Ahmel Echevarría: Carne de Pedro

Bordeando el ojo del huracán, allí donde la calma es súbita solo si se entra en el ojo mismo, transcurre la vida de Pedro Juan, el personaje de ficción de la saga creada por Pedro Juan Gutiérrez.

Personaje con una mezcla extrema de combustible: grajo, halitosis, más toda la mugre y el mal olor que puedan caber en el resto de los agujeros del cuerpo. Jíbaro y lenguaraz, deja a su paso un largo rastro de semen, desconfianza, sudor, odio.

Las líneas anteriores son demasiado artificiosas para describir a un tipo capaz de disfrutar, tanto como un aura, la fetidez y los sabores ácidos en la carne. Carne de mujer, siempre de mujer, abierta en canal. El bollo al rojo vivo, si es inmundo mucho mejor, a punto de ser clavado por una pinga enhiesta casi igual de sucia.

No es una novedad si se trata de Pedro Juan Gutiérrez y su alter ego. En 1998 la editorial Anagrama publicó Trilogía sucia de La Habana, ríspida compilación de historias más o menos breves que situó a no pocos lectores cubanos frente a sí mismos. Incluso, los puso de cara contra lo peor de sí; en la Cuba de los 90, la del Período Especial, la capacidad de activar el modo predator significaba la posibilidad de conseguir un par de zapatos, una muda de ropas, el plato de comida, bañarse con jabón, subir a una guagua.

Escribo de lo que veo por la ventana, de mi barrio, Centro Habana, brutal, visceral y lleno de negros pobres”, dijo el autor en una de tantas entrevistas.

Esa cercanía con lo narrado, la habilidad para escribirlo de forma descarnada, más el nombre de su alter ego sumado a las notas de contracubierta de sus libros publicados en Anagrama, generaron aura y dilución de límites entre la biografía del autor y la de su personaje. Una estrategia casi perfecta.

El efecto se tradujo en personas capaces de ver en Pedro Juan Gutiérrez a una hiena más o menos ilustrada dispuesta a campear por su respeto en los peores paisajes de un país donde vulgaridad, violencia, irrespeto y decadencia ya son un mal endémico. No lo imaginan en una habitación frente al Microsoft Word o la libreta de notas, sino en una calle cualquiera, acompañado por sobrevivientes, pillos de poca monta, carroñeros.

A propósito de su alter ego, dice Pedro Juan Gutiérrez en el volumen de entrevistas imaginarias Diálogo con mi sombra (Unión, 2015): “En el fondo lo admiro. Y hasta lo envidio. Quisiera ser como él. Pero no. Yo soy un poquito más paciente, más precavido y más racional. O quizá es solo que intento actuar con sentido común”.

En la banda sonora que acompaña el deambular de las ratas cualquier discurso político es ruido en sordina.

Sin embargo, refiriéndose a la etapa en que comenzó a escribir los primeros textos del llamado “Ciclo de Centro Habana”, también consigna: “Pedro Juan soy yo en ese momento. Todos esos libros son muy autobiográficos”. ¿Una paradoja, o una variante de bovarismo?

Todo el ciclo de Centro Habana es pródigo en tráfico de olores y líquidos del cuerpo. Marihuana, alcohol zafio, cualquier mierda recalentada puesta en un plato sobre la mesa en cuartuchos donde solo es posible vivir como ratas. Además de Trilogía…, ahí están para confirmarlo: El Rey de La Habana (1999), Animal tropical (2000), El insaciable hombre araña (2002) y Carne de perro (2003).

La vida en los vertederos, la costumbre de andar siempre huyuyo. En la banda sonora que acompaña el deambular de las ratas cualquier discurso político es ruido en sordina. No hay porvenir. Se viven en un eterno en presente, tratando de terminar el día de la mejor manera posible. Sobrevivir, esa es la cuestión. Un saber acumulado donde riesgo y adversario no son simples variables.

De Centro Habana a las afueras de la capital en la adultez, y de ahí a su infancia y juventud en Matanzas, ha transcurrido la vida del centauro pingorotudo en una saga que empezó a publicarse fuera de Cuba. Su vida en Anagrama. Ese movimiento editorial nos presentaba a Pedro Juan Gutiérrez no cual profeta fuera de su tierra, sino como una suerte de rapsoda dispuesto a poetizar, desde la escatología, la épica de una vida limítrofe.

Trilogía… transcurría en los años del Período Especial. Pedro Juan Gutiérrez narró la concreción de un final. Al menos el final de un idilio o una época. En el ciclo de Centro Habana estaban todos los escombros de la utopía: ruinas, miseria, violencia, decepción y deserción, la religiosidad vista como una tabla de salvación… Novelas y cuentos a manera de vertederos.

La publicación de Trilogía sucia de La Habana supuso para el autor la expulsión del periodismo, a la par una nueva etapa de su vida: la literatura. Pero un conjunto de libros solazado en los detritos no tenía ninguna utilidad para un discurso político interesado en perpetuar un modelo utópico venido abajo.

