Alberto Garrandés: Laboratorio de Información de Escrituras (I)

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Hace unos días, mientras conversaba con un joven escritor que vive en una localidad a medio camino entre Santa Clara y Cienfuegos, me enteré de que había hecho una fiesta en su casa. Los motivos: iba a residir, por algún tiempo, en La Habana, Ciudad Maravilla. Iba a visitar, con cierta frecuencia, el barrio de Miramar. Iba a comenzar sus estudios en el Centro de Formación Literaria “Onelio Jorge Cardoso”. E iba a perfeccionar, finalmente, sus conocimientos —libros, técnicas de escritura, autores— antes de lanzarse de lleno a escribir las obras que merodeaban por su cabeza.

La fiesta fue visitada, supongo, por los fantasmas de Julio Cortázar, Gabriel García Márquez, Mario Benedetti, Juan Bosch, Augusto Monterroso, Juan Rulfo, Carlos Fuentes y por el soplo vivo de Mario Vargas Llosa.

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Hace muchos años, en cierta noche especial, visité la Casa de las Américas. Manuel Puig, autor de La traición de Rita Hayworth, iba a leer páginas de El beso de la mujer araña. “Puig está de visita en Cuba”, me dijeron. Yo, la verdad, no podía creerlo. ¿El hombre que había escrito aquella historia de amor —nacida en el interior horrible de una cárcel, entre un revolucionario clandestino y una loca espigada y cabal, amante del cine y de otros hombres— iba a leer allí? “Vamos a la Casa de las Américas, hoy está Manuel Puig”, le dije a mi novia. Y allá nos fuimos.

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En Cuba la idea (casi “oficial”) de la narrativa es algo (en términos de escritura, es decir: pura incoación, puro umbral antes del texto) que incorpora modelos de Cortázar, ejemplos de Carlos Fuentes, nociones de Vargas Llosa, consejos de García Márquez, explicaciones sobre Juan Rulfo e ideas de Monterroso. A todo esto se añade un puñado de textos teóricos. El conjunto no está mal. A esos escritores se han sumado algunos otros con los que se anhela completar una poética moderna y vigente (y que no deja de ser decimonónica: todo hay que decirlo) del relato en prosa. Raymond Carver. O John Cheever, por ejemplo. Más algunos narradores hispanoamericanos del postboom y del llamado McOndo. ¿Hemingway, Salinger y, antes de ellos, Sherwood Anderson, O. Henry y el olvidado (por mal leído) Jack London? Es posible. Y otros, tengo entendido.

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Llegamos a la Casa de las Américas algo tarde esa noche, y vimos que la sala “Manuel Galich”, donde estaría Puig, se hallaba tan llena que los asistentes la desbordaban. Frente a la puerta unas veinte personas impedían no solo el acceso, sino también la visión.

En la pared, un anuncio: lectura de poemas. Invitado: Ernesto Cardenal. Me sobresalté. ¿Qué broma era esa? ¿Cardenal? Ni idea de Cardenal por aquellos días. Como yo había escrito mi tesis de licenciatura (sobre los cuentos de Jorge Luis Borges) como un trabajador más de la Casa de las Américas, y vinculado en específico a la biblioteca, conocía a algunos funcionarios y me percaté de que uno de ellos, sonriente, observaba la aglomeración. “¿No es un recital de Manuel Puig?”, le pregunté. “Pero muchacho, ¿para qué quieres a Manuel Puig, si tienes a Cardenal?”, contestó asombrado y feliz.

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¿Para qué quieres a Thomas Pynchon si tienes a Benedetti? (Ojo, escuchen cómo suena: ¿para qué quieres leer Gravity’s Rainbow si puedes leer Gracias por el fuego?)

¿Para qué quieres a Maurice Blanchot si tienes a Cortázar?

Pero Cortázar sabía muy bien quién era Blanchot y cuánto valía, pues un día le auguró a Lezama Lima (o al menos eso leí, si es que no se trata de un mito): “Algún día Paradiso tendrá su Maurice Blanchot”. Dicho sea al pasar: no me parece que Paradiso tenga o haya tenido un lector tan monstruoso.

¿Para qué quieres a Robert Bloch si tienes a Vargas Llosa?

¿Para qué quieres a Lawrence Norfolk o William Gaddis si tienes a García Márquez?

¿Para qué quieres a Don DeLillo si tienes a Carlos Fuentes?

Pero en fin, muchacho, ¿para qué quieres a Bataille (admirado por Vargas Llosa), Michael John Harrison, David Foenkinos, Thomas Ligotti, Simon Leys, Joan Fontcuberta, Dino Buzzati, o Ted Chiang? ¿O Julian Barnes, David Markson, Jean Genet (el viejo Genet, tan nuevo), Kjell Askildsen, China Miéville, António Lobo Antunes?

¿De veras prefieres a Arthur Machen, Gabrielle Wittkop, André Pieyre de Mandiargues?

Extrañas regiones de la psiquis.

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Las listas de escritores y obras no proporcionan el menor consuelo, pero ayudan a enrumbar ciertas actitudes. Después vienen la lecturas y, con ellas, las digestiones. Algunas son rápidas: te comes un par de tostadas con un café y ya. Otras son lentas y duraderas, como cuando, hambriento, te sientas y devoras, con una copa de vino, una lasaña, y después unos brownies con sirope y helado de nueces.

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El problema que subyace en escoger un grupo X de escritores y obras para formular un canon, desechando, o excluyendo (o no tomando en consideración) a un grupo Y, tiene que ver con la idea de la literatura que se hace y esgrime quien escoge. Obvio. Escoger a Vargas Llosa, Fuentes, Rulfo, Benedetti y Juan Bosch (grupo X) es un acto que alude elocuentemente a un tipo de literatura, mientras que escoger a los demás (grupo Y) significa defender una literariedad muy distinta.

En el cine la situación puede que sea más clara. Sigues a Hitchcock y haces un cine episódico, preciso y técnico. Sigues a Bresson y haces un cine no representacional. Sigues a Tarkovski y haces un cine que suele dramatizarse en el paisaje natural. El grupo X representa a un mundo transcurrido. El grupo Y representa o tiende a representar al mundo de hoy.

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Haría falta crear un Laboratorio de Información de Escrituras (L. I. E.) donde los clásicos del pretérito sean Poe, Kafka, Klossowski, Lovecraft, J. K. Huysmans, E. T. A. Hoffmann, Jan Potocki, Laurence Sterne, Heinrich von Kleist y otros que harían demasiado largo ese repertorio.

Un Laboratorio que esté lejos de la actitud o la intención formativa, y que se acoja a la creación y conformación de lo novedoso no por indicación sino por descubrimiento. Un espacio donde la mera vecindad de ciertos conceptos creativos y ciertas formas de escribir originen un modo distinto (actual, inmediato, de ahora mismo) de ver la literatura y comprenderla. Nada de técnicas. Leer y entender. Leer y comprender. ¿Técnicas? Hmm. Que la naturaleza canónica del relato se articule con una pregunta: ¿cómo es lo real y dónde está? De ahí (de las contestaciones posibles) brotan las técnicas.

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Minimalismo, más una dosis de neobarroco, más una dosis de surrealismo, más una dosis de realismo “tradicional” en los contextos (muy diversos) del post-subdesarrollo: virtualidad, fragmentación, discontinuidad. La vida intersticial. El grupo Y y sus clásicos del pretérito han podido abolir la integridad de lo real en escrituras que hacen algo parecido al reproducir y producir zonas intra-periféricas de la actividad del sujeto. Relatos internamente asistemáticos y que devienen asimétricos. El Laboratorio de Información de Escrituras subrayaría esta condición de lo literario para explicar, a continuación, por qué esos escritores elaboran, al cabo, una legibilidad distinta, es decir: otra lectura, otra manera de leer.