Orlando Luis Pardo Lazo: Leonardo Padura, perros, política y piedad

Vivo en Lawton, el que alguna vez fuera un barrio enclavado en las afueras de La Habana —desde hace bastante ya integrado en la extensa pero más bien chata capital cubana—, tal como en Lawton vive Iván Cárdenas Maturell, el veterinario —y, por supuesto, escritor frustrado— que protagoniza El hombre que amaba a los perros (Tusquets, Barcelona, 2009), la novela de Leonardo Padura que echa por tierra de un plumazo —si bien un plumazo de 765 páginas— toda la narrativa naif y la épica edípica del comunismo mundial, mostrándolo monstruosamente tal como fue a nivel de sus propias entrañas: una sucesión incesante de crímenes contra la humanidad. O, si se prefiere, otra manifestación igual de mortífera del poder perverso de la idiotez ideológica, en especial cuando se constituye como contrapeso del capital.

El hombre que amaba a los perros es el libro negro de la utopía proletaria. Y es, también, un libro de los muertos, donde el muerto menos importante se llama acaso Liev Davídovich Bronstein, alias Trotsky. Porque para matar a ese muerto, tanto física como metafóricamente, hizo falta implementar un sistema social capaz de vaciar de contenido hasta el alma humana —no por gusto el tirano soviético Iósif Stalin creía que el escritor debía de ser un “ingeniero de almas”—, rellenando al alma humana, a su vez, de ese licor embriagante llamado el odio al otro. Es decir, el desprecio a la vida de los demás y, por inercia, a la vida propia.

Padura la tuvo bien difícil con El hombre que amaba a los perros en tanto autor. Por sus manos de intelectual no violento debió pasar medio holocausto a manos de comunistas, la misma “clase social” que fue la mejor aliada de la Revolución castrista, la que la alimentó —y armó— desde muy temprano. Y nadie sale inocente de semejante ritual retórico. Porque ya Padura es el hombre que sabe demasiado. Y el Estado totalitario que lo tolera en tanto intelectual, tecleando en su casita de Mantilla —no muy lejos de Lawton—, también sabe que Padura sabe unos cuantos secretos de más. Y, para colmo, saben, aunque no lo lean, que nuestro hombre en la distopía caribe ha hecho público parte de ese secretismo a través de la fulminante irresponsabilidad de la ficción: ese género poderoso catalogado como “la verdad de las mentiras”, así como “historia privada de la nación”.

De manera que, por más que lo hayan tolerado, El hombre que amaba a los perros seguirá siendo un desafío al fidelismo entendido como fidelidad, y esto hace de Padura un ente imperdonable así en Lawton como en Mantilla. Y no hay nada que Padura pueda hacer ahora al respecto para revertir semejante fatwa sutil al punto del cinismo, pues saber, en el socialismo, es el peor de los pecados políticos.

De hecho, saber es técnicamente el primer estadio de la traición. En la práctica populista, un pueblo se alfabetiza precisamente para impedir que nadie pueda saber nada por sí mismo más allá de la sabiduría absoluta del Estado.

Volviendo a su novelística: es imposible ser un personaje de Padura y no ser un escritor frustrado (o en ciernes, que viene a significar lo mismo). El veterinario Iván Cárdenas Maturell lo es sin duda alguna: “Se me gastaron las ganas”, confiesa. Y, acaso por el pavor de devenir una no-persona en la Isla de la Libertad, en aquella década climática de la censura estatal —mucho más que un Quinquenio Gris—, él ya “había optado por escribir el silencio”, pues “al menos con la boca cerrada podía sentirme en paz conmigo mismo y mantener acorralados mis miedos”.

Parece una exageración. Pero toda verdadera literatura lo es: una discriminación de los contenidos y una magnificación de las formas.

Solo que, a lo largo de su evolución dramatúrgica en El hombre que amaba a los perros, Iván de pronto ya no es del todo responsable ante su vocación o su bloqueo escritural, pues Padura lo obliga a ir descubriendo que ahora se trata de que cierta inconcebible historia lo había “perseguido porque ella necesitaba que alguien la escribiera. Y la muy hija de puta me había escogido a mí”.

