Yoss: Mi comisario del otro mañana

Para los 3 o 4 esforzados agentes del «Aparato» que desde finales de los 80 han intentado tenazmente reclutarme como informador. Pero en especial para aquellos que analizaron la idea y la desecharon como improcedente. Muchas gracias, de todo corazón, por su realismo.

Lo primero que debo hacer es advertirte: esto no tienes que creértelo.

Y por tres buenas razones.

Primero: se dice que todos los cubanos mentimos. Que consideramos que la realidad es solo materia prima para inventar toda clase de historias interesantes en las que acabamos siendo personajes, ya protagónicos, ya secundarios, ya héroes, ya víctimas.

Segundo: se dice que todos los escritores también mentimos… solo que lo llamamos fabular. Y con eso nos ganamos la vida, además. O al menos nos morimos de hambre con cierta dignidad, que no es lo mismo ni se sufre igual.

Ya a estas alturas, por mi uso ¿sutil? del plural de la primera persona, habrás deducido que soy cubano y escritor. O sea: doblemente experto en meter tupes, en pocas palabras.

Pero aún hay un tercero: soy más bien triplemente experto. Porque escribo ciencia ficción. No te voy a poner aquí mi currículum… digamos que he publicado dentro y fuera del país, que he ganado algunos premios y que soy más o menos conocido con mi seudónimo. Este, este mismo sí; Yoss.

Y si me vas a replicar que debe de ser porque no tengo mucha competencia, te recordaré que incluso ser el mejor timbalero polaco o el primer jugador de dominó de Papúa Nueva Guinea tiene su mérito…

Ah, y el que escriba a menudo de monstruos, imperios galácticos y crononautas no quiere en absoluto decir que me visite semanalmente Alien ni los marcianos, viaje en OVNI en vez de en almendrón ni pueda predecir el futuro, que conste.

Tampoco me han abducido nunca los hombrecitos grises ni soy capaz de viajar en el tiempo, valga la aclaración. Lamentablemente necesaria, me temo. Porque si a los autores de narrativa policiaca no les suelen preguntar (no en público, al menos) si ha robado algún diamante o matado a alguien recientemente, a los del fantástico sí que nos hacen a cada rato las interrogantes equivalentes…

Bueno, está hecho: ya te avisé ¿no? Y guerra avisada no mata soldado… error, no matará jefe, porque los soldados mueren igual. Avisados o no. Que para eso son soldados.

Pero no quiero irme por las ramas. No tan pronto, al menos.

El caso es que, ahora, si quieres, pero ya con conocimiento de causa, puedes seguir leyendo. El cuento en sí, que ya casi empiezo.

Porque, no lo olvides, esto es solo un cuento ¿no? Pura ficción. Que, ya sabes… no te debes tomar demasiado en serio. ¿OK?

En fin… está claro que todo el tiempo conté conque no ibas a hacerme caso y pasar a otra cosa, así que allá vamos.

***

Primero, un poco de antecedentes y puesta en situación.

Todo empieza con… no, no te asustes, no voy a retrotraerme a la caída del muro de Berlín, al triunfo de la Revolución ni mucho menos al descubrimiento de Cuba ni al mucho más remoto Big Bang. No hace falta ir tan atrás. Que, además, deprime…

Por cierto: aunque lo de partir del triunfo de la Revolución podría tener posibilidades interesantes en este cuento en concreto, también sería muy largo. Así que solo necesitaré retrotraerme hasta el mes pasado.

Un jueves por la tarde, cuando acababa de terminar la primera versión de un artículo sobre ese tema ahora mismo tan polémico. El de si el uso de la bandera cubana y otros símbolos patrios por los ciudadanos de a pie, en ropa, videoclips y etc. es una falta de respeto a la Nación o no.

Me había quedado rebelde e iconoclasta el articulito, modestia aparte. En líneas generales, mi punto de vista era que la bandera, el himno, el escudo y hasta el tocororo y la mariposa nos pertenecen a todos los cubanos por igual, y que si algunos se sentían tan orgullosos de ellos como para lucirlos, por mí estaba bien. ¿No hacen lo mismo los británicos, los chinos, los norteamericanos y tanta gente de tantos países y nadie protesta tanto? Aunque yo mismo no me pondría ni muerto un t-shirt con una bandera, por cierto…

Lo que me parecía hasta más meritorio, incluso: ¿No es el de “No estoy de acuerdo con lo que haces o dices, pero defendería hasta la muerte tu derecho a hacerlo o decirlo” uno de los principios más claros de la democracia? Esa palabra tan conflictiva en Cuba desde 1959…

Y de ahí ¡gran salto dialéctico! pasaba a alertar contra los falsos patriotas, que habían secuestrado símbolos como Martí, la bandera, el himno, y ahora pretendían negar su derecho a usarlos a todos los que no pensaran como ellos. Lo cual, claramente, era ya dictadura, al menos ideológicamente hablando…

Bueno, el caso es que, releyendo esa parte, me quedé un momentico pensando si no estaría apretando más de la cuenta. Y apuntando demasiado claramente el dedo hacia… ya saben. No se hagan los inocentes. Que cuando en Cuba se habla de dictadura, y ahora, todo el mundo sabe de cuál es… y no la de Batista ni la de Machado.

