Emmanuel Carrère, premio FIL Guadalajara 2017

Publicamos anuncios y empezamos a recibir candidatas. Como el año escolar ya ha comenzado no podemos ser demasiado exigentes. Las estudiantes encantadoras están todas ocupadas, sólo quedan en el mercado las que no han encontrado trabajo: arrastrando los pies, sólo piensan en cuidar niños si no hay nada mejor, al acecho de la primera ocasión para desaparecer sin previo aviso.

Es un desfile desalentador y creemos haber tocado fondo, de hecho es casi cómico cuando una tarde lúgubre de diciembre abrimos la puerta a Jamie Ottomanelli.

Las demás aspirantes al empleo tienen por lo menos a su favor ser jóvenes. La recién llegada ha sobrepasado los cincuenta años, es alta y gorda, tiene el pelo grasiento, viste un chándal viejo que no huele muy bien. Resumiendo, tiene pinta de mendiga.

Anne y yo hemos acordado una especie de código para comunicarnos discretamente nuestras impresiones y no prolongar las entrevistas inútiles. Para esta visitante, el veredicto es claro, pero no podemos despacharla bajo la lluvia sin un simulacro de conversación.

Le ofrecemos una taza de té. Ella se instala en una butaca cerca de la chimenea, con sus gruesas piernas ligeramente separadas, como si se dispusiera a pasar allí el resto del día. Tras un momento de silencio, atisba un libro depositado encima de la mesa baja y dice, en francés pero con un fuerte acento americano:

—Oh, Philip K. Dick…

Arqueo las cejas.

—¿Le conoce?

—Le conocí, en su día, en San Francisco. Fui babysitter de su hija. Ahora ya ha muerto. Rezo muchas veces por su pobre alma.

(El reino)

 

Al volverse a sentar se fijó, en el cráter de un cenicero, en una cajetilla de Marlboro vacía y, sobre todo, recortada de una manera que le pareció familiar, aunque necesitó un esfuerzo para recordar lo que evocaba aquel destrozo.

Se acordó: dos o tres años antes, un rumor había circulado por París, y quizá por otras partes, no sabía muy bien, de origen tan misterioso como esas bromas que nacen, se propalan y después desaparecen sin que nunca se sepa quién ha podido lanzarlas, y ese rumor afirmaba que la firma Marlboro estaba confabulada con el Ku Klux Klan, cuya publicidad clandestina garantizaba por medio de ciertas señas de identificación incorporadas al dibujo de la cajetilla.

Esto se demostraba esgrimiendo ante todo que las líneas que separaban los espacios rojos de los espacios blancos formaban tres K: una en el frente, otra detrás, otra en la parte de arriba, y, además, que en el fondo del envase interior había dos puntos, uno amarillo y otro negro, lo cual significaba: Kill the niggers and the yellow.

Fuera o no cierto, esta explicación había tenido durante algún tiempo el valor de un juego de sociedad y con frecuencia se veían, en los cafés, cajetillas recortadas que atestiguaban que alguien se había dedicado al numerito. Estos vestigios, poco a poco, se habían ido haciendo más escasos, porque los iniciados, demasiado numerosos, ya no encontraban a nadie a quien iniciar, porque se habían hartado, y, sobre todo, porque no todas las veces salía bien.

(El bigote)

 

Pasado el momento de crisis abierta, no se habla más de ella en mis cuadernos. O bueno, sí, pero ya no es realmente ella, Jamie Ottomanelli, es el personaje del libro en el que pensé durante todo el invierno. De hecho, hice algo más que pensar, me puse manos a la obra, el problema es que no me queda de él ningún rastro.

Hoy que escribimos y hasta leemos cada vez más en una pantalla, cada vez menos en papel, tengo un argumento de peso en favor de este segundo soporte: si bien hace más de veinte años que utilizo ordenadores, sigo conservando todo lo que he escrito a mano, por ejemplo los cuadernos de los que extraigo la materia de esta memoria, mientras que todo lo que he escrito directamente en la pantalla ha desaparecido, sin excepción.

He usado, como me exhortaban, toda clase de copias de seguridad y copias de seguridad de las copias de seguridad, pero sólo han sobrevivido las que estaban impresas en papel. Las demás estaban en disquetes, pendrives, discos externos que tienen fama de ser mucho más seguros pero que en realidad se han vuelto obsoletos uno tras otro, y ahora son tan ilegibles como las cintas de casete de nuestra juventud. Total.

