El club de las crines

Por Alberto Garrandés

Para Ahmel Echevarría

Hace pocos años, durante una velada abstrusa en la UNEAC, un joven escritor se me acercó (teníamos bastante confianza por aquellos días…, después se fue a Berlín a estudiar) y deslizó un comentario poéticamente obsceno sobre una escritora, también muy joven, que se hallaba a unos metros de nosotros y que lo había acompañado a la playa la semana anterior. Como en el plano de lo real la playa y yo no nos llevamos bien (no así en el plano simbólico), le presté atención. Nunca viene mal enterarse de cosas respecto a un mundo que uno rechaza y ama al mismo tiempo.

“¿Usted sabe lo que es un bikini car wash?”, me preguntó. “Puedo imaginarlo”, dije. “Bien… se puso un bikini car wash tan ajustado que los pelitos se le salían”, describió.

La pronunciación de la palabra “pelitos” merecía todo un estudio. Por otra parte, la verdad verdadera es que se me hacía difícil imaginar a la señorita Flor de Magnolia (reputada, pese a su juventud extrema, gracias a la fluidez de sus escritos y su belleza inequívoca, aunque propensa a cierta gordura) usando semejante prenda.

“Ella podría ser escandalosa”, comenté. “Estaba como si nada… no se daba cuenta del espectáculo”, añadió mi joven amigo. “¿Tú crees? Por supuesto que sí se daba cuenta” afirmé entrecerrando los ojos.

Por unos segundos vi en mi mente a Flor de Magnolia paseándose por la orilla del mar, contoneándose alrededor del joven, sin preocuparse ni por su incipiente corpulencia ni por el advenimiento de aquellas crines que él describió como “unos pelitos de un negro humo”. A mi joven amigo escritor a veces le daba por ser pintor y se sabía todas aquellas denominaciones del negro como valor: negro humo, negro bujía, negro carbón y otros negros más o menos intensos y presumibles.

“Ella era consciente de su exhibición”, aseguré. Además, ¿qué le importaba a Flor de Magnolia el hecho de que ya fuera, irreversiblemente, una gordita? Poseía juventud y belleza, poseía talento.

Vislumbré a Vivianne Pollentier (a.k.a. Demi Moore) y su felpudo prodigioso, una moqueta barbárica que se puso de manifiesto en unas fotografías donde el mito de la vulva regresaba a su animalidad originaria. Un mito que se tonifica (escojamos al azar) en personajes como Justine o Juliette, heroínas novelescas del Marqués de Sade, o en una jovencita ignota, nombrada Perla, que danza (en un cortometraje vintage) encima de un sofá con sus abundantes crines intactas, o en la pelusa dubitativa y misteriosa de Lolita, donde Vladimir Nabokov viaja de la entomología a la anatomía del cuerpo preadolescente, o en Marisa Berenson haciendo de Lady Lyndon en una película dieciochesca de Stanley Kubrick, cuando muestra su sexo a través del agua, al salir de la tina del baño.

“Tomaba el sol dando vueltas y me advirtió que no le gustaba tirarse, inmóvil, encima de una toalla”, añadió mi joven amigo. “Te previno de esa manera para que no pensaras que estaba haciendo ostentación de sus encantos”, dije. “Al terminar de pasearse se acomodó a mi lado y me leyó unos poemas sobre hadas y brujas y aclaró que eran inéditos”, me explicó. “¿Y eso qué?”, susurré. “Bueno, imagínese que al sentarse encogió los muslos sin dejar de separarlos y entonces… uff… ¡el bosque de Sherwood!”, exclamó mi joven amigo. Quedé callado por unos minutos. El bosque de Sherwood había sido declarado reserva natural nacional por Isabel II.

Perla, la bailadora vintage, se mueve mientras suena una pieza de The Doors. Uno puede verla en un sitio en internet subtitulado, textualmente: “vintage erotica, curiosa and other naughtiness”.

The Pearl se llama una célebre revista pornográfica inglesa publicada entre 1879 y 1880 por William Lazenby. Varias veces procesado en Londres por obscenidad, Lazenby se mudó a París y desde allí vendió, mediante subscripción, no solo su revista sino también sus propios libros y varias colecciones de textos eróticos. Era socio del famoso Leonard Smithers, el editor que creó la “Erotika Biblion Society”.

No quise preguntarle nada más a mi amigo porque, si no recuerdo mal, ya Flor de Magnolia le lanzaba miraditas entre afectuosa e interrogadora. Tengo fama de erotólogo, erotófilo, erotófago y hasta de erotómano, y seguramente se alarmó al verlo en mi compañía.

Por mis recuerdos pasó una antología contemporánea de The Pearl. Allí, sin embargo, se reproducían algunas obras pertenecientes a la editio princeps, entre ellas un dramático dibujo del escultor Aristide Maillol: una vulva primitiva, hirsuta, casi estilizada. Dos dedos muy precisos se adentran en la vagina y vemos un clítoris expansivo, casi vehemente, en cuyos detalles hay cierto influjo del shunga. Como se sabe, Maillol le había regalado al conde H. G. Kessler, su mecenas, una carpeta llena de dibujos eróticos. Quizás este procedía de allí.

Me aparté por espacio de media hora y saludé, desganado, a algunos buitres mediocres que merodeaban por el jardín. Al cabo regresé al salón. Le dije al joven escritor, cuando lo vi libre de la posesiva observación de Flor de Magnolia, que me encontraba listo para emprender la escritura de mi próximo libro: Tejidos eréctiles. Y al pedirle más detalles sobre la postura de Flor de Magnolia mientras leía en la playa sus poemas, me ofreció una contestación sorprendente: era muy parecida a la de la modelo de Las medias blancas (1861), un cuadro de Gustave Courbet donde, por pura paradoja, las crines desaparecen, o se hallan a buen recaudo.

He vuelto a ver la reproducción que tengo del cuadro. Sin duda es Courbet quien inspira la serie de jovencitas descuidadas (flacuchas, insolentes, mostrando unas braguitas rotosas) de Balthus.

Salimos de la UNEAC rumbo a la calle G a ver si la Divina Providencia nos mandaba un taxi abordable. Al despedirnos le dije a mi amigo: “Como dice no sé quién, esa escritora no es más que una virgen descafeinada y, para colmo, se cree un montón de cosas… aléjate de ella”. Me miró e hizo un gesto lastimoso con los labios: “No puedo, me gusta mucho”.