Reflexioné acto seguido si ser tan directo no sería a fin de cuentas un poco contraproducente. Como aquí se puede jugar con la cadena, pero sin tocar al mono… va y con ese dedo tan específicamente apuntado no me querrían publicar el trabajo (que sigo pensando que valía la pena, conste) no ya en Juventud Rebelde o Granma ¡ni soñar con que mi irreverente nombre apareciera en tan ortodoxamente oficialistas páginas! sino ni siquiera en Cuba On, La Jiribilla u otros sitios webs presuntamente más abiertos al debate… al menos a ciertos debates muy controlados.

Así que, con dolor de mi alma, ya estaba marcando ese párrafo con el cursor para borrarlo cuando oí que me decían al lado del oído, bien clarito:

—No, Yoss, déjalo… si justo para eso vine a verte.

Carajo, qué susto.

Sería exagerado decir que me rajé el cráneo contra el techo del salto que metí. Pero solo porque aquí en el apartamentico de mi esposa, aunque esté bajito porque arriba está la barbacoa con los dos cuartos, lo que tenemos es un falso techo… así que lo que rajé fue una de las losetas de pladur que lo forman.

Shhh… mi mujer nunca lo supo. Al día siguiente de los hechos, como buen marido, fui a la ferretería y compré otra. Carísima, por supuesto. Pero puedo decir que tuve suerte: había del mismo tipo, y solo era una.

Pero no quiero perder el hilo, y eso fue luego, así que olviden esto también, que tampoco es tan importante.

¡Era un cosplay de seguroso! ¿Cómo no me había dado cuenta al primer vistazo?

Lo que de verdad cuenta es que ahí estaba yo, todo erizado y temblando de la impresión, en short y chancletas, sin camisa, con el pelo recogido en un moño… y frente a mí, aquel muchacho.

Sí, porque no tendría ni treinta años.

Dos detalles me llamaron la atención en él, además de su edad.

El primero, obviamente, era ¿qué coño estaba haciendo ahí?, ¿cómo había entrado?

Mi esposa, su hijo y yo vivimos en la calle Concordia. No, no se confundan, todavía es Plaza y El Vedado. Aunque ya sea zona fronteriza con Centro Habana. La entrada del edificio está junto a la de servicio del restaurante El Biky, ese complejo cooperativo que abrieron hace un par de años y que ya le da más dinero a los dueños que una mina de diamantes en el patio, aunque la comida no sea nada del otro mundo. Y aunque las de la panadería-dulcería atiendan a los clientes a la velocidad de un cobo cojo.

A nuestro apartamentico los socios le llaman La Torre, porque está en un tercer piso de puntal alto… no, más exactamente aaaaalto. Lo que equivale como a 5 plantas. Sin ascensor. Y como si fuera poco que la escalada, a quien no está acostumbrado, suele sacarle el bofe, tenemos dos rejas: una en la escalera, con puerta con llavín, y la otra arriba, con candado. No es tan fácil llegar, no.

Bueno, de acuerdo, cuando estoy en casa suelo dejar la de arriba sin candado. Pero, de todos modos, ¿cómo había logrado colarse aquel sujeto a través de la otra, la de la escalera? Mira que suena ese Yale cuando se abre y se cierra… uno de estos días voy a tener que aceitarlo. O no. Que a falta de alarma antirrobos…

A no ser (miré por la ventana) que el misterioso intruso fuera uno de los albañiles–alpinistas de la brigada de Sam el Rasta, que justo en estos días nos están resanando la fachada y cobrando por tal reparación una obscena cantidad de CUC…

Pero no; desde que el jueves pasado uno de los escaladores tocara por error con la punta de la bota los dos bornes del transformador de alta tensión y fuera a dar a Terapia Intensiva del Calixto García con quemaduras de tercer grado, Sam y los suyos no han vuelto por acá. Lo constaté con la miradita a ventanatraviesa: las cuerdas que usan para trabajar ni siquiera colgaban de las poleas y anclajes en la azotea.

¿Quién era el socito este, entonces? ¿Un ninja graduado por correspondencia o el primo tercero de Spiderman en el Caribe?

Aunque lo segundo que me llamó la atención fue que no vestía de negro con capucha ni tampoco con mallas de lycra de colores, estilo Marvel o DC.

La ropa que llevaba no podía ser más normal: camisita de cuadros, o como las llamaba mi difunta abuela “de guinga”. Muy común, de esas “tos tenemos”. Por fuera del jean corte recto, ni tubo como los que usan los rockeros (usamos, aclaro ¡heavy metal forever!) ni de tiro largo y perneras cortas como los que sufren los reguetoneros. Para rematar, unos botines corte bajo con zíperes laterales bastante traqueteados.

Y ahí sí que se me salió la sonrisa, y por raro que parezca, me tranquilicé de golpe. Porque entre aquel casi uniforme que pretendía pasar por ropa de civil (fracasando miserablemente en el intento, ni qué decirse tiene), el peladito sin guara, medio militar, sin mohawks ni mechones de colores raros como se usan ahora, y la agenda negra que se pasaba nervioso de mano en mano, la verdad es que su imagen era prácticamente perfecta.

Seguro que hasta cinto llevaba, debajo de la camisa por fuera. Sin olvidarse de la Makárov reglamentaria metida en la cinturilla del pantalón, a la altura de los riñones. Y el carnet en el bolsillo, por supuesto.