Existió, en las entrañas de un ordenador difunto desde hace mucho tiempo, un primer borrador de novela que si lo encontrase sería útil para completar mis cuadernos. Había tomado prestado el título al cineasta Billy Wilder, un proveedor de agudezas tan prolífico en Estados Unidos como Sacha Guitry en Francia.

Cuando se estrena la película inspirada en El diario de Anna Frank, le preguntan a Wilder qué opina del film. “Muy hermoso”, dice con cara grave. “La verdad, muy hermoso. Muy emotivo”. (Una pausa). “Aun así, nos gustaría conocer el punto de vista del adversario”.

El punto de vista del adversario, tal como lo recuerdo, ponía en escena a Jamie monologando en su cuchitril como Job sobre su montón de basura, rascándose igual que él sus llagas purulentas y desarrollando los mismos temas obsesivos.

(El reino)

 

Todos sabíamos por qué estábamos allí, no hacía falta hablar de ello, pero entonces, ¿qué decir? La madre había leído mi libro El adversario, que Juliette le había recomendado diciendo que yo era el nuevo novio de Hélène, y le había parecido un relato muy duro. Yo reconocí que sí, que lo era, que también para mí había sido duro escribirlo, y me sentí vagamente avergonzado de escribir cosas tan crudas.

A la gente que frecuento no le plantea problemas que un libro sea horrible: por el contrario, muchos ven en este hecho un mérito, una prueba de audacia que acredita la valía del autor. A los lectores más candorosos, como la madre de Patrice, les perturba. No juzgan que esté mal escribir estas cosas, pero de todos modos se preguntan por qué escribirlas. Se dicen que un tipo amable y bien educado, que les ayuda a cortar en rodajas los pepinos, que parece participar sinceramente en el duelo de la familia, debe de ser, pese a todo, o muy retorcido o bien desgraciado, en cualquier caso debe de haber en él algo anómalo, y lo peor es que no puedo evitar estar de acuerdo con ellos.

(De vidas ajenas) 

 

París, 30 de agosto de 1993

Señor:

Puede que le choque mi iniciativa. No obstante, correré ese riesgo.

Soy escritor, autor hasta la fecha de siete libros de los que le envío el último publicado. La tragedia de la que usted ha sido causante y único superviviente me tiene obsesionado desde que la conocí por los periódicos. Quisiera, en la medida de lo posible, tratar de comprender lo que ha ocurrido y escribir un libro al respecto que, por supuesto, sólo podría aparecer después de su proceso.

Me gustaría que comprendiese que no me dirijo a usted movido por una curiosidad malsana o por el gusto del sensacionalismo. Lo que usted ha hecho no es, a mi entender, la obra de un criminal ordinario, ni tampoco la de un loco, sino la de un hombre empujado hasta el fondo por fuerzas que le superan, y son esas fuerzas terribles las que yo desearía mostrar en acción.

Sea cual sea su reacción a esta carta, le deseo, señor, mucho valor y le ruego que crea en mi muy profunda compasión.

Emmanuel Carrère.

Eché la carta al correo. Instantes después, demasiado tarde, pensé con espanto en el efecto que pudiera causar en su destinatario el título del libro que la acompañaba: Yo estoy vivo y ustedes están muertos

Esperé.

(El adversario) 

 

Hacía tiempo que Dick tenía una teoría sobre el ex gobernador de California cuya ascensión había seguido a medida que él se abismaba, y la explicaba con la misma autoridad con la que explicaba los vínculos existentes entre Marlboro y el Ku Klux Klan, otro de sus éxitos.

En el caso de Marlboro, sostenía que las líneas que en el paquete de cigarrillos separan los espacios rojos de los blancos forman tres K, una en el reverso, otra en el anverso y la tercera en la parte superior; en el caso de Nixon, se basaba en el adagio: Is fecit cui prodest.

¿A quién habían favorecido los asesinatos de John y Robert Kennedy, Martin Luther King o el atentado contra George Wallace, si no a un personaje de segundo rango, feo y astuto como Ricardo III o Stalin, y capaz, como ellos, de eliminar a todos los rivales más peligrosos que se interponían en su camino?

