Casal, el cuerpo afeminado

Por Alberto Abreu Arcia

En su obituario sobre Julián del Casal, aparecido diez días después de su muerte en el periódico Patria, Martí escribe lo siguiente:

Aquel hombre tan bello, que al pie de los versos tristes y joyantes parecía invención romántica más que realidad no es ya el hombre de un vivo. Aquel hombre fino espíritu, aquel cariño medroso y tierno, aquella ideal peregrinación, aquel melancólico amor a la hermosura ausente de su tierra nativa, porque las letras solo pueden ser enlutadas o hetairas en país sin libertad, ya no son hoy más que un puñado de versos, impresos en papel infeliz, como dicen que fue la vida del poeta.

La lectura que hace Martí sobre Casal es inseparable de sus percepciones sobre lo nacional: la escritura casaliana viene a suplir un vacío de amor, libertad y hermosura en una nación que no ha sido posible. “Aquel melancólico amor por la hermosura ausente de su tierra nativa, porque las letras solo pueden ser hetairas en un país sin libertad”. Al final de este balance solo “quedan sus versos” y una América que lo quiere “por fino y por sincero”. 

Precisamente, uno de los lugares más trillados por nuestra historiografía literaria ha sido, sin dudas, el paralelo entre Martí y Casal como figuras divergentes dentro del modernismo literario y en sus modos de encarar el ser de la nación. En contraposición a la imagen vertical y dura que ocupa el primero de ellos en la genealogía nacional, Casal viene a simbolizar el lado blando y disidente de ese paradigma de cubanidad. 

Antes de proseguir, conviene que reparemos en las trampas que encierra una frase como la que acabo de anotar. En el contexto de la misma, la noción de cubanidad deja de ser una construcción teórica realizada por un grupo de sujetos y agentes literarios dotados de poder simbólico y autoridad para enunciar y, por el contrario, se concibe como una entidad hecha, preexistente. Por lo que tacho estas dos últimas líneas del párrafo anterior (un peligroso lugar común), y sobre su tachadura inscribo esta: Casal simboliza el lado blando, maldito, disidente de esa construcción de la cubanidad que hicieron los patricios criollos en la primera mitad del siglo XIX y que los sucesivos metarrelatos sobre la identidad nacional han secularizado.

Este acto de (re)escritura me permitirá examinar la poética casaliana a partir de sus desencuentros con los discursos encargados de modelar al ser y el alma de la nación: es decir, leeré a Casal desde la periferia de ese campo interpretativo, en el borde donde se confrontan y cruzan: literatura, poder y representación.

A este paralelo habría que añadir un dato significativo: el cuerpo enfermo de Casal, una verdadera inquietud para la ideología higienista y los preceptos que, sobre lo corporal y sus lenguajes, sustentaron nuestras oligarquías criollas como parte de su proyecto de modernidad cultural.

Inquietud que se pone de manifiesto en las analogías que la crítica y la historiografía literaria establecen entre el cuerpo enfermo de Casal y su poética, a la cual sellan de evasiva, teñida por el desencanto y el vacío. Como si el cuerpo físico del poeta, su enfermedad, contaminaran los cuerpos de la escritura y de la nación. Dichas lecturas ilustran el papel rector que tradicionalmente ha tenido nuestra crítica literaria en la legitimación del higienismo como metáfora de la buena salud del estado moderno.

Si algo me fascina en Casal es la manera de auto-representarse como un exiliado dentro de su propia ciudad. Esta puesta en escena que hace de sí mismo nos remite a esas zonas de desvíos y fugas de la tradición literaria y del modelo de ciudadanía que recibe como herencia. Les propongo acercarnos a esos rótulos de afrancesado, extranjerizante, exótico; de poética teñida por el vacío, la depresión y la melancolía en los que una zona bastante influyente del pensamiento historiográfico cubano ha encerrado a la poética casaliana.