¡Era un cosplay de seguroso! ¿Cómo no me había dado cuenta al primer vistazo?

En fin, ya mi nombre lo conoces, pero a ti ¿cómo te puedo decir, bróder?

Coño, eso sí era ser original… no veía un disfraz tan bueno desde que mi socio Alberto, que en paz descanse, se vistió aquella vez completico de gris y a todo el que le preguntaba le respondía que era un lunes…

Bah, tanto aguaje y tanta paranoia mía ¿para qué?… seguro que había dejado abierta la reja, abajo. Sí, eso debía de ser… y me había sacado la veta completica.

—Te la comiste con ese cosplay, chama —lo felicité, aunque con la voz todavía un poco temblorosa—. Disculpa el brinco, pero es que no te sentí llegar.

—¿Cosplay? No entiendo —me respondió él, mirando un tanto nervioso ora a su ropa, ora a la mía—. Cogí estas del almacén, se supone que no son anacrónicas. —Al fin clavó la vista en mi short y palideció de súbito—: ¡No me digas que ya se derritieron los polos! ¿No estamos en el 2017, entonces? El error no debía de ser de más de dos semanas…

—No entiendo ni papa de lo que dices, chama… pero siéntate, que debes de estar cansado de la subida —lo interrumpí—. Siéntate ahí en el sofá… no, hacia la otra esquina, ahí hay un muelle salido, tengo que traer a la gente que arregla colchones para que lo cambien, pero no es fácil que suban aquí, te imaginas ¿Quieres agua? —le ofrecí, hospitalario—. El refrigerador no enfría muy bien, pero tengo un pomo bien frío en el congelador…

—¿Agua? ¿Está potabilizada? —me preguntó él, y al ver mi expresión de desconcierto, agregó al punto—. ¿O por lo menos hervida? Si no, no, muchas gracias… no sé si mi flora intestinal y mis anticuerpos puedan lidiar con el agua de ustedes…

Vaya si estaba hablando raro. Ahí sí que le eché la primera mirada detenida. Pero detenida de verdad.

Y me di cuenta (lo que me preocupó un poco de nuevo, aunque no tanto como antes) de que sus ropas y calzado solo SE PARECÍAN a los del Seguroso Arquetípico.

El jean, por ejemplo, tenía un brillito negro metálico que decía claro que la tela de la que estaba hecho no era precisamente algodón. Y la camisa, aunque el estampado de cuadros fuera bastante normalito, también tenía ciertos bolsillos, hebillitas y detallitos así, fuera de pico. Sí, decía clarito YUMURÍ en el bolsillo derecho. Pero ya quisiera la Yumurí haber hecho camisas así, en sus mejores tiempos.

Y, para acabar, los botines… sí, eran como los de la fiana de los 80… pero tenían un brillito verdoso, de buen cuero, del que aquellos definitivamente carecían.

—Bueno, se ve que ya no es tan fácil conseguir ciertas prendas —pensé en voz alta, más para tranquilizarme y autoconvencerme que para que me oyera— pero igual el conjunto está bastante bien… en fin, ya mi nombre lo conoces, pero a ti ¿cómo te puedo decir, bróder?

—Yoss, lo siento, pero no puedo revelarte ese dato —me respondió, muy serio. E interiormente lo felicité por meterse tanto en su personaje ¡ese cosplay iba a causar sensación en el próximo encuentro de otakus!—. Pero puedes llamarme… Alejandro.

Ahí sí solté la carcajada.

—Mira, socio… bueno es lo bueno, pero no lo demasiado. Un consejo: ni Alejandro ni David ni Ernesto, ni siquiera Fernando ¿me captas? Todos esos ya están muy gastados. Ponte… no sé, podría ser Reinier, Rubén…

—Reinier, entonces —sonrió él—. Me gusta como suena. Oficial Reinier. Y qué bien que En silencio ha tenido que ser siga siendo tan popular… no tenía ese dato.

Ese misterio anónimo me parece tan estúpido como llamar a un perro, perro.

—Ni te lo creas; es que yo tengo memoria de elefante —repuse, aunque decidido a seguirle el juego—. Bien, entonces… comisario… agente… digo, oficial Reinier ¿a qué debo su visita? ¿En qué puedo ayudar a la Revolución?

Él casi resplandeció de puro satisfecho. De hecho, creo que hasta se le humedecieron los ojos. Tartamudeó, emocionado: —Yo… muchas gracias… en el Centro me decían todos, empezando por mis superiores, que esta misión no tenía sentido, que sería un gasto inútil de energía, porque nadie me creería. Y que si me creían nadie se mostraría cooperativo… me alegra ver que no te juzgué mal… siempre dije que tenías que ser diferente de los demás… que tu ciencia ficción no era lo que parecía…

—¿El Centro? —inquirí, interesado, a la vez que bastante halagado por lo “diferente a los demás” ¡no voy a negarlo!—. Eh… ¿tú quieres decir Villa Marista?

—El-Cen-tro —repitió él las dos palabas, recalcando serio cada sílaba y mirándome a los ojos—, simplemente el Centro.