Sí, Nixon había llegado al poder empleando los mismos métodos que Stalin, beneficiándose de los mismos apoyos. Porque había sabido colocar espías por todas partes, y los servicios secretos lo apoyaban; y también lo apoyaban los soviéticos, porque servía a sus intereses. Dado que, al fin y al cabo, era uno de ellos.

A estas alturas de la explicación, en general todo el mundo se echaba a reír ¿Nixon un rojo? ¡La última de Phil! Pero Phil insistía, alegando que bastaba con tomar en consideración esta tesis para que la verdad saltara a la vista.

Desde el principio, Nixon trabajaba a sueldo del Partido Comunista y, ocultándose detrás de su fama de político conservador adquirida en la época del macartismo, obraba para convertir al país de la libertad en una criptocolonia de la Unión Soviética. Los ciudadanos estaban controlados, la delación organizada y, logro supremo: mientras el homo sovieticus al menos era consciente de vivir en una prisión, el americano medio lo ignoraba. Gracias a esta superioridad, la dictadura nixoniana se acercaba al ideal que los nazis no habían tenido tiempo de realizar plenamente, y por el cual los rusos, imposibilitados a causa de su atávica barbarie, se movían con pena.

Dick no había leído a Solzhenitsyn, aunque sí había leído los artículos aparecidos en el momento del Nobel. Lo admiraba, sin poder evitar pensar que éste en Rusia lo tenía mucho más fácil, pues al menos le creían, ninguna persona razonable se hubiese negado a creerle. Mientras que a un Solzhenitsyn americano que dijera la verdad y denunciara los crímenes de Nixon como el otro denunciaba los de Stalin ni siquiera hubiese sido necesario encerrarlo en un manicomio: todo el mundo lo tomaría por loco y nadie le haría caso.

Había creído hacer una extrapolación al describir los Estados Unidos totalitarios de Fluyan mis lágrimas, dijo el policía, pero cuanto más pensaba en ese libro, más veía en él su Archipiélago Gulag: una obra profética, sobre todo si se piensa que mostraba una realidad invisible, inadmisible. Además, los que sabían, los criminales de Estado, no se dejaban engañar. Lo habían sometido a un control fiscal, lo habían perseguido, le habían robado; y, llegado el caso, no vacilarían en eliminarlo físicamente.

Como su homólogo soviético, vivía ahora en una pesadilla. Sus enemigos habían atacado y volverían a atacar. Sus amigos, que consideraban la casa del Eremita un escondite quemado, y algunos de ellos en especial, que muy probablemente no tenían la conciencia tranquila, se habían esfumado. La policía, por su parte, lo trataba más como a un delincuente que como a una víctima. En cualquier momento podían aparecer y arrestarlo. Nunca más se oiría hablar de él. Si no lo mataban allí mismo, acabaría en un campo de concentración en Alaska.

(Yo estoy vivo y ustedes están muertos. Philip K. Dick, 1928 – 1982.)

 

Mientras me hacen esperar, me digo que mi reportaje empieza bien: escondites, clandestinidad, todo esto es de lo más novelesco. Sólo que me cuesta elegir entre dos versiones de lo novelesco: el terrorismo y la red de resistencia; es cierto que ambas se parecen mientras no ha terminado la partida, la versión oficial de la historia.

Me pregunto también qué esperará Limónov de mi visita. ¿Desconfía, escaldado por los retratos que han hecho de él los periodistas occidentales, o cuenta conmigo para rehabilitarle? Por mi parte, lo ignoro. Incluso es raro, cuando uno se prepara para una entrevista con alguien y para escribir sobre él, no saber muy bien a qué atenerse.

En el despacho espartano, con las cortinas corridas, donde al final me hacen entrar, Limónov está de pie, en vaqueros y suéter negros. Apretón de manos, nada de sonrisas. Al acecho. En París nos tuteábamos, pero él me ha tratado de usted por teléfono y adoptamos esta fórmula. No obstante la falta de práctica, habla francés mejor que yo ruso, así que optamos por el francés.

En otro tiempo hacía flexiones y pesas una hora al día, y ha debido de continuar haciéndolo porque a los sesenta y cinco años sigue estando delgado: vientre plano, silueta de adolescente, piel lisa y mate de mongol, pero ahora usa un bigote y una perilla grises que le dan un poco el aire del D’Artagnan envejecido en Veinte años después, y mucho el de un comisario bolchevique y en particular el aspecto de Trotski, con la salvedad de que Trotski, que yo sepa, no hacía body building.