Trilogía… se convirtió en el punto de partida de la saga de Pedro Juan y su deambular por Cuba. Significó también el comienzo de un viaje en el tiempo. Pero no hacia el futuro, sino al pasado del alter ego y al pasado de la Revolución.

Ha sido un viaje desde la madurez a la juventud, a saltos, a lo largo de una ficción dispuesta a incrustar en la literatura escenas y personajes omitidos por el discurso oficial. En su viaje a la semilla o al nido de la serpiente, Pedro Juan se va a Suecia, a las playas del este de la capital, a los recovecos de las afueras de La Habana, a Matanzas. Y campea por su respeto.

Toda Cuba concentrada en un environment llamado Matanzas. La Revolución en modo seminorcoreano.

En Diálogo con mi sombra el autor consignaba: “Pedro Juan soy yo en ese momento”. ¿Importa saber exactamente dónde comienza la ficción y dónde la realidad? ¿Tendría algún valor esa información?

Borremos entonces la parte más soft de su dirty realism. No hay que tomarse demasiado en serio Diálogo con mi sombra. Tras descorrer el velo de la ficción, o el velo de lo autobiográfico entreverado en la ficción, en esa autoentrevista de 273 páginas encontramos solamente a un autor explicándose a sí mismo. Mejor apostar por los escenarios donde Pedro Juan es carne de Pedro de pelea: el tipo capaz de observar y luego reaccionar. El sujeto dispuesto incluso a traducir en palabras una incomodidad, una variante de resistencia.

En El nido de la serpiente: Memorias del hijo del heladero (Anagrama, 2006), publicada en Cuba diez años después por Ediciones Unión, Pedro Juan Gutiérrez sitúa a su alter ego en la juventud. Los años de formación. En Matanzas, La Marina, un barrio de putas. Pedro Juan tiene 15 años, se hace pasar por un fauno de 20 presto a clavar su estaca en las carnes pútridas de una puta vieja o una joven que con tal de llegar virgen al matrimonio solo pone a disposición la boca o el culo.

Pero aquí no importan tanto las acciones del sátiro ni las instrucciones de su glande. Ahora solo interesa cuanto ordena su otra cabeza. La testa capaz de hurgar entre los mejores y peores paisajes de los años 60. Toda Cuba concentrada en un environment llamado Matanzas. La Revolución en modo seminorcoreano.

(A través de Ediciones Unión y otras editoriales, El nido… y buena parte de la saga ha ido goteando en la red de librerías nacionales. Todo con mucho delay, en calma —en paralelo, la venta de ediciones piratas—. La eterna marcha en ralentí. El gesto de diluir, de vulgarizar, de restarle intensidad y potencia a todas las cosas).

El joven Pedro Juan de El nido… va de La Marina a Caimanera, y de Caimanera a La Marina, en negocios de poca monta. En capítulos de puro fandango entrevera la partida de familiares y amigos a Miami, la cruzada contra el juego, la prostitución, es decir: la batalla contra todo aquello que rezumara vicio y desviaciones ideológicas, el individualismo y todo lo catalogado con rezago burgués. Música, literatura, preferencias sexuales, arquitectura, moda… Hasta el yoga. A la hoguera de las vanidades sería lanzado cuanto apartara a la juventud de un destino luminoso.

Pedro Juan trae a escena los primeros años del Servicio Militar Obligatorio. En su gozadera no pasa por alto la herramienta con la cual el Gobierno Revolucionario trataría de meter en cintura a maricones, bugarrones, religiosos, intelectuales, artistas, escritores, más un etcétera destinado a la lacra social: las UMAP, archipiélago de campos de trabajo forzado en las llanuras de Camagüey, diseñado para corregir una conducta impropia. Las UMAP son indispensables para entender a cabalidad qué significó el “hombre nuevo”.

El nido… no es la novela que salvarías de un naufragio, pero la podrías llevar contigo si tienes por delante una larga espera. No es una novela donde el lector necesite emplearse a fondo por lo arduo del mundo existencial del personaje, por las ideas puestas sobre el papel, pero en sus ratos de mayor sosiego el sátiro que miente, da cabilla, fuma marihuana, se emborracha, pelea contra ladillas y se bate a piñazos en la calle, es capaz de sentarse frente a sí mismo a dibujar, escuchar música clásica o escribir un poema. Y cuando toma distancia de su afición por la carroña puede inocular en amigos o adversarios frases con el efecto similar al del Troyano en una PC. Y puede escuchar al otro, a ese dispuesto a decirle: “Nacemos dentro de la manada. Por eso la lucha cotidiana no es por la subsistencia sino por la libertad. Hay que alejarse de la manada. Tengo derecho a vivir en un lugar donde no me humillen”.

