Norge Espinosa: Memoria de un teléfono descolgado

Tuve siempre la sospecha de que estaban grabando nuestras conversaciones. El teléfono era descolgado constantemente por la mano del funcionario que en aquella oficina, donde tantas veces había estado, trataba de explicarnos de modo enfático por qué no se nos permitía acudir al evento.

Éramos un grupo de escritores de generaciones diversas, entre los que descollaba un Premio Nacional de Literatura, y se suponía que acudiríamos a un pequeño congreso sobre cultura cubana que desde hacía varios meses se había programado para fines del 2001 en la Universidad de Iowa. Paralelamente, yo debía acudir al International Writing Program (IWP), de dicha universidad, para una estadía de varios meses, junto a autores de numerosos lugares del mundo.

Todo eso, repentinamente, se había congelado. El frío del aire acondicionado de la oficina habanera sustituía a la gelidez del paisaje que imaginaba en Iowa City. Nuestros pasaportes estaban retenidos. Ante la señal de alerta de algún avispado, se nos impidió recibirlos, y por ende, llegar al evento donde nos esperaban.

Cómo se hilvanaron esos hechos y se enredaron en unos pocos días de manera atroz y absurda, es cosa que trato de explicarme aún hoy y, en cierta medida, es por eso que trato de organizar esos recuerdos en estas páginas. Ya mi pasaporte estaba visado, y dormía en una gaveta del Ministerio de Relaciones Exteriores, pues en teoría yo debería llegar antes, a inicios de septiembre, para integrarme a las actividades del IWP, y allí recibiría a mis colegas que vendrían al evento. Otro escritor, vicepresidente entonces de la Asociación de Escritores, se encontraba ya en tierra norteamericana, y ayudaba a la consolidación de lo que aquel congreso ofrecería. Todo fluía tranquilamente, hasta que se nos hizo saber que nada sucedería. Algún peligro que escapaba a nuestro entendimiento se alzaba detrás de todo eso, a manera de emboscada, y los funcionarios de la Asociación decidieron que era mejor no dejarnos ir a esa especie de celada donde, como monstruos de la literatura gótica, nos devorarían aquellos otros cubanólogos para los que seríamos víctimas fáciles.

Por supuesto que tras el estupor inicial, sobrevino la indignación. Se manejaron teorías diversas: se trataba de una delegación de escritores no habituales en ese tipo de evento, no los voceros oficiales de la idea de una cultura cubana comprometida políticamente, sino poetas, narradores, homosexuales varios de ellos, o capaces de contar historias más o menos secretas que harían las delicias de los enemigos de la izquierda.

Que la figura más renombrada de aquella comitiva fuera una de las víctimas más sonadas de la parametración que en los años 70 despobló de talentos y conflictos a la cultura de la Isla, ponía una nota de preocupación mayor en el asunto. No importaba que el congreso se desarrollara en la remota Iowa, no en Nueva York ni Miami ni Washington. La ausencia en aquel grupo de una personalidad confiable y obediente, podía ser el motivo de la decisión que nos negaba el viaje y el diálogo con los que esperaban por nosotros. Era, además, mi primer viaje a los Estados Unidos, y mi participación en el IWP, primeramente destinada a un escritor amigo que la cedió a mi nombre tras no poder acudir él por un asunto de salud familiar, marcaba una doble expectativa, que ahora sencillamente parecía desvanecerse.

Antiguo profesor de historia del teatro, alto, carismático, echó mano a todo su arsenal de histrionismo para convencernos del gran riesgo que nos acechaba. Hizo toda la pantomima de su pena por nosotros, nos representó los espantos del abismo en que podríamos caer de subirnos a ese avión.

Aquel pequeño grupo de escritores se movilizó. Tras la negación con la que intentaron acallarnos, nos dirigimos calle arriba, por 17, hasta las oficinas del Ministerio de Cultura. Allí nos esperaba el viceministro que atendía directamente las relaciones de Cuba con Estados Unidos. En la oficina de la vieja mansión, con el aire acondicionado a todo dar, nos miraba tras los gruesos cristales de sus espejuelos, enfundado en una pulcra guayabera, mientras nos sentábamos en las butacas de su salón o en el sofá junto al cual, en una pequeña mesa, se destacaba una foto del Che. Una frase del argentino vino a desatar la explosión: “al enemigo no podemos darle ni un tantico así, querida amiga”, le soltó el viceministro a una de las jóvenes poetas del grupo, que exigía alguna explicación. Y ella, cansada de la monserga de frases hechas, le espetó: “Yo no soy amiga suya”. El viejo escritor que nos lideraba, viendo venir una tormenta mayor y más ducho en aquellas disquisiciones imposibles, nos dijo: “Hora de irnos”. Y partimos sin esperar más, tras haber escuchado ahí los mismos argumentos, las mismas advertencias, las mismas palabras que ya nos habían cantado en la oficina de la Asociación de Escritores.

