Boarding Pass (II)

Por Carlos Manuel Álvarez

En el paquete de entretenimiento de los aviones solo he escuchado el conjunto de danzas Gnossienne y Gymnopédie de Erik Satie. Alguna vez viajé zambullido en esas piezas de piano durante un largo vuelo Ciudad de México-Ámsterdam, con escala en Madrid. Yo creí entonces que aquella era la música perfecta de la muerte, y al menos sigo creyendo que esa es la música de la muerte que yo quiero, lo cual es suficiente. Tiende al reposo y a la melancolía, al desvanecimiento elegante de las fuerzas físicas y a la disolución de los símbolos de la conciencia.

La doctora británica Kathryn Mannix, experta en cuidados paliativos, dice que en los compases finales de la vida hay un período de respiración artificial y luego una exhalación última, el momento en que el alma se separa del cuerpo. Un proceso tranquilo, reconocible, de mínimos aunque extraños ruidos provocados por un poco de moco o saliva atascada en la pared del fondo de la garganta. Así suena también un avión en el aire, con un rumor sordo y uniforme que parece provenir de un lugar recóndito, pero que puede no ser más que el trastabilleo de los remaches en el ensamble de las láminas metálicas de las alas y el fuselaje.

Ahora solo escucho la música que llevo en mi teléfono, mientras adquiero la consistencia de una gota de mercurio, un estado líquido que no moja a nadie. Asisto a un proceso de involución y embrutecimiento que es una de las formas más estimulantes de la inteligencia a mi alcance. Me convierto en un animal distinto.

Los sentimientos son mortecinos, concibo ideas truncas bajo una tenue luz de gas, sin posibilidad de asociación alguna, como una máquina que trabaja al quince o al veinte por ciento de su capacidad racional. Las intuiciones y los conceptos que quieren despegar son segados rápidamente por la tijera de mi agotamiento, la fatiga neuronal de un órgano que quiere levantar en la palanqueta el peso de las ideas y las rodillas le flaquean. Pero es justo ese cansancio el fin de todo. El placer de pensar mal, pensar pobre y torcido.

¿Nunca les ha pasado por unos segundos que despiertan dentro de sí, en su cabeza ya abrieron los ojos, ya se desperezan, se estiran, pero en realidad los ojos siguen cerrados, esa puerta al mundo no se abre, y uno toca por dentro y se dice a sí mismo que se deje salir (miren cómo no hay sintaxis correcta para esto), porque es uno mismo el que se ha trancado, y al final uno no se abre, y solo después de un forcejeo logras tumbar la puerta, espantado todavía ante la evidencia de que puedes no solo llegar a encerrarte en la oscuridad sino que, si te pides ayuda, puedes simplemente no acudir?

Es una experiencia primaria, anterior a la palabra y a los rasgos morales de la civilización, recurrente en mí cuando viajo dentro de ese artefacto siempre ubicado en el futuro que son los aviones. Hay muchas cosas que muchos hombres utilizamos ya y que en realidad pertenecen a una época que para nosotros no ha llegado todavía.

Mi primer vuelo fue a los veinticuatro años, de La Habana a Cartagena de Indias, dos ciudades tan parecidas y felizmente calurosas que por un segundo me hicieron pensar que en realidad no me había movido de sitio, pero cuya semejanza no pudo derrotar el candor invencible de un cubano adulto, porque el candor es algo que en los países totalitarios aumenta con la edad. Mi asombro no fijaba detalles, sino que se limitaba a comprobar la primera evidencia de todas: existía el mundo después del mar, había gente, no era una invención.

Aunque parezca contradictorio, algo enseña la cultura de los aviones. Enseña a no descuidarse. Si van a escuchar algún consejo mío alguna vez, no importa que no lo hayan pedido, es este, y no es poca cosa: hay que mantenerse alerta. Cuando estoy en un lugar, estoy consciente, estoy a full, estoy mirando lo que pasa y lo que hay. Sé qué espacio ocupo, qué espacio ocupa el resto, y por dónde puede venir el golpe. Lo mismo hago cuando pongo la cabeza en la almohada. ¿Qué es hacer lo mismo? El recuento, hago el recuento. No quiero que, si algo va a suceder, que Dios no lo quiera, yo no sepa dónde me encontraba, o quién era quién.