En el avión he releído uno de sus mejores libros, Diario de un fracasado, cuyo tono se anuncia en la contracubierta: “Si Charles Manson o Lee Harvey Oswald hubieran escrito un diario, se habría parecido a esto”.

Copié algunos pasajes en mi libreta. Éste, por ejemplo: “Sueño con una insurrección violenta. Nunca seré Nabokov, no correré nunca detrás de las mariposas por las praderas suizas, con piernas anglófonas y velludas. Que me den un millón y compraré armas y provocaré una sublevación en cualquier país”.

Era el guión que se contaba a sí mismo a los treinta años, emigrante sin un centavo lanzado a la calle de Nueva York, y treinta años más tarde la película se realiza. En ella interpreta el papel que soñaba: el revolucionario profesional, el técnico de la guerrilla urbana, Lenin en su vagón blindado.

Se lo dije. Se echa a reír, con una risita seca y nada afable. “Es cierto”, reconoce. “En la vida he llevado a cabo mi programa”.

Pero puntualiza: no es el momento de un levantamiento armado. Ya no sueña con una insurrección violenta, sino más bien con una revolución naranja como la que acaba de producirse en Ucrania. Una revolución pacífica, democrática, que según él, el Kremlin teme por encima de todo y que está dispuesto a aplastar por todos los medios.

Por eso lleva esta vida de hombre acosado. Hace unos años le molieron a palos con unos bates de béisbol. Y muy recientemente escapó por poco a un atentado. Su nombre encabeza las listas de enemigos de Rusia, es decir, de hombres a los que debe abatirse, y a los que instancias cercanas al poder señalan como víctimas de la venganza del pueblo, facilitando su dirección y número de teléfono.

Los otros que figuraban en estas listas eran Politkóvskaia, asesinada con una escopeta; el ex oficial del FSB Litvinienko, envenenado con polonio tras haber denunciado la evolución criminal de este organismo; el multimillonario Jodorkovski, actualmente encarcelado en Siberia por haber querido inmiscuirse en política. Y el siguiente es él, Limónov.

Encuentro en mi libreta otro pasaje de Diario de un fracasado: “Tomé el partido del mal: hojas de col, octavillas ciclostiladas, partidos que no tienen ninguna posibilidad. Me gustan los mítines políticos que sólo congregan a un puñado de personas y la disonancia de los músicos incompetentes. Y odio las orquestas sinfónicas. Si algún día tuviese el poder degollaría a todos los violinistas y violonchelistas”.

(Limónov.)

 

Meses antes, le habían enviado la traducción alemana de un artículo aparecido en una revista polaca, firmado por Stanislaw Lem, considerado como el escritor de ciencia ficción más brillante del bloque socialista. Sus libros habían sido traducidos a todos los idiomas y Andrej Tarkovski se había inspirado en su novela Solaris para realizar una película que era la respuesta soviética a 2001: Odisea en el espacio. Esta destacada personalidad se había tomado la molestia de escribir un extenso análisis de la ciencia ficción norteamericana que era posible resumir más o menos en estos términos: no vale nada, excepto por Philip K. Dick.

Lem estimaba que el abismo que lo separaba de sus colegas sólo podía compararse con el que existía entre el Dostoievski de Crimen y castigo y los autores de novelas policíacas. A su manera ingenua, Dick expresaba sobre el mundo moderno verdades visionarias.

Había entablado una correspondencia con Lem, que intentaba que Ubik fuera publicado en Polonia. Las cosas se malograron cuando quedó claro que, según las reglas vigentes en todos los países socialistas, los derechos de autor sólo podían ser cobrados allí.

Lem, muy amablemente, le había hecho notar que éste era un buen motivo para que Dick hiciera un poco de turismo y diera una conferencia en Varsovia, donde una montaña de zlotys lo aguardaba. Imprevisible, como siempre, Dick se había enfadado. Había escrito unas cartas crispadas a su agente, a su editor y sobre todo a Lem, acusado, primero, de querer quedarse con sus derechos de autor dando por descontado que él nunca viajaría; luego, por el contrario, de servirse de ese señuelo para hacerlo viajar y no dejarlo volver.