Mientras tanto, los anfitriones del evento en Iowa City se desesperaban. El vicepresidente de la Asociación de Escritores que ya estaba allí enviaba correos angustiados y enérgicos a Cuba, que recibían respuestas nulas o simples evasivas, tratando de convencer a los funcionarios de la verdadera naturaleza del encuentro. Ello devino una suerte de boomerang en su contra, y se nos quiso hacer creer que toda la culpa era suya, por no haber advertido de antemano que nos toparíamos en aquellos lares con voces declaradamente contrarias a la Revolución: esos vampiros letrados que nos devorarían sin misericordia.

Algunos periodistas, enterados del asunto, comenzaron a organizar una campaña reclamando que se nos dejara llegar a tiempo a Iowa. Y tras ello fuimos convocados a otras dos reuniones en la oficina de la Asociación. Una, a puertas cerradas, pasadas las cinco o seis de la tarde, con aquel teléfono descolgado. Y otra, en su balcón, donde apelaron al prestigio de una respetada intelectual para tratar de convencernos, como último recurso.

En la segunda reunión, ya la tensión era la clave de todo el diálogo. A solas con el presidente de la Asociación (su superior, el presidente de la Unión de Escritores y Artistas nunca dejó ver su plateada melena, justificado por una repentina fractura de uno de sus dedos, creo recordar), volvimos a oír la letanía. Antiguo profesor de historia del teatro, alto, carismático, echó mano a todo su arsenal de histrionismo para convencernos del gran riesgo que nos acechaba. Hizo toda la pantomima de su pena por nosotros, nos representó los espantos del abismo en que podríamos caer de subirnos a ese avión.

Yo estaba sentado junto a la mesa del teléfono, y uno de los escritores del grupo me decía: “cuélgalo”, cosa que hice una o dos veces, para que de inmediato el funcionario, sin interrumpir su mímica grandilocuente, lo descolgara sin perder el hilo de su parlamento. Una de sus frases, por el timbre melodramático y extremo con que la pronunció, se me fijó en la memoria: “Puede que yo esté equivocado, que esto sea un gran error. Y si es así, lloraré con ustedes”.

Patéticas e improbables, esas lágrimas por venir no nos interesaban. Eran, como en la ópera de Leoncavallo, lágrimas de payaso operático que no queríamos ver como pruebas de un arrepentimiento que no tenía sentido ni justificación. Unos años más tarde, ese mismo hombre repetiría, acaso en grado más enfático, parte de esa actuación, cuando trataba de explicar a un narrador, ensayista y poeta el por qué se le “desactivaba” como miembro de la Unión de Escritores a causa de su relación con una revista sobre Cuba que no parecía confiable ni importante a la intelligentsia oficial. Experto en esas estrategias de antibombas literarias, se ganó unas páginas de aquel escritor, un retrato fiel de su gesticulación y sus máscaras. No sé si le habrá prometido otras lágrimas, si le habrá entonado su aria de llanto incontenible para explicarle algo no menos absurdo que lo que intentaba exponer ante nosotros.

La reunión ocurrió en la terraza de la Asociación. Nos apretamos en ese sitio, y esperamos y esperamos y esperamos hasta que al fin hizo su entrada la Doctora, como muchos la llaman. Apoyada en su bastón, con su decir inconfundible y tan dado a ser pasto de imitaciones, nos dirigió la palabra. Era evidente que no se sentía cómoda en este papel, y que apenas tenía información acerca de quiénes nos invitaban y para qué.

A todo ese despliegue de folletín, más propio de Francesca Bertini que de Sarah Bernhardt, asistíamos respondiendo como un grupo unido. “Si esto es lo que le dicen a un escritor consagrado, al que le acaban de dar el Premio Nacional de Literatura”, le confesé a aquella poeta que se negaba a ser amiga del viceministro, “qué pensarán de nosotros que somos unos recién llegados”. Y mientras, aquel autor laureado de 65 años golpeaba la mesa del teléfono y gritaba denunciando la homofobia que latía detrás de aquella encerrona, y diciendo por lo claro que todo se debía a la ausencia, entre nosotros, de los voceros de siempre, que la academia norteamericana solía recibir con beneplácito. Hombre no menos teatral, respondía a su contrincante en aquella especie de escena obligatoria con todas sus manías de la escena. Un par de pelucas, trajes de época, y estaríamos presenciando el famoso encuentro que Schiller imaginó entre María Estuardo e Isabel Tudor. O, para ser más fieles al espíritu de las amistades del veterano, al diálogo final entre Clitemnestra Pla y Electra Garrigó.