A él, a Iván, a un común vecino de Lawton. Como tantos otros que hubieran preferido no tener voz con tal de no verse forzados a perderla. Tal como el propio Padura vive al borde de perder la suya en la Isla. De ahí su coraje en tanto creador, como coraza para no dilapidar su talento en los eternamente “tiempos difíciles” de su generación.

Se trata de la tesis del escritor como un mero médium. ¿Cuál será aquella historia que pedía a gritos ser historiada? Pues una historia que vaciaría de sentido al resto de la historia —los restos de la historia— de lo que en Cuba habíamos creído vivir. Parece una exageración. Pero toda verdadera literatura lo es: una discriminación de los contenidos y una magnificación de las formas.

Una historia que nos hará cómplices de inmediato, incluso como lectores, si es que aún los cubanos contamos con algún residuo de reserva moral. Una especie de contrahistoria, que a Iván se le irá revelando dosificada por el perfeccionista Padura. Una subhistoria casi en clave de capítulos detectivescos que, a los efectos de la audiencia cautiva cubana, ha de irse descifrando crimen por crimen, junto a la inocencia perdida de un perdedor nato como lo es el buenazo de Iván.

Algún crítico literario debería de explicar alguna vez por qué todos los personajes protagónicos de Padura parecen tan buenos: entrañables “pedazos de pan” hechos de palabras que, tras la lectura, resultan imposibles de no extrañar en la vida real.

Podríamos resumir de manera provocadora las revelaciones que en 1977 comienza a recibir Iván, de primera mano del moribundo Jaime Ramón López —que acaso fuera el propio Ramón Mercader—, y podríamos mirar más allá de la maquinaria de muerte que hizo metástasis materialista en Cuba en 1959, para concluir que esta es, ante todo, la historia de un revolucionario frustrado que se dedicó con éxito a escribir —Trotsky, la víctima rusa— entrecruzada con la historia de un escritor frustrado que se dedicó con éxito a la Revolución —Ramón Mercader, su victimario español—: ambos con ínfulas cosmopolitas, al contrario de la biografía de Iván, varada a punto de naufragio en su Isla.

Así que por fin le rajó el cráneo a Trotsky,  manchando de sangre las letras inflamatorias que, un instante antes, el revolucionario sin Revolución tachaba y tachaba, ignorante de que en realidad tachaba y tachaba su propia existencia de expatriado.

De hecho, la tarde del atentado mortal en contra de Trotsky, el 20 de agosto de 1940, se desdobla exquisitamente gracias a la escritura, pues Ramón Mercader —ahora encarnando a un tal Jacques Mornard— le pide a su ilustre condenado a muerte que, por favor, le revise un artículo revolucionario que se supone que él ha escrito y aspira a publicar. Trotsky accede a servirle de editor, sin cobrarle ni un centavo por su tan comprometido tiempo. Y mientras “leía y, otra vez, tachaba, tachaba, tachaba con gestos bruscos y molestos”, finalmente le comenta entonces, sin voltearse hacia a su verdugo: “Esto es basura”.

Supongo que esta haya sido una crítica estrictamente literaria, aunque a la postre resultara su testamento intempestivo. Lo cierto es que justo “en ese instante Ramón Mercader sintió que su víctima le había dado la orden”. Así que por fin le rajó el —venerado por millones y odiado por otros tantos— cráneo a Trotsky, sentado aún de espaldas a él, con el piolet implacable que portaba escondido en su gabardina, manchando de sangre las letras inflamatorias que, un instante antes, el revolucionario sin Revolución tachaba y tachaba, ignorante de que en realidad tachaba y tachaba su propia existencia de expatriado.

Esta conexión escritural devino entonces en alarido. Trotsky aulló como un perro herido, y su “grito de espanto y dolor removió los cimientos de la fortaleza inútil de la avenida Viena”.

Su propio verdugo quedó impactado ante semejante volcán de violencia contraverbal, y así lo declaró en los interrogatorios policiales con el servicio secreto de la policía mexicana un par de días después del atentado: “Saltó como si se hubiera vuelto loco, dio un grito como de loco, el sonido de su grito es una cosa que recordaré toda la vida”. Un grito formidable de fiera: “¡A… a… a… ah…! Pero muy fuerte”.

En efecto, su premonición al parecer se cumplió, pues Ramón Mercader o Jaime Ramón López moriría en Cuba casi cuatro décadas después, sin olvidar y, de hecho, repitiendo aquella escena doméstica excepcional.