Y como esta hipótesis parecía más prometedora que la de una banal malversación de fondos, se había pasado el invierno, aunque ya sin un interlocutor puesto que Lem ya no respondía a sus cartas, explorando todas sus intricadas implicaciones.

Era indudable que los servicios secretos del Este estaban calibrando el alcance subversivo de su obra. Habían empezado a descifrarla, como lo demostraba el artículo de Lem; o, más probablemente, del colectivo que respondía al nombre de Lem.

Veían en él un Solzhenitsyn potencial, más peligroso aún que el otro, dado que amenazaba con revelarle a lo que quedaba del mundo libre el secreto hasta entonces bien guardado de la sovietización de los Estados Unidos. ¿Acaso no se referían a él en la televisión francesa como un posible candidato al premio Nobel?

(Le habían transmitido este comentario que un fan había hecho durante un programa cultural transmitido a altas horas de la noche, y del cual él había deducido que un influyente lobby de intelectuales franceses sostenía su candidatura ante el jurado sueco. Empezaba a preguntarse ya qué iba a hacer cuando la dictadura nixoniana no autorizara a su ilustre disidente a viajar a Estocolmo a retirar el premio.)

Antes de que se llegara a esto, en el Este procuraban encontrar una manera de desactivar la bomba. Habían querido seducirlo. Habían sondeado el terreno. Entonces Lem, con el terreno preparado, entraba en escena, multiplicaba las amabilidades, lo invitaba a Polonia.

¿Y si hubiese caído en la trampa? ¿Qué hubiese pasado en Varsovia? No le costaba mucho imaginarlo: la gira de conferencias, la cena, los cócteles y, una buena mañana, despertando con resaca en una habitación de paredes blancas, se vería rodeado de tipos con delantales blancos y jeringas. “Tranquilo, gospodin Dick, no durará mucho ni le dolerá. Esta misma noche podrá usted pronunciar su conferencia”. Y aquella misma noche se encontraría frente a una asistencia más concurrida que de costumbre, pues estarían invitados los corresponsales extranjeros, a los que se escucharía decirles que había decidido quedarse allí, en Polonia, el país de la libertad.

Por suerte, había desbaratado sus planes, escapando, por esta vez, del lavado de cerebro. Y había reído de buena gana pensando que en el colectivo Lem habría rodado alguna cabeza.

Pero ahora se acordaba de una frase que había leído o escuchado un día, no recordaba dónde: “Reía porque sus enemigos no podían alcanzarlo; no sabía que se ejercitaban para errar el tiro”.

(Yo estoy vivo y ustedes están muertos. Philip K. Dick, 1928 – 1982) 

 

¿Era una historia verosímil? ¿Había tal vez, a falta de pruebas, presunciones que la sostuvieran, una argumentación, al menos?

Me parece que de haber sido yo el redactor jefe del periodista le habría pedido que llevara más lejos su investigación. Pero no, él informaba solamente de que unas personas, unas familias, creían que sus parientes desaparecidos estaban presos en campos de Corea del Norte. Muertos o vivos, ¿cómo saberlo? Lo más probable era que muertos, de hambre o a causa de los golpes de los carceleros. Y si aún vivían, no debían de tener ya nada en común con los jóvenes a los que se había visto por última vez treinta años antes. Si les encontraban, ¿qué podrían decirles? Y ellos, ¿qué dirían? ¿Era deseable encontrarlos?

Cuando fui cooperante en Indonesia, hace veinticinco años, circulaban entre los viajeros historias horripilantes y en su mayoría ciertas sobre las cárceles donde encierran a la gente a la que han detenido con droga. Una noche en que hablábamos de esto desde hacía horas, con una indiferencia feroz, un tipo al que yo no conocía contó otra historia, quizá inventada, quizá no. Era la época en que existía aún la Unión Soviética.

El tipo explicaba que cuando tomas el transiberiano está estrictamente prohibido bajarse en el itinerario, apearse por ejemplo en una estación para hacer turismo mientras esperas el siguiente tren. Ahora bien, parece ser que a lo largo de la vía férrea hay ciudades perdidas donde se encuentran hongos alucinógenos excepcionales; la historia, según el público, puede contarse modificando el reclamo: alfombras muy raras y muy baratas, joyas, metales preciosos… Así que algunos audaces se arriesgan a desoír la prohibición. El tren para tres minutos en una pequeña estación de Siberia.