Por ejemplo, José Antonio Portuondo sostiene, en “Angustia y evasión de Julián del Casal”, que la influencia de los poetas franceses, parnasianos y decadentes encaminaron su angustia por los caminos de la evasión, de una vida falsa a lo oriental, que lo llevaron a vivir rodeado de lacas y de biombos japoneses en el estrecho cuartico que tenía detrás del modesto salón de redacción de La Habana Elegante.

Portuondo no hace más que reproducir los juicios de Ramón Meza, quien fue uno de los primeros en sustantivar el éxtasis de Casal hacia todo lo que provenía del país del marfil, del sándalo y el crisantemo. “Buscaba estar rodeado de las sensaciones y objetos reales de aquella exótica y lejana civilización”, nos informa Portuondo y cita a Meza cuando afirma:

Leía y escribía en un diván con cojines donde resaltaban, como biombos y ménsulas y jarrones, el oro, la laca, el bermellón. En un ángulo, ante un ídolo búdhico ardían pajuelas impregnadas de serrín de sándalo. Transformó aquel rinconcillo en la morada modesta, pero auténtica, de un japonés. 

Ben A. Heller, en su estudio “Alteridad, sexualidad y nación en Julián del Casal: lectura-metacrítica”, a partir de estos tres núcleos básicos contenidos en el título de su trabajo, deconstruye el estudio biográfico de Ramón Meza sobre Casal aparecido en 1910, el cual se basa, fundamentalmente, en criterios de unidad estilística y respeto a la tradición entendida como base lingüística común y una jerarquía de prestigio determinada, donde lo extranjero es un virus, una sustancia impura, “y el poeta extranjerizante es una lesión o enfermedad que admite el asalto al cuerpo de la patria”.

Para esta investigadora, la condena de Meza a Casal parte de una idea básica de la nacionalidad y de las relaciones que el artista establece con ella. La cual cristaliza en la metáfora de la nación como un cuerpo en peligro. Heller examina cómo el escrito de Meza ha sido el causante de la fama de un Casal exótico: “…la obra de Meza revela un sistema de valores que rigió por mucho tiempo la percepción popular de Casal. Uno de los ejes básicos de este sistema binario `este mundo/otro mundo´, términos fundamentales en mucha de la crítica casaliana”. Comparte, además, el juicio de Esperanza Figueroa cuando califica al escrito de Meza sobre Casal como el más malo e influyente de todos y señala:

El rechazo de esta mezcla por parte de Meza llega a tal extremo que suprime, por ser diabólica, la última estrofa de “Mis amores”, soneto Pompadour, donde el poeta confiesa amar “el lecho de marfil, sándalo y oro, / en que deja la virgen hermosura / la ensangrentada flor de su inocencia”. Aquí la manía castiza de Meza se troca en un afán de castidad. 

Sin embargo, tanto Ben A. Heller como Esperanza Figueroa no parecen tomar en consideración que antes de la aparición del escrito de Meza, y en vida de Casal, Manuel de la Cruz incluye en sus Cromitos Cubanos una semblanza donde descalifica, con mayor agresividad que Meza, la imagen y la textualidad del poeta:

La vida que ha adoptado ha ido acentuando en su ánimo el odio a la vida real, el horror a la acción, poniéndolo en las lindes del verdadero nihilismo práctico, o en la clasificación patológica de los enfermos de la voluntad, determinándolo a adaptarse al medio que se ha creado, enardeciéndose en compensación algunas de sus cualidades, que forzosamente han de exagerarse en el ejercicio. 

Concuerdo con Agnes I. Lugo-Ortiz cuando en “Julián del Casal ante la crítica modernista: el interior como patología en los Cromitos Cubanos de Manuel de la Cruz”, observa que lo patologizado en esta semblanza sobre Casal, es el interior literario. “El interior es el agente de lo anormal: de la enfermedad de la voluntad, de la anemia, del nerviosismo y de los engendros de la neurosis”.