A puertas cerradas, como en la pieza de Sartre, hacíamos otra clase de teatro, mientras los creadores del embrollo tal vez oían todo desde el otro extremo del cable telefónico. La reunión terminó muy tarde y sin acuerdo alguno. Los correos desde Iowa arreciaron. “¿Y usted cree que lo dejarán ir a ningún lugar?”, me dijo el viejo dramaturgo cuando le dije que a esas alturas debía estar yo en el Programa Internacional de Iowa City. Los acontecimientos del 11 de septiembre tampoco me dejaban tener mucha esperanza al respecto, aunque yo sabía que desde fines de agosto mi pasaporte estaba visado y esperando para ser recogido. Nada de eso parecía importar.

Los ecos de la pequeña campaña internacional se hicieron sentir, sin embargo. Cuando pensábamos que era hora de ir deshaciendo las maletas que nunca viajarían, se nos convocó a una nueva reunión. Esta vez se trataba de un acto desesperado: nos pondrían delante a una de las viejas y más respetadas eminencias de la cultura cubana, a fin de que ella, con su sabiduría de sobreviviente, nos convenciera, si no con argumentos, al menos con su venerable presencia. Algunos de los miembros de la casi frustrada delegación habían sido sus alumnos, y se aferraron a la lucidez de la añosa profesora y ensayista, como si de la Sibila misma se tratase. Al menos esta vez, me dije, sabiendo que la Sibila tropical no es muy dada a los excesos del teatro, no tendríamos que presenciar otro monólogo trasnochado.

La reunión ocurrió en la terraza de la Asociación. Nos apretamos en ese sitio, y esperamos y esperamos y esperamos hasta que al fin hizo su entrada la Doctora, como muchos la llaman. Apoyada en su bastón, con su decir inconfundible y tan dado a ser pasto de imitaciones, nos dirigió la palabra. Era evidente que no se sentía cómoda en este papel, y que apenas tenía información acerca de quiénes nos invitaban y para qué. Se apelaba al recurso, que ya habíamos escuchado, de la carta de invitación enviada, en la cual los suspicaces de siempre creían descubrir ese gran peligro que a nosotros se nos escapaba. Un nuevo elemento se añadió: la presencia de un ensayista cubanoamericano que la vieja maestra dijo no conocer a fondo, aunque se le había dicho que formaba parte de los “teóricos de la metatranca”, modo criollo de llamar a los posmodernos de prosa enrevesada. Alguien desmontó ese argumento, recordando que ese supuesto enemigo había visitado la Isla recientemente y se le había publicado algún texto en revistas oficiales.

“¿Usted leyó la carta, Doctora?”, insistía una de las ex alumnas de la profesora, una de las más inteligentes ensayistas de Cuba, acaso sintiendo la vergüenza ajena que nos embargaba a muchos al ver a una mujer, que seguramente tendría cosas más serias que atender, reducida a aquel papel de institutriz desnortada. Que la Sibila fuese invidente añadía un punto más de turbulencia a aquella escena. Ni ella nos veía a nosotros, ni nosotros a ella en tan inseguro rol.

Acabó la reunión con nuevo suspenso, y salimos de allí con la certeza de que no iríamos a lugar alguno. Esa era la última carta que podía jugarse la institución. La decisión final vendría de personas que no mostrarían la cara. Tal vez de aquellos que quizás oían nuestras conversaciones del otro lado del teléfono, las preguntas, los golpes en la mesa que daba el viejo poeta, acusando de homofóbicos a esos fantasmas.

Qué piedras se movieron, qué fuerzas siguieron su empuje alrededor de aquel viaje que se nos negaba, es cosa que desconozco. Lo cierto es que de repente, cuando ya estaba a punto de comenzar el congreso, se nos dijo que podríamos viajar. Una amiga me comentó que el Ministro de Cultura, en su discurso de cierre ante una asociación de jóvenes artistas, hizo una referencia indirecta a nuestro caso. Que vayan y se arriesguen, allá ellos; algo así me dicen que proclamó, al parecer cansado del oficio de salvavidas literario, con un retintín de exasperación en sus palabras.

Las fuerzas militares, los perros entrenados, los uniformes, estaban por todos lados: el 11 de septiembre mantendría esa oleada de control y tensión durante varios meses y tendría que acostumbrarme a subir a aviones medio vacíos, adivinando tras la sonrisa congelada de las tripulaciones, el miedo a que todo estallara en el aire.