Hace un frío que pela, no hay ciudad, sólo cabañas: una zona siniestra, fangosa, que parece despoblada. Sin hacerse notar, el aventurero se apea. El tren parte, él se queda solo. Con su mochila a la espalda, abandona la estación, es decir, el andén de tablones podridos, chapotea en los charcos, entre empalizadas y alambradas, y se pregunta si en realidad ha sido una buena idea.

El primer ser humano con el que topa es una especie de degenerado que le sopla a la cara un aliento espantoso y le suelta un parlamento cuyos matices se pierden (el viajero sólo habla unas palabras de ruso, y lo que habla el vándalo quizá no sea ruso), pero el sentido general es claro: no puede pasearse así, va a detenerle la policía.

Sigue un torrente de palabras incomprensibles, pero, con ayuda de la mímica, el viajero comprende que el vagabundo le ofrece hospedarle hasta el próximo tren. No es una propuesta muy atrayente, pero no tiene alternativa y quizá, en definitiva, se presente la ocasión de hablar de hongos o de joyas.

Sigue a su anfitrión y entra en un cuchitril infecto, calentado por una estufa humeante, donde están reunidos otros tipos aún más patibularios. Sacan una botella, beben, hablan mirando al forastero, repiten a menudo la palabra milicia, es la única que él reconoce y, con razón o sin ella, se imagina que hablan de lo que sucederá si cae en manos de la milicia.

No se librará de una buena multa, ¡oh, no!, todos se ríen a mandíbula batiente. No, no volverán a verle nunca. Aunque le esperen en la terminal, en Vladivostok, se percatarán de su ausencia y punto. Por más escándaleo que armen su familia, sus amigos, nunca lo sabrán, nunca intentarán averiguar dónde desapareció.

El viajero trata de razonar consigo mismo: quizá no es eso en absoluto lo que dicen, quizá hablan de las mermeladas que hacen sus abuelas. Pero no, sabe muy bien que no es así. Sabe muy bien que hablan de la suerte que le espera, ya ha comprendido que más le habría valido caer en manos de esos milicianos corruptos con que lo amenazan tan jovialmente, que de hecho todo habría sido mejor que esta choza de planchas mal juntadas, que estos alegres compinches desdentados cuyo círculo se cierra ahora a su alrededor, que siempre con aire de broma empiezan a pellizcarle la mejilla, a darle manotazos, empujones, a enseñarle cómo hacen los milicianos hasta que lo dejan inconsciente.

Despierta más tarde, en la oscuridad. Está desnudo en el suelo de tierra, tiembla de frío y de miedo. Al extender el brazo comprende que le han encerrado en una especie de cobertizo, y que está perdido. La puerta se abrirá en cualquier momento, los campesinos que se reían tanto vendrán a golpearlo, a pisotearlo, a sodomizarlo, a divertirse un poco, en suma, no hay tantas ocasiones para hacerlo en Siberia.

Nadie sabe dónde está, nadie acudirá en su auxilio, está en sus manos. Cuando se acerca la llegada de un tren deben merodear por la estación con la esperanza de que algún imbécil viole la prohibición: ése es para ellos. Lo usarán de mil maneras hasta que reviente, y luego esperarán al próximo.

Por supuesto, el viajero no se dice todo esto de una forma tan razonable, sino a la manera de un hombre que recobra el conocimiento en una caja estrecha donde no ve nada, no oye nada, no puede moverse y tarda algún tiempo en comprender que le han enterrado vivo y que todo el sueño de su vida conducía a esto, y que es la realidad, la última, la verdadera, de la que no despertará nunca.

Está ahí.

Yo también, en cierto modo, estoy ahí. Lo he estado toda mi vida.

Para imaginarme mi condición, siempre he recurrido a historias de este género. Me las he contado de niño y después las he contado. Las he leído en libros y después he escrito libros. Me gustó durante mucho tiempo. Gozaba sufriendo de una manera particular mía y me convertía en un escritor.

Hoy día ya me he cansado. Ya no soporto ser prisionero de este guión triste e inmutable, sea cual sea el punto de partida en que me encuentre para tejer una historia de locura, de hielo, de encierro, para dibujar el plano de la trampa que debe destruirme.

(Una novela rusa)