Carlos Manuel Álvarez: Carta de libertad a los peloteros cubanos

Hace un mes, un par de horas después de que Messi le anotara tres soberbios goles a Ecuador en las eliminatorias sudamericanas y clasificara a Argentina de manera directa al Mundial de Rusia en el verano de 2018, tuve que conversar por wasap con un porteño con el que nunca antes había cruzado palabra y, aunque no estaba obligado a decírselo, desde luego, sino que podía ir directo al asunto que nos ocupaba, me dio por ensayar un gesto de camaradería bastante imbécil y lo felicité por la victoria.

Pero al hombre le daba lo mismo, o no le daba lo mismo, sino que todo ese festejo le parecía mal, es decir, el futbol de su país, y particularmente sus inmorales páginas de gloria, le provocaban profunda aversión. El Mundial del 78 fue comprado por la dictadura, el Mundial del 86 fue ganado con trampa, después del gol con la mano de un cocainómano, y en los octavos de final del Mundial del 90 los jugadores de la selección mezclaron con sedantes el agua de un bidón y le dieron de tomar a Branco, el lateral izquierdo de Brasil.

De todas maneras, me dijo el hombre, a él le convenía que Argentina estuviese en Moscú, porque la fundación liberal que él presidía tenía preparada una campaña para denunciar no sé qué abusos contra las mujeres o los homosexuales en la Rusia de Putin, y si Messi y su séquito no participaban, a nadie en Argentina le iba a importar. El deporte como ese mal necesario para poner sobre la mesa los asuntos verdaderamente importantes de este mundo.

Quise sentirme avergonzado, pero no lo logré. Yo soy una de esas personas que durante el Mundial, si fuese argentino, no prestaría atención a nada más que no fuera lo estrictamente deportivo. Es una rareza en estos días tener una selección, incluso para renegar de ella. En Cuba ya no hay tal cosa. La fuerza expansiva del mantra colectivo nos dispersó como esquirlas de una granada.

Uno persigue lobos solitarios. En un no-país brillan los ex cubanos. Gurriel en Houston, Puig en Los Ángeles, el extinto José Fernández (el legítimo príncipe heredero) en Miami, Céspedes y Chapman en Nueva York, uno en el Bronx y el otro en Queens, Abreu en Chicago. No hay casi una gran ciudad norteamericana donde alguno de ellos no sea protagonista, están conquistando el corazón del monstruo.

Imponen cortes de pelo, gestos publicitarios, marcas para novatos, la fanaticada (una palabra que no se dice en Cuba) neoyorkina compra sus camisetas, estrellan una lancha contra un rompeolas después de ponerse hasta el cuello de cocaína y mueren con heroísmo, tragados en septiembre por la noche y el mar de la Florida.

En un cubano seguidor del béisbol el paso de la niñez a la adultez, de la ingenuidad a la lucidez, del provincianismo y el patriotismo a la modernidad y la ciudadanía del mundo, y de muchos otros sentimientos primarios a sus opuestos más elaborados, curtidos y cínicos, se da el día en que ya no deseas que el éxodo se detenga, en que no te parte el alma que Contreras se fugue por Monterrey, que el Duque Hernández se refugie en Bahamas, que Kendrys Morales o Yoan Moncada se larguen en la flor de su edad, justo en el momento, después de mucho pensarlo, en que cada pérdida te reconforta, cada pelotero que ya no aparece más en las páginas de Granma o se vuelve silencio eterno en la boca de los narradores de Tele Rebelde te despierta un profundo regocijo y, además, cada posible estrella que se pudre en la cárcel de tedio y mediocridad que es la Serie Nacional te provoca pena ajena, cada juego que siguen jugando, secuestrados por la familia, por la costumbre, incluso por el miedo natural al exilio o por su propia, nefasta resignación, casi que te desespera; muchachos dotados con la luz del virtuosismo que no acaban de escapar.

Has adquirido la mayoría de edad del desarraigo. Sabes que la selección nacional es un emblema villano que mientras más en ridículo quede, más torneos pierda, y más derrotas acumule con equipos cada vez más disparatados y torpes, mayor justicia histórica caerá sobre ti, aficionado traicionado y confundido. “No arriesguen sus vidas, pero busquen la libertad”, dijo el Duque hace una semana a ESPN, después de una flamante entrevista con Gurriel. Es preferible que se lancen e incluso que fracasen en la selva del mundo antes que se marchiten en la cárcel amateur. Nadie puede dejar de pensar, sobre todo ahora que conquistó un anillo de Serie Mundial ya con más de treinta, que a Gurriel le sobraron doce años en Cuba, y eso, que es sumamente grave, no lo es tanto como a los que les sobró la vida entera.

La fuga está volviendo cada vez más estrecho el relato totalitario del deporte nacional, que no solo se ha quedado sin presente, sino que también se va quedando sin recuerdos. Se fue Pacheco, se fue Marquetti, se fue Vargas, se van peloteros retirados cuando nadie pensaba que se irían ya. Zafándonos de su dramaturgia, impidiendo que nos cuenten, pues que nos cuenten a nosotros implica siempre que no estén contando a otros, nuestra mención está hecha con la simple razón de omitir a alguien más, volviéndonos cero e innombrables, estamos reduciéndolos a silencio.

Hace unos años, Julita Osendi habló de Gurriel en unos de sus reportes rapaces y vulgares para no tener que hablar de Kendrys. Hoy no podría mencionar a ninguno de los dos. De eso se trata. Borrarles los títulos, las medallas de oros, traerlas con nosotros y amasarlas en el limbo de la no-memoria. Volverlos mudos, volverlos locos, que haya cada vez menos héroes de Indianápolis 87, de Atlanta 96, de Taipéi 2001. Que se olviden de nosotros y complazcan a los modernos aficionados gringos para los que verdaderamente estaban destinados. Nosotros, que nada dimos, nada les vamos a exigir.