Moriría Mercader a medio camino del anonimato, rabiando como un perro por el tormento de su enfermedad —¿un cáncer provocado por Moscú para eliminarlo a destiempo en tanto testigo?—, a la par que “gritaba como un loco por los dolores de cabeza, y cada vez que hacía un gesto se le podía partir un hueso”.

Y el culpable de ese eco hueco se llama Leonardo Padura, autor de El hombre que amaba a los perros.

Tal como él mismo se lo cuenta a Iván, en el último encuentro entre ambos en la Cuba socialista de finales de los años setenta, el grito pre-póstumo de Trotsky siempre retumbó, como una venganza brutal, dentro de la cabeza de quien lo asesinó a sueldo de la Utopía de los asalariados sobre la faz de La Tierra: “Creo que lo oyó hasta el final…”.

Ese grito corre ahora por toda Cuba como un fantasma, dentro y fuera de esta novela. Recorre y corroe a Cuba como un pelotón de puntos suspensivos, más que vocales y signos de admiración. Y el culpable de ese eco hueco se llama Leonardo Padura, autor de El hombre que amaba a los perros.

Un libro innecesario, según los criterios obsoletamente comunistas del Estado cubano, una narrativa nociva que ha caído sin paracaídas en el autocomplaciente campo cultural cubano, como si fuese un objeto volátil sí identificado de otro planeta: el siglo XX que nos escamotearon entre la patria y la patraña, entre el pánico y los patriarcas.

Fue el propio Iósif Stalin, ogro fundamentalista que en El hombre que amaba a los perros recuerda a un golem gratuito de Fidel Castro, quien dejó dicho que “la gratitud es una enfermedad que sufren los perros”.

La política cultural del único partido político permitido en Cuba según la actual Constitución —el Partido Comunista de Cuba (PCC)—, podría resumirse con generosidad en esa frase.

El hombre que amaba a los perros también debería leerse como una convencionalísima canción de piedad por los desposeídos de la tierra.

Los jerarcas del Ministerio de Cultura de la Isla esperan de los escritores cubanos —esos “ingenieros de almas” pagados por el presupuesto estatal— mucha más gratitud que la evidenciada por Leonardo Padura, sobre todo a la hora de entretejer sus temas y traumas —es decir, sus trampas—, siempre polémicos al borde mismo de la apostasía. De lo contrario, por más que ya estemos bien entrados en el siglo XXI, el Padrecito Estado otra vez podría tratar a dichos intelectuales ingratos como a perros, a los que entonces ningún lector cubano amará, dado que la hipocresía es la clave recurrente de nuestra idiosincrasia contemporánea.

El hombre que amaba a los perros, aunque a estas alturas parezca una reducción al absurdo, también debería leerse como una convencionalísima canción de piedad por los desposeídos de la tierra.

Por una parte, el comunismo, tal como emerge de estos comunistas perversos y patéticos, es la voluntad de vivir ejemplarmente dentro de un evangelio vil. Y así mismo se lo confiesa su madre cubana, Caridad Mercader, a su hijo Ramón —cuyo karma lo traería al cabo a morir a Cuba—: “No tengas piedad, porque nadie la tendrá contigo. Jamás. Y cuando estés jodido, no admitas la compasión: ¡nadie tiene que compadecerte!”.

Sin embargo, por otra parte, uno siente que poco a poco Padura se apiada de todos estos cuerpos calcinados, algunos por la violencia y otros por la vejez. Es un sentimiento que invadió a Iván antes de su destino trágico en medio de las ruinas. Y que luego contagia por ósmosis testamentaria a su amigo Daniel Fonseca Ledesma. Y de ahí irradia al lector desde la mirada misericorde del autor. Todos con un pie ya puesto en la muerte y con el otro pataleando la noción de “qué coño hacer con la verdad, la confianza y la compasión”.

El hombre que amaba a los perros, tras un maratón de páginas, demuestra ser también una novela sucinta, de tan lapidaria. Su coda cubana y cosmopolita pudiera ser que, por suerte, todavía nos quedan los perros en este mundo. Y que, a través de los perros, con suerte, otros hombres, menos heridos por el horror de la historia tal vez —y ojalá que más temprano que tarde—, nos podamos volver a amar.