomaba todo muy en serio. Incluso su convicción de que era tan escritor como Shelley y Mary, los invitados principales de Byron en Villa Diodati, a quienes se sumó, como se sabe, una dama políglota y coqueta: Claire Clairmont.

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Byron lee unos textos alemanes de horror, llenos de ambientes sórdidos, raros, y donde la muerte no es sino la entrada al recinto de lo sobrenatural. Mucho después el cine, con ramplonería y llenándose de lugares comunes, da por muy cierto que esa noche había truenos y viento y aguaceros. Una dilatada tempestad. En términos climatológicos, para mayor precisión, según los registros históricos: casi no había sol y la lluvia (aguanieve) era constante. Mucho frío, claro. Poco viento (el viento es tan romántico). Solo algunas ráfagas (“rain, puffs of wind”, anota Polidori). Todas las chimeneas de Villa Diodati estaban encendidas.

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Byron lee y comenta. Esa noche quiere volver a ser un gran señor oscuro. Escribe, incluso, un poema dedicado a las tinieblas. Y a ellas se rinden todos: Byron propone que cada uno de los presentes escriba una pieza en armonía con el ambiente y el talante de la lectura. Es obvio que estaba invitando especialmente a Shelley y Mary, de quien Shelley le había contado algo sobre su innata predisposición a la escritura literaria. Ayudaba mucho, además, el hecho de ser hija de William Godwin, un hombre importante en el mundo sociopolítico británico por sus ideas anarcofeministas, si así pudieran nominarse. Claire no se inmutó, aquella invitación no le concernía. Ella estaba allí para meterse en la cama de Byron. Pero a Polidori, sí. Era la oportunidad de demostrarles a todos, con una dosis de insolencia, cuánto valía su pluma.

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Y es entonces cuando el doctor se siente más que invitado. A veces solo basta un incentivo mínimo, o imaginario, para que la voluntad se enuncie y defienda al yo que la contiene. Allí empieza Polidori a escribir su conocido relato “El vampiro”. Pero el doctor no tiene suerte. Cuando publica su obra, el editor se la atribuye, por error, a Lord Byron. Se sabe que hubo un irritado cruce de cartas.

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Al final se aclara todo, pero siempre bajo la sombra titánica de Lord Byron, quien es el primero (hay algunas evidencias) en mencionar el asunto del vampirismo, y lo desecha en favor de Polidori. Este, sin embargo, le da vueltas a la metáfora de una dama cuya cabeza se transforma en un feo cráneo. Se trata de un castigo. La dama es una mirona. Tiene la costumbre de atisbar por el ojo de las cerraduras, y un día ve algo tan impropio y tan espantoso que la metamorfosis no tarda en ocurrir.

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Pobre doctor. Mary siente lástima por él. Lo trata conmiserativamente y él tiende a detestarla con afabilidad, aunque ella le ha dicho que lo estima al punto de considerarlo un hermano menor. Polidori tuvo que haberse sentido humillado por esa declaración de superioridad. ¡Mary era en verdad dos años menor que el médico! Pero hasta ese instante ella no significa, para él, más que lo que significaría la simple compañía femenina de Shelley, el hombre que sí podía emular con Byron y que va de su habitación a la suya. Claire, siempre a punto de aparecerse, viene a ser la bisagra. Con ella tuvo (o volvió a tener) sexo, según se dice.

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William Michael Rossetti, sobrino de Polidori, edita sus diarios ya muerto este y reconoce, en su tío, falta de reserva, de prudencia y mucha petulancia. Está escrito. Polidori se creía cosas, como decimos hoy. Por otro lado, es cierto que Murray, el editor de Lord Byron, le ofreció 500 libras para que llevara un registro de sus viajes con el notorio poeta. También es verdad que Mary estaba por encima de todo aquello. ¿No era Claire su hermanastra? ¿No habían conocido ambas a Shelley a la vez? ¿No era lógico imaginar que, mientras le proponía a Mary una relación seria (y ella intuía que las cosas iban en serio, aparte de conocer la existencia de Harriet, la suicida), Shelley estuviera explorando la clandestina, pero osada, sensualidad de Claire?

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El siglo XIX y el continental milieu hacían descansar la visualidad del cuerpo (abrumadoramente femenino) en momentos privilegiados y exclusivos de obras italianas y francesas de los siglos XVII y XVIII. Por otra parte, el completamiento de la educación de un joven británico abierto al mundo pasaba por un viaje de varios meses por Europa, y, en concreto, Italia (las inexcusables Roma y Florencia, para no hablar del Mediterráneo y el sur), Alemania, Suiza y Francia. Paseos por las ciudades y por el campo europeo. Visitas a burdeles y teatros (a veces eran casi lo mismo), adquisición de libros y frecuentación de algunos salones.

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El continental journey es muy masculino. Mary es una figura entrometida, si hubiera que definirla desde la perspectiva de su época. Una mujer insólita y llena de atrevimientos insólitos. Una mujer que soportaba (o más bien aceptaba sin muchos problemas) desvaríos y engaños aventureros. Uno puede imaginarla haciendo una precisa distinción entre la deslealtad (que se acrecienta en consideraciones éticas sobre la culpa) y la aventura sexual (que es como un perfume fuerte con fijador endeble). Claire y Mary: bellezas continentales a juzgar por los retratos. Bellezas no italianas, ni griegas, lo cual es un detalle a tomar en cuenta.

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No mucho tiempo después Polidori es despedido por Byron. Regresa a su casa, con su hermana Charlotte, y una madrugada bebe ácido prúsico. Al amanecer tratan de reanimarlo, pero su agonía es irreversible. Su hermana, mujer impregnada de sospechas, quema, tras leerlos minuciosamente, los folios originales del diario de sus viajes con Byron. Pero antes hace una copia (bien censurada) y se la entrega a Rossetti. Solo así lo autoriza a publicarlo.

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Con deseos de figurar y meter baza, Polidori anuncia, aquel mismo 16 de junio, que participará en el juego de redactar, cada uno de los presentes, una historia espeluznante. Unos días antes, al tropezar en uno de los lodazales, se tuerce un tobillo. Aun así acompaña a Byron y los otros a un baile en una de las residencias próximas a Villa Diodati, donde está de visita una condesa polaca de apellido Potocki, obviamente relacionada, si atendemos a las notas de Polidori, con el Potocki del célebre Manuscrito encontrado en Zaragoza. Hace un poco de vida social, pero sin mucho éxito. Y apenas puede bailar.

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Algo tenía que hacer el médico para sentirse bien consigo mismo. En diferentes momentos les había leído a Byron, a Shelley, y también a Mary, fragmentos de una obra de teatro en verso. Nadie le hizo el menor caso. La opinión general fue que no servía de mucho. El 18 de junio empezó, sin embargo, a escribir un relato en el que no confiaba tanto y que, sin embargo, lo haría entrar en la historia de la literatura: “El vampiro”.

Lo publicó tardíamente, hacia 1819, en medio de una equívoca adjudicación (como dije, el editor y todos los lectores estaban convencidos de que su autor no podía ser otro que Lord Byron). Alrededor de esa fecha dio a conocer una breve y atrayente novela: Ernestus Berchtold, or the Modern Oedipus, por medio de cuyo simétrico título intentó rivalizar con Frankenstein, or the Modern Prometheus. Pero la novela es, hoy día, un espécimen raro, para académicos y especialistas, mientras que la inmensa popularidad de Mary Shelley no decae a 200 años de su artificiosa (y humana) Criatura.

 

Parte I