—Ok, Reinier… que sea el Centro simplemente, pues —me encogí de hombros—. Pero conste que ese misterio anónimo me parece tan estúpido como llamar a un perro, perro. O a nuestros aborígenes, que hasta el otro día eran siboneyes y taínos, cazadores-recolectores y agroalfareros. ¿Les dicen en México, Guatemala y Belice a los mayas “sacrificadores constructores de pirámides y comedores de maíz”, acaso? No, ¿verdad? Entonces, creo que…

—Por favor, Yoss… no nos dispersemos —me interrumpió él, muy decidido—. No tenemos tiempo para eso…

—¿Qué? ¿Quieres un autógrafo, Reinier? —lo interrumpí yo a su vez, porque ya la situación empezaba a ponerse ligeramente incómoda—. Haber empezado por ahí… Todavía me quedan en alguna parte unos ejemplares de…

—No —dijo, con repentina decisión, pero tragando en seco como si resistiera a una gran tentación—. Gracias, pero no hace falta. Lo que quiero, lo que necesitamos, es que no quites ese párrafo… para empezar.

Eso sí me cogió desprevenido. Así que pregunté, como un pinareño:

—¿Qué párrafo?

—No te hagas el bobo, Yoss… que no te queda —dijo él, muy ufano, con la exacta actitud de perdonavidas típica de algunos oficiales de la Seguridad—. Ese que ibas a eliminar del artículo sobre el uso y abuso de los símbolos patrios que estabas escribiendo. Donde hablas de dictadura y falsos patriotas. Menos mal que llegué a tiempo…

La boca por poco me aplasta los dedos de los pies, de puro asombro… pero, de algún modo, logré contenerme y encontrar suficiente ánimo como para seguirle el juego. Con una sonrisa, y fingiéndome a la vez contrito y ofendido, es decir, exactamente como correspondía, pude articular:

—Lo siento, oficial… pero yo le garantizo que mis intenciones no eran dañar al proceso ni resultar ofensivo, solo provocar un poco…

—Y lo sabemos, Yoss, no te preocupes —me detuvo él, condescendiente—, hemos estudiado tu caso. Estamos conscientes de que crees sinceramente que un poco de debate es sano para la Revolución y su imagen, y que tu propósito solo era generar un sano intercambio de opiniones diversas. No en balde nunca has abandonado el país ¡aunque te han sobrado oportunidades en tus viajes! ni aceptado dinero o encargos de ninguna organización disidente. —Me miró a los ojos, como tratando de leer mis pensamientos—. Sí, te monitoreamos de cerca, y hace tiempo. Pero no te preocupes; no voy a ofrecerte unirte a nosotros. No esta vez y no de nuevo. Ya sabemos que no te interesa y respetamos tu decisión. Después de todo, quizás lo mejor sea que cada uno permanezca en su propia trinchera; la nuestra, la de las ideas; la tuya, la de las palabras.

Admito que aquel parlamento me impresionó. Se veía que había estudiado el papel a fondo. Dominaba perfectamente la jerga, la gestualidad, todo. En cualquier festival de cosplays todos los jueces le darían, sin dudarlo, el máximo de los puntos por interpretación… si solo hubiera un anime en el que apareciera gente de la Seguridad como personajes, aunque no fueran protagónicos…

—Mal, Yoss, muy mal.

Un momento ¿no hubo una temporada del manga Golgo 13 en la que se insinuaba que el famoso asesino a sueldo internacional se había entrenado en los campos secretos del MININT, cerca de La Habana? O incluso que su nación de origen, siempre un misterio, no era otra que la mismísima Cuba…

—De todos modos, entiendo que te sorprenda mi visita —continuó Reinier, evidentemente confundiendo mi reflexión de mangaka con puro desconcierto—. Así que hablaré claro: necesitamos que sigas manteniendo ese tono de crítica juguetona, de señalamiento burlesco, que tan bien te queda, en tus escritos. Que no te dé ahora por tratar de congraciarte con la Revolución para publicar más…

—Igual nadie me lo iba a creer, a estas alturas, y con mi trayectoria —rezongué, sin entender muy bien por dónde venía ni cómo estaba enterado de lo que pensaba borrar de mi artículo sobre los símbolos patrios.

¿Llevaría mucho rato en la habitación, y lo habría leído por encima del hombro? Era la única posibilidad…

—Solo pensé que… bueno, podría aligerarle un poco el veneno —agregué, vacilante—. Para hacerlo de más fácil circulación. Aprovechar los órganos de difusión oficiales y todo eso, ya sabes…

—Mal, Yoss —me reconvino—, muy mal. ¿Y sabes por qué? Porque ya tenemos demasiados de esos corifeos políticamente correctos, que solo obedecen órdenes, hasta que ni ellos mismos creen en lo que publican…

—Sí, claro… —y pensé en Cuba Sí, en La Pupila Insomne y otros sitios y blogs por el estilo, independientes… en teoría—. Entonces ¿por qué los siguen publicando? —pregunté, realmente interesado por a dónde quería llegar con su razonamiento. Que me parecía, como mínimo, bastante enrevesado y paradójico.

—Ruido de fondo, sobre todo. Y porque tenemos que dar la impresión de que son una mayoría. —Se encogió de hombros él, a su vez—. O al menos eso creo… —Respiró profundamente y me miró a los ojos—. Pero el caso es que… no hay unanimidad en esa política. A muchos nos parece obsoleta, agotada. Incluso contraproducente. Así que estamos buscamos alternativas. Por eso una pequeña facción… unos cuantos dentro del Centro… creemos de corazón que más que 20 que tecleen exactamente lo que queremos, necesitamos dos o tres que escriban lo que piensan… siempre que no sean obviamente nuestros enemigos.