Por supuesto que iríamos. La alumna inquisitiva de la doctora y yo fuimos convocados para rescatar nuestros pasaportes, y en un solo día, a la carrera, tuvimos que ir al Ministerio de Relaciones Exteriores para conseguirlos, y algún otro trámite debimos hacer en la Sección de Intereses de Estados Unidos. Recuerdo haberla esperado en una esquina, a pleno sol, y verla llegar sentada en la parrilla de la bicicleta que su hijo conducía. Íbamos ya tarde, el evento había empezado. Se repetía con nosotros esa vieja maniobra que tantos han sufrido: hacernos sentir la agonía del último minuto, ponernos en tensión, desconcentrarnos para que tal vez dijéramos algo imprudente o cometiésemos un error grave.

Me fui a dormir esa noche a la casa de la ensayista. No recuerdo si dormí, salíamos a primera hora de la mañana, y yo tenía que añadir a todos mis pensamientos el hecho de que mi viaje sería mucho más largo, con los meses del International Writing Program por delante. A los demás escritores les darían sus pasaportes progresivamente. Aquella joven poeta que ripostó al viceministro no tendría el suyo sino mucho después: la reencontraría en Iowa leyendo un ensayo sobre Lezama para un puñado de espectadores, como si se tratara de una secuela tardía del congreso que se le arrebató. Fue, leyó. Y aún sigue viviendo en los Estados Unidos.

Por suerte, el resto de los acontecimientos se desarrolló sin nuevas llamadas, reuniones, ni sobresaltos. Solo uno, cuando el avión ya iba por la pista en su maniobra de despegue, dio la vuelta y regresó al punto de partida. Algo, se anunció por los altavoces, se le había olvidado al piloto. La ensayista y yo, a esas alturas, solo podíamos bromear al respecto.

Fue mi primer viaje hasta Miami, donde haríamos una escala y tomaríamos el avión hasta Iowa. Me impresionó encontrar aquel aeropuerto, que siempre me habían descrito como un sitio tan ruidoso, asombrosamente callado. Las fuerzas militares, los perros entrenados, los uniformes, estaban por todos lados: el 11 de septiembre mantendría esa oleada de control y tensión durante varios meses y tendría que acostumbrarme a subir a aviones medio vacíos, adivinando tras la sonrisa congelada de las tripulaciones, el miedo a que todo estallara en el aire.

Llegamos justo al último día del congreso, cuya sesión transcurría en un college cercano a la ciudad. Abrazamos a los que nos esperaban; entre ellos, por cierto, no creo recordar al temido posmoderno con el que tanto nos asustaban. Los anfitriones del IWP, con el gentil Christopher Merrill a la cabeza, habían hecho los arreglos necesarios para que yo, arribando a un mes de comenzado el programa, pudiera permanecer en Iowa varias semanas más, recuperando el tiempo perdido. Durante esos meses de invierno, sobre todo en los días finales del año, cuando el pequeño pueblo universitario se quedó vacío y solo la nieve cubría las calles, pensé en todas esas escenas dictadas a un teléfono descolgado. Aceleré el dominio del inglés, me sorprendí entendiendo todas las palabras de una canción en esa lengua, aproveché la biblioteca hispanoamericana de uno de mis anfitriones para leer lo que en Cuba no tenía a la mano, oía música latina en esas madrugadas.

Sobreviví a todo eso, y a una invitación para quedarme allí permanentemente, con firmeza y amabilidad: dos cosas que aprendí de quienes me habían invitado, y a quienes agradezco con largueza. Es la primera vez que escribo sobre esa experiencia, y también la primera que escribo sobre ese encontronazo con quienes, en mi país, nos miraban con un recelo que hasta ese momento creí descubrir solamente en las anécdotas de quienes ya lo habían padecido. Todo eso me ayudó a ser menos ingenuo. A creer menos. Lo cual quiere decir: a creer más. Y fijó en mi memoria máscaras y actitudes que me han hecho más receloso. He hecho el camino de ida y de vueltas en múltiples ocasiones. Me he reencontrado con quienes estaban conmigo en esa pequeña delegación de alucinados, y con quienes deben de haber movido sus resortes para evitar que saliésemos en aquella ocasión. Esa señal de alerta sigue encendida frente a mí. A tantos años de aquello, sigo mirando con infinita desconfianza cualquier teléfono descolgado.

© Este texto forma parte del libro El compañero que me atiende (Hypermedia, 2017).