Oigamos la cura que, con gesto autoritario, receta de la Cruz a Casal:

…lo útil que sería a Casal recorrer a pie y a caballo los valles y eminencias de la Sierra Maestra, bogar en guairos y en piraguas por las aguas del Cauto, saturarse, impregnarse con el aroma de la naturaleza, para contrabalancear el efecto de su prolongada saturación literario, y tendremos el método terapéutico indicado para el estado patológico que de común acuerdo todos reconocen en sus manifestaciones morales.

De la Cruz homologa el cuerpo físico al cuerpo poético. Por otra parte, insinúa que el homosexualismo de Casal y su falta de virilidad son males morales, provocados por esta búsqueda de pureza estética y por la radicalización del espacio inmanente de lo literario que propugna el modernismo. La cura para estos “males” está en la salida al exterior, al discurso de la política y a los territorios de la heteronomía literaria. Según Lugo-Ortiz:

Cruz insiste en las carencias de la escritura de Casal: mujer e historia, dos emblemas centrales del discurso nacionalista, cuya posesión ficcional aparenta modelar una misma estructura de dominio político sobre lo real. En Casal falto lo exterior tanto como falta lo femenino. Lo que Cruz tacha como carencias es la ausencia de zonas de conquistas: el no tener “el ánimo para la lucha” (al dominio de la historia) y el no inscribir (poseer) un cuerpo femenino a través de la escritura.

Cromitos cubanos aparece en medio de un contexto políticamente convulso como lo fue la Cuba de entreguerras. Este escenario condiciona sus esfuerzos por pautar el lugar del hombre de letras y de la literatura en este momento de crisis del estado colonial cubano y por canonizar ciertos modelos de representación históricos-literarios. En este sentido, el libro de Manuel de la Cruz es una de las primeras respuestas históricas a nuestra realidad literaria.

En los Cromitos… el acto historiar no solo registra eventos, instaura pautas y modelos de clasificación, también tiene la función de construir una ideología sobre nuestra tradición literaria, la cual es expresión orgánica del liberalismo como proyecto ideológico, y al decir de Beatriz González Stephan “servirá a los sectores dominantes para fijar y asegurar los emblemas necesarios de la imagen de la unidad política nacional”.

Por esto, les propongo prestar atención al lugar que en esta semblanza sobre Casal ocupa la voluntad autonomizadora de la literatura. Ella representa lo afeminado, lo contra-natura, las fuerzas disruptivas que quebrantan la lógica de lo nacional y desvían a las letras de una concepción épica de la patria: “…la mirada del poeta”, señala Agnes I. Lugo-Ortiz, “está obligada a ser una mirada sobre lo exterior colectivo, aquella que tiene la facultad de acceder al todo: instrumento del dominio sobre lo que fue, es y será”.

A esto sumémosle que Casal es el gran negador del paisaje cubano. En febrero de 1890 escribe a Esteban Borrero Echeverría:

Hace unos días que llegué del campo y no había escribirle porque traje de allá malas impresiones. Necesitaba ser muy feliz, tener el espíritu muy lleno de satisfacciones para no sentir el hastío más insoportable a la vista de un cielo siempre azul, encima de un campo siempre verde. La unión eterna de estos dos colores produce la impresión más antiestética que se puede sentir. Nada le digo de la monotonía de nuestros paisajes, incluso de las montañas. 

También en una de sus crónicas semanales, aparecida en El País, a propósito de la llegada del invierno, les comenta a sus lectores:

¡Ojalá que el invierno se prolongara muchos meses, que el cielo permaneciera siempre nublado, que no hubiera más astro que la luna, que no se escuchara más voz que la del viento entre las hojas secas y que la nieve principiara a caer, colocando sus arandelas alrededor de los troncos de los árboles, poniendo sus caperuzas sobre las montañas eternamente verdes y empezando a extender los pliegues del sudario en que todos nos hemos de abrigar!

¿Qué mejor mortaja que la de la nieve puede ambicionarse en un pueblo que bosteza de hambre y agoniza de cansancio?