—O sea, que no publiquen con El Nuevo Herald ni reciban ayuda económica de la Embajada y la Fundación Cubano Americana como aguinaldo —pensé en voz alta.

—Ni estén con Yoani Sánchez, las Damas de Blanco ni El Sexto —añadió él, muy serio (¡qué clase de actor!)—. O sea… gente como tú. Independientes, quizás hasta algo  incómodos, no voy a negarlo… pero… pero no…

—Pero no… abiertamente antagónicos —completé la idea, pensativo.

La verdad es que aquello, de pronto, se estaba poniendo serio. Muy serio. Incómoda y sospechosamente serio, incluso.

—Exacto, ¿ves cómo nos entendemos, Yoss? —aprobó mi visitante, muy orondo—. Tú eres un hombre inteligente. Nos hacen falta otros como tú: gente que a lo mejor no está de acuerdo con todo lo que hacemos, pero igual permanece aquí tratando de cambiar esto para mejor, aunque no sepa cómo. Porque todavía tienen fe en la Idea. Gente que, para citarte tus propias palabras, crean todavía que el socialismo es un buen guion, solo que nadie ha podido hacer una película a su altura teórica. Y no un enorme error histórico y un anacronismo del que Cuba debería deshacerse lo antes posible, como dicen los decepcionados. Gente que está convencida de que lo de por todos y para el bien de todos es, más que una simple cita martiana, un proyecto social con sentido verdadero. Que hay algo intrínsecamente injusto en que unos pocos lo tengan casi todo mientras que muchos apenas si tienen nada. Que no creen que lo mejor que podría pasarle a esta isla nuestra es convertirse en el estado 51 del ávido vecino del norte…

Y cada vez cogía más impulso; no sé por qué, me recordó a aquel dirigente de la FEU a principios de siglo, Hassan, al que algunos llamaban Metralleta y otros Talibán. Qué suerte que ya no se habla de él, por cierto…

Sí, ya tanta retórica me estaba llenando un poco la cachimba, así que decidí tirarlo a bonche de una vez y por todas:

Creo que veremos a las FAR convertirse en ejército profesional antes de que termine la próxima década.

—Entiendo… —fingí cavilar—. Criticar duro, pero sin saña. Señalar las manchas en el sol, pero sin cuestionar la existencia misma de la estrella. Creyendo que, si superamos esos pequeños defectos… llamémosles de dentición, el futuro nos pertenecerá definitivamente…

—¡A eso iba! —Los ojos de Reinier estaban nuevamente húmedos cuando me interrumpió de nuevo—. Yoss, no me has defraudado; sabía que no tardarías mucho en comprenderlo… a fin de cuentas, es lógico, porque tú escribes ciencia ficción. La literatura del mañana, ¿no? Y es precisamente eso lo que te hace distinto, especial, más valioso para nosotros…

—Espera, espera, que me perdí ese capítulo de la serie —lo atajé, ya un poco incómodo de tanta guataquería con lo de especial—. ¿Comprender qué cosa?

Me miró, emocionado, y se puso de pie lleno de teatralidad. Sí, ya se estaba pasando un poco, definitivamente… ¿qué vendría ahora?

—Lo siento —dijo, orgulloso—. Es culpa mía si no te lo dije antes… Yoss, mereces saberlo, claro, pero me dejé llevar un poco por mi entusiasmo. Pensé que ya habrías atado cabos, pero comprendo que incluso para ti debe de ser algo difícil de asimilar, que trasciende toda tu experiencia cotidiana. —Respiró profundo y me soltó de un tirón—. Soy del futuro. Exactamente del 2039. Acabamos de celebrar el 80 aniversario de la Revolución… más invicta y más victoriosa que nunca.

Coooñó. Esa sí que no me la esperaba. 80 aniversario de la Revolución, y la historia aún congelada en la mayor de las Antillas. Me estaba dando una dosis de mi propia medicina: viajes en el tiempo, distopías socialistas y todo.

Por supuesto, decidí seguirle el juego.

—Pues qué bueno saberlo —sonreí con fingido entusiasmo—. Y, si se puede preguntar: ¿Cómo va la economía? ¿La Libreta de Abastecimientos… ya es historia antigua? ¿Quitaron el bloqueo, otra vez tenemos ferris diarios Miami-Habana y todo eso? ¿Y también empezamos a pagar por las películas y series que pasábamos gratis por la TV, supongo? Porque no hay mal que por bien no venga, ya se sabe… ni solución a la que nosotros los cubanos no le encontremos un nuevo problema… es nuestra cruz desde el 59, imagino que ni ustedes lo negarán.

—Bueno, no puedo darte demasiados detalles, ya sabes, para no violar las leyes de la causalidad y todo eso. —Se hizo el importante, aunque los ojos le brillaban de pura ansiedad por decirme algo. Y no se aguantó—: Yo no te dije esto, Yoss, pero… entre los nuevos yacimientos de petróleo en la plataforma insular, el turismo norteamericano, que aumentó explosivamente desde Obama, y la economía de servicios, con alquiler de médicos y maestros a otros países… digamos que la cosa va bien. Incluso hemos empezado a modernizar el ejército, ¿te imaginas?

—Con tecnología rusa, supongo… —traté de sonsacarlo.

Y él asintió, encogiéndose de hombros como para quitarle importancia al asunto:

—Obvio… aunque ahora pagamos, como Venezuela. Incluso se está analizando eliminar el Servicio Militar Obligatorio… la verdad es que ya funcionaba más como fuerza de trabajo barata no especializada que otra cosa, y que la guerra moderna requiere soldados especialistas con una preparación y un nivel técnicos imposibles de adquirir en el breve plazo de dos años de un llamado o conscripción… creo que veremos a las FAR convertirse en ejército profesional antes de que termine la próxima década.

—Bien —aprobé su imaginación; de veras notable. Tremendo worldbuilding: petróleo, claro, como Venezuela. Y también fuerzas armadas profesionales, turismo yanqui al por mayor…

Lástima que no me lo creyera del todo: como decía el viejo chiste soviético, la Revolución podría triunfar incluso en el Sahara… solo que entonces pronto empezarían a importar arena.

La Orden de la Bandera Roja es muy honrosa y todo eso, pero siempre hay que comer.

La verdad es que el socialismo se mostró muy eficiente (bueno, es un decir; tampoco exageremos) a la hora de repartir la riqueza creada por el capitalismo que le precedió… pero pésimo a la hora de crear riqueza nueva.

Pero eso eran problemas de fondo. De hecho, me estaban entrando tremendas ganas de escribir un cuento, ¡quizás hasta una novela! con un tema similar: una Cuba con el socialismo recuperado, bien entrado el siglo XXI… tal vez con algo más de capitalismo y cuentapropistas, pero, definitivamente, unipartidista, con el PCC aún potente y hasta renovado en su membresía, no tan Geriatric Park como ahora, siempre frenando cualquier intento de elecciones realmente democráticas… algo así como El torreón del cosmonauta, del escocés Ken McLeod; o Habana Underguater, de mi socio y coterráneo Erick Mota. Ucronías ambas en la que la URSS ganaba la Guerra Fría, y llenas de… ¿cómo es que le dicen los alemanes a eso? Ostalgy; de ost, este, y nostalgia. Como el mundo que el personaje de Daniel Brühl trata de hacerle creer a su madre ultracomunista convaleciente del infarto en el filme Goodbye, Lenin, para que no le diera otro…

—Ya, entiendo que lo mejor es que no sepa demasiado sobre el futuro —asentí, pensativo—. Pero tengo otra duda… bueno, en realidad, se trata de la gran duda. ¿De verdad yo, mi persona, es tan importante para ese futuro?

—Mucho más de lo que crees, Yoss —me dijo Reinier, muy serio—, solo puedo revelarte esto: sin tus artículos, sin el desafío que representará tu particular visión crítica, nuestro Centro… no habría existido nunca —suspiró—. Porque nunca es más oscuro que antes del amanecer. Con el caos del calentamiento global, los años 20 fueron especialmente difíciles… cuando dejó de venir temporalmente el turismo se perdió casi toda la épica, la gente se metalizó, muchos de nuestros operativos incluso se pasaron al creciente sector cuentapropista… si hasta se llegó a hablar de disolvernos. ¡Imagínate, habría sido como disolver la KGB o la GRU, que catástrofe! Solo tus escritos nos mantuvieron en pie, nos dieron un motivo para seguir existiendo y luchando, como siempre lo hemos hecho, en la sombra…

—…y es que en silencio ha tenido que ser, porque hay cosas que para lograrlas han de andar ocultas —recité, casi solemne—. Bueno… puedo hacerlo, supongo —continué—. Eso de mantener alta y ardiendo la antorcha de la crítica constructiva, digo. Pero, y perdona si parezco un poco mercenario… resulta que la cosa, como bien sabrás si has estudiado un poquito la década, está mala de verdad en estos días… todo sigue subiendo de precio, aunque cada vez hay más ofertas, eso sí… Así que ¿qué es lo que gano yo con esto?

—Me decepcionas, Yoss —Reinier meneó la cabeza, pero sonriendo—, aunque debo admitir que no me sorprendes —suspiró—. No te mentiré; esperábamos que no fuese necesario, pero tomamos las disposiciones correspondientes para esto… después de todo, la entrega a la causa tiene sus límites: hasta Kim Philby pidió que le depositaran sus buenas decenas de miles de libras esterlinas en un banco suizo.

—Sí, la Orden de la Bandera Roja es muy honrosa y todo eso —ironicé, para demostrarle que conocía bien el caso del famoso agente doble del MI6 inglés— pero siempre hay que comer. Y en esta Cuba de hoy, con lo peor de ambos sistemas, salarios socialistas y precios capitalistas, los frijoles son carísimos. Por no mencionar la carne y los vegetales…

—De acuerdo, no se hable más, Judas… digo, Yoss —se burló él, jovial, sacando la billetera del bolsillo trasero de su jean—. Toma tus 30 denarios… para empezar. Dinero válido, de ahora. Y habrá 5 más de estos cada mes, si haces lo tuyo. —Me tendió el quinteto de billetes.

Los acepté, muy en mi personaje y… me les quedé mirando, estupefacto.

Los billetes eran de 5000 pesos. Dorados, y con el inconfundible busto del general venezolano Narciso López, con su uniforme deslumbrante de entorchados y chistera con marcial penacho. Y detrás, de fondo, la bandera. Nuestra bandera cubana oficial, la misma que él confeccionó junto a Miguel Teurbe Tolón, Cirilo Villaverde, varios de los Iznaga y otros anexionistas para ondear sobre su intentona ¿anexionista? ¿libertadora? de la isla, en 1850.

Tenían presupuesto, estos jodedores. La farsa estaba bien pensada y mejor preparada, desde luego. Le sobraba lógica a que, en una Cuba en buenas relaciones a la vez con Estados Unidos y Venezuela, y con la galopante inflación que ni siquiera la doble moneda ha logrado paliar, el billete de mayor denominación lo exornara justamente la efigie del Gran Pirata, que incluso inspiró al yanqui William Walker su también fallida aventura en Nicaragua.

Pero lo que ya estaba más allá de toda lógica era la increíblemente detallada terminación de los billetes. Alcé uno, con manos temblorosas, para mirarlo al trasluz: Era perfecto… salvo por el hecho de que no debía existir. Tenía todo lo que un verdadero billete del Banco Central de Cuba: la marca de agua con la cara de Celia Sánchez, el hilo metálico, casi como…

… casi como si fuera auténtico. Como los otros cuatro.

Pero no podía ser. NO PODÍA. No podían, en 2017, por muy convincentes que parecieran, ser auténticos 5 billetes de 5000 pesos con la fecha de impresión 2014. No cuando el billete de más alta denominación que actualmente circula es el 1000, con la cara de Julio Antonio Mella. Aunque casi nunca se vea, claro…

Solté la carcajada. Se habían gastado su buen dinero con la bromita, tenía que admitirlo. De hecho, por un momento casi me habían convencido de que todo aquello…

Qué ironía su muerte ¿no? Pasarse la vida luchando contra el capitalismo y morirse el Black Friday.

—¡Bien, muy bien! —pude articular al fin, entre risas, palmeándole el hombro con confianza al atónito “oficial Reinier”—. Por poquito caigo ¿sabes? No estuvo nada mal, enredar al enredador… tiene mérito, sí. Oye ¿y dónde les imprimieron estos…? no sé si llamarlos facsímiles o cómo, porque, desde luego, no son falsificaciones, como no lo sería un billete de 6 dólares: ¡no puede falsificarse lo que no existe! Tremendo trabajito. Y bien pensado, de verdad que por unos segundos me lo creí… claro, si hubieran tenido la cara del difunto Comandante en Jefe, habría sido muy evidente. O hasta la de Hugo Chávez…

—¿Hugo Chávez Frías? ¿El presidente vitalicio de la hermana República Bolivariana de Venezuela? —Reinier me miró, atónito—. Y ¿el Comandante en Jefe? ¿Te refieres a… Fidel? Imposible, no se pueden poner en los billetes rostros de mandatarios vivos…

Hasta el final en su papel. Digno de elogio. Tuve que admirarlo.

Pero, todavía riendo, lo llevé hasta la computadora, cliqueé en mi versión crackeada de la Wikipedia 2017 y tecleé primero “Hugo Rafael Chávez Frías” y, acto seguido, “Fidel Alejandro Castro Ruz”, comentando: —Por cierto, qué ironía su muerte ¿no? Pasarse la vida luchando contra el capitalismo y morirse el Black Friday, que empiezan las rebajas de Navidad, el día más comercial del calendario entero…

Qué actor se perdió con el tal Reinier. Con dedos trémulos, manipuló el mouse para pasar rápido, primero, la biografía de Fidel, luego, la de su amigo Chávez, deteniéndose al fin solo para leer cuidadosamente todo lo relativo a sus muertes, como si tuviera noticia de ambos magnos fallecimientos por primera vez.

Al fin se levantó, demudado. Abrió y cerró la boca varias veces, como si quisiera decir algo, pero cada vez lo pensara mejor… hasta que al fin dio un puñetazo en la pared y estalló.

—¡Cojones, qué desastre… me cago en estos chinos! ¡Ni para hacer bien una máquina del tiempo se puede confiar en ellos! ¡Fidel muerto antes de cumplir los 120! ¡Y Chávez también! ¡Está claro que es un devenir alternativo… y vete ahora a encontrar el punto jombar en un verdadero cronoflujo caótico no evenemencial! ¡Me resingo en los putísimos clavos de…

Y sin terminar la frase, desapareció.

Sí, así mismo: desapareció.

No, no estoy exagerando, no soy narrativamente impreciso. No bajó corriendo las escaleras, no se tiró por la ventana, ni siquiera atravesó la pared o se fue volviendo transparente o esfumándose hasta dejar de estar en cuestión de segundos.

Y además, sin destello luminoso ni pop de aire desplazándose súbitamente para ocupar el espacio vacío, ni azufre como en las teleportaciones del X-men Nightwalker; sin ninguno de todos esos efectos espectaculares.

Simplemente, en un momento estaba ahí, y al siguiente ya no.

De hecho, como truco, en un filme de ciencia ficción, habría distado bastante de ser espectacular.

Pero igual yo me caí de culo. Literalmente.

***

Así ocurrieron las cosas. O al menos así creo que sucedieron.

Han pasado semanas desde aquello, y ya no sé ni qué pensar.

Por supuesto, sé muy bien lo que es un punto jombar. Después de todo, escribo ciencia ficción ¿no?

Se trata del acontecimiento clave a partir del que divergen dos líneas temporales. Hay mil ejemplos: Julio Cesar no acude al Senado, no lo matan a puñaladas y se convierte en dictador vitalicio y Roma tampoco cae ante los godos. El kamikaze no sopla ni hunde a la flota invasora mongola de Kublai Khan y no hay medioevo samurái en Japón. Lenin muere antes de tomar el famoso vagón blindado hacia San Petersburgo y no hay Revolución de Octubre. Los nazis impiden el reembarque de Dunkerque, y con la mitad del ejército británico fuera de combate, poco después invaden Inglaterra en la famosa Operación León Marino. O nunca atacan a la URSS y se reparten el resto del mundo como hicieron con Polonia. Kennedy no se pone de acuerdo con Jruschov y la guerra atómica acaba con la civilización en octubre del 62…

Pero tampoco es tan sencillo, me temo: Reinier… o fuese el que fuera su verdadero nombre, dijo también muy claro “verdadero cronoflujo caótico no evenemencial”. O sea que, al menos según lo entiendo yo, se trata de una historia no basada en acontecimientos clave de personajes destacados, que con ser cambiados ya cambiarían todo lo demás. Más parecida a la inexorabilidad histórica marxista, en fin.

Y antes también hablo de un devenir alternativo.

Así que ¿saben qué? tengo una teoría.

Loca y absurda, no podía ser de otro modo. Después de todo, escribo ciencia ficción ¿no? Tómenla o déjenla. Y si se les ocurre otra mejor, me escriben.

Mi teoría es que Reinier vino realmente del futuro. Aunque no de nuestro futuro, por cierto.

Vino de otro mañana. Ese en el que Fidel cumple los 120 años al frente de Cuba y Chávez sigue vivo en 2039, como presidente vitalicio de Venezuela. El futuro de una línea temporal en la que en 2014 se pusieron de veras en circulación billetes de 5000 pesos cubanos con el retrato de Narciso López.

Un devenir alternativo, en fin. ¿Lo captan?

Desde entonces, varias veces he pensado que lo soñé o inventé todo. Pero ahí mismo busco los 5 billetes de 5000 pesos que tengo dentro del volumen 1 de la novela La compañía blanca, de Arthur Conan Doyle, los miro, los toco… y dudo.

¿Y si no estoy tan loco como a veces creen? ¿Si todo ocurrió realmente? ¿Y si ese mundo donde el Comandante en Jefe aún gobierna con siglo y un quinto de edad, donde los entusiastas oficiales del Centro pueden viajar al pasado para estimular a los autores que escriben críticas mordaces contra el sistema, pero no malintencionadas ni disidentes… si todo eso existe de veras?

¿Será un sitio mejor o peor que este?

No quiero ni pensarlo. Aunque la Cuba de hoy está tan jodida que hasta me cuesta trabajo imaginar cómo podría ponerse peor, la verdad es que esa de la que con tanta habilidad Reinier me dejó adivinar ¿o inventarme? detalles tampoco parece precisamente el Paraíso Terrenal.

Me parece que creía sinceramente en lo que decía. En la Idea, la patria y todo eso, ya saben.

No, gracias.

Porque, ya sabemos… mejor malo conocido, ¿no?

De momento, conservo los 5 billetes dorados de Narciso López. 25000 pesos… 1000 cuc al cambio actual.

Por cierto, ¿por qué no me dio billetes cuc, el cabrón de Reinier?

¿Si será que ya en su 2014 habían unificado la moneda, librándose de los chavitos, carnavalitos o cupones, formas todas en que los hemos llamado burlonamente en estos años? Eso sí sería digno de verse…

Pero mejor ni especular. No tiene sentido.

Tampoco sé si volveré a ver a Reinier alguna vez. Pero me temo que no. En cualquier caso, le deseo de todo corazón que haya conseguido regresar a su propio cronoflujo, en vez de quedarse atascado en algún devenir alternativo incluso más raro y desagradable que este. Que debe de haberlos.

No le guardo rencor. Me parece que creía sinceramente en lo que decía. En la Idea, la patria y todo eso, ya saben. Y que sus intenciones eran las mejores.

Aunque de buenas intenciones están empedrados los caminos del infierno, ya se sabe. Por lo que instituciones como la NKVD, la KGB y nuestro propio y abnegado G-2 deben de haber asfaltado, como mínimo, cientos de millas de red vial en los dominios del diablo.

Dicen que los cubanos somos únicos haciendo de la necesidad virtud, convirtiendo el revés en victoria. Al menos, de su visita me queda esta historia que ahora ofrezco a tu consideración.

Un cuento más. Que, ya sabes, como te advertí al principio, es pura ficción. Más aún, ciencia ficción, de la más vulgar y apenas literaria.

Así que no te la creas.

Pero, por si acaso… si notas que el calor aumenta de golpe, y oyes decir que los hielos del Ártico y la Antártida empiezan a derretirse… si te enteras de que van a poner en circulación billetes de 5000 pesos, avísame.

Después de todo, puede que sean dorados y con la cara de Narciso López, ¿no?

¡Soñar no cuesta nada, a fin de cuentas!

29 de mayo de 2017

 

© Este texto forma parte del libro El compañero que me atiende (Hypermedia, 2017).