Así habla Patricia. Una muchacha expulsada de la universidad. Es lesbiana. Ni el hombre nuevo ni la mujer nueva pueden ostentar en su CV la homosexualidad o el gusto por la música en lengua inglesa. Es una mujer expulsada de su familia por su propio padre, miembro del Servicio Exterior de Cuba, un sujeto que no concibe ninguna elección fuera del canon establecido por el Gobierno. Aquí la libertad no es un concepto abstracto. Se trata del individuo, de sus gustos, del placer, de la auténtica proyección en el espacio privado y el público.

En opinión del Comandante en Jefe, el rigor del trabajo agrícola no producía maricones. El duro trabajo en el surco podía curar la flojera de piernas, o de culo. Porque la mariconería era una enfermedad, un tumor.

En las memorias del hijo del heladero, el protagonista se fuga de la unidad militar para carenar en una vieja mansión de Varadero, y Pedro Juan hace gala de ingenuidad irreverente cuando dice que los jóvenes apenas escuchan, no tienen pasado y solo viven en el presente. La negra que trabaja en la mansión, sirvienta de un burgués venido a menos, le espeta: “Hay mucha sangre por el medio, hijo. Yo nací en 1898. Y he visto mucho. En este país todo lo quieren resolver con sangre. Sangre, cárcel y exilio, desde la época de los españoles. No hay nada nuevo bajo el sol”.

La negra vieja se llama Lucía. En ese parlamento están los universitarios de la escalinata del 13 de marzo de 1963, quienes no dudaron en recordarle a Fidel que con los “flojos de pierna” no podía tenerse compasión. Era la clausura del acto para conmemorar el VI aniversario del asalto al Palacio Presidencial.

En las palabras de la negra están esos jóvenes dispuestos a gritar ¡paredón! Y está Fidel Castro, que sabía lo que era necesario hacer para erradicar aquella actitud, una condición típica de los jóvenes de la ciudad. Él era del campo.

En opinión del Comandante en Jefe, el rigor del trabajo agrícola no producía maricones. El duro trabajo en el surco podía curar la flojera de piernas, o de culo. Porque la mariconería era una enfermedad, un tumor. El carcinoma debía ser extirpado. Tres años después en la misma escalinata, ese mismo Fidel certificaría la existencia de las UMAP, el sitio a donde serían enviados los enfermos.

Vigilancia, control, castigo. De eso se habla en el libro. También de las estrategias que asumieron putas, chulos, negociantes y dueños de prostíbulos, bares y casas de juego para sortear la cruzada contra los vicios. De la escasez, de la vulgaridad, de lugares marginales, de las tareas de choque, de los megaproyectos como la zafra. El pasado que parece un presente continuado.

Pero esta, como ya dije, no es una “novela de ideas”, por eso Pedro Juan pasa del modo carne de Pedro a carne de perro. Se solaza en los olores y en los humores. Le importa poco el destino luminoso reservado a la juventud de acero cubana según la jerga política de entonces. Una juventud en verdad de hueso y carne. Luego de los eslóganes, en las horas de ocio, justo cuando el cuerpo se enfrenta consigo mismo: cavar un túnel o levantar una cortina de humo.

Este Pedro Juan se cree libre. En él, la libertad tampoco es un concepto abstracto. Fauno pingorotudo, decide enfundarse una chaqueta de cuero en medio de su propia batalla campal, una pelea consigo mismo que también comprende al suicidio en tanto fuga. Born to be free, dice en la espalda. Y se aleja, para atravesar la furia, el horror, y arribar nuevamente al caos.

Esta zamarra, en verdad, no es mucho. Pero no es poco en una obra de ficción interesada en inocularnos una apuesta por el desenfreno y el sobrevivir, en medio de las ruinas de la utopía y escapando de la mirada de un severo Gobierno que llegó a criminalizar la disidencia sexual tanto como ha criminalizado la disidencia política.

Living la vida loca, pero no pierdas de vista al hijo de puta agazapado a tu lado.

Eso parece decirnos este Pedro Juan antes de alejarse con su chaqueta de cuero rumbo al desfiladero.

Una llamada de alerta, pero diferente a las señales emitidas por él en el inicio de la saga. Porque ya no se trata de lidiar con depredadores o carroñeros “de poca monta”: se han corrido los límites, ahora ideología y política están literalmente en el devenir de su alter ego. Y para confirmarlo: la novela Fabián y el caos (Anagrama, 2015), que pronto será publicada en Cuba.

En palabras del autor, este libro “habla de los tiempos en los que se reprimía mucho la homosexualidad”. Fabio, nos adelanta, “era un gran pianista y le destruyeron la vida. Fue así con miles de personas: unos por gays, otros porque andaban de haraganes con una guitarra y no trabajaban”.

Se trata de otro regreso a los 60 y los 70, de un Pedro Juan Gutiérrez situado justo donde acaba el relato oficial y comienza el contrarrelato, para sacar a luz historias mínimas de exclusión, resistencia, oposición…

Como bien diría Ricardo Piglia en Tres propuestas para el próximo milenio: es la apuesta por el contrarrumor, por las ficciones anónimas, por testimonios que se intercambian y circulan, por esos relatos sociales que conforman el contexto mayor de la literatura.