De este modo Casal se coloca en el extremo opuesto de la construcción de la naturaleza insular desarrollada por Domingo Del Monte y el círculo de intelectuales nucleados en torno a él, donde la textualización del paisaje cubano vehicula un grupo de propuestas ideoestéticas sobre lo autóctono, no exentas de artimañas y finalidades políticas, económicas y raciales.

Si en el sistema literario delmontino la escritura tiene una voluntad racionalizadora, el sujeto literario casaliano, por el contrario, se sitúa en un territorio eminentemente estético. Como observa Rubén Darío en la epístola enviada a Hernández Miyares con motivo de la muerte de Casal: “…únicamente sujeto a un imperativo estético que ponía todo su ser en constante vibración”.

Este rechazo de Casal a los códigos de representación de la naturaleza cubana instituidos por la tradición literaria: ¿responde a una ruptura con los tópicos que abrazó el Romanticismo cubano: el paisaje, la mujer, la libertad, etc.? O por el contrario, ¿es consecuencia de su empecinada búsqueda de un espacio autonómico para lo literario?

Cualquiera de las respuestas que demos a estas interrogantes nos lleva a colocar su conducta, dentro de los archivos de la historiografía literaria cubana, como la aventura más persistente y solitaria por encauzar nuestras letras hacia los senderos de la modernidad.

Sus crónicas también teatralizan la decadencia de la aristocracia criolla. “Las familias que conservan todavía el esplendor de los tiempos pasados, solo abren una o dos veces al año sus salones”, anota en una de sus Crónicas habaneras, y prosigue diciendo: “Y es que la miseria ha penetrado en el seno de los hogares cubanos, sin que se la pueda expulsar de ellos. Aunque se le oculte, bajo manto de seda, recamado de oropeles, en el último rincón de la casa, se perciben el eco de sus gemidos y el hedor purulento de sus llagas”.

Casal conoce muy de cerca el mundo descentrado que describe en esta crónica. Así nos lo hace saber Lorenzo García Vega en su ensayo “La opereta cubana de Julián del Casal”, donde explora los endemoniados capítulos del vivir cubano en las décadas finales del siglo XIX: “nuestra pequeña burguesía intelectual se cubrió con las contradicciones de su especial anacronismo”.

Según García Vega, el círculo de los jóvenes intelectuales nucleados en torno a La Habana Elegante:

fue el mundo de los jóvenes arruinados: Casal, Mitjans; del Ramón de Meza emperchado en la cursilería de esas gafas suyas, fijas en los fantasmas de los González del Valle; de Enrique Hernández Miyares, con sus versos como sarta de cascabeles y su amistad con el Marqués de Esteban. Fue también el bric-á-brac de nuestra trastería cursi; allí, el mundo alucinado de las familias venidas a menos llegó a alcanzar el falso esplendor que sus acartonados recuerdos exigían, a través de aquella pléyade intelectual que venía a sublimar en lo artístico, su fatalismo de pequeños burgueses desplazados, y su falsa creencia en descender de una aristocracia que nunca existió entre nosotros. 

De estas imposturas y destiempos nace la fascinación de Casal por el disfraz. Este placer por la máscara, que termina haciendo de la identidad una cuestión problemática, está en el centro mismo de su poética e impregna esos actos de apropiación, citas y juegos intertextuales a través de los cuales hace suyas estrategias de enunciación generadas en otros contextos, no solo metropolitanos, sino también de la cultura oriental.

La categoría de lo cubano y la noción de sujeto nacional se re-hacen a partir de estos desvíos, entrechoques de fragmentos, residuos de citas, referencias, estilos y traducciones de modelos conductuales provenientes de zonas foráneas de la cultural internacional. De esta forma lo nacional exhibe las fisuras y desfases propios de los desencuentros entre lo colonial y lo metropolitano, lo local y lo universal, lo moderno y lo tradicional.

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(Tomado de Por una Cuba negra. Literatura, raza y modernidad en el siglo XIX, Editorial Hypermedia, 2017).