Como el duelo entre la vida y la muerte está perdido de antemano, lo cual supone que nunca hubo duelo en lo absoluto, la verdadera confrontación ocurre entre la muerte y el pensamiento, pero esa confrontación solo puede resolverse a través del diálogo constante con el peligro constante, porque si la muerte está en todas partes (y no se trata de una hipótesis, la muerte está en todas partes), al final no está en ninguna.

(Son las cuatro de la madrugada de un día de abril y ya no voy a seguir escribiendo. Demasiado errático y seco. Me acuesto en mi cama y demoro en dormirme. Escucho el ruido de las sirenas de la policía que pasan constantemente por la avenida y también el ruido de los aviones que sobrevuelan la ciudad. Pienso que en realidad voy en uno de esos aviones y pienso más cosas que bajo la sugestión del momento creo que son luminosas e importantes pero que en cuanto amanezca, como ahora, se habrán desvanecido ya, por lo que no las voy a decir aquí).

Guardo muy escasas postales de mis siguientes vuelos, cada vez más recurrentes.

Hay unas fotos impresionantes del Mar Caribe. El color del océano mezclándose en vigorosas tonalidades azules y verdes, invitando a zambullirse, con algunos chispazos de tierra parda, islotes oscuros y deformes, y un rebaño de nubes moteando esa vasta extensión cambiante. Una postal que habría podido resumirse en el haz de felicidad que ascendía como un disparo hasta el ojo de buey ovalado de mi ventanilla.

Hay una azafata trinitaria que no parecía una persona. Tenía rapado un lado de la cabeza, y trenzas en el pelo tupido. Su piel era mestiza, como si la hubiesen oscurecido mínimamente acariciándola con una flama débil, el suspiro de un fuego agonizante. Era un día fatal, y cuando entré por la puerta de aquel vuelo de American Airlines, que me llevaba a Port of Spain casi en contra de mi voluntad, y ella me dio la bienvenida, a mí me entraron muchas ganas de ponerme a llorar como un niño perdido.

Sus rasgos eran suaves. No era alta ni gruesa ni delgada; un fósil del provenir. Dejé de mirarla al instante. Se había dado cuenta de que yo estaba pensado, no sé, que ella era la persona más linda posible, la consumación de algo. Seguí de largo. Nadie en su sano juicio va a querer que semejante azafata tenga registro de uno.

Y hay una última escena. Voy de La Habana a Barranquilla, con escala en Panamá. Estoy en el asiento del pasillo y a mi lado van una madre y su hija, dos mulatas habaneras. La madre pasa los cincuenta y la hija no llega a los veinte, pero ambas tienen ahora la misma edad indefinible, justo la edad que tuve yo en mi primer vuelo a Cartagena. La hija es de mi estirpe, enfrenta el miedo con silencio. La madre es de la estirpe de las madres, enfrenta el miedo con verborrea. Ninguna de las dos se cree del todo, como yo durante mi vuelo a Cartagena, que están ahora en un avión.

Cuando la azafata pasa con el carro de la comida, la madre me toma del hombro y me despierta. ¿Tú no vas a pedir nada?, me dice. No, nada, le digo. Pide entonces algo para mí, dice. ¿Qué es lo que hay?, digo, pero no contesta. La azafata se aleja y la madre me pide que la llame antes de que se aleje más. La hija no se inmuta. Mastica despacio y mira por la ventanilla. Llamo a la azafata y le pregunto qué hay. Sándwich de jamón y también algún platillo con ensalada de vegetales y pollo.

¿Qué quieres?, me pregunta la azafata. ¿Qué quieres?, le pregunto a la madre, porque a una, otra. Pero la madre, más fuerte que yo, finge que no me atiende mira al techo y balbucea algo lo suficientemente bajo como para que, según sus cálculos, lo oiga yo y no la azafata, que está a diez centímetros de mí. Deme la ensalada y el pollo, digo finalmente.

Más de una hora después, cuando anuncian que va a iniciarse el descenso, la madre me sacude y me exige que despierte ya, pero entre el anuncio del descenso, y el descenso como tal, hay siempre mucho tiempo, como se sabe. La hija hacía no sé qué, yo estaba en shock y la madre no tenía idea de nada. Creo que, aunque viaje muchas veces, esa madre va a seguir haciendo cosas así. Se zampó el segundo platillo de un tirón y, como una guerrera, se bajó con la barriga llena en aquel nuevo